5 de marzo de 2014

Samuel García Barrajón - Tras los pasos de Nibiru - Entrevista Exclusiva - Débora Goldstern

Samuel García Barrajón
Tras los pasos de Nibiru
Entrevista Exclusiva
Débora Goldstern©


Samuel García Barrajón


Sucedió el año pasado, cuando que el nombre de Samuel García Barrajón tomó por asalto internet, a través de su trabajo “Nibiru, si no existe habrá que inventarlo”, donde daba cuenta de una largo estudio de casi siete años, en el cual se repasaba la historia de uno de los enigmas más comentados entre los creyentes, acerca del misterioso planeta errante.

Debo decir, que cuando supe de la novedad editorial la cual me fuera comentada por su propio protagonista, no sentí mucha empatía, debido a mis propios prejuicios en cuanto al tema, especialmente por los desvíos que sobre el mismo contribuyó, el legado del extinto investigador de origen ruso, Zecharías Sitchin, con su saga anunnakis a la cabeza.

A pesar de estas objeciones, decidí dar una oportunidad a la historia, así como a su joven realizador, el cual aceptó brindar una entrevista para Crónica Subterránea, donde no guardamos nada en el tintero, en un memorable mano a mano, demostrando su interlocutor, paciencia y espontaneidad para responder a todas nuestras inquietudes, dando paso al primer reportaje del 2014, el cual inaugura el ciclo del blog.

Atienda el lector!


Pregunta inicial obligada: ¿cómo y porque se inicia Samuel García Barrajón, en la búsqueda de Nibiru?

Mi interés sobre este astro nace debido a la profunda inquietud e inclinación que poseo por intentar resolver o, al menos formar una opinión acertada, acerca de los grandes enigmas que presentan algunas de las antiguas civilizaciones.

Me considero un tío curioso por definición. Tanto los misterios como todo aquello que presente ciertos interrogantes, llaman poderosamente mi atención. Hasta el punto que, si no consigo dar con una explicación que me satisfaga, a nivel personal me resulta imposible pasar página. Así pues cuando me planto delante de un misterio no sólo me maravillo ante este sino que deseo o trato de arrancarle sus secretos más recónditos. Y supongo que tal actitud me conduce ineludiblemente a la investigación, siempre tratando de confrontar toda la información relacionada o de relevancia y, sobre todo, sacando la lupa para examinar los pequeños detalles. Pues a menudo, es ahí donde se hallan las auténticas claves a los grandes enigmas esperando a ser descubiertas.

De forma análoga la Historia me atrae sobremanera, en especial, la de aquellas primeras etapas de lo que en la actualidad entendemos por civilización. Particularmente encuentro muy intrigante el modo de pensar de sus protagonistas, y que, de algún modo, quedó impregnado en pinturas, representaciones, escritos, construcciones, etc. que hoy todavía se conservan. Así que suelo empatizar bastante bien con aquello que muestra su lado más etnológico. Sí, ese soy yo.

Entonces, visto con cierta perspectiva, era cuestión de tiempo que Nibiru llamara a las puertas de mi entendimiento. Al principio buceé en nuestra historia, luego en los misterios de la misma y… allí encontré entre muchos otros igual de atractivos, dos elementos que sobresalían por encima del resto y que a mi entender no se le ha dado la importancia que merecen desde el mundo académico. Son, la figura de los dioses instructores y su estrecha relación, así como también la presencia, de lo que podríamos llamar un “astro sagrado”, cuyo paradero e identidad además resulta una verdadera incógnita. Con lo cual, no quedaba otra; tuve que inspeccionar a fondo lo que se me antoja una pieza fundamental para entender plenamente varios de los pasajes más importantes de la historia de nuestra raza. Como por ejemplo el momento justo en el que el ser humano se convierte en “hombre civilizado”.

Confieso que todo aquello se había convertido en un reto, únicamente. Sin embargo, ya desde los primeros pasos sentí que necesitaba comunicar y compartir mis opiniones. Lo estaba viviendo de forma muy intensa. En consecuencia, dado que la escritura ofrecía el espacio y el tiempo requeridos para mi exposición, finalmente decidí plasmarla en un libro. Un volumen con cabida para abordar diferentes misterios relacionados con antiguas culturas y civilizaciones, desde la recogida y la contrastación de datos. Al final resultó un medio donde Nibiru encontró su lugar, diría. Y añadiría, que si bien era una especie de actor secundario al iniciar el proyecto, poco a poco fue cobrando protagonismo a medida que avanzaba con mis indagaciones y terminó ocupando el papel principal por méritos propios.

Tu tesis principal, aborda la visita en el pasado de un astro desconocido, bautizado como Nibiru, que habría actuado como un disparador, con gran incidencia en el desarrollo de culturas mesopotámicas y africanas, citándose dogones, egipcios y sumerios, como los principales referentes en cuanto a su vinculación con el planeta errante. Lo cual me lleva a inquirir, ¿cuáles son los elementos asociativos que te llevaron a elaborar esta hipótesis?

Incluso para mi propia sorpresa… Muchísimos más de los que cualquiera esperaría encontrar aun teniendo total certeza de antemano de que 5000 años atrás fue avistado un cuerpo celeste, inadvertido en la actualidad. Me he topado con numerosas referencias contenidas en mitos y tradiciones, pinturas o representaciones… mas si bien resultan muy llamativas, no son la auténtica base sobre la que se asienta mi tesis. No obstante citaré alguno de estos para ilustrar un poco. Por ejemplo, tenemos el sorprendente caso de “Horus de la duat” en el antiguo Egipto, el equivalente a Nibiru por aquellas tierras de leyenda. Y sucede que, la primera pirámide allí edificada lleva su nombre. Me refiero a la escalonada de Sakkara, levantada por Imhotep para el faraón Netjerkhet de la III dinastía, una construcción bautizada como “Horus es la estrella a la cabeza del cielo”. Sugerente ¿no? Pues tres cuartos de lo mismo sucede con la esfinge de Gizeh, cuyo nombre de “Harmakis” alude directamente a dicho Horus sideral.

Por supuesto cualquier egiptólogo u astrónomo es ajeno a la controversia, ninguno de estos se ha planteado remotamente que la identidad astral de Horus pueda corresponderse con un cuerpo celeste por descubrir en el mismo sistema solar.

Después de todo ¿cómo iban a imaginarse algo que les resulta totalmente desconocido e inesperado? Nunca podrían haber visto venir dicho concepto, lógicamente, porque no existen precedentes o cosas similares en la astronomía tradicional. Hay que escuchar muy bien a los antiguos y estar atento para percatarse. Y no insinúo que no lo estén dichos profesionales, seguro que lo hacen y cien veces mejor que yo, pero creo que al tratarse de un evento inhabitual e insospechado simplemente ha pasado inadvertido. Si bien, con todo, es cierto que la postura que defiendo no deja de ser una conjetura a falta de su verificación; será la propia ciencia quien termine por confirmar o refutar mi hipótesis si es que alguna vez la considera.

Pero volviendo al tema en cuestión, planteemos el siguiente escenario. Supongamos por un momento que en las inmediaciones del año 3000 a.C., un cuerpo celeste no identificado de nuestro sistema solar (me da igual si es un planeta, un cometa u otro tipo de astro) se acerca lo suficiente al Sol como para reflejar su luz y ser visible durante un intervalo de tiempo indefinido (días, meses o años) a ojos de un observador desde la Tierra. Esto no quiere decir que pasara rozándola, basta con que su trazada discurriera un poco más allá de Saturno. Entonces lo lógico es que se avistara desde multitud de rincones del planeta, por no decir de todos. Y, si en aquel tiempo hubiesen habido (que las hubo) culturas con una astronomía más o menos desarrollada, seguro que se habrían fijado en este nuevo astro que decoraba de forma única y distinta a la habitual, la maravillosa bóveda celeste que cada noche contemplaban. De este modo, lo lógico y razonable sería que, aparte de tomar buena nota en su memoria, lo plasmaran de alguna forma en su arte, sus compendios, o simplemente tan espectacular suceso dejara huella en sus tradiciones y costumbres. Quizá muy poco pero alguna de las pruebas señaladas necesariamente tendría que haber sobrevivido junto con sus vestigios. E igualmente sería de esperar que estas evidencias, desde distintos lugares del globo, apuntaran en la misma línea de observaciones.

Pues bien, justo a esos elementos son a los que recurro para formular y darle apoyo a mi hipótesis. A la existencia en los contextos astronómicos, de una especie de “astro entre los astros”, por su importancia -la que le otorgan los antiguos según sus propios criterios cosmogónicos y astronómicos-, que además se repite a lo largo y ancho del planeta en distintos lugares donde la ciencia celeste parece haber hecho mella en la antigüedad. Se trata de ubicaciones cuyos pobladores remontan sus tradiciones, orígenes o linaje, según se mire, hasta finales del cuarto milenio a.C. o principios del tercero. Y cómo no, posee unas propiedades muy concretas que le caracterizan, lo cual imposibilita en mi opinión que estemos tratando cualquier otra cosa que no sea el mismo astro. Muy a pesar de que reciba distintos nombres; uno por tradición como es normal, y con un fuerte nexo con sus divinidades más ilustres.

He aquí los rasgos destacables e inequívocos de lo que podríamos denominar de una forma más universal como “la estrella de los dioses”. Tonalidad generalmente rojiza. Atravesó los cielos de sur a norte. Siempre vinculado a una zona del cielo muy particular, que comprende una extensión delimitada por Tauro, las Pléyades y Orión en las parte sur, así como las Osas y sus cercanías en la parte norte, pasando por Sirio, Cáncer y vecinos. Parentesco directo en sus cosmogonías con Sirio y Orión. Nació, fue visible por primera vez cerca de Orión. Margen temporal remontable más allá del II milenio a.C.

De modo que cuando nos encontramos una y otra vez con esta serie de facciones vinculadas a un astro, en distintos entornos culturales, y también con la más que probable certeza de que este conocimiento haya surgido de diferentes focos… sí o sí, algo vio en el cielo aquella gente que les llamó profundamente la atención. Porque, sobre todo, era diferente a lo que allí moraba habitualmente -quizá de ahí su estatus privilegiado-. Un astro atípico en definitiva, pero astro al fin y al cabo, y que no conocemos. Miembro de la consorte del Sol. Y a partir de ahí ya podemos entrar en el debate de si era un planeta, un cometa, etc. Yo me quedo con la de cuerpo planetario pero, en cualquier caso, no podemos ignorar y hacer oídos sordos a lo que los antiguos consideraban “la cosa más grandiosa jamás creada”. Una etiqueta que bien merece mayor profundización en el asunto por nuestra parte.

Es imposible separar Nibiru, de la figura del investigador ruso desaparecido Zecharía Sitchin, quién popularizó el tema en su saga sobre los Annunakis, según interpretaciones personales y muy cuestionadas, resultado de sus lectura de tablillas sumerias 

¿Pudiste hallar referencias anteriores a Sitchin, en cuanto a la existencia de este astro errante, también bautizado como Planeta X?

Sí, así es, aparentemente el trinomio Nibiru, anunnakis y Sitchin siempre van de la mano, levantando acalorados debates entre sus defensores y detractores.

He podido examinar los trabajos de Sitchin, todas sus publicaciones en castellano para ser exactos. Sin embargo no comparto lo más mínimo las conclusiones de Zecharia, aunque las respeto en la medida de que todos somos libres de formar una opinión a partir de nuestras experiencias.

La verdad es que el investigador ruso creó un precedente que, de alguna manera me afecta, para lo bueno y para lo malo. De forma un tanto automática, la gente me suele encasillar en el apartado de “derivados” de Sitchin y sus anunnakis, pero no es el caso. Para colmo ambos abordamos la figura de los dioses instructores, sugerimos la existencia de un planeta no reconocido dentro del sistema solar, y con el mismo nombre de Nibiru por su componente sumerio… en fin, resulta difícil escapar de esta asociación.

En cambio, ni mi planteamiento obedece los criterios de Zecharia, ni tampoco tengo en cuenta ninguno de sus argumentos, creo, para formular o darle validez a mi hipótesis. De hecho en mi libro apenas le dedico un minúsculo párrafo a este autor y sólo para aclarar que mis trabajos no se relacionan con los suyos. Aunque también reconozco, qué duda cabe, que si no hubiese leído sus libros nunca me hubiese fijado en Nibiru; y jamás me habría planteado la idea de que podría tratarse de un planeta. Eso resulta indiscutible.

Así pues opino que hay diferencias harto sustanciosas entre nuestros razonamientos sobre Nibiru y la forma de entender el mundo, y en particular la historia. Mis argumentos no necesitan de una historia paralela, unas traducciones hechas a medida o de extraterrestres que construyen pirámides, etc. Simplemente reclamo una mayor profundización de lo que ya conocemos o tenemos noticia, por decirlo de algún modo.
Y bueno, Sitchin no fue el primero ni el único en proclamar la existencia de astros desconocidos dentro de nuestro sistema. Como tu muy bien reportas en uno de tus artículos publicados aquí en Crónica Subterránea, más que notable resulta el caso de George Hunt Williamson y su planeta Maldek o también la revisión de Faetón de Alexander Petrovich Kazantsev. Incluso un caso similar resulta el de Velikovsky y su libro “Mundos en colisión” donde argumenta que en un pasado reciente, el planeta Venus habría sido un cometa.

Especial esmero merece también la terminología de “Planeta X”, por otro lado. Sus andanzas empiezan a mediados del siglo XIX con John Couch Adams, astrónomo británico que por aquel entonces estudiaba las irregularidades orbitales de Urano. Concluyó que debía existir otro cuerpo planetario más allá, “tirando” de aquel gigante gaseoso. De este modo se descubrió Neptuno pocos años después. Pero la cosa no terminó aquí, pues era evidente por el mismo tipo de anomalías que, detrás de Neptuno tenía que haber algo, al menos igual de masivo como este, ejerciendo sus influencias gravitatorias. Fuerzas o parámetros que aún en nuestros días siguen sin explicación definitiva. En consecuencia no tardó a arrancar una búsqueda a la caza de un noveno planeta en el sistema solar, que de una forma u otra, sigue vigente en la actualidad. Fue Percival Lowell, astrónomo aficionado, quien empezó a buscarlo en 1905 y finalmente terminaría acuñando dicha expresión.

Uno de los puntos centrales de tu investigación, se basa en los misteriosos hombres-anfibios Apkallus, quiénes según viejas crónicas atribuidas al sacerdote caldeo Beroso, del siglo III a.C., actuaran como instructores de los primeros pobladores mesopotámicos. 

Recuerdo que la primera vez que supe de esta historia, fue gracias a la lectura de “La Rebelión de los Brujos”, editado en 1971 por los franceses Pawles y Bergier. Cuatro años después sería Robert Temple en “El Misterio de Sirio”, quién volvería a reflotar el tema, con agregados adicionales ¿Qué opinión te merecen estos estudios?

Francamente estamos delante de dos obras excepcionales con extensos conocimientos como denominador común. Erudición y abundancia de datos son sus ingredientes estrella. Deberían estar en cualquier biblioteca que se precie.

“La Rebelión de los Brujos” resulta imprescindible para pisar suelo firme en este terreno tan pantanoso que es el de los temas misteriosos que tanto nos gustan. Todo aquel que se adentre debiera conocerlo. Y bueno, por poner un ejemplo gráfico, tomaré como muestra el tratamiento que hacen de los mitos. Pues resulta de vital importancia discernir cuanto de leyenda y cuanto de verdad hay, en las sagas u relatos mitológicos. El trabajo de los franceses no es exclusivamente una herramienta para tal fin, pero su criterio si resulta modélico; una pauta perfecta de cómo mantener los pies en el suelo de forma que se evite caer en las garras del puro idealismo, a la hora de afrontar la ambigüedad de ciertos enigmas. Parafraseando a los autores: “las investigaciones sobre posibles paleocontactos y su problemática no son absurdas ni anticientíficas; sólo es preciso no perder la sangre fría”.

Respecto a la obra de Temple yo destacaría que permite entrever la complejidad, cantidad e importancia de los mitos del mundo antiguo relacionados con Sirio u otros astros extrañamente colindantes. También aplaudo la minuciosidad de este escritor. Su aporte sobre los apkallus no solamente se limita a los fragmentos de Beroso si no que se amplía hacia otros manuscritos derivados de la misma tradición mesopotámica. Lo cual aporta y suma un sinfín de detalles reveladores que permiten hacerse una idea más completa de lo que pudo suceder hace 5000 años en la región de Sumer. Una historia increíble que narra  el encuentro de los lugareños próximos a Eridú, con una suerte de seres anfibios dotados de razón que, aparte de instruir a los pueblos mesopotámicos, habrían llegado desde los cielos en el interior de “huevos luminosos” o “estrellas llameantes” según los términos utilizados.

Dentro de tus informes, también se repasa el misterio Dogón, tomado como una de las narraciones más importantes, en cuanto a dilucidar el enigma Nibiru. Convengamos que fue gracias a “Le renard pâle’”, 1965, escrito por el antropólogo francés, Marcel Griaule, en colaboración con la documentalista Germaine  Dieterlen, que la historia se volvió internacional. 

Sin embargo, el testimonio recogido por Griaule de sus conversaciones con Ogotomeli, chamán ciego de la tribu, actualmente es cuestionado por muchos críticos. Muy recordado es el Cerebro de Broca, 1981, donde el fallecido astrónomo Carl Sagan, entrega una mirada devastadora sobre la cuestión, concluyendo que los conocimientos de los dogones, son producto de una contaminación externa, que no va más allá del año 1932 ¿Cómo evalúas el trabajo de Griaule, y por ende las críticas de Sagan?

Las elucubraciones sobre este enigma no han dejado de estar a la orden del día desde que Temple apareció en escena, así como su repercusión, antes prácticamente desapercibida. No por ello debemos echar por la borda lo que a todas luces parece una cápsula en el tiempo, de conocimientos astronómicos milenarios. Saberes salvaguardados por la tradición dogón, a cal y canto por sus sabios, al mismo estilo que lo hicieron varias antiguas civilizaciones como la egipcia o la sumeria. Pues no todo el mundo en sendas sociedades tenía acceso a la información referente a los secretos del cielo, únicamente los sacerdotes especializados.

Quizá sea un buen momento para examinar algunos puntos determinantes, si es que de verdad se pretende llegar al fondo de la cuestión. Hay que tener en cuenta diversas aclaraciones previas de transcendental importancia.

Primero, la sentencia de que los dioses “nommos” de los dogón viniesen desde Sirio, es una especie de leyenda urbana; no hay más. Es un añadido posterior, no originario de las tradiciones originarias de este singular pueblo. Si damos un mínimo voto de confianza a la labor de recopilación de Griaule, sobre las costumbres y la idiosincrasia de esta etnia subsahariana, y estudiamos “Le renard palê”, veremos que allí no hay ni rastro de lo que digo.

Supongo que el concepto tiene sus raíces con la publicación de Robert Temple. Donde en sus conclusiones, especula gratuitamente con la posibilidad de que antiguos astronautas procedentes de Sirio, visitaran la Tierra en el pasado. Todo, ante las historias de los dioses nommos y también haciendo especial hincapié en la aparente similitud de los axiomas astronómicos sirianos modernos y dogones. Sin embargo este último aspecto tampoco carece de cierta falacia. Pues si bien en los trabajos antropológicos de Griaule y Dieterlen descubrimos la importancia para los dogón de las tres estrellas más relevantes de Sirio, además se apunta claramente que lo consideran un sistema quíntuple estelar, formado por 5 estrellas y un planeta. Dato 100% contrastable en las páginas 311 y 312 de “the pale fox”, la versión inglesa del compendio antes citado. Entonces las críticas de Sagan tienen un grave problema de perspectiva al enfocar la cuestión. Pues a mi entender, difícilmente se puede argumentar que el sistema de Sirio dogón es tan exacto como el que manejan los astrónomos actuales porque hubo un contagio de datos a partir de los años 30… si en realidad, tenemos dos conceptos bien distintos del mismo conjunto de estrellas.

Es más que evidente que Carl Sagan jamás leyó “Le renard palê”, y con ello se perdió la esencia de los conocimientos astronómicos dogón. En caso contrario otro gallo cantaría, pues estoy seguro de que el astrónomo ruso, tan escrupuloso cómo era, hubiera sacado a la palestra muchos otros aspectos relevantes de la controversia y no ha sido así. Por lo tanto, estas críticas deben ser entendidas más como un mensaje dirigido a la especulación de Temple y a los autores que siguieron su estela, y menos como un ataque a los cimientos del folclore recogido por Griaule.

Entonces podríamos concluir que Sagan -a quien admiro y respeto por su buen hacer-, con su “Cerebro de Broca”, explicó muy bien como pudo haberse producido una contaminación de saberes astronómicos por parte de exploradores europeos. Pero otra cosa muy diferente sería qué pasó en realidad. Y al respecto, no aporta nada de nada, que no sea una hipótesis igual de especulativa que la de Temple pero en sentido contrario. Y por supuesto, me refiero exclusivamente al caso de los dogón, al que le dedica apenas algunas líneas. E insisto; si Carl se hubiese centrado en los trabajos de Griaule, el debate debería ser otro.

Pero a pesar de lo dicho quiero seguir enfatizando otros trazos cuanto menos significativos. Y por favor, que nadie se los tome como críticas o ataques a la figura de Sagan. Simplemente son apuntes que demuestran que las cosas no están tan claras en la discusión abierta.

Reclama la atención y resulta muy sospechoso lo que deviene una verdadera paradoja a mi entender. Y es que en su día, Sagan junto a Shklovski, consideraron que la historia de los apkallu posee indicios suficientes como para justificar y formular la hipótesis de que estos relatos podrían estar describiendo una paleovisita de seres extraterrestres llegados de otros mundos. Y luego, con los nommos de los dogón, va y se muestra extremadamente crítico, casi rozando el negacionismo. Es un verdadero sinsentido. Pues los relatos acerca de los nommos contienen los mismos indicios que presentan los de sus homólogos sumerios… y 20 o 30 más. Así que al menos, todas estas leyendas siguen siendo dignas de estudio. Y además, esto se me antoja de nuevo, como otro síntoma de que Sagan no profundizó lo suficiente.
Ciertamente, los dioses instructores de los dogón no exhiben nada en particular que les distinga de otras divinidades similares. Más bien se parecen en muchos aspectos, hasta en el físico. Incluso si cambias el concepto de “apkallu” por “nommo” en sus respectivos contextos, nadie notaría la diferencia. Y de igual forma ocurre con la astronomía dogón. No presenta una gran disconformidad con la ciencia celeste de otras culturas con raíces antiguas.

En conclusión, no veo indicios de que el antropólogo francés manipulara estas narraciones increíbles en el modo al que a este le llegaron… y entiendo que son auténticas. Entonces, considerando que probablemente son milenarias y están plagadas de mitos, casi necesariamente deben contener algún atisbo de realidad merecedor de ser decodificado y tenido en cuenta.

Otras de las controversias con el tema dogón, tuvo a Juan José Benítez, como su principal protagonista, que en uno de los capítulos de la serie televisiva Planeta Encantado,  “Señores del Agua, 2008, intentó poner al día la historia, no sin polémicas de por medio. 

Recordemos que por aquel entonces, el periodista navarro se despechó con una vuelta de tuerca un tanto sombría, plagada de visitantes anfibios, procedentes de Sirio, los cuales, según la visión de Benítez, además de educar a la tribu, debían rendírsele sacrificios de sangre ¿Te identifica la postura de Benítez?

Disfruté mucho con ese documental. Y hasta cierto punto me resulta inspirador. Porque a mí, que soy muy de leer entre líneas, me trasmite la idea de “si quieres respuestas no te quedes quieto, muévete”. Aunque evidentemente esto sea algo bastante subjetivo.

Hecho este inciso, diré que a grandes rasgos, no comparto la postura mostrada por Benítez. Sí puedo estar de acuerdo en que las leyendas de los nommos describen un escenario real, una experiencia real, en mayor o menor grado. No me cabe duda de que los antepasados de aquella gente, algún día, en un pasado remoto, se encontraron cara a cara con lo que ellos entendieron que eran seres extraterrestres. Si lo eran o no todavía no tenemos la certeza.

En lo que tampoco coincido con Juanjo, como he explicado anteriormente, es en la naturaleza siriana de estos seres; no consigo encontrar ningún motivo que me haga pensar que vinieran de allí. Es más, de acuerdo con la tradición dogón, de la que se hace eco Benítez, dichos dioses anfibios llegaron a bordo de sus “arcas resplandecientes” habiendo partido de un astro que durante esos días era visible en el cielo. “Ie Pelu Tolo”, un astro que presenta las mismas características que Nibiru y por lo tanto pienso que se trata del mismo. Un miembro no identificado del sistema solar. Un cuerpo planetario según las referencias de los dogones, pues lo consideran una especie de luna o satélite y, que se deja ver en muy raras ocasiones. En las que para más inri, sus dioses aprovechan para dejarse caer por la Tierra; claro está, siempre según estas indicaciones. ¿Eran los nommos sus moradores? Presumiblemente sí, de acuerdo con lo que se desprende de dichos relatos. E igualmente discutible, para qué nos vamos a engañar…

Educar a la tribu, sacrificios de sangre, etc. Pienso que no son ideas que se puedan coger con tanta literalidad. Se deben de examinar en un marco más etnográfico que otra cosa; lo cual no implica necesariamente la falsedad de aquel encuentro entre hombres y “dioses”. A mí me da que en este punto ya entran en el escenario los juegos de poder que suelen utilizar o han utilizado ciertas religiones u instituciones para instaurar una especie de “temor” del que sólo ellos te pueden liberar. Convirtiéndose así sus hierofantes, en una pieza necesaria para con sus feligreses y, por si fuera poco, adquiriendo una situación privilegiada en el estatus social bastante favorable. Es sólo mi impresión superficial, no tengo ninguna certeza. Con todo, me pareció esclarecedor que el propio Hogón, líder espiritual sobre los asuntos de los nommos, que entrevistaba Juanjo en el documental, vivía muy bien a costa de los demás. En fin, quizá esté equivocado, pero esa sensación es la que me llevé.

Hablemos del diluvio, tema tabú ¿Cómo se conecta Nibiru, con el llamado Diluvio Universal, que algunos sugieren fueron más de uno, así como el posterior descenso de los instructores divinos?

Yo diría algo así como que un gran diluvio, a modo de suplemento, a menudo viene en el mismo “pack” de civilización antigua con dioses instructores y astro sagrado. Lo tienes en Egipto, lo tienes en Sumer y también en el país dogón. Es un tema peliagudo y lo sé. Y para colmo siempre aparece cargado de simbolismo en todas las tradiciones. Por ello conviene separar el grano de la paja en la medida que resulte posible.

No obstante, que en estas tres por ejemplo, aparezca anclado en un marco temporal situado en los alrededores del 3000 a.C., puede indicar que haya algo interesante detrás del mito. No un megadiluvio que borre la faz de la tierra, pero sí algún episodio de lluvias fuera de lo común, y de ahí dicho recuerdo y la necesidad de tejer el suceso en la mitología para retenerlo.

En la tradición dogón además, cronológicamente, primero apareció una nueva estrella en los cielos, mi Nibiru. Luego, antes que desapareciera, tuvieron lugar unas lluvias anormalmente abundantes. Y a continuación, cuando éstas se retiraron, hicieron acto de presencia los dioses instructores. Así que, teniendo en cuenta que debe haber mucho de simbolismo aquí también, se puede especular con la idea de que el diluvio pueda estar relacionado con Nibiru; pues justo en ese momento cuando sucedió, éste brillaba en las alturas.

En efecto, dicho apunte se mueve entre corazonada y presunción. Pero entiendo que, si finalmente se confirma mi hipótesis, podría ser un dato importante de cara la historia del hombre y del planeta. Por lo tanto no hay que desterrarlo.    


Aunque en tus alocuciones  declarás diferencias con la posición emitida por Sitchin, sobre la cuestión anunnakis, en paralelo, promulgás tu propia creencia, en la existencia de vida inteligente dentro de Nibiru, al cual sindicás, como la patria de los instructores divinos. 

Teniendo en cuanta la negación de la Ciencia en cuanto a la cuestión extraterrestre, alegándose la ausencia de evidencias concretas ¿Convalidás, igualmente, esta adhesión?

El principal obstáculo que yo veo para emitir un juicio inamovible al respecto, es que no siempre es oro todo lo que reluce. Pero me voy a mojar igualmente, para eso estoy aquí.

No es en balde que con frecuencia use la palabra extraterrestre en mi discurso y, puedo decir tranquilamente, que lo hago en honor a la verdad. Me explico. A menudo se escucha, desde los sectores más ortodoxos quizás, la idea de que cuando se adjunta la etiqueta de “extraterrestre” a la figura de los dioses instructores del pasado, se está interpretando una situación u contexto que no es tal. Que se hace así simplemente porque ahora tenemos a nuestro alrededor todo esto de la ciencia ficción, la carrera espacial con sus naves, los astronautas y demás. Que la percepción de extraterrestre para un antiguo no existe porque es ajeno a nuestra óptica. En fin, que los que hacen uso de este término están sacando de madre el entorno contextual. Pues… discrepo absolutamente. Al menos en los tres casos que he podido examinar como los nommos, los apkallu y los Shemsu Hor egipcios.

Y lo peor de dicha visión equivocada es que impide acercarse a la verdadera naturaleza de estos dioses instructores que fueron tan importantes para nuestros ancestros. En el mundo antiguo, aunque no se acuñara el término extraterrestre, el concepto si se puede considerar como válido. O cuanto menos muy semejante en esencia del que tenemos en la actualidad: “moradores de otros mundos”. ¿Qué, si no el concepto de un ser de otro mundo podría formarse un sumerio al contemplar un apkallu saliendo de un huevo luminoso caído del cielo?¿Qué, si no un ser de las estrellas iba a ser un “mensajero de Horus” (Shemsu Hor) si Horus es una estrella y sus mensajeros bajaron del cielo? Y en el caso de los dogón que se encontró Griaule, que consideraban a todos los miembros visibles del sistema junto con Nibiru como parte de la misma cosa y, a éste en particular un mundo diferente al nuestro… ¿Qué, si no el morador de otro mundo extraterrestre, e igualmente extraterrestre por extensión, iba a ser uno de aquellos seres que vinieron desde dicho astro (que es la escena que contemplaron) a bordo de sus “arcas resplandecientes” en un remoto pasado? Pues eso, básicamente extraterrestres para los viejos habitantes del Oriente Próximo, Egipto y Malí.

Evidentemente esto no significa que sean auténticos extraterrestres, claro que no, pero así es como los percibieron. Y justo por esa credibilidad que le doy a los antiguos -quizá también demasiado romántica por mi parte-, a sabios como Beroso y Manetón entre otros anónimos que mantuvieron vivas las tradiciones de su pueblo del modo más fidedigno que supieron… terminé impregnándome de la misma percepción. Es por ello que hasta ahora, la posibilidad de que fuesen visitantes extraterrestres se me antojaba como una de las opciones con un buen puñado de posibilidades. Eso sí, siempre sin descartar otras y a falta de más evidencias. Sin embargo, ahora tengo que renovar esta concepción. Ya no los definiría como posibles habitantes de Nibiru exactamente. Pienso que son otra cosa bien diferente.

Aunque no tenga nada que ver con este cambio de perspectiva, lo que diga la ciencia siempre es importante; intento tenerla presente en la misma medida que mantener alejados los dogmas. En el fondo tanto la ciencia como cualquiera de nosotros somos víctimas de nuestro tiempo, el momento que nos ha tocado vivir, y por tanto, limitados en nuestras deducciones a lo que conocemos o creemos conocer. Lo que hoy es rojo puede que mañana sea verde por culpa de un nuevo descubrimiento. Así que gusto de mantener las puertas abiertas a cualquier posible cambio de paradigma en este sentido.

Claro que la ciencia debe ser precavida en los juicios que emite y, más obvio resulta si cabe, que con certeza no sabemos nada todavía de lo que pueda haber ahí afuera. Ni siquiera en un lugar tan cercano como Marte, pues apenas hemos enviado cuatro chismes para allá. Queda mucho por aprender y conocer, empezando por la Tierra. Porque ni siquiera aquí está todo explicado. Yo por mi parte, sólo intento no limitarme por los parámetros que me resultan demasiado rigurosos e inflexibles. O sea, que aunque la probabilidad de que exista vida extraterrestre inteligente en el sistema solar resulte baja lejos de nuestro planeta, entiendo que este dato no es un factor decisivo.
Pero volvamos a los dioses instructores que en el pasado se revelaron como habitantes de Nibiru. Y para ello asumo la certeza, a nivel de experiencia vivida, de lo que nos cuentan por ejemplo los dogón -y que presenta multitud de paralelismos con el resto de peripecias de otros dioses instructores-. Como decía, estoy seguro de que justo eso es lo que entendieron basándose en lo que vieron. Pues de un astro partió un arca luminosa que transportaba a sus dioses pisciformes en el interior. Seguramente todos lo creeríamos si hubiésemos presenciado el suceso. A ojos de los antiguos ¿de dónde iban a ser aquellas entidades sino del astro de donde provenían aquellos “luminosos vehículos” que los traían en su interior? 

Mas a medida que he podido adentrarme un poco en lo que denominamos ufología, cosa que antes no había hecho, me he percatado del alto grado de semejanza que presentan las narraciones de los dioses instructores venidos del cielo con las de los testigos actuales que se han topado con ovnis y humanoides. Es formidable el parecido en el modus operandi. Entonces ¿podría haber una relación?

De ufólogos como José Antonio Caravaca, Miguel Pedrero o Marcelino Requejo, y los cito porque encuentro muy cercanos y acertados sus argumentos, uno puede formarse una ligera idea de algunos hilos invisibles que se mueven por detrás del gran teatro ovni. Un fenómeno que no tiene porqué ser precisamente extraterrestre y para el que todavía no tenemos una respuesta o definición científica definitiva, entiendo, que lo explique de forma satisfactoria en todos los casos. Aunque sí parece presentar un componente externo a quien lo sufre, ajeno ser humano. Y a menudo interactúa con éste.

Entonces, a día de hoy y con los elementos de juicio de los que dispongo, considero que la verdadera naturaleza de los dioses instructores de antaño se corresponde con la casuística del binomio ovni y humanoide. Y por lo tanto, más cerca de lo paranormal o no explicado que de lo extraterrestre. Sólo que como telón de fondo y por aquel tiempo pretérito, además, una estrella extra cruzaba los cielos. Después, me imagino que todo quedaría confinado a lo sagrado y de ahí sus lazos de unión aparentes.       

Te tomó siete años dar cuerpo a “Nibiru, sino existe habrá que inventarlo”, el cual fue desarrollado no desde un punto de vista académico, al carecer de los títulos de grado, sino desde la posición de un meticuloso observador, y recopilador de datos, que finalmente alcanzó su frutos ¿Cómo sentís fue recibido tu trabajo, a pesar de tus propias limitaciones en la materia?

Ha sido una etapa muy productiva e interesante en lo personal. No hay nada mejor que poderse sumergir en lo que a uno le apasiona. Y yo, me siento muy afortunado de haber disfrutado de esta oportunidad.

Durante ese periodo, lo que al principio empezó como un mero hobby, poco a poco creció hasta llegar a convertirse en parte de mi vida, transformándose al final en libro: “NIBIRU. Si no existe habrá que inventarlo”.

Mis limitaciones a nivel credencial han resultado ser una ventaja a la hora de investigar. No sólo me he librado de tener que jugarme mi carrera, como le habría pasado a muchos tipos de profesionales si hubieran publicado un trabajo como el mío, sino que también, me han permitido acercarme desde algunas ópticas un tanto menospreciadas en el presente. Pues aparte de haber flirteado con las más científicas historia, astronomía, antropología… también he hecho uso del estudio de los símbolos, la astroarqueología, entre otras.

Todavía es pronto para medir el impacto de estas labores. No obstante, el trabajo realizado contiene muchos elementos y matices capaces de alterar la visión clásica que se tiene del pasado y sus protagonistas. Ello dependerá de si la sociedad aprueba o no mis criterios. Pero, como se invocaba en época clásica al alcanzar un punto de no retorno… “alea jacta est”, la suerte está echada. He hecho y seguiré haciendo todo lo posible para resaltar algo que me parece importante que se conozca. El desenlace queda encomendado al tiempo.

Lo que sí puedo asegurar por mi propia experiencia y desde que publiqué “Nibiru”, es que existe un fuerte interés de mucha gente por esta cuestión; eso se nota. Y lo evalúo como algo muy positivo, porque significa que las personas nos seguimos haciendo las típicas grandes preguntas que vienen incomodándonos durante milenios ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? y ¿a dónde vamos? Así que me alegra ver que “no estamos solos” los que intentamos aportar nuestro granito de arena al respecto.  

Pregunta final ¿qué le recomendaría Samuel García Barrajón, a todos aquellos que se inician en estos misterios?

Que contrasten siempre la información atreviéndose a vivir la investigación en primera persona, porque resulta muy gratificante. Si ya los misterios nos fascinan con ese halo un tanto mágico que emanan, el ponerse a realizar pesquisas dirige a un nivel superior de encantamiento. Lo bonito de hacerse preguntas y ponerse en marcha tras la pista, es que las respuestas siempre terminan llegando, generalmente con sorpresa. Eso también es un misterio.

Y por supuesto amigos lectores, les recomiendo leer Nibiru y visitar a menudo Crónica Subterránea. Su curiosidad lo agradecerá. Un saludo.




Samuel García Barrajón
Infinitas Gracias!


Véase:
Samuel García Barrajón
Site: http://www.mdmisterio.com/

2 comentarios:

  1. Estimado Samuel ¿Usted cree en los extraterrestres? Usted Samuel ¿ha entrevistado algún piloto o controlador aéreo que feacientemente han asegurado haber visto naves extraterrestres? Usted Samuel...¿piensa que los gobiernos están ocultando algo...que seres de otros planetas visitan la Tierra?. ¿Que le diría a los escépticos sobre este tema? ¿Cree que hay infiltrados extraterrestres entre nosotros?

    Reciba un cordial saludo.

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  2. Al final de todo, subyace el miedo: Miramos hacia el firmamento y nos hacemos muchas preguntas, sabiendo que los extraterrestres están aquí, en la Tierra. observándonos. Hace 16500 años, otros humanos pintaban en las cavernas representando a seres que ya entonces intuían y ahora, nosotros que los hemos visto, que sabemos de su existencia, miramos hacia otro lado. Miedo a preguntarnos sobre la realidad.

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