17 de noviembre de 2008

Hilarión del Monte Nebo -Débora Goldstern

HILARIÓN DEL MONTE NEBO
Débora Goldstern



Hoy Crónica Subterránea se sumerge en la obra de Hilarión del Monte Nebo, seudónimo de la espiritualista argentina Josefa Rosalía Luque Alvarez (1893-1965). Nacida en Villa María, provincia de Córdoba, en 1932 se traslada al Delta del Paraná donde en 1939 funda la Fraternidad Cristiana Universal, una especie de escuela de estudios esotéricos, que más tarde se conocería como el Santuario de Nengadá.

Durante un período de treinta años recibió canalizaciones de varios seres, el primero de los cuales Hilarión del Monte Nebo, le transmitió: “1.447 páginas de la trilogía Arpas eternas. Relatos de la vida de Cristo, más su segunda parte Cumbres y llanuras. Los amigos de Jhasuá (812 pp), cuyo voluminoso contenido proviene de los “Archivos de la Luz Eterna”, depósito de información cósmica donde todo permanece grabado en calcos de fuego vibratorio. En 1959, bajo inspiración de “Sisedón de Trohade”, publicó Orígenes de la Civilización Adámica (3 partes, 1.597 pp ); y en 1966 su obra póstuma Moisés, el vidente del Sinaí, con 890 páginas.

Conocida en la intimidad como Mamina, Hilarión del Monte Nebo, deja un legado extenso, rico en datos históricos aunque controversiales. Elegimos para ilustrar nuestro post del día algunas páginas de Arpas Eternas, t. II. El lector accederá a viejos archivos que describen las crónicas de civilizaciones desaparecidas, como Lemuria, Atlántida, así como otras razas ignotas, registros ocultos en manos de hermandades poco conocidas como Esenios y Kobdas.

Comprenderá el lector porque pusimos el ojo en esta escritora, y del cual nos reservamos más post a futuro.



EL ARCHIVO DE RIBLA

En la caravana comenzó a extenderse un rumor sordo de conversa­ciones y de protestas, contra la injusticia de los poderosos que reinaban entonces.
—Ya vendrá el Mesías que Israel espera —dijo por fin un viejo rabino— que venía desde Judea y él pondrá todo en orden como Dios manda.
— ¡Oh que venga pronto! —exclamaban varias voces a la vez— porque si tarda vamos todos a morir de hambre.
— ¿Le esperáis para pronto?—preguntó uno de los Esenios.
—Es que ya debe estar aquí —volvió a decir el viejo rabino—. Y no acierto con el misterio que hay que no se descubra ante su pueblo.
Niño, tú que pareces un esbozo de profeta de Dios —dijo dirigiéndose a Jhasua—. ¿No podrías decirnos si ha venido y dónde está el Mesías que espera Israel? Los Esenios prestaron toda atención a la respuesta que iban a oír.
—Israel espera un Mesías que le haga poderoso para dominar al mundo —contestó Jhasua—. Y yo creo que el Altísimo no enviará su Hijo para que los hombres se maten en guerras de conquista sino para que se amen unos a los otros como cada cual se ama a sí mismo
—Moisés salvó a Israel del yugo de los Faraones de Egipto y también fue el hombre enviado por Jehová en beneficio de su pueblo —arguyó el rabino—. ¿Por qué pues no podemos esperar que el Mesías sea el libertador de Israel del yugo romano?
—El yugo romano es una pajilla si se le compara con el yugo de los Faraones —dijo otro de los viajeros—. Yo no miro con malos ojos la do­minación romana.
— ¿Y sois vos un hijo de Israel? —preguntó escandalizado el Rabino.
—Justamente porque lo soy, miro las cosas desde el punto de vista de la conveniencia. ¿Qué sería del pobre pueblo hebreo sometido tan sólo a la autocracia de la casta sacerdotal que lo absorbe y; domina todo en estos úl­timos tiempos?
—La autoridad romana les ha cortado un tanto las garras, y aunque son buitres que lo devoran todo, por lo menos no son dueños de vidas y ha riendas. La autoridad romana, nos defiende de la codicia sacerdotal. Yo lo entiendo así.
—Habéis desviado la conversación —dijo el Rabino—. Yo quería que ese zagalito rubio se sintiera inspirado de Jehová y nos dijera si ha nacido el Mesías como indicaron los astros, o si han mentido las estrellas como mienten los hombres.
—Los astros no han mentido, buen anciano — le contestó Jhasua mirán­dole fijamente a los ojos—. El Mesías estará en medio de los hombres, pero escrito está, que los hombres de su pueblo le desconocerán, porque sólo pueden reconocerle y sentirle los que quieren de verdad ser purificados.
"Israel quiere un Mesías rey de naciones, y está escrito que "El no romperá la caña que está cascada, ni apagará la lamparilla que aún humea; que partirá su pan con los hambrientos y que será llamado varón de dolo­res. El que tiene oídos, que oiga. El que tiene inteligencia que comprenda". ¿No es así el anuncio de los Profetas?...
Una bruma de oro resplandeció desde lo alto del cerro tras el cual se escondía el so!, y la cabeza rubia de Jhasua parecía irradiar un sutil pol­villo dorado. Los Esenios clarividentes percibieron una inmensa aureola de oro y azul que le envolvía hasta hacerle casi desaparecer.
El anciano rabino fue de pronto iluminado por la luz divina porque era hombre justo y de buena fe, y desmontándose de un salto se acercó a Jhasua y comenzó a besarle los pies mientras Doraba a grandes sollozos.
—Tú eres el Mesías de Israel esperado, Niño de Dios!... exclamaba como enloquecido dejando a los viajeros estupefactos, pues que la mayoría de ellos poca atención habían puesto a los asuntos religiosos. He visto la luz de Dios sobre ti y el corazón no me engaña.
Los Esenios intervinieron.
—Montad buen hombre, que éste no es lugar para tratar estos asuntos. Cuando lleguemos a Ribla hablaremos detalladamente —le di­jeron.
—Ese viejo tiene el seso reblandecido —-decían algunos, y nos quie­re hacer un drama sacro a mitad de camino.
La mayoría de los viajeros diseminados unos detrás de los otros a lo largo del camino, no se enteraron de esta conversación, pues sólo podían oírla los que marchaban junto al grupo formado por Jhasua y los cuatro Esenios.
El rumor del Orotes lo dominaba todo y apenas dejaba oír la voz sonora del guía que gritaba:
— ¡Alto!... Llegamos al Puente de las Caravanas y debemos ha­cer un breve descanso. . .
Se desmontaron para tenderse sobre el césped. La jornada había sido larga y el cansancio se apoderaba de todos.
Las primeras sombras de la noche lo envolvían todo, con esa suave penumbra de las noches de oriente que deja percibir todos los objetos como si el azul diáfano del cielo y las primeras estrellas hicieran más tenue el manto de las tinieblas. Jhasua tendido cuan largo era sobre el verde brillante del césped, parecía una estatua yacente de un Ado­nis dormido.
El viejo rabino se sentó hacia sus pies, para contemplar a su sabor aquel bello rostro adolescente, entre un marco de cabellos bronceados que le caían abundantes Sobre los brazos cruzados por debajo de la cabeza.
—He aquí el modelo perfecto para que un artista del mármol forge un Abel muerto —dijo el anciano al oído del Servidor, que se sentó a su lado.
—O de un Abel dormido a las orillas del Eufrates —intercedió el Esenio— sacando algunas viandas de su maleta de viaje.
Los otros Esenios se unieron al grupo.
—Por piedad, dejadme entre vosotros—les dijo el viejo rabino—que prometo ser discreto. Bien veis que casi estoy terminando mis días, y la luz que he vislumbrado, no quiero que se apague más.
—Bien, vos lo habéis dicho. La luz que el Señor enciende nadie puede apagarla. Quedaos pues y compartiréis nuestra cena.
El anciano viajaba con un criado, el cual abrió ante su amo una gran alforja repleta de comestibles.
Hicieron mesa redonda con el rabino y su criado, y cuando todo estaba dispuesto, el Servidor llamó suavemente a Jhasua..
— ¿Duermes Jhasua? —le preguntó.
—Soñaba —dijo incorporándose lentamente—. Soñaba que atrave­saba por un desierto abrasado de sol y que extenuado de sed me tendí a morir en un camino. Vi que un viejo labriego me encontraba y me daba de beber. El anciano ése tenía el mismo rostro y expresión que te­néis vos —dijo al Rabino.
Este miró a los Esenios como preguntando si el joven hablaba dor­mido aún.
—Los inspirados de Jehová —dijo el Servidor— reciben la luz di­vina en muchas formas. Y acaso el sueño de Jhasua será una escena pasada o una escena futura.
—Ahora, a alimentar los cuerpos que pronto nos llamará el Kábir a las cabalgaduras.
—Y esta vez será para dejarnos a las puertas de Ribla —añadió, otro de los Esenios haciendo las partes, de frutas, pan y queso que correspondía a cada uno.
Durante la comida intimaron aún más con el Rabino; y de esta in­timidad resultaron algunas confidencias inesperadas. Y así los Esenios y Jhasua supieron que el anciano Rabino cuyo nombre era Miqueas, te­nía varios hijos, uno de los cuales era Gamaliel, el joven doctor "de la Ley que tanto había admirado la clara luz de Jhasua en la difícil y com­plicada ciencia de Dios y de las almas, cuando a los 12 años le llevó José de Arimathea para que escuchase a los Doctores y maestros de Israel.
Yerno suyo era Alfeo que vio a Jhasua en la cuna la noche de su nacimiento. Cuñada suya era Lía, la viuda de Jerusalén que conocemos. Había pues vinculación directa entre él y los amigos y familiares del Cristo que le conocieron desde su primera infancia.
— ¡Pobre de mí! —Decía condolido el viejo—. Todos habían visto la luz y sólo yo estaba a obscuras...
— ¡Cómo se ve, que el secreto andaba entre Esenios, que así estuvo oculto durante tanto tiempo!..
¿Cómo fue, que mi yerno Alfeo nada me dijo de esto? ¿Cómo calló así mi cuñada Lía, cuando en varias ocasiones estuvo con Susana mi mujer?"
—En los designios divinos —contestó el Servidor— todas las cosas tienen su hora, y mientras esa hora no llega, densos velos encubren lo que el Eterno quiere que sea encubierto. Acaso, por especiales combinaciones muy comunes en la vida humana, no estarías en condiciones de saber estas noticias.
—Así es por desgracia —contestó el anciano pensativo—. Tenía yo una atadura de hierro hasta hace cerca de dos años. Mi hermano mayor que murió en este tiempo, era el intérprete, y traductor ^hebrea, que más apreciaba Herodes el Grande, cuya amistad, para con el alto sacerdocio de Jerusalén era ocasionado por estas relaciones de mi hermano. Y co­mo por cuestiones de intereses yo dependía de él, siempre me encontré maniatado a sus opiniones y modos de ver en todo orden de cosas. Su muerte me libertó de esta esclavitud y recién ahora me considero hom­bre libre.
—Ya lo veis pues. Había una poderosa razón para que el Altísimo mantuviera velados para vos sus grandes secretos —añadió de nuevo el Servidor.
— ¡Ahora sí que no os dejo escapar! —decía entre enternecido y ri­sueño el anciano Rabino, mirando a Jhasua que estaba muy ocupado en romper almendras y avellanas, para que los comensales las encontrasen ya limpias.
—Ya veis —decíale, el jovial Esenio Melkisedec— habéis llegado al festín divino un tanto retrasado, pero aún tenéis la satisfacción de ocupar un puesto en la mesa del Profeta de Dios y comer almendras y avellanas peladas por sus propias manos. Lo dijo al mismo tiempo que Jhasua con su gracia y dulzura habitual ofrecía al anciano en el hueco de sus manos, una porción de dichas frutas ya descortezadas.
El le tomó ambas manos y las estrechó sobre su pecho mientras sus ojos se inundaban de llanto.
—Ahora no me agüéis la fiesta que yo estoy muy contento —díjole Jhasua viendo la emoción del anciano.
Poco después de esta escena, la caravana se ponía en marcha si­guiendo el curso del río Orontes, cuyo armonioso rumor semejaba un salmo de gratitud al Hacedor Supremo, según era la vibración del íntimo gozo espiritual que se había extendido sobre los viajeros.
Y la luna llena y pálida como una hada misteriosa, encendía su fanal de plata sobre los cerros y los bosques cargados de perfumes y de rumores, y sobre las ondas serenas del río que continuaban desgranando sus sal­modias de cristal.
En la última parada antes de llegar a Ribla, el Kabir contrató un joven y fornido aldeano, para que con su buen caballo se adelantase a llevar la noticia de que llegaban al amanecer, pues viajeros de Palimira le espera­ban con urgencia.
—Decid a cuantos encontréis en la Puerta de las Caravanas, que nos hemos adelantado en muchas horas y que antes de salir el sol, estaremos entrando en la ciudad.
Esta orden dada por el Kabir a su mensajero, fue causa de que Arvoth el escultor y sus dos hijos, se encontrasen apostados a la gran puerta de entrada a la espera de los Esenios que traían a Jhasua.
— ¡Por fin! —Decía él con mucha gracia— por fin nos encontrare­mos con ese famoso Archivo, que ya lo veo hasta cuanto parto el pan.
—Pero, cuidado amigo Arvoth; que si ese Archivo no es conforme a lo que tenemos soñado mis maestros y yo, puede que os demos algún castigo!
—O puede ser que yo os lo dé a vosotros, por haber tardado tanto en traerme noticias de mi hogar abandonado —contestaba el escultor riendo de la amenaza de Jhasua.
—Abandonado no, señor escultor —agregó de nuevo Jhasua— por­que del Santuario va todos los días el hermano repostero con su ayu­dante, para llevar cuanto necesita vuestra esposa y vuestra hija Nebai.
No estaréis vos mejor cuidado que ellas.
Los Esenios reían del fuego que ponía Jhasua en sus afirmacio­nes, que Arvoth agradecía, aunque dominado por una profunda emoción.
Y mientras la caravana se dirigía a las grandes cuadras donde las bestias descansarían hasta el regreso, los viajeros se diseminaron por la ciudad, cada cual al sitio en que era esperado.
Los Esenios y Jhasua siguieron a Arvoth que les condujo' hacia la ancha calle llamada de "Los Bazares", por la gran cantidad de ellos que había en todo el trayecto, aun cuando a esa temprana hora, no es­taban abiertos.
Sólo encontraban a los leñadores con sus yuntas de asnos o de bueyes que entraban cargados de fardos de leña y los labriegos de los campos vecinos, con grandes alforjas de esparto repletas de frutas y de hortalizas.
Encontraron que Ribla tenía gran parecido con las ciudades gali­leas, las cuales debido a las alteraciones del terreno, unos edificios es­taban sobre un pequeño cerro, otros en honduras, que las exuberantes plantaciones les daban el aspecto de terrazas al aire libre, pues sus te­chumbres estaban a más bajo nivel que las copas de los árboles que les rodeaban.
Encajonada la ciudad entre enormes bastiones naturales de pie­dra, entre los cuales brotaban árboles como la paja en las llanuras, era en verdad un conjunto de nidales de águilas perfectamente defendidos por la naturaleza.
Por tres lados estaba Ribla, defendida por los grandes platanares de las riberas del Orontes, pues quedaba justamente donde el río for­maba un ángulo agudo con uno de sus afluentes, que corría tumultuo­samente al pie mismo de la muralla que daba al oriente. Al pie de aque­lla muralla, estaba la vieja casona habitada por Menandro, el sacerdote de Hornero poseedor del Archivo.
El anciano dejaba el lecho a mitad de la mañana, y Arvoth tuvo tiempo para hacer conocer a los viajeros aquel vetusto edificio, cuyo aspecto exterior denotaba varios siglos de existencia. Algún gran cau­dillo guerrero debió ser su dueño primitivo, a juzgar por las formi­dables defensas que hacia el exterior tenía. Sus ventanales eran cala­duras hechas en los mismos bloques de piedra, y sus torrecillas alme­nadas conservaban señales de agresiones ya lejanas.
Desde las terrazas admirablemente resguardadas, se contemplaba el maravilloso panorama que ofrecía el gran río, serpenteando como un movible sendero de cristal rizado por entre montañas, bosques y pradera.
— ¿Qué me decís del cofre que guarda el Archivo? —preguntaba Arvoth a los Esenios, asombrados de aquella ciclópea construcción.
— ¡Que es digno de guardar toda la historia de la humanidad!... —le contestó el Servidor Nicandro o Nicanor que es lo mismo, era el hijo mayor del dueño de la casa, y fue quien primeramente les recibió diciéndoles que su pa­dre les esperaba en la biblioteca porque se sentía algo atacada, del reuma.
En efecto, el hermoso anciano descendiente de Hornero les recibió sin moverse de su sillón.
Lo primero de que se extrañó, fue de ver un jovencillo como Jha­sua entre los estudiosos, que venían de tan larga distancia en busca de un archivo, cuyos polvorientos pergaminos relataban leyendas que te­nían siglos.
—Vosotros los descendientes del gran poeta, decís que las Musas le mimaron desde su niñez —decía Tholemi, gran conocedor de las tra­diciones griegas.
—Y fue así con toda verdad —interrumpió el anciano.
—Nosotros decimos —continuó el Esenio—, que este jovencito es un mimado de la Luz Eterna y de la Divina Sabiduría.
Jhasua se vio precisado a acercarse al anciano que le tendía ambas manos temblorosas.
—Rubio como Apolo y tus ojos como los suyos, tienen dardos que que­man el corazón —le dijo estrechándole las manos—. ¿Por qué has venido?, di la verdad, ¿por qué has venido?
—Por el Archivo y por el guardián del Archivo —le contestó Jha­sua, con una dulzura tal, que al viejo sensitivo le resonó su voz como un canto de alondra.
— ¡Oh, gracias, precioso Apolo de la Siria! Y ¿qué esperabas encon­trar sino al reuma en el viejo guardián del Archivo? —volvió a interro­gar el anciano Menandro como si el hablar de Jhasua le causara un gozo inefable.
—No pensé en vuestra enfermedad, sino en la comprensión y firme voluntad que demostráis al desterraros voluntariamente de vuestro país por conservar un Archivo. Difícilmente se encontrarían hoy, diez hombres en el mundo que hicieran lo mismo.
—Tienes la sabiduría a flor de labio como tenía Hornero sus cantos inmortales. Siéntate en este taburetito donde solía sentarse mi joven es­posa, cuando quería arrancarme un sí y yo quería decir no. Jhasua son­reía sintiendo la suave caricia de la ternura de aquel anciano, y se sentó en el sitio indicado. Mientras esta escena, los Esenios habían formado ca­dena de fluidos magnéticos con sus pensamientos puestos en acción, para aliviar de sus dolores al buen sacerdote de Hornero, que iba a prestarles tan importante servicio.
—Vamos a ver —continuó el anciano—, ¿qué quieres tú del Archivo y del guardián del Archivo?
—Del Archivo, quiero sus secretos y de vos quiero la salud y la alegría —le contestó Jhasua que había dejado de sonreír, y miraba a los ojos del anciano con una energía y una fijeza tal, que el viejo se estre­meció involuntariamente.
—Los secretos del Archivo los tendrás, pero mi salud y mi alegría están ya muy lejos... —murmuró con tristeza.
—También yo' estaba lejos y hoy me tenéis a vuestro alcance. La salud y la alegría son palomas mensajeras del Altísimo, y van y vienen como las ráfagas del viento y los rumores del Orontes —le dijo Jhasua acariciando suavemente con sus manos que vibraban, los brazos y las rodillas del anciano sobre los cuales se había apoyado.
Había comprendido que los Esenios emitían fuerza magnética sobre él para que aliviase a Menandro, y lo hizo con tan buen éxito que de pronto le vieron ponerse de pie y que agitando los brazos exclamaba lleno de satisfacción y alegría:
— ¿Pues no digo? Eres Apolo, y has puesto fuego y vida en mi cuer­po y alegría en mi viejo corazón.
Y empezó a dar fuertes abrazos a los recién llegados para hacerles ver que la energía y la salud habían vuelto, aún cuando él las creía tan lejas.
Si bien dispuesto estaba el anciano hacia los Esenios, lo estuvo por completo después de esta escena que acabo de relatar.
El mismo les guió al Archivo y lo puso a su disposición, dándoles las indicaciones que pudieran servirles de guía para encontrar lo que deseaban.
Un pequeño libreto especie de índice les hizo ver en conjunto lo más importante que aquel Archivo guardaba: Crónicas del Continente Lémur (desaparecido). Crónicas del Continente Atlante (desapareci­do). Crónicas de Ática, de Escitia, del Indostán, de Irania, del Nilo, de Mauritania y de Iberia.
_ Deseamos primeramente las Crónicas de la península Indostánica _dijo Melkisedec.
Y el anciano sacerdote de Hornero les sacó un grueso rollo de pa­piro en cuya envoltura exterior se leía:
"Crónica escrita por Arjuna" discípulo de su Grandeza Khrisna, el príncipe filósofo del amor y de la paz".
— ¡Esto es lo que buscábamos! —dijeron a la vez los cuatro Esenios, mientras Jhasua esperaba en silencio.
_ Bien mis amigos: este archivo es vuestra casa. Tenéis entera li­bertad en él —les dijo el anciano y apoyado en su hijo salió al parque de la casa a su paseo matutino de que hacía varios meses estaba privado.
—También yo los dejo —añadió Arvoth—. Mis hijos y yo tenemos otra clase de trabajo que les haré ver cuando les plazca. Los mármoles están rabiosos por tomar formas definidas, y también tengo yo prisa de volver al hogar. Con que hasta luego.
Cuando él salía, entraba un criado llevando jarabes y pastelillos con que el dueño de casa obsequiaba a los visitantes.
Sigamos en su tarea a nuestros cuatro Esenios con Jhasua, y así sabremos cuánto ellos van descubriendo en aquel archivo milenario.
El papiro encerrado en un tubo de piel de foca y muy recubierto por una fina tela de lino, fue cuidadosamente abierto y colocado en los atriles especiales para estudiar esta clase de trabajos. Era doble, o sea escrito en dos cintas de papiro unidas al medio por pequeñas obleas en­gomadas. Una de las tiras estaba escrita en la lengua de los antiguos Samoyedos, que en su lenta emigración de los hielos del Norte fundaron Hisarlik, la gran capital del Ática prehistórica. La otra cinta era una traducción de aquella lengua muerta al griego de la época Alejandrina, que se divulgó bastante por Asia y África debido a las correrías de conquista de Alejandro Magno.
Era pues tarea fácil para los Esenios la lectura del papiro en la escritura griega antigua.
Melkisedec fue designado lector, y notarios, Azarías y Tholemi. El Servidor y Jhasua escuchaban.
El papiro comenzaba así:
"En la inmensidad donde giran estrellas y soles, resonó la voz eter­na repetida por los ecos y marcó la hora inmortal. La Legión protectora, de la sexta Jornada Mesiánica en globos gemelos del. Planeta Tierra, entró en actividad, y elevadas inteligencias penetraron en la atmósfera astral de los planos físicos, para anunciar el gran acontecimiento a los encarnados que habían de antemano aceptado el encargue de ser instru­mentos del designio divino en el plano que ocupaban.
"Una elevada inteligencia, un arcángel fue el heraldo elegido para buscar aquellos instrumentos perdidos en las selvas terrestres, y apa­reció en sueños a una mujer de vida pura cuyo nombre era Sakmy, desposada recientemente con e' doncel Baya-Dana, ambos pertenecientes a la numerosa parentela del joven Rey de Madura, país del Sur indos-tánico sobre el mar. Vedo-Van Ugrasena era un rey justo .y piadoso con su pueblo, que le amaba y reverenciaba por su gran misericordia.
"La hermosa visión anunció a la joven esposa Sakiny, que la hora era llegada de que un rayo de Luz Eterna bajase a la tierra, y que ella sería madre de la elegida por los Genios Tutelares de la Tierra, para vaso purísimo que encerrara al Divino elixir de vida para la humanidad, en­ferma de muerte por sus propias miserias.
"Y cuando fue el tiempo, les nació la hermosa niña a quien llamaron Devanaguy y en cuya crianza y educación pusieron sus padres un esmero muy superior a lo habitual, ya que conocían los elevados designios di­vinos sobre aquella criatura.
"Cuando ésta llegó a la pubertad, fue tomada como esposa por Vasuveda, gentil y noble mancebo, hijo segundo del buen rey Ugrasena, que al poco tiempo fue desposeído de su reino por su hijo mayor Kansa, erigido en caudillo de los poderosos descontentos por la misericordia de Ugrasena para con el pueblo.
"El buen rey había sido encerrado en una Torre, y sus fieles servi­dores y amigos, reducidos a esclavitud, habían perdido toda esperanza de salvarle.
"Lloraba el triste rey su obscura suerte de caer en prisiones, cuan­do apenas se habían extinguido los ecos de los himnos nupciales de! desposorio de su hijo Vasuveda con la niña elegida por los dioses para que "Vishú" encarnase en ella, y hecho hombre, salvara a la humani­dad de la muerte que le amenazaba.
"Devanaguy su joven nuera, inspirada por los Genios del bien y del amor, disfrazada de chicuelo vendedor de frutas azucaradas, logró introducirse con su venta en la Torre, presidio de su suegro, y cuando a través de los barrotes de su puerta pudo hablarle, se dio a conocer y le dijo que los Devas querían que viviese para ver la gloria de Vishú que se acercaba. La adolescente esposa estaba ya encinta en la quinta luna y mientras aparentaba ofrecer sus golosinas al cautivo le decía: Alégrate Ugrasena, padre mío, porque "Vishú" encarnado en mi seno, será tu salvador.
"Mientras tanto Vasuveda su esposo, y segundo hijo del cautivo, hacía correr secretamente la gran noticia entre los que permanecían adictos a su padre, que en su mayoría se hallaban en la dura condición de siervos, desposeídos de todos sus bienes.
"Desde aquel momento se formó una numerosa alianza entre los desposeídos y esclavizados, para prepararse a la llegada del Libertador.
Con la mezquina concepción de la vida y del bien que tuvo siempre la humanidad, la mayoría de estos desposeídos y esclavizados, esperaban un Vishú salvador de su penosa situación y no al Rayo de Luz Divina que venía para toda la humanidad.
"Mas la Eterna Sabiduría, que aún de las ignorancias humanas ex­trae el bien para sus criaturas, de este gran entusiasmo popular extrajo la divulgación del sentimiento de justicia y protección divinas, para quie­nes la merecen con su buen obrar.
"Los sucesores de aquellos Flámenes originarios de Lemuria, vivían como anacoretas en los bosques y grutas que llamaron sagrados con el tiempo, por las maravillosas manifestaciones del poder divino que en ellos se obraban, debidos, según el vulgo, a la vida penitente y de oración con­tinua que los solitarios hacían.
"¿A quiénes, pues, habían de acercarse los desposeídos y esclaviza­dos, sino a estos pobres voluntarios que se contentaban con los frutos que les daba la tierra para sostener sus vidas?
"De aquí vino que el pueblo empobrecido y tiranizado por Kansas y sus partidarios, formó unión con los anacoretas hindúes, conservadores de las doctrinas de los Flámenes, aunque ya algo transformadas y des­figuradas, por la acción devastadora de los siglos y de la incompren­sión humana.
"Los solitarios, cuya vida de alta contemplación y estudio de las Leyes Divinas, les ponía en condiciones de seguir la luminosa estela de la Divina Voluntad con relación al planeta Tierra, sabían que el tiempo de la llegada de la Luz Divina había sonado ya en los arcanos eternos, y esperaban de un día a otro el gran acontecimiento.
"Sus antiguas profecías decían bien a las claras: "Cuando hayan pasado cuarenta centurias desde que el sol se durmió en las riberas del Eufrates, el sol nuevo se levantará al sur del Indostán junto al mar. Su llegada será anunciada por el hecho insólito de un hijo en rebelión contra su padre-rey, al cual encadenará en un calabozo".
"Para los contemplativos anacoretas hindúes, el sol dormido a ori­llas del Eufrates, era Abel. Las cuarenta centurias habían ya pasado, y al sur del Indostán, junto al mar, en la gran capital de entonces, Madu­ra, un hijo, Kansas, se había rebelado contra su padre Ugrasena, y le habla puesto en calabozo. Era pues allí y en esos momentos, en que debía aparecer el nuevo sol de justicia.
"Otro anuncio profético que contaba varios siglos de existencia, y que había cantado un bardo sagrado en las selvas Indostánicas decía: "Cuando los grandes ríos del oriente bajen sus aguas hasta entregar a los hombres las arenas de su cauce para amurallar ciudades, y suban luego hasta que los monstruos del mar crucen por encima de sus techum­bres, alegraos corazones que latís, porque siete lunas pasadas, aparecerá un lucero nuevo en el horizonte, a cuyo influjo irresistible y suave todo pájaro cantará en su nido".
"Este hecho relacionado desde luego con movimientos y evoluciones astrales, había ya tenido lugar y estaba terminando la séptima luna de la profecía.
"Y los contemplativos solitarios de las grandes montañas y selvas de la India, alentaban a la inmensa turba de los desposeídos y esclavi­zados, con la divina esperanza de un ungido del Amor que se apiadaría de ellos.
"Y de las inmensas cavernas del Himalaya y de los Montes Zuleiman, bajaban de dos en dos y en interminable caravana, hacia el sur del Indostán. Las grutas de la cordillera Windyha junto al caudaloso Narbhudha que desemboca en el Golfo de Cambayha, dieron asilo a aque­llos infatigables visionarios que extraían de los abismos estelares y del fondo de las aguas, los indicios anunciadores de que un rayo de la Luz Increada iba a iluminar la Tierra.
"La Energía Eterna, fuerza impulsora que es vendaval que arras­tra, y relámpago que ilumina las tinieblas, les hizo encontrarse sin bus­carlo y sin pensarlo, con los últimos vestigios de una ya desaparecida civilización que en el ostracismo de las cavernas vivían también espe­rando. Y los solitarios indostánicos, cenizas vivas de los muertos Flá­menes Lémures, se encontraron en la legendaria Bombay con las últimas lucecillas que dejara en pos de sí el sol dormido en las orillas del Eufrates y en los valles del Nilo según la antigua profecía. Se encontraron, se re­conocieron, y como todos buscaban a luz de un nuevo amanecer, se re­fundieron en un abrazo que permaneció anudado durante largas edades.
Y por esas maravillosas combinaciones que sólo teje y desteje la Ley Divina, se encontraron unidos al S.O. de la península Indostánica, los Dacthylos de Antulio con su clara sabiduría extraída de los abismos estelares, con los Kobdas azulados de Abel, con su ciencia arrancada del estudio del humano corazón ávido de amor y de paz; y los Flámenes Lé­mures de Numú, cuya llama viva sabía el secreto de transformar la bes­tia humana harta de carne y sangre, en buscadores de una estrella nueva que debía aparecer en el horizonte terrestre.
"Y apareció el niño Chrisna hijo de Vasuveda, hijo segundo de! rey de Madura Ugrasena, y de Devanaguy, hija primogénita de Baya-Dana y de Sakmy la sensitiva, que recibió la primera visión precursora del acercamiento divino.
"Mas, como las sagradas profecías eran también conocidas de las inteligencias tenebrosas que persiguen a la luz, un mago negro hizo llegar a Kansas el hijo usurpador y rebelde, que un rayo de la Jus­ticia Eterna nacería de Devanaguy mujer de su hermano Vasuveda, mandó sus esclavos que la raptaran del hogar y la encerrasen en una dependencia de la misma Torre en que tenía secuestrado a su padre.
"Y aunque los hijos de las tinieblas apagan toda luz, los hijos de ia claridad la encienden hasta en las piedras de los caminos. Y fue así, que los que conocían el gran secreto, se valieron de ingeniosos ar­dides para rondar alrededor de aquella Torre y ocupar en ella puestos ínfimos de limpiadores de acueductos y de fosos, de leñadores y de pi­capedreros, con el fin de evitar que el niño que iba a nacer fuera ase­sinado tal como Kansas el usurpador había mandado.
"Las tinieblas de su propia maldad cegaron a los que buscaban apagar la luz divina que venía a la tierra, y mediante un túnel abierto secretamente desde la Torre-presidio a la orilla del mar, Devanaguy fue sacada antes de ser madre y sustituida por una joven que había muerto al dar a luz su hijo.
"El guardián Donduri, discípulo de los solitarios y adicto al rey encarcelado, estaba en el secreto del cambio, y se limitó a dar parte a Kansas el traidor, que la cautiva había perecido al dar a luz sin so­corro alguno.
"El malvado usurpador hizo grandes fiestas celebrando su triunfe y el de sus magos sobre los hijos de la luz, y durante el mismo año fue libertado el rey justo por los mismos medios, quedando en su lugar uno de los solitarios que se le parecía, y que se brindó al sacrificio a fin de que Ugrasena quedara en libertad para organizar con Vasuveda y su pueblo fiel, la liberación de Madura.
"Crishna que significa, "secreto guardado en sombras'' fue encargado a un pastor llamado Nanda que vivía a orillas del Nerbuhdah, al pie de los Montes Windhyah donde los solitarios tenían el más antiguo y nume­roso Refugio-Santuario hábilmente oculto en las cavernas y entre los bosques más impenetrables".
Hasta aquí habían llegado los Esenios en la lectura del papiro, cuando Arvoth se llegó al Archivo para anunciarles que el anciano sacerdote de Hornero, Menandro con sus hijos les esperaba para la comida del medio día.
Y otra vez se realizó el hecho tan comúnmente repetido, de que a! partir el pan y verter el jugo de la vid en las ánforas de plata, se forman grandes alianzas y florecen las amistades y los encuentros de almas que juntas estuvieron en lejanos tiempos, y que el Eterno Amor reúne en un momento dado.
Los hijos de Menandro, el sacerdote de Hornero se habían hecho gran­des amigos con los hijos de Arvoth el escultor, si bien éstos eran de menos edad que los otros.
El anciano les refirió durante la comida los viajes y excavaciones que tuvo que hacer en ciertos parajes de la antigua Grecia, sobre todo en las grutas del Monte Himeto que en la prehistoria se conoció por Monte de las Abejas, en cuyas oquedades profundas y rumorosas, se decía que salían genios benéficos, enviados por las Musas al bardo inmortal Hornero, sobre todo la luminosa Urania, que escuchaba el danzar de las estrellas, cuyas grandiosas epopeyas las refería en divinos poemas representados por dio­ses (El Monte de las Abejas fue en el Ática el refugio de los Dacthylos de Antulio).
Les refería que en algunas grutas había encontrado nombres petri­ficados y escrituras en láminas de mármol.
_ Hornero, mi glorioso antecesor —decía orgullosamente el anciano—, tenía coloquios íntimos con las Musas y con los genios enviados por ellas, para contarle las tragedias de hombres y dioses en los abismos de luz y sombra, en que viven su eternidad las estrellas.
Era encantador para los Esenios escuchar a aquel anciano que pa­recía tener música en los labios y fuego en el corazón cuando hablaba de los poemas inmortales de Hornero. Parecía haberlos vivido él mismo y que su palabra llena de santo entusiasmo los fuera de nuevo esbozando en aquel ambiente de serena simpatía que le rodeaba.
— ¡Cuan feliz hubiera sido Hornero, mi padre, si hubiera tenido este divino Apolo sirio a su lado... así tan cerca como le tengo yo!... —excla­maba de pronto el anciano embebido en la contemplación de Jhasua que a su vez le miraba con vivísima simpatía. Entonces sí que hubieran bajado las musas, para contarle leyendas del Infinito que descubrirían ante los hombres bellezas no imaginadas por ellos.
—Habláis de vuestro padre Hornero con un entusiasmo que raya en delirio! —dijo en voz baja Jhasua mirando al anciano que tenia a su lado, y no habéis pensado que la Ley de las reencarnaciones ha hecho de vos una repetición de Hornero el de los cantos inmortales.
— ¿Qué habéis dicho Apolo mío? —preguntó el anciano como querien­do arrancar de los ojos profundos de Jhasua el secreto que acaso ellos habían leído en el insondable Infinito—. ¿Qué habéis dicho?
—Lo que habéis oído —contestó firmemente el joven Maestro con aquella voz elocuente de inspirado, que a veces tenía vibraciones metálicas como si fuera una campana de bronce sonando en la inmensidad.
Un silencio inmenso, solemne se estableció en el espacioso cenáculo donde tales palabras habían resonado, como si el misterioso enigma de la Verdad Eterna hubiera sobrecogido las almas de un sentimiento profundo de religiosa adoración.
— ¡Es verdad! —Exclamaron luego los Esenios—. Y nunca lo había­mos pensado.
—Y acaso —prosiguió Jhasua— cuando explorabais las grutas del Monte Himeto, y sacabais esas momias convertidas en piedra, no pensaríais que una de ellas os había pertenecido en edades lejanas.
—Niño, niño!... Me amedrentáis con vuestra luz que sondea los si­glos.... —exclamó el anciano poniendo su diestra temblorosa sobre la fresca mano de Jhasua, apoyada blandamente sobre el mantel—. ¿Creéis acaso que tanto he vivido sobre la tierra como para que un cuerpo que fue mío se haya convertido en piedra?
— ¿Y por qué no? ¿Qué son los siglos ante la eternidad del alma hu­mana? —le preguntó nuevamente Jhasua.
—En los papiros que guardan los Esenios —continuó diciendo— he conocido las vidas que unos solitarios que habitaron las grutas del Monte Himeto, en aquel entonces Monte de las Abejas, donde se cuenta que conservaban embalsamados los cuerpos que les sirvieron para realizar sus vidas físicas, y les mantenían ocultos en huecos abiertos en la roca viva. Y como ésta va creciendo por la lenta acumulación de átomos y moléculas, se concibe muy bien que los cuerpos quedan al fin de los siglos, como incrustados en la montaña de la que quedan formando parte.
Como el anciano buscara con la mirada en los rostros de los Esenios, para saber hasta qué punto podía abismarse en aquellas verdades, el Ser­vidor intervino.
—Nuestros hermanos del Monte Carmelo —dijo— se creen sucesores directos de los solitarios del Monte Himeto, y conservan momias y relatos sobre ellos. Les llamaron Dacthylos porque su fundador llevaba ese nombre, con el cual se presentó ante el mundo que le acogía al llegar emigrado de Atlántida sumergida bajo las aguas del océano, después que había tenido por dos veces en medio de ella, al Hombre-Luz sin haberlo reconocido.
"Los Dacthylos fueron los depositarios de la sabiduría de Antulio, el gran profeta atlante.
"Hilcar II príncipe de Talpaken, fue el que trajo al Ática prehistó­rica toda la grandeza de Antulio, y tomó el nombre de Dacthylos para ocultar su procedencia. El reunió niños desamparados y proscriptos de la sociedad, y fundó una escuela de Divina Sabiduría como la que había tenido Antulio su Maestro. ¿Quién puede negar con fundamento que Ho­rnero vuestro glorioso antepasado no estuviese en aquella escuela que vivió en la oscuridad durante muchos siglos?
"La ley de la reencarnación de las almas abre horizontes tan amplios como la eternidad misma. Y como toda ley divina, se cumple en todos los seres con igualdad y justicia inexorable. Comprobada la eternidad del espíritu humano, y que él progresa indefinidamente mediante la Ley de reencarnaciones sucesivas la buena lógica nos lleva de inmediato a la clara conclusión que los que hoy vivimos la vida en la carne, hemos vivido esa misma vida innumerables veces, en cada una de las cuales hemos ido de­jando los harapos del atraso primitivo, y hemos ido adquiriendo lentamente las pequeñas claridades que alumbran hoy nuestro camino.
"¿No es esto lo único que está en acuerdo con la eternidad de Dios, que ha querido hacer participante a su criatura de su misma inmensa eternidad?
El anciano sonrió afablemente para decir:
—Vuestra sabiduría es hermana gemela de la de Hornero mi glorioso padre, como lo comprobaréis cuando estudiéis su libro secreto, escrito por el mismo en láminas de cuero curtido al blanco y que él tituló: "Sueños de Inmortalidad".

EL SACRIFICIO DE CHRISNA

"Este libro es mi gran secreto que ha sido transmitido de padres a hijos, como un depósito sagrado y que ojos profanos no vieron jamás. Ni yo mismo lo había comprendido hasta este momento inolvidable, en que este radiante Apolo de la Siria ha descorrido el Velo de Minerva para dejármela en su pura y divina desnudez.
"Y aunque sé que mi espíritu es inmortal, no lo es este viejo cuerpo que me acompaña, y que no tardará mucho en buscar la fosa para des­cansar.
"Mis hijos seguirán o no el camino de su padre, y no puedo obligarles a que carguen también ellos el enorme peso que yo tuve fuerza de soportar toda mi vida: el peso de los secretos de Hornero sostenido por nueve gene­raciones, en medio de las cuales hubo siempre un guardián fiel que supo guardarlo a despecho de todas las maldades, ambiciones y egoísmos.
"Por estas razones declaro aquí mi inquebrantable resolución, de entregar este sagrado depósito a este hermoso Apolo Sirio y a la escuela de Sabiduría de que él forma parte. Yo iré a morir entre vosotros con mi sagrado depósito para que quede cumplido mi juramento de guardarle hasta la muerte.
"Allí donde repose mi cadáver estarán también los "Sueños de Inmor­talidad'' de Hornero. Conmigo termina la novena generación que le ha rendido el culto perenne que para él quisieron las Musas inmortales. "Pa­sadas nueve generaciones —dice él mismo— seré tenido por un mito, por un ser que no fue humano, por un fantasma irreal de un pasado bru­moso, como hizo siempre la humanidad en todo aquel que le hizo vislumbrar lo Infinito que no comprende".
"¿Estamos todos de acuerdo? —preguntó el anciano recorriendo con la mirada a cuantos le rodeaban.
—Por nuestra parte, de acuerdo —contestaron los Esenios.
—Vuestros hijos dirán lo demás.
—Nuestro padre obra con acierto —dijo el mayor, Nicandro o Nica­nor—, porque nosotros extranjeros en Ribla, no sabemos nuestro destino mañana.
—Yo digo igual que mi hermano —dijo Thimon el menor.
— ¿Y el templo a Hornero que me había mandado construir? —pregun­tó Arvoth estupefacto ante una resolución tan insólita a su parecer.
—Terminadle cuanto antes, y yo lo entregaré al Delegado Imperial de Siria, para quo en él sea honrada siempre la memoria de Hornero el bardo inmortal de mi Grecia Eterna.
—Pero entonces caería en manos profanas que no sabrán darle el valor ni el significado que él tiene en vuestro sentir y pensar —dijo el Servidor.
—Entonces ¿qué he de hacer?
—Si algún derecho me asiste como constructor de él —dijo Arvoth- -yo propongo que sea entregado a los Terapeutas peregrinos que recorren torios estos parajes consolando los dolores humanos.
"Estos mantendrán este pequeño templo como un lugar de oración y de refugio, en vez de un sitio de orgía y de placer, como los templos de los dioses paganos.
—Las Musas hablaron por tu boca Arvoth —díjole el anciano—. Los Terapeutas son eternos viajeros en busca del dolor humano. No pueden encadenarse a cuidar este bello amontonamiento de mármol blanco.
—Arvoth: me has dicho que tienes una esposa y una hija niña aún. Ella será la sacerdotisa del templo de Hornero para que su lámpara no se apague, y resuene siempre la cítara con sus cantos inmortales. Sólo así descansará mi corazón tranquilo en la tumba.
—Se hizo un gran silencio porque Arvoth reflexionaba en el traslado de su familia a esta apartada capital.
— ¡Arvoth! — le dijo Jhasua—. ¿Tienes miedo del templo de Hornero, o de la Ribla silenciosa y solitaria?
—No Jhasua, nada de eso, sino que pienso si esto agradará a mi es­posa y a mi hija.
—Pues yo te digo que si aquí estuviera Nebai, hubiera saltado de gozo. Habéis dicho tantas veces que los Terapeutas son vuestros padres. Aquí estaréis con ellos como estáis allá con los del Tabor. ¿Qué diferencia tiene?
—Cuando tú hablas, Jhasua, la luz se enciende en seguida. Está bien, acepto.,
Todos celebraron jubilosos el hermoso horizonte que se abría hasta larga distancia, porque en aquella vieja y sólida casona se encendería el fuego sagrado del amor al prójimo, pues se transformaría con el tiempo en refugio para los doloridos del alma y para lo? enfermos del cuerpo.
Los Esenios reanudaron la interrumpida lectura de los viejos papiros del Archivo.
Continuaba así:
"El pastor Nanda, ya de edad madura, vivía solo en su cabaña donde fue oculta Devanaguy con su pequeño Chrisna, alrededor del cual se per­cibieron grandes manifestaciones del Poder Divino que residía en él.
"Entre las selvas impenetrables del Indostán, existían en distintos parajes algunas ramificaciones de la formidable Escuela de Magia Negra llamada Serpiente Roja, cuyos orígenes se perdían en la noche de los tiem­pos, pues había venido desde la desaparecida Lemuria, y continuaban sembrando destrucción y muerte allí donde lograban poner sus fatales anillos.
"Cada anillo de la terrible serpiente, era un núcleo de cuatro magos que siempre encontraban el medio de aliarse con los piratas, con los mer­caderes de esclavos, con los usureros y las prostitutas. De todo este bajo y ruin elemento humano, pestilencia dañina en medio de la sociedad, la Serpiente Roja tornaba sus agentes y espías para introducirse en las casas más poderosas, en las residencias de los Maharajás y dominar el Continente Asiático, como había dominado a Lemuria hasta producirse su desquicio y su ruina total.
"Debido a sus criminales prácticas y manejos, Kansas el mal hijo, se había rebelado contra su padre hasta llegar a ponerle encadenado en un calabozo. Desde luego se comprenderá que la Serpiente Roja era quien gobernaba en todo el sur del Indostán en rededor de Madura, su Capital. Y no tardó en enterarse de que había sido puesto en salvo el poderoso ser venido a la tierra para destruir definitivamente su fuerza. Y desataron como manadas de lobos hambrientos sus más perversos agentes para en­contrar al futuro vencedor de la Serpiente Roja. Más que en el plano físico, fue tremenda la lucha en la esfera astral del planeta, donde la numerosa Legión de Espíritus de Justicia se puso en acción, cortando las comuni­caciones entre los genios tenebrosos descarnados, con los encarnados de la maligna institución.
"Debido a esto, los componentes de la Serpiente Roja, se vieron deso­rientados, corriendo como enloquecidos por entre selvas y montañas sin poder dar con el paradero del niño Chrisna ni de sus padres, ni de su abuelo el rey Ugrasena.
"Los solitarios de los Montes Suleiman, les tenían ocultos en su ciudad de cavernas y grutas inaccesibles para los profanos. Y habiendo entre ellos muchos clarividentes y auditivos, conocían a fondo los caminos obs­curos y tortuosos por donde se arrastraba la Serpiente Roja, en busca de inocentes presas para devorar.
"La grandes cavernas de los Montes Suleiman, resultaban ya estrechas para dar refugio a los perseguidos por los agentes de Kansas el usurpador. La montaña se fue horadando más y más durante las noches, abriendo túneles, pasadizos y caminos, para que aquella enorme población oculta bajo las rocas, pudiera salir de tanto en tanto a buscarse lo necesario para no perecer de hambre. Los solitarios mismos se vieron a veces entristecidos y desanimados casi al borde de la desesperación, cuando varios de ellos, vieron en clarividencia al niño Chrisna que sostenía el globo terrestre en su pequeña mano, y que tocaba con su dedo una montaña árida y reseca, y toda ella se convertía en una montaña de dorado trigo.
"En estas visiones espirituales, los solitarios Flámenes comprendieron el oculto aviso que desde el plano espiritual les daban, de que teniendo al Espíritu Luz en medio de ellos, no debían temer al horrendo fantasma del hambre para el numeroso pueblo que habían albergado en sus cavernas.
"Cuando más recias eran las persecuciones de los agentes de Kansas, que eran de la Serpiente Roja, algunos solitarios tuvieron otra visión sim­bólica que les aquietó el alma conturbada: vieron al niño Chrisna con una espada en la mano cortando las cabezas a una enorme manada de panteras negras que, avanzaba hacia ellos con las fauces abiertas para devorarles.
"La montaña de trigo dorado llegó desde el Golfo Pérsico en enormes barcazas salidas del Eufrates, enviadas por Nadir, rey de Urcaldia, cuyos dominios abarcaban los fértiles valles del Eufrates y el Tigris. Este buen rey estaba casado con una hermana de Ugrasena, y quiso socorrer al pue­blo que seguía fiel a su rey, pues que los Flámenes que tenían Santuario en las cavernas de los Montes Kirthar, sobre el Mar de Arabia, \e anun­ciaron las angustias que sufrían los refugiados en las cavernas.
"Los Flámenes diseminados por valles, montañas y selvas iban lle­vando discretamente la doble noticia del advenimiento del Salvador y de los sufrimientos de los creyentes en él que le esperaban. Y secretamente fuese formando una enorme coalición de esclavos, de perseguidos, de azo­tados por la injusticia de los prepotentes que habían llegado al latrocinio más voraz y criminal, hurtando hasta niños y niñas de corta edad, para ser vendidos como víctimas de dioses iracundos y coléricos que exigían una fe sellada con sangre de seres puros e inocentes.
"El criminal sacerdocio que oficiaba en los altares de tales dioses, pagaba oro en barras por las inocentes víctimas que aplacarían la cólera infernal de sus dioses, y las madres huían enloquecidas como ovejas perseguidas por lobos, a esconder en las madrigueras disputadas a las bestias, sus hijuelos para salvarlos de la rapiña feroz y monstruosa de los mer­caderes de sangre humana.
'La familia base de toda sociedad bien constituida, estaba aniquilada y deshecha, pues la avaricia hizo presa en muchos padres que buscaban y se procuraban abundante prole, para venderla a quienes tan generosa­mente la pagaban.
"En la isla de Bombay llamada la isla misteriosa, se formó entonces una fuerte alianza espiritual, entre los sucesores de los antiquísimos Kob­das de Abel, civilizadores de tres continentes, con los Flámenes, cuyo origen se remontaba a la desaparecida Lemuria. En una peregrinación de muchos milenios de años, habían ido pasando desde las grandes islas del Mar Indico, al montañoso Birmanh y luego al Indostán.
"Mientras, los últimos Kobdas habían bajado desde el Eufrates por el Golfo Pérsico, hasta el caudaloso Indo, al pié de los Montes Suleiman.
"Y ambas corrientes de bien, de justicia y de amor, se unieron en la misteriosa Bombay, donde dejaron como exponente milenario de aque­lla eterna alianza, cuarenta y nueve torres, número símbolo de 7x7, y cada torre, era un templo de estudio y concentración y cultivo de los poderes mentales, y de las fuerzas superiores del espíritu.
"Rodeada de jardines y bosques, de corpulentos árboles, la isla de Bombay era inaccesible, pues distaba más de una milla dentro del mar y sólo en barquillas podía llegarse a aquel lugar de silencio y de misterio, donde a decir del vulgo habitaban las almas de los muertos. De allí les vino el ser llamadas Torres del Silencio, alrededor de las cuales se tejie­ron innumerables leyendas terroríficas, que los solitarios dejaron cir­cular como medio de tener ellos mismos mayor seguridad.
"Las 49 torres estaban unidas unas a otras por interiores pasadizos, sólo conocidos por los solitarios ancianos, que tomaron el nombre com­puesto de Kobdas-Flámas, que significaba "Corona de llamas" como una sutil remembranza del nombre Kobda, que significa corona y flama, lla­ma, alusivo a los antiguos flámenes. Cuando la persecución de Kansas y de los agentes de la Serpiente Roja, fue más persistente y terrible, Chrisna con sus familiares y adeptos, fue ocultado en las silenciosas Torres de la isla de Bombay, donde no había temor que se acercase hombre al­guno por el terror pánico que aquel lugar inspiraba a todos.
"En aquellas 49 torres, para los sucesores de los kobdas estaba re­presentado como un sueño milenario, el gran Santuario de Neghadá jun­to al Nilo, y sobre el Mar Grande (Mediterráneo) como las Torres de Bombay quedaban sobre el Mar de Arabia, y a corta distancia de los cor­pulentos brazos del delta del gran río Nerbhudah, que fertiliza toda la comarca. Para los sucesores de los flámenes, las 49 Torres de Bombay eran copia fiel de sus ciclópeas torres de Lina-Pah-Kanh, labradas en las montañas inaccesibles de la costa Lémur, sobre el Pacífico Norte. Y los kobdas-flamas hacían revivir allí sus perdidos recuerdos a favor de los diseños, en piedra o en cobre que les habían dejado sus mayores en aque­llas construcciones que parecían haber sido concebidas por súper-hombres y construidas por gigantes.
"Bajo aquellas formidables Torres, en aquella isla circundada por el mar, se desarrolló la infancia y la adolescencia del futuro príncipe de la Paz y de la Justicia, salvador de una raza., de una dinastía en desgracia, para el vulgo inconsciente de los valores espirituales que vienen desde lo Eterno, adheridos por leyes que desconocen, a seres superiores que tomaron sobre sí la tremenda misión de salvar a la especie humana en un período de decadencia espiritual, moral y física que le lleva a una inevi­table ruina.
“Por el gran desarrollo físico adquirido, Chrisna a los 15 años re­presentaba un doncel de 20, y su clara inteligencia podía parangonarse a la lux interna de sus viejos maestros.
"Bajo las bóvedas vetustas de aquellas Torres silenciosas, obscureci­das por la acción de los siglos, se forjó la liberación de la especie humana, representada entonces en el vasto Dekan (Indostán) donde la aglomera­ción de gentes de todas las razas dominadoras de la humanidad, hacía de aquella parte del globo terrestre, un mercado de todo cuanto podía utili­zarse para el bien y la dicha de los hombres. Y otra vez se repitió el hecho más grande de todos los tiempos: la aparición de la Luz Divina como un blanco loto, en medio del fango en que perecía la humanidad. Los kobdas-flamas dejaron por un momento en los siglos, sus túnicas cenicientas para vestirse de cuero de búfalo y de cobre, con el carcaj, el arco y las flechas a la espalda, para organizar las filas libertadoras en torno de Chrisna el Príncipe de la Justicia.
"Kansas el hijo traidor, cuando tuvo conocimiento que de las caver­nas y de los bosques brotaban arqueros que se extendían como una ola por el Dekan y avanzaban sobre Madura, huyó despavorido hacia la costa del mar, buscando su salvación en un barco velero anclado allí por los piratas que acechaban las ventas posibles de carne humana viva. Como le vieron cargado de oro y piedras preciosas que buscaba salvar, como medio de asegurar su vida, al jefe pirata le atravesó el pecho con su puñal y le arrojó medio muerto al mar donde fue devorado por los ti­burones.
"El rey Ugrasena entre el delirio de sus pueblos, fue restaurado en el trono de sus mayores, y como la Justicia y la Paz se restablecieron prontamente, los solitarios kobdas-flamas tornaron a sus torres silencio­sas, desde donde cooperaron con el Enviado a eliminar el mal, con que los magos negros de la Serpiente Roja habían envenenado las corrientes humanas, hasta el punto que los padres procreaban hijos para venderlos como carne de mercado a quien más oro les daba.
"Vasuveda, padre de Chrisna, había muerto durante la niñez de su hijo, por lo cual el Hombre-Luz permaneció al lado de su abuelo y de su madre, a fin de que el anciano rey fuese respetado en vista del sucesor legítimo que dejaba, con lo cual se impedía que se levantara de nuevo el afán de otra usurpación.
"La noticia de la nueva legislación de justicia se extendió rápida­mente por el Dekan y países circunvecinos, que se apresuraron a enviar embajadas en busca de alianza y protección con aquel príncipe sabio y justo, que daba a cada cual lo que era suyo, no reservándose para sí, ni aun las horas del sueño necesarias a todo ser humano, pues que durante la noche y acompañado sólo de algún amigo o criado fiel, recorría sin sur notado los distintos barrios de la Capital para asegurarse de que las órdenes eran cumplidas.
"Y durante noventa lunas consecutivas viajó desde el Indo al Ganges, y desde los Himalayas hasta el Cabo Camorín que se hunde en el Mar Indico, anudando alianzas y despejando de tinieblas y de crimen aquel vasto país en el que había nacido y que fuera tomado como cueva infernal de la Serpiente Roja, con toda su corte de malhechores de la peor especie.
"La adhesión de los oprimidos y de los hambrientos, respondió con creces a todo cuando Chrisna hubiera podido imaginar, pero las clases pudientes miraban con desconfianza al joven innovador, que pedía liber­tad para los esclavos e igualdad para todos los seres humanos. Y se des­encadenaron dos poderosas corrientes en formidable lucha: los oprimi­dos y los opresores.
"En aquella parte del papiro que los Esenios iban traduciendo, apa­recía un grabado explicativo: se veían dos torrentes que se precipitaban uno contra otro con irresistible potencia, y en el lugar donde debía ser el choque, un doncel fornido con la cabellera suelta al viento y los brazos abiertos hacia ambas corrientes que se amansaban a sus pies y continua­ban corriendo como arroyuelos de regadío.
'"Significaba a Chrisna, encarnación de Vishnú pacificando a la humanidad.
Y continuaron la lectura que seguía así:
"Los anillos de la Serpiente Roja habían perturbado la fe sencilla de los pueblos, ignorantes en su gran mayoría, y habían propalado prin­cipios erróneos para inocular en las conciencias el virus del terror a la divinidad, como medio de sujetar a las masas al carro triunfal de su avaricia y feroz egoísmo.
"Indra o sea el aire, tenía a su disposición el rayo, el vendaval que todo lo destruye. Agni o sea el sol, era dueño del fuego, que pedía con­tinuas víctimas consumidas en sus llaman para aplacar su cólera; mien­tras Indra quería víctimas arrojadas desde los más altos montes, o colgadas de los árboles en cestas de flores, hasta que el hambre las con­sumía o los buitres les devoraban. De aquí surgió el bárbaro comercio de niños y niñas menores de diez años.
"Y Chrisna en sus largos y continuos viajes, no pedía a sus aliados y amigos otra contribución que la de destruir esa ignominiosa y crimi­nal doctrina de Indra y de Agni, que ponía tan obscura venda en las inteligencias respecto de la Divinidad. Cuando el prudente príncipe en­tró a actuar en el escenario lóbrego y siniestro que de jamo? esbozado, los Indranitas y los Agnianos luchaban a muerte unos contra otros, atri­buyéndose cada bando el derecho de ser los depositarios de la verdad de Vishnú.
"Y Chrisna apareció entre las tinieblas como un genio benéfico con su antorcha encendida, rasgando las sombras casi impenetrables de tan­ta ignorancia y fanatismo.
"¿Qué hacéis?, les preguntaba el Apóstol de la Verdad. Ni Indra que es el aire; ni Agni que es el fuego, son nada más que simples ma­nifestaciones del Poder Supremo, que sopla en el aire y calienta en el fuego. ¿Por qué, pues, lucháis locamente por lo que todos por igual necesitáis del Supremo Dador de cuanto es vida, fuerza y bienestar para el hombre? Inclinad vuestras frentes y prosternad vuestro corazón ante el Gran Atman, autor de todo Bien que os ama a todos por igual, pues que todos sois sus hijos.
"Dejad vuestras flechas y vuestras hachas para las bestias feroces que consumen vuestro ganado, mientras vosotros perdéis el tiempo en mataros unos a otros. El gran Atman, está en su Eterno Amor en todas las cosas, y sobre todo dentro de vosotros mismos y si El fuera capa?, de cólera, la tendría, de ver que os matáis sin ningún respeto a la vida, que os dio para amarle en todos vuestros semejantes, y en todos los seres y las cosas; la tendría, cuando vendéis vuestros hijos para ser asesinados sobre un altar donde habéis entronizado al crimen; la tendría cuando compráis y vendéis vuestros semejantes que llamáis esclavos y siervos, porque carecen del oro que habéis acumulado con la sangre, el sudor y la vida de cuantos infelices cayeron en vuestras garras de buitres sin alma.
"Los pueblos se levantaban en torno de Chrisna, en un despertar de júbilo y de gloria. Nadie podía contener las masas enardecidas de espe­ranza y de entusiasmo; enloquecidas de dicha ante la palabra de aquel príncipe de Madura, que les hablaba de amor y de libertad.
"Y desde el Golfo Pérsico hasta el Mar de China, y desde el Thibet hasta Ceilán, estalló como un incendio incontenible, un levantamiento general de los pueblos clamando por su libertad y por sus derechos de hombres.
"El viejo rey Ugrasena, estaba espantado de la ola formidable que su nieto había soltado a correr como un torrente que lo invadía todo. Los Kobda-flamas repetían las palabras del Gran Apóstol, reprimiendo toda venganza, toda violencia, toda lucha armada. El arma era la palabra, el verbo de fuego de Chrisna que hablaba a los hombres de libertad, de amor, de justicia, de igualdad, pues todos eran hijos del gran Atman, que encendía el sol para todos y enviaba las lluvias para todos.
"¿Qué haría el Príncipe con aquella enorme ola humana que lo es­peraba todo de él?
"Sus adversarios que eran en general los acaudalados y los que se enriquecían con la esclavitud y la muerte de sus semejantes, decían ale­gremente:
"No haya inquietud entre nosotros, que cuando este temerario doncel buscador de gloria y de fama se vea como un ciervo acorralado por toda esa jauría de lobos hambrientos que le van a devorar, él mismo se dará por vencido, y comprenderá que es insensata locura pretender levantar a la altura de hombres, esas masas imbéciles, más que bestias que nos sirven para la carga. El Príncipe tenía sólo 18 años y representaba 30, porque sentía profundamente la carga de la humanidad que pesaba so­bre él.
"Bajo todos los bosques, a la vera de los ríos caudalosos, en los va­lles más pintorescos, ordenó a aquella masa humana echar abajo los ár­boles de las selvas y construir cabañas de troncos, de ramas, de pajas y de lodo, en toda la extensión de los dominios de Ugrasena, su abuelo.
"Fue tal el humilde origen de casi todas las ciudades del sur del Indostán, que pocos años después, se convirtieron en florecientes poblacio­nes que resplandecían de paz, de justicia, de libertad y de trabajo.
"La figura de Chrisna crecía día a día, hasta llegarse a dudar de si era un hombre de carne, sangre y huesos, o era un dios mitológico que realizaba por arte de magia tan estupendas obras.
"Temían por momentos verle desaparecer en una nube que pasaba, en un soplo de viento que agitaba la selva, en el incendio púrpura del amanecer, o entre los resplandores de fuego del ocaso.
"¡No te vayas de nosotros, señor!... no te vayas porque seremos encadenados nuevamente, y nuestros hijos serán asesinados en los altares de los dioses, le clamaban a voces.
"Las arcas reales de Madura se iban agotando rápidamente en el rescate de esclavos y en alimentar aquella inmensa ola humana semi-desnuda y hambrienta, El dolor del valeroso Príncipe crecía también hasta hacerse desesperante y angustioso, cuando un poderoso príncipe que reinaba en las regiones del Ganges y de Birman le envió emisarios anunciándole que deseaba amistad porque quería para sus pueblos la ley que Chrisna daba a los suyos.
"Se llamaba Daimaragia y su alianza fue tan firme, que jamás re­tiró su mano de la mano que había estrechado.
"Mi pan es tu pan —le dijo cuando ambos príncipes se encontraron en Calcuta—. Salvemos juntos al Dekan de la iniquidad y del crimen y si has consumido tus tesoros, yo conservo los míos que sobran para hacer feliz la tierra donde descansan nuestros antepasados.
. "Detrás del rey Daimaragia llegaron otros de más modesta alcurnia, el de Penchad, de Belhestán y de Nepal, que se pusieron a las órdenes del Príncipe de Madura para devolver la justicia, la paz y la prosperidad al Dekan, que caminaba a la más espantosa ruina, la desnatalidad, pues las mujeres se negaban a tener hijos que les eran arrebatados para ven­derlos como víctimas propiciatorias de un culto de crimen, de muerte y exterminio.
"Y alrededor de Chrisna, se amontonaron como palomas persegui­das por los buitres, 26 centurias de mujeres en estado de gravidez, pidién­dole protección para el ser que latía en sus entrañas. Y en la más grande fortaleza de Madura, en Thinneveld sobre el mar, hospedó a aquellas infelices víctimas del egoísmo humano, todas ellas en la segunda edad, en la adolescencia y primera juventud (La vida humana estaba dividida en edades de diez años; o sea que la primera edad duraba hasta los diez años, la segunda hasta los veinte, la tercera hasta los treinta y así sucesivamente).
"De este hecho, los adversarios levantaron al Príncipe espantosas calumnias, diciendo que había robado a sus maridos las más bellas mu­jeres del Dekán para formar el más grande serrallo que príncipe alguno hubiese tenido.
"Chrisna había puesto la segur a la raíz del árbol dañino que des­truía el país: la mortandad de niños en los altares de dioses sanguina­rios, creaciones horrendas de la avaricia humana. Las infelices madres defendidas por él, se sintieron fuertes para defender a su vez a los hijos que aún no habían nacido y desde los torreones de la fortaleza, organi­zaron ellas mismas una defensa contra la que nada pudieron las flechas de sus perseguidores, que rodearon la Fortaleza para sacarlas a la fuer­za. Aquellas mujeres se tornaron fierecillas contra los que pisoteaban sus sentimientos de madres y arrojaban a sus enemigos hachones ar­diendo de cáñamo engrasado, lluvia de piedras, recipientes de aceite hir­viendo, y todo cuanto pudiera servirles para exterminar a aquellos que lucraban con la vida de sus hijos.
"Otro acontecimiento inesperado se cruzó en el Camino del Gran Apóstol del Dekan creándole nuevas dificultades y mayores sacrificios. Un poderoso Maharajá del país de Golkonda sobre el gran golfo de Ben­gala, tenía entre sus muchos tesoros una hija llamada Malwa, cuya her­mosura y sabiduría atraían a cuantos príncipes llegaron a conocerla. Bicknuca, su padre, la reservaba celosamente, a fin de hacer con ella una alianza ventajosa para sus intereses. Mas, el corazón de la hermosa doncella le desbarató los proyectos y esperanzas, enamorándose muy se­cretamente de un doncel extranjero traído al país entre un grupo de rehenes, por los guerreros de Bicknuca que hacían largas excursiones por el Norte fantástico, poseedor de incalculables riquezas.
"De la antigua y legendaria Samarcanda, era el hermoso doncel de los ojos azules y cabellos dorados como las piedras y arroyuelos de su tierra natal. Se llamaba Oflkan, y de tal manera se enamoró do él la hija del Maharajá, Malwa, que no tardaron en hallar el medio de burlar la vigilancia en que se guardaba a los rehenes, los cuales sacaron partido de este amor oculto, para escapar de sus guardianes y huir a su país.
"Malwa se vio grandemente comprometida ante su padre y los guerreros, algunos de los cuales sospecharon que por amor a uno de los rehe­nes la joven princesa les había ayudado a escapar. Iba a ser juzgada su conducta si los rehenes no eran encontrados, y se le daría la pena que se daba a las doncellas nobles que traicionaban su raza y su país. Se las encerraba en una torre-templo, consagrada toda su vida al culto de su dios, sin tornar a ver a ningún ser viviente sobre la tierra. De estas infe­lices secuestradas, había varias, y entre ellas una que tenía fama de grande sabiduría, por lo cual era consultada detrás de rejas y velos, por aquellos que se hallaban en situaciones difíciles.
"Malwa fue a consultarle, y aquella mujer recluida hacia muchos años, le contestó:
"Sólo hay un hombre que puede salvarte de caer en el fondo de esta Torre y es el Príncipe de Madura. Hazle llegar tu queja, dile que en tus entrañas alienta un nuevo ser, y sólo él tendrá compasión de ti".
"La infeliz princesa que a nadie había descubierto el secreto de su estado, se llenó de asombro cuando la reclusa se lo dijo, y se echó a llorar amargamente.
"Tu maternidad no es un crimen —prosiguió la reclusa.
"Crimen cometen los hombres que ponen precio al corazón de sus hijas, y crimen ha cometido el hombre que te hizo madre y te abandona a tu suerte".
"El postiguillo de hierro se cerró ante la llorosa princesa, que volvió a su morada dispuesta a cumplir la orden de la reclusa.
"Y un mensajero suyo, fue en busca de Chrisna con el mensaje de Malwa escrito en un trozo de blanco lino, y encerrado en un tubo de plata.
"Toda una noche caviló el príncipe sobre la extraña encrucijada que le salía al paso, y a la mañana siguiente, pidió permiso a su abuelo para tomar como esposa a la hija del Maharajá de Golconda.
"Y al momento salió un convoy de suntuoso cortejo a solicitar a Bicknuca la mano de su hija para el Príncipe heredero de Madura.
Los caballos del convoy corrían como el viento y llegaron cuando sólo faltaban horas para que Malwa fuera sometida a juicio y condena­da a reclusión.
"El Maharajá complacido por la ventajosa unión, olvidó su agravio, y su cólera se convirtió en júbilo porque el reino de Madura era de los más antiguos y poderosos del Dekan.
"Siguiendo la costumbre, entregó su hija al cortejo, que la encerró en una pequeña carroza de oro y seda sin que nadie viera su rostro, y la transportó a Madura donde el viejo rey y el príncipe la esperaban.
"Cuando pasaron las grandes fiestas populares por el matrimonio del príncipe, su madre Devanaguy le llevó la esposa a la cámara nupcial, y por primera vez en su vida, se encontró Chrisna solo con una mujer.
"La infeliz se arrojó a sus pies para besarlos, porque le había salvado algo más que la vida, la honra, pero Chrisna levantándola, la hizo sentar a su lado y le habló así:
"'Mujer: no te acuso ni te recrimino. No tengo nada que perdonarte porque sólo eres una víctima del egoísmo humano. Hago tal como tú lo has querido, para salvarte. Adopto tu hijo como si fuera mío, para que sea el heredero de Madura, pero no me pidas un amor que tengo ya en­tregado a la humanidad que me rodea.
"Estaré contento de ti, si sabes ser tan discreta, que todos vean en ti la fiel y honorable esposa, consagrada al amor de su hijo, al cuidado de mi madre y de mi abuelo.
"—Y para vos ¡Oh príncipe generoso y bueno! ¿Nada queréis de mí que me doy a vos como una esclava? —preguntó tímidamente la joven.
"— ¡Nada! Seguid amando al hombre que os hizo madre, y que acaso gime en el mayor desconsuelo por no haber podido esperar la llegada de su hijo, y si algo queréis darme, venga vuestra mano de aliada para trabajar a mi lado por la igualdad humana en esta tierra de esclavitudes y de injusticias.
"La princesa tomó con las dos suyas la mano tendida de Chrisna, y le dijo con la voz temblando por un sollozo contenido:
"—¡Aliada hasta la muerte príncipe... y para siempre! Razón tienen los que piensan que no sois un hombre, sino Vishnú encarnado para salvar a los hombres.
"Y Malwa rompió a llorar en tan angustiosa forma, que Christna se conmovió profundamente.
"—Si lloráis así con tanta desesperación —le dijo— lamentaré el haberos atado a mí con el lazo del matrimonio, que os impedirá ir a encontraros con el que amáis.
"—Lloro de agradecimiento por vuestro sacrificio en mi obsequio, puesto que tampoco vos podréis tomar una esposa que os dé hijos para el trono de Madura —le contestó Malwa, cuyo corazón había casi ol­vidado al padre de su hijo, que la tomó como un medio para salvarse a sí mismo y a sus compañeros.
"—Si él me hubiera amado como yo le amaba, no me hubiese aban­donado, sino que hubiese huido conmigo —decía a su salvador cuando la calma renació en su agitado espíritu.
"Ni aun Devanaguy madre de Chrisna conoció nunca el secreto que murió con ellos mismos. Y cuando el niño nació, el viejo rey de Madura lo presentó al pueblo que así podía estar seguro de que la di­nastía de Ugrasena permanecería por mucho tiempo al frente de su país. "Malwa cumplió su palabra de aliada, y se convirtió en madre de las madres perseguidas, para arrancarles sus hijos, que destinaban a los sacrificios. A tal punto se identificó con el pensamiento y el anhelo de Chrisna, que sus adversarios decían llenos de ira:
"Este príncipe audaz y temerario, se unió a la princesa de Golkonda porque era el reverso de su propia imagen".
"El viejo rey murió cuando su glorioso nieto estaba próximo a la tercera edad, o sean los 25 años cumplidos. Y el niño de Malwa que aún estaba en la primera edad, fue proclamado heredero de Chrisna el mismo día que él fue coronado Rey. Y Bicknuca, Maharajá de Golkonda, proclamó a su pequeño nieto heredero también de su trono, por lo cual quedaban unidos en una alianza fuerte y solemne los dos más grandes reinos del Dekan.
"Si como heredero Chrisna hizo tan grande obra civilizadora en aquellos países, cuando ocupó el trono de su abuelo su acción se exten­dió enormemente, pues tuvo aliados poderosos hasta más allá de los Himalayas por el norte, hasta los Urales por el noroeste, y hasta el Irán por occidente.
"Y como sabía que su vida era breve en los arcanos de Atman, asoció a todos los actos de su gobierno a la admirable mujer que era su aliada, Malwa, a fin de que ella fuese la guía de su hijo cuando éste fuera subido al trono.
"Una inmensa paz se extendió como una ola suave y fresca, que hacía felices a los pueblos a quienes llegaba la influencia de aquel rey ungido de Atman, para llenar de dicha y abundancia a los pueblos.
"Y entonces Chrisna comenzó su labor de orden interno y espi­ritual, para lo cual abrió casas de estudio y de meditación allí donde lo creyó oportuno, poniéndolas bajo la dirección de los Kobda-Flamas de las Torres del Silencio.
"Y retirándose él mismo en días y horas determinadas, escribió el admirable Baghavad-Gita y los Uphanisad, colección de máximas de una moral sublime, como aquel, es, el tratado magno de la más elevada y sutil espiritualidad".
El Esenio lector enrolló el papiro, porque ya el sol se ponía tras de los cerros que encerraban a Ribla en un círculo de verdor.
Aquella lectura les había absorbido el alma de tal forma, que se hizo un largo silencio.
_ ¡Así era el Chrisna que yo me había figurado!" —Exclamó de pronto el Servidor—. ¡Qué falsa figura era ese Chrisna guerrero, ma­tador de hombres que han presentado grotescamente sus biógrafos! —añadió Tholemi.
_ ¿Qué dices tú, Jhasua? — le preguntó el Servidor.
_ Digo que él hizo como yo hubiera hecho en igualdad de condi­ciones.
— ¿En todo? —inquirió Melkisedec.
_ En todo no —contestó firmemente Jhasua—. Porque yo no me hubiese dejado coronar rey, sino pacificados los pueblos, hubiese de­jado a Malwa con su hijo al frente, y me hubiese retirado a las Torres del Silencio para dar a las cosas del alma, la otra mitad de vida que me restaba.
¡Pobre príncipe Chrisna, que toda su vida fue como un vértigo de actividad para los demás, mientras su alma debía llorar sin que nadie la oyese!
—Fue feliz al encontrar en su camino a Malwa, que tan admira­blemente lo secundó en sus obras de apóstol —dijo uno de los Esenios.
—Como ha encontrado Jhasua a Nebai en su adolescencia —aña­dió Tholemi, cuya sutil clarividencia .había entreabierto los velos do­rados del Enigma Divino, y había visto que Malwa y Nebai eran el mismo espíritu.
Jhasua lo comprendió todo. Los velos sutiles que encubrían el pa­sado se esfumaron en la púrpura de aquel atardecer, y su mente se sumergió en un abismo de luz en que la Divina Sabiduría le susurró al fondo del alma.
"Eres una flor de luz eterna que te enciendes y te apagas, que mueres y naces, que vas y que vienes en formas y medios diversos, hasta terminar la jornada marcada por tu Ley".
Los Esenios que iban leyendo en su pensamiento claro como a través de un límpido cristal, dijeron todos a la vez:
— ¡Ya has llegado al final! ¡Más allá la Luz Increada, el Enig­ma Eterno, el Amor Infinito!
— ¡Ya era la hora! —murmuró quedo el joven Maestro, cuya emoción era profunda.
Al día siguiente continuaron la lectura de los viejos papiros que les hacía conocer la verdadera vida de Chrisna príncipe de Madura:
El Esenio lector comenzó así:
"Los mercaderes de carne humana viva, eran los únicos descontentos y perjudicados en su insaciable acumular tesoros a costa de vidas huma­nas, y casi todos se habían retirado a países bárbaros para extender allí la zarpa y comenzar de nuevo sus latrocinios y crímenes.
"Y cuando Chrisna iba a cumplir la tercera edad o sea los 30 años, se vio rodeada Madura de una numerosa turba de malhechores armados de hachones encendidos y de flechas envenenadas que gritaban como energú­menos :
"Entregadnos a vuestro rey que nos ha llevado a la miseria y al ham­bre, porque de lo contrario moriréis todos abrasados por las llamas o envenenados con nuestras flechas.
"Hombres y mujeres corrieron a todas las puertas y murallas para formar una infranqueable defensa de su amado rey pero como habían sido tomados de sorpresa se veían en situación desventajosa para enfrentarse con aquella numerosa turba de malhechores y de tribus salvajes, que pa­recían demonios escapados del abismo donde anidan como víboras vene­nosas todos los males de la tierra.
"Cristhna después de tres días de meditación, reunió su Consejo de Gobierno que estaba formado por los representantes de cada uno de los príncipes sus aliados, por Malwa que representaba a Golkonda y por sus tres discípulos y confidentes: Adgigata que era el Asura (quiere decir inspirado para las escrituras sagradas). Paricien, pariente cercano de su amigo el rey Daimaragia, y el más sabio filósofo y médico de su tiempo. Y Arjuna, llamado el vidente por su clara visión de los planos astrales y espirituales en casos determinados.
"El joven rey quería entregarse a aquella muchedumbre de fieras hambrientas de su sangre, a fin de que no atormentasen a su pueblo fiel. Pero su Consejo se oponía, pensando que una vez desaparecido Cristhna, el pueblo desorientado y el desorden, acabarían por arruinarlo todo.
"Los días pasaban, y cada uno de ellos marcaba un número de vícti­mas entre el pueblo de Madura. Y cada víctima arrancaba un sollozo del corazón de Cristhna que decía:
"— ¡Mueren por mí!
"Malwa y su pequeño hijo que ya tenía diez años, no se apartaban de] rey ni un momento por temor de que él se entregase a sus enemigos. Y la inteligente y discreta princesa que había despachado desde el comienzo de la lucha, emisarios secretos a su padre, esperaba cada día la llegada do los bravos guerreros de Golkonda que salvarían la situación.
"A su vez y por separado y también silenciosamente, Paricien había pedido socorro a su pariente el rey Daimaragia de Calcuta; Adgigata y Arjuna lo habían pedido a otros dos príncipes aliados, el de Bombay y de Rhanpur y todos ellos sin descubrir a nadie su secreto, esperaban. El único que no había pedido auxilio a nadie era Chrisna, que creía llegada la hora de sacrificarse por su pueblo, para dar ejemplo de amor fraterno y de amor a la paz, que había procurado imponer como un ideal sublime en la tierra.
"Cincuenta y dos días llevaba Madura de estar sitiada, y como aún no faltaban los alimentos necesarios, el pueblo se sentía fuerte en resistirse a la entrega de su rey. Sus feroces enemigos aullaban como lobos alrededor de las fuertes murallas naturales que le formaban las rocas cortadas a pico de los montes Cardamor en que estaba edificada.
"Chrisna en continuo contacto con su pueblo, le exhortaba a la calma y les hacía comprender que para él nada significaba la muerte si con ella les había de proporcionar la paz.
"—Sin vos señor seremos de nuevo esclavizados —le decían a gri­tos—. Vivid, vivid, que sólo así seremos felices.
"De pronto comenzaron a aparecer en todas direcciones del horizonte numerosas huestes guerreras, que como una avalancha cayeron sobre los sitiadores de Madura.
"Sobre los cerros que circundaban la vetusta ciudad hacia el oriente, ondeaba el pabellón de Golkonda como una ala gigantesca de sangre y oro, v esto sólo les llenó de espanto, pues sus guerreros eran tenidos por los más bravos de aquella época. Poco después de ellos, comenzaron a llegar los guerreros de los demás países.
"Los torreones de la vieja fortaleza se llenaron de banderas blancas, como si una bandada de palomas aleteara sobre ella. Luego a través de una bocina se oyó la voz de la princesa Malwa que decía:
“Soy yo que he llamado a los guerreros de mi padre para defender a mi esposo, del injusto y traicionero ataque que le habéis hecho. En nombre de él os prometo el perdón si os retiráis tranquilamente a vuestras casas. De lo contrario, los guerreros de Golkonda os aniquilarán completamente.
"Espantados alaridos se oyeron hacia todos lados que decían:
" Que nos devuelvan nuestros esclavos y nuestras mujeres. ¡Muera la extranjera! Muera el que atropello con nuestros derechos y nos redujo a la miseria. Ante tales groseros insultos el pueblo perdió toda serenidad, y viendo que los guerreros de Golkonda bajaban de los cerros como una ola humana a todo el correr de sus corceles de guerra, los sitiados subieron a los torreones y almenas, a las copas de los árboles y a todos los sitios más elevados, y una lluvia de piedras, de flechas, de hachones encendidos cru­zaron en todas direcciones. La voz del príncipe calmó de nuevo a su pueblo enfurecido y dijo a los sitiadores:
"No sé quiénes sois. Bien veis que estáis vencidos por las numerosas huestes guerreras de nuestros aliados. Os doy diez días de plazo para que me mandéis emisarios que resuelvan conmigo pacíficamente el problema de vuestras reclamaciones.
"Los sitiadores se retiraron desordenadamente, y Madura quedó ro­deada por un bosque de lanzas que brillaban a los últimos resplandores del sol poniente.
"Todos eran felices en la vieja ciudad de Ugrasena; y pueblo y guerre­ros se entregaron jubilosamente a festejar el triunfo. Sólo Chrisna sufría honda tristeza en su corazón. Había dado cuanto de sí puede dar un hombre animado de buena voluntad y contando con los medios para hacer felices a sus semejantes, puestos por el gran Atman en medio de su camino. Y aún así, veía con dolor que si había dado la dicha a los unos, había despertado odio profundo y rencorosa aversión en los otros. Y sumido en el silencio de su alcoba en penumbras, pensaba hora tras hora:
—"¿Donde encontrar la dicha de los hombres?"
"Sus genios tutelares, los grandes Devas sus amigos, que custodiaban desde sus altos planos luminosos, el sacrificio de su compañero, tejieron para él con los hilos mágicos de la Luz Divina, una hermosa visión que llenó su alma dolorida de claridad y de paz.
"Vio una larga escala de transparente cristal, que desde el plano te­rrestre iba subiendo hasta perderse de vista en lo infinito del espacio y de la Eterna Luz. Todos los matices del iris resplandecían a través de su nítida transparencia. Estaba dividida en nueve tramos, y cada uno de ellos irradiaba a larga distancia una luz diferente. Y Chrisna se vio a sí mismo subiendo el sexto tramo de aquella radiante escala de cristal.
"Y una voz íntima que vibraba sin sonidos en lo más hondo de su ser le decía:
"Estás terminando de andar la sexta jornada, en la que has creado para la humanidad una justicia y una paz a medida de la Voluntad Eterna. Has hecho cuanto debías hacer. En tu subida al próximo tramo de esa escala se te descubrirá donde puedes encontrar la felicidad para los hom­bres, y la tendrán todos los que sigan tu ruta".
"Cuando el! príncipe ya sereno y tranquilo descorría las cortinas de su ventana, para que la luz solar entrase por ella, vio al pequeño Shanyan, su hijo adoptivo, que subido a lo alto de un corpulento magnolio, cuyas ramas tocaban a su ventana, esperaba tranquilamente con su flauta de bambú en la mano. Sus miradas se encontraron, y Chrisna le sonrió afa­blemente.
— Qué haces ahí? —le preguntó.
El niño no contestó, sino que empezó a tocar una hermosa melodía que él le había enseñado desde chiquitín y le había dicho: "Esta melodía se llama Busco tu amor, y la tocarás para todo aquel que tenga tristeza en él alma".
El príncipe bueno y justo comprendió que el pequeño había adivinado su tristeza, y buscaba curarlo con la tierna y dulce cadencia de su flauta.
El alma pura y sensible de Chrisna sintió como una suave oleada de ternura que la inundaba. Vio en el amor inocente y franco de aquella cria­tura, el amor de todos los hombres que llegaron a comprenderlo, y ten­diendo sus robustos brazos hacia el magnolio, asió de sus ramas y las atrajo hasta alcanzar la mano de Shanyan, que como ágil pajarillo de las selvas, saltó de rama en rama hasta encontrarse entre los brazos de su padre que en verdad sentía la dicha de aquel inocente amor.
— ¿Has visto como te sanaste, padre, con mi flauta de bambú?
—Si hijo mío., me has curado la tristeza diciéndome que buscas mi amor. Tal debes hacer con todos aquellos que llevan sombra gris en los ojos. Ven ahora conmigo al pabellón dé los heridos y veremos si hay forma de aliviarles.
—Ya fui con mi madre y hemos llevado raciones de pan y miel para todos. No había ninguno triste, por eso no toqué en mi flauta. Sólo tú estabas triste, padre, y todos saben que tú llevas la tristeza en el alma.
—Es que me hicieron rey, hijo mío, y ningún rey puede estar contente en esta tierra si sabe lo que es la carga que lleva sobre sus hombros. ¿Qué harías tú si estuvieras en mi lugar?
— ¿Yo? Pues llenaría todas las bodegas de pescado seco, harina y miel para que ninguno tenga hambre. Les daría a todos flautas de bambú para cantar tu canción favorita y espantar la tristeza. ¿No es así como se hace dichoso a todos?
—Si, hijo mío, si. Pero si los hombres rompieran y pisotearan tu flauta, y despreciaran tu pescado, tu harina y tu miel, ¿qué harías?
Los ojos castaño claro del niño parecieron sombrearse de una imper­ceptible bruma de triste-za y contestó:
—Si rompen las flautas y rechazan los dones, será porque son malos y gustan apoderarse de lo que no es suyo. Y entonces yo tomaría un látigo y les daría azotes como hacen los guardianes en los fosos de esta fortaleza con las fieras, cuando se enfurecen contra sus cuidadores.
—Serías un rey justiciero —dijo Chrisna.
—Yo si. Pan y miel al que es bueno y quiere la flauta de bambú. La tristeza y el látigo para los malos que no dejan vivir tranquilos a los demás.
— ¡Pobrecillo! —dijo el buen rey acariciándolo—. Que Atman llene tu corazón de nobleza y de bondad, para que llegues a amar aún a los que desprecien tu flauta de bambú.
Los diez días que el príncipe dio de plazo a los descontentos pasa­ron, y él esperó en vano verles llegar a exponer sus reclamaciones. Llegó el gran festín del pueblo al cumplir su rey la tercera edad, o sea los treinta años, y ningún acontecimiento adverso vino a turbar el júbilo de aquel pueblo que se sentía dichoso bajo la protección de su soberano.
Y cuando su suegro Bismuka, Maharajá de Golkonda, se sintió mo­rir, llamó a su heredero para dejarle coronado rey. Chrisna quiso que a princesa Malwa llevase a su hijo para asistir también ella a recoger a última voluntad de su padre. Y partió el convoy de la princesa cus­todiada por cien arqueros. Cristhna le acompañó en la primera jornada y se tornó a Madura en compañía de Arjuna, Paricien y cuatro arqueros formando un pequeño grupo de siete caballeros en ligeros corceles. Mas al llegar a una encrucijada de la montaña sombría de árboles y a la es­casa luz final del ocaso, les cortó el paso una turba de ochenta jinetea armados de hachas, puñales y flechas que aullaban como lobos rabiosos. Arjuna, que era el de más edad y menos apto para las armas, corrió ha­cia Madura para traer una legión de defensa. El príncipe no querva de­fenderse; pero Paricien y los cuatro arqueros armaron rápidamente sus lanzas y formaron círculo a Chrisna.
Vamos a ver qué queréis que así aulláis como las fieras de la selva. ¿No os di plazo para solucionar vuestros problemas?
No queremos otra solución que la entrega inmediata de las 2.600 mujeres que guardáis en la Fortaleza y de los 40.000 esclavos que nos habéis quitado para que se paseen triunfantes por las ciudades y los campos.
—Seguidme a Madura y allí hablaremos. Tened en cuenta que esos esclavos han sido rescatados con el oro de las arcas reales. Vosotros lo habéis recibido a satisfacción y ahora reclamáis por ellos. Obráis con injusticia manifiesta y con tan mala fe que os asemejáis a malhechores que asaltan en los caminos a las personas honradas.
—No queremos más filosofías que nos perjudican. Firmad aquí mismo una orden de que nos sean devueltos esclavos y mujeres y os dejamos continuar libremente vuestro camino.
— ¡Un momento! —gritó con desesperación Paricien, temiendo más que de la turba de bandoleros, del mismo Cristhna que nada permitiría hacer para salvarle. Y apartándolo hacia atrás de los arqueros» le dijo en voz baja:
—Prometedles que les complaceréis para dar tiempo a que vuelva Arjuna con el auxilio pedido.
— ¿Qué es lo que me pides, amigo mío? Eso sería una mentira por debilidad, por temor de la muerte. ¿Cómo puedo prometerles que les complaceré, si sé que no debo hacerlo y que no lo haré jamás?
—Pensad que no sería por salvaros de la muerte, sino por la sal­vación de esas mujeres, de esos niños y de todos esos infelices esclavos.
— ¡Es mi hora, Paricien, es mi hora! Feliz de mí si compro con mi vida los grandes dones de Atman para la humanidad. Necesito de ti Paricien para que me ayudes a morir como me ayudaste a vivir en la voluntad de Atman. Venga un abrazo que será el postrero—. Paricien sollozando hondamente estrechó al príncipe que pronto se arrancó de sus brazos.
—Idos con él —dijo a los arqueros— que yo sólo me basto para tratar con estas gentes. —Y avanzando hacia la turba que le esperaba con el arco ya dispuesto, cruzó sus brazos sobre el pecho y les dijo: — ¡Tirad!
— ¿Te niegas, pues, a grabar tu nombre al pie de esta orden? —gri­tó uno de los bandidos.
—Si, me niego —les contestó.
—Mira que morirás aquí mismo y de igual modo asaltaremos la Fortaleza de las mujeres y cazaremos como gamos a todos nuestros es­clavos.
—i Lo habéis oído! —dijo Chrisna a los suyos—. Idos a tomar las medidas necesarias para evitarlo.
Un arquero salió a todo correr de su caballo.
—Contaremos hasta cien —propuso uno de los bandidos—. Si en ese tiempo no grabas tu nombre dispararemos nuestras flechas.
—Perdéis el tiempo —contestó impasible el príncipe.
— ¡Idos he dicho! —volvió a insistir Chrisna dirigiéndose a Pari­cien y sus arqueros, que obedecieron en el acto, pero sólo para introdu­cirse en una caverna a la vuelta del cerro ante el cual se hallaban y quedarse allí en observación.
— ¡Preparar vuestras flechas y disparad contra los cuatro tirado­res de ellos, antes que ellos lo hagan contra él —dijo Paricien a sus tres arqueros. Y cuando el que contaba entre los bandidos iba a llegar a cien, Paricien y los suyos dispararon flechas contra los tiradores que debían matar a Chrisna, y tres de ellos cayeron muertos, mas la flecha dispa­rada por el cuarto había dado en el blanco y Chrisna cayó herido de muerte, pronunciando estas sublimes palabras:
— ¡Gran Atman..., he cumplido tu voluntad! ¡Dadme Señor la paz y el amor entre los hombres!
Al ver tres de sus hombres muertos, los bandidos juzgaron que llegaban los ejércitos de Madura y huyeron hacia la Fortaleza de las mujeres para asaltarla antes de que pudieran defenderla.
Paricien y los suyos corrieron hacia el príncipe que aún estaba consciente.
—Amigo mío —le dijo— no amargues mi agonía con tu desespe­ración. Ya era la hora de mi libertad y de mi paz. Piensa en Malwa y en mi hijo y con Arjuna y Adgigata ayudadla a ocupar mi lugar.
— ¡Mi Rey! —Gritó con suprema angustia Paricien—. Que Atman te reciba en su luz y su gloria .y seas el genio tutelar del Dekan para que no vuelva a las tinieblas.
Cristhna estrechó débilmente la mano de su amigo, mientras sus arqueros le besaban los pies llorando amargamente. Con el incendio pur­purino del ocaso que doraba el paisaje, se cerraron sus ojos a la vida material para abrirse los de su espíritu a su gloriosa inmortalidad.
Paricien sólo conservó a su lado uno de los arqueros y los otros dos fueron enviados para, avisar a los príncipes aliados que debían dispo­nerse para la defensa, pues la Serpiente Roja estaba dispuesta a levan­tar de nuevo la aplastada cabeza.
Y cargando en su propio caballo el cuerpo de su rey, siguió camino hacia Golkonda, donde se encontraba la princesa con su hijo.
El rey Bismuka aun vivía y se le ocultó el triste acontecimiento, hasta que terminado el trabajo de embalsamiento del cadáver se orga­nizaron los solemnes funerales de las hogueras encendidas en círculo alrededor del féretro durante siete días consecutivos, pasados los cuales, el féretro era paseado en una balsa cubierta de flores y antorchas sobre el Ganges, el río sagrado, desde cuyas ondas, según la tradición del país, los Devas recogían el alma pura del justo que había muerto por el bien.
—No quiero que mi cadáver sea tomado para adoración de los hom­bres —había dejado escrito el santo príncipe en sus cartapacios, y los Kobdas-Flamas, de acuerdo con Malwa y los tres amigos íntimos, le ocultaron muy secretamente en un gran peñasco blanco de Bombay, al cual estaba adherida la Torre que tenía el número 49 que era la destinada a panteón funerario de las momias de los grandes maestros de la viejísima Institución.
Y la princesa Malwa cubrió aquel sagrado túmulo que guardaba la momia de Cristhna, con el manto de oro y diamantes que su padre había mandado tejer con todos los diamantes de Golkonda para cuandosu hija fuera coronada reina.
Si algún día —dijo ella a sus consejeros— los países que Chrisna hizo dichosos padecieran carestía y hambre, su Rey guarda en la tumba más de lo suficiente para alimentar por diez años a todo el Dekan. Ya lo sabéis.
Y el culto hacia aquel gran ser que fue para ella más que su padre v su madre, porque era Vishnú encarnado, la hizo fuerte para gobernar hasta la mayaría de edad de su hijo, los dos más poderosos reinos deaquella época: Madura y Golkonda.
Las dinastías de Ugrasena y de Bismuka, unidas, mantuvieron la justicia y la paz de Chrisna durante tres centurias y inedia más.
Más tarde, el egoísmo de los hombres comenzó de nuevo la siembra de iniquidad que. fue ahogando lentamente la buena simiente. Pero las lámparas vivas ds las Torres del Silencio, no se apagaron por completo, y esas lucecitas símbolo perpetuo de una fe inmortal y de un amor eter­no, alumbrarán ele nuevo los campos de la humanidad".
Debajo de este relato aparecían cuatro nombres grabados con pun­zón ardiente: Adgigata, Patriarca de las Torres del Silencio; Arjuna, Asura del Reino de Madura; Paricien, Primer Consejero; Malwa, Reina madre de Madura y de Golkanda.
Dos días después de haber terminado el papiro de la vida de Chrisna, fue inaugurado el templo de Hornero con grandes fiestas a que el anciano Menandro invitó a toda la población de Ribla, a la cual hizo comprender el significado de aquel personaje, el poeta máximo de la Grecia de la luz y la belleza eternas, y esperó a que Arvoth trasladase allí su fami­lia para consagrar él mismo, en su calidad de sacerdote de Hornero, a la nueva sacerdotisa Nebai, a la cual entregaría el laúd de oro y la corona de laurel de oro y rubíes, que la Grecia Eterna había ofrendado a su genial antepasado, cuando ya estaba paralítico y ciego en su lecho de muerte.
El anciano Menandro hizo a Jhasua, el Apolo Sirio, como él lo lla­maba, la ofrenda de su archivo compuesto de 270 rollos mayores y 420 menores, para cuyo transporte les dio una caravana de diez mulos con los aparejos necesarios.
El les seguiría, así que hubiese realizado la consagración de Nebai como sacerdotisa de Hornero.
Pocos días después, Jhasua y los Esenios emprendieron el viaje de regreso acompañados de Arvoth, y de los conductores de la pequeña tro­pilla de mulos que conducían al Monte Tabor gran parte de la historia de la humanidad sobre el planeta Tierra.
Y diez días después les encontramos ya en el Santuario del Monte Tabor, cuya vegetación con todo de ser exuberante y bellísima, les pare­cía pobre comparada con las maravillas del Líbano, por cuyos cerros y valles habían dejado correr la fantasía que soñaba allí con edenes que no eran de la tierra.
Por los Terapeutas peregrinos se supo en todos los Santuarios Ese­nios que el Hombre-Luz había vuelto del Monte Hermón trayendo el tesoro inestimable de un Archivo que venía a llenar las lagunas exis­tentes en la historia de la evolución humana.
Y la Fraternidad Esenia consideró desde ese momento al anciano Sacerdote de Hornero, Menandro, como un benefactor que la ayudaba a cumplir su sagrado pacto, de mantener encendida la luz de la Verdad confiada en esa época a la vieja Institución.
— ¡Cuánto has cambiado Jhasua en este viaje que hiciste! —decíale Nebai cuando de nuevo junto a la fuente de las palomas, se encontraron por primera vez.
— ¡Es cierto Nebai, es cierto! Yo mismo observo este cambio. No sé si para bien o para mal. He subido a un altiplano desde el cual veo todo muy diferente de lo que antes lo veía.
—Y algo muy íntimo dentro de mi ser va agrandando, ensanchándose casi hasta lo infinito, sin que yo pueda impedirlo.
— ¡Tú debes estar enfermo, Jhasua! —Continuaba Nebai con gran inquietud—. Tus ojos no parecen fijarse en nada, y hasta tu memoria se ha debilitado. Ni siquiera me preguntas por tus amigos de las ruinas de Dobrath, y eso que hubo un derrumbamiento.
— ¡Cierto, Nebai! Perdóname. Me llegó tu pensamiento cuando eso ocurrió. Ahora ya no.
— ¿Cómo?... ¡Once niños heridos y una guardiana ancianita... muerta!
— ¡Oh, Nebai!... mi querida Nebai. Ese es un pequeño dolor com­parado con todos los dolores de la humanidad.
¡Ribla, Ribla! Tus jardines silenciosos y tus grandes bosques soli­tarios, han enfermado mi alma para siempre y ya nunca más podré te­ner alegría.
— ¿Por qué, Jhasua, por qué? La vida tiene bellezas. El hacer el bien es una belleza. Consolar al que llora es una belleza. ¡Amar es una be­lleza! ¡El amor de tu madre es una belleza, Jhasua!... ¡El amor de todos los que te amamos es una belleza!... ¡Jhasua, Jhasua! ¡Fuiste con el corazón lleno de vida y has vuelto con tu corazón casi muerto!...
Y cubriéndose el rostro con ambas manos, la niña rompió a llorar desconsoladamente.
Jhasua reaccionó ante el inesperado dolor de Nebai, y acercándose con ternura hacia ella, la tomó de la mano y la llevó hacia la fuente que estaba con sus bordes casi cubiertos de flores.
—Siéntate aquí, Nebai, y escúchame. Así me comprenderás. ¿Viste esa caravana de mulos cargados de fardos?
—Sí, los he visto. ¿Es por eso que estás apenado?
—En esos fardos Nebai, he aprendido todos los dolores de la huma­nidad. Los he conocido demasiado pronto. Aún no tengo cumplidos mis 18 años, y ya me siento como si tuviera 30.
"Y después de saber muchas cosas que ignoraba, yo pregunto: ¿Dónde podemos encontrar la dicha para el corazón humano?
—Mira Jhasua: yo nada sé en comparación de lo que tú sabes; pero yo pienso tranquilamente en que la justicia divina da a cada uno según lo que merece. Y si esta Justicia nos da a ti y a mí cuanto necesitamos, el calor de un hogar, de una familia, y nos añade todavía la satisfacción de hacer el bien que podemos a quienes lo merecen, ¿por qué tenemos que padecer por dolores que acaso son un merecido castigo por maldades que ignoramos?
"¿Preguntas dónde encontrar la dicha para el corazón humano? Yo creo que en darle a cada uno lo suyo. Por ejemplo, tú tienes padres como yo. La dicha de ellos estará seguramente en vernos felices con nuestro buen obrar. ¡Jhasua, yo sé lo que pasa en tu corazón!
"Me figuro que has trepado a una cima muy alta y has visto de una sola mirada todo el dolor que hay en toda la humanidad.
"Pero como no tenemos el poder de remediar a todos, evitemos el dolor de aquellos que nos rodean comenzando por la familia, los amigos, M que se cruzan en el camino. Y si procuramos que en otros se des­pierten estos mismos sentimientos de conmiseración, ensancharemos más y más el círculo de los que pueden ser aliviados y consolados.
"En cambio si nos dejamos aplastar el corazón por todos los do­lores humanos, seremos nosotros mismos un dolor para aquellos que nos aman.
"Tu madre, Jhasua, tu dulce madre, ¿que sentina en su corazón si te viera tal como te vi yo al llegar aquí esta tarde?...
¡Oh, Nebai... ¿ qué ángeles buenos están soplando en tu oído esas suaves palabras? ¡Habla, Nebai! Habla que estás curando todas las heridas de mi corazón.
_ Pero dime ¿cómo es que tus maestros han permitido que así pa­dezcas sin ningún alivio? Ellos que son un bálsamo para todos, ¿no lo han sido para ti?
_ No les culpes, Nebai. Ellos no han podido evitarlo. Yo he visto más de lo que ellos querían que viese.
"Y es verdad que cada cosa tiene su tiempo. Aún no era hora de que yo subiera a esa cumbre y mirase hacia abajo. Aún soy un joven­zuelo y he creído poder soportar lo que soportaría un hombre viril.
"¡Gracias, Nebai! En tu inocencia de niña me has dado una gran lección. Aún no es la hora de que yo sienta todos los dolores de la hu­manidad. ¡Un ángel de Dios te ha inspirado Nebai! ¡He aquí un joven­zuelo que quiere remediar los dolores humanos y comienza por causarte, pobre niña, el más grande dolor que acaso has tenido en tu vida! ¡Pobre madre mía si hubiera llegado hasta ella como llegué hasta ti!
"¡Oh, Nebai!... ¡Has sido hoy e! rayo de luz divina que ha ilu­minado mi corazón en sombras!
"Eres una niña, y has dicho h. verdad. Otra vez se cumple la es­critura que dice: "Dios habla a veces por la boca de los niños".
Y de la alta cima del futuro Redentor de una humanidad, Jhasua, con esa dócil y sutil complacencia propia de las grandes almas, descen­dió a la llanura del verde césped y de las florecillas diminutas, para po­nerse a tono con las almas sencillas y puras que le rodeaban. Fue de nuevo el Jhasua adolescente, ingenuo y afable y tiernísimo que hasta ahora habíamos conocido. Y se entregó de lleno a pensar, no en dolores inmensos que no podía evitar, sino en las puras y hermosas alegrías que podía proporcionar a los demás.
— ¿Nebai, sabes que traigo tres nidos de ruiseñores del Líbano?
— ¿De veras? ¡Dicen que no los hay aquí como aquéllos!
—Uno para ti, otro para mi madre, y el otro para una niña que apenas conozco, pero que nos obsequió con una cesta de frutas cuando teníamos mucha sed.
— ¡Ya ves Jhasua cuántas alegrías traes contigo y sólo pensabas en el dolor! —exclamaba Nebai, contenta y feliz de encontrar en su amigo de la infancia, el mismo que había visto antes del largo viaje.

LAS ESCRITURAS DEL PATRIARCA ALDIS

Dos días después Jhasua se dejaba envolver por la suave ternura del hogar paterno, que se sintió rebosante de dicha al cobijarle de nuevo bajo su vieja techumbre.
El lector adivinará los largos relatos que como una hermosa fili­grana de plata se destejía alrededor de aquel hogar, pleno de paz y hon­radez, de sencilla fe y de inagotable piedad.
Jhasua era para todos, el hijo que estudiaba la Divina Sabiduría para ser capaz de hacer el bien a sus semejantes. Se figuraban que él debía saberlo todo y las preguntas le acosaban sin cesar.
Sólo Myriam, su dulce madre, le miraba en silencio sentada junto a él, y parecía querer descubrir con sus insistentes miradas, si la vida se lo había devuelto tal como le vio salir de su lado. Su admirable in­tuición de madre, encontró en la hermosa fisonomía de su hijo, algo así como la leve huella de un dolor secreto y profundo, pero nada dijo por el momento, esperando sin duda estar a solas con él para decírselo.
El joven Maestro que había en verdad alcanzado a desarrollar bas­tante sus facultades superiores y sus poderes internos, también percibió cambios en sus familiares más íntimos.
Joseph, su padre, aparecía más decaído y su corazón funcionaba irregularmente. Cualquier pequeño incidente le producía visible agitación.
Jhosuelín había adelgazado mucho, y tenía una marcada apariencia de enfermo del pecho.
Ana estaba resplandeciente con su ideal belleza de efigie de cera.
Su tío Jaime que tan intensamente le amaba, había venido desde Cana para encontrarse a su llegada.
Sus hermanos mayores ya casados, acudieron con algunos de sus hijos, niños aún, para que Jhasua les dijera algo sobre su porvenir, ¡La eterna ansiedad de los padres por saber anticipadamente si sus retoños tendrán vida próspera y feliz!
—Tú que eres un profeta en ciernes, debes saber estas cosas —le decían medio en broma y medio en serio.
Jhasua, acariciando a sus sobrinos, decía jovialmente tratando de complacer a todos, sin decir necedades.
—Tened por seguro que todos ellos serán lo que el Padre Celestial quiere que sean, y El sólo quiere la paz, la dicha y el bien de todos sus hijos.
Y cuando pasada la cena, fueron retirándose todos a sus respec­tivas moradas, quedaron por fin solos junto a la mesa, Myriam, el tío Jaime y Jhosuelín, para los cuales Jhasua tuvo siempre confidencias más íntimas. Y el alma grande y buena del futuro redentor de humanidades, fue abriendo sus alas lentamente como una blanca garza que presintiera cerca las caricias del sol, y los suaves efluvios de brisas perfumadas de jaz­mines y madreselvas.
—Jhasua... —le dijo tímidamente su madre— ¡en estos 19 meses que duró tu ausencia, has crecido bastante de estatura y creo que también tu corazón se ha ensanchado mucho!... Me parece que has padecido fuertes sacudidas internas, aunque no acierto con la causa de ellas.
"Bien sabes que nosotros tres, hemos comprendido siempre tus más íntimos sentimientos.
"Si necesita tu alma descansar en otras almas muy tuyas, ya lo sabes Jhasua. ¡Somos tuyos siempre!
Ya lo sé madre mía, ya lo sé y esperaba con ansia este momento. En mis varias epístolas familiares, nada puedo deciros de mis intimi­dades, pues sabía que ellas serían leídas por todos mis hermanos y sabéis que ellos muy poco me comprenden, a excepción de Jhosuelín, Jaime y Ana.
Uno de los Terapeutas peregrinos —añadió el tío Jaime— nos trajo la noticia de grandes curaciones que habías hecho, y que todo el camino desde el Tabor a Ribla fue sembrado de obras extraordinarias que el Señor ha obrado por intermedio tuyo. Paralíticos curados, de­mentes vueltos a la razón, y creo que hasta una mujer muerta vuelta a la vida.
Pero el Terapeuta también os habrá dicho —dijo Jhasua—, que nada de todo eso se podía repetir a persona alguna fuera de vosotros.
No pases cuidado, hermano —dijo Jhosuelín—, que de nosotros nada de esto ha salido a la luz. Nos han mandado callar y hemos callado.
—Bien. Veo que en vosotros puedo confiar. No debe importaros que muchos familiares me juzguen duramente, pensando que pierdo el tiempo.
—No, eso no lo piensan por el momento Jhasua —intervino Myriam— pues todos esperan en que tú serás el que des brillo y esplendor a la familia, como muchos de los Profetas del pasado. Y hasta suponen algunos, que acaso tú contribuyas a que salga de la oscuridad la Fra­ternidad Esenia, para libertar a la nación hebrea de la opresión en que se encuentra.
—Y otros esperan —añadió Jaime— que seas tú mismo el salvador de Israel, y me consta que le han hecho grandes averiguaciones a tu padre.
—Y él, ¿qué ha contestado?
—Sencillamente que tú estudias para ser un buen Terapeuta en bien de tus semejantes, y les ha quitado toda ilusión de grandezas ex­traordinarias.
—En efecto —contestó Jhasua— lo que el Señor hará de mí, no lo sé aún. Yo me dejo guiar d e los que por hoy son mis maestros y me in­dican cual es mi camino. Confieso que por mí mismo sólo una cosa he descubierto y es que por mucho que hagan todos los espíritus de buena voluntad por la dicha de los hombres, aún faltan algunos milenios de años para que ese sueño pueda acercarse a la realidad. Tal sucederá cuando el Bien haya eliminado el Mal, y hoy el mal sobre la tierra es un gigante más grande y más fuerte que Goliat.
—Pero una piedrecilla d« David le tiró a tierra —dijo Jhosuelín— como para alentar a Jhasua en su glorioso camino.
— ¡Sí, es verdad! y Dios hará surgir de entre rebaños de ovejas o de las arenas del desierto, el David de la hora presente —añadió Jaime.
—Así lo dicen los papiros con sus leyendas de los siglos pasados —contestó Jhasua—. La humanidad terrestre fue desde sus comienzos esclava de su propia ignorancia y del feroz egoísmo de unos pocos. Y en todas las épocas desde las más remotas edades, Dios encendió lámparas vivas en medio de las tinieblas. Como los Profetas de Israel, los hubo en todos los continentes, en todos los climas y bajo todos los cielos.
"Y el alma se entristece profundamente cuando ve el desfile heroico de mártires de la Verdad y del Bien, que dieron hasta sus vidas por la dicha de los hombres, y aún ahora el dolor hace presa de ellos.
"Grandes Fraternidades como ahora la Esenia hubo en lejanas edades; los Flamas lémures, los Profetas blancos atlantes, los Dacthylos del Ática, los Samoyedos del Báltico, los Kobdas del Nilo, los ermitaños de las Torres del Silencio de Bombay, los mendicantes de Benarés; y todos ellos que suman millares, hicieron la dicha de los hombres a costa de tremendos martirios que costaron muchas vidas.
"Pero esa dicha fue siempre efímera y fugaz, porque la semilla del mal germina, en esta tierra tan fácil y rápidamente, cuanto con lentitud y esfuerzo germina la buena simiente.
— ¿Qué falta, pues, para que ocurra lo contrario? —interrogó Jaime.
—Falta... falta tío Jaime, más sangre de mártires para abonar la tierra y más lluvia de amor para fecundar la semilla... —contestó Jhasua con la voz solemne de un convencido.
"Creedme, que entrar en el templo de la Divina Sabiduría es abra­zarse con el dolor, con la angustia suprema de querer y no poder llegar, a la satisfacción del íntimo anhelo de encontrar la dicha y la paz para los hombres.
"Los emisarios de Dios de todas las épocas, han marcado el camino, mas la humanidad, en su gran mayoría, no quiso seguirlo y no lo quiere aún hoy. Por eso vemos un mundo de esclavos sometidos a unos pocos ambicio­sos audaces, que pasando sobre cadáveres han escalado las cimas del poder y del oro, y desde allí dictan leyes opuestas a la Ley Divina, pero favorables a sus intereses y conveniencias.
"No es sólo Israel que soporta el humillante dominio de déspotas extranjeros. Toda la humanidad es esclava, aún cuando sea de la misma raza el que gobierna los países que forman la actual sociedad humana.
"Durante más de un milenio, los Kobdas del Nilo en la prehistoria, hicieron sentir brisas de libertad y de paz en tres continentes; ¡pero la humanidad se enfurece un día de verse dichosa, aniquila a quienes tuvie­ron el valor de sacrificarse por su felicidad, y se hunde de nuevo en sus abismos de llanto, de crimen y de horror!
"Adivinabas, madre, que he padecido en mi ausencia. Es verdad y seguiré padeciendo por la inconciencia humana, que ata las manos a los que quieren romper para siempre sus cadenas.
—Piensa, hijo mío, que tu juventud te lleva a tomar las cosas con un ardor y vehemencia excesivos.
¿Acaso eres tú culpable de la dureza de la humanidad para escuchar a los enviados divinos?
—Madre: si tuvieras unos hijos que sin querer escucharte se preci­pitaran en abismos sin salida, ¿no padecerías tú por la dureza de su co­razón?
—Seguramente, pero eran hijos, parte de mi propia vida. Mas tú padeces por la ceguera de seres que en su mayoría no conoces ni has visto nunca.
— ¡Madre!... ¿qué has dicho?
¿Y la Ley?... ¿no me manda la ley amar al prójimo como a mí mismo, y no somos todos hermanos, hijos del Padre Celestial?
Sí, hijo mío, pero piensa un momento en que el Padre Celestial permite esos padecimientos y deja en sufrimiento a sus hijos, no obstante de que los ama, acaso más de lo que tú amas a todos tus semejantes. Está bien sembrar el bien, pero padecer tanto por lo irremediable. . . ¡pobre hijo mío!, es padecer inútilmente con perjuicio de tu salud, de tu vida y de la paz y dicha de los tuyos, a los cuales has venido ligado por voluntad divina. ¿No hablo bien, acaso?
Eres como Nebai, la dulce flor de montaña, que amándome casi tanto como tú, sólo piensa en verme feliz y dichoso. ¡Santos y puros amores, que me obligan a plegar mis alas y volver al nido suave y tranquilo, donde no llegan las tormentas de los caminos que corren hacia el ideal supremo de liberación humana!
¡Está bien madre!. . . está bien; ¡el amor vence al amor, mientras llega la hora de un amor más fuerte que el dolor y la muerte!
_ ¿Qué quieres decir con esas palabras? —preguntó inquieta la dulce madre.
—Que tu amor y el amor de Nebai me suavizan de tal modo la vida, que no quisiera pasar de esta edad para continuar viviendo de ese dulce ensueño que ambas tejéis como un dosel de seda y flores para mí.
El tío Jaime y Jhosuelín habían bien comprendido todo el alcance de las palabras de Jhasua, pero callaron para no causar inquietudes en el alma pura y sencilla de Myriam. Unos momentos después, ella se retiró a su alcoba, dichosa de tener de nuevo a su hijo bajo su techo, mientras él con Jaime y su hermano que tenían habitación conjunta, continuaban hablando sobre el estado precario y azaroso en que el pueblo se debatía sin rumbo fijo y dividido en agrupaciones ideológicas, que la lucha continua iba llevando lentamente a un caos, cuyo final nadie podría prever.
La noticia del regreso de Jhasua a la risueña y apacible Galilea, llegó pronto a sus amigos de Jerusalén, y apenas habrían transcurrido 25 días, cuando llegaron a Nazareth cuatro de ellos: José de Arimathea, Nicodemus, Nicolás de Damasco y Gamaliel.
Joseph, el dichoso padre, que sentía verdadera ternura por José de Arimathea, les recibió afablemente, sintiendo grandemente honrada su casa con tan ilustres visitantes.
—Ya sé, ya sé —les decía— que venís curiosos de saber si vuestro discípulo ha aprendido bastante. Yo sólo sé que me hace feliz su regresó, pero si en la sabiduría ha hecho adelantos o no, eso lo sabréis vosotros. Pasad a este cenáculo, que en seguida le haré venir.
Y les dejó para ir en busca de Jhasua que recorría el huerto, ayudando a su madre a recoger frutas y hortalizas.
—He aquí —decía Gamaliel aludiendo a Joseph:— el prototipo del Galileo honrado, justo, que goza de la satisfacción de no desear nada más de lo que tiene.
—En verdad —añadía Nicolás— que la Eterna Ley no pudo elegir sitio más apropiado para la formación y desarrollo espiritual y físico de su Escogido. ¡Aquí todo es sano, puro, noble! Difícilmente se encontraría un corazón perverso en Galilea.
—En cambio, nuestro Jerusalén es como un nidal de víboras —añadió Nicodemus, observador y analítico por naturaleza.
— ¿Y habéis pensado a que se deberá este fenómeno? —interrogó José de Arimathea.
—Tengo observado —contestó Nicodemus— que los sentimientos religiosos muy exaltados hacen de una ciudad cualquiera, un campo de luchas ideológicas que degenera luego en odios profundos y producen la división y el caos. Y creo que esto es lo que pasa en Jerusalén.
—Justamente —afirmó Gamaliel—. La exaltación del sentimiento re­ligioso, obscurece la razón y hace al espíritu intolerante y duro, aferrado a su modo de ver y sin respeto alguno para el modo de ver de los demás.
—Además —dijo Nicolás— los hierosolimitanos se creen la flor y nata de la nación hebrea, y miran con cierta lástima a los galileos y con des­precio a los samaritanos, que ni siquiera se dan por ofendidos de tales sentimientos hacia ellos.
—Aquí llega nuestro Jhasua —dijo José de Arimathea, adelantándose hacia él y abrazándole antes que los demás—. ¡Pero estás hecho un hom­bre! —le decía mirándole por todos lados.
— ¿Querías que siguiera siendo aquel parvulito travieso que os hacia reír con sus diabluras? —preguntaba sonriendo Jhasua, mientras recibía las demostraciones de afecto de aquellos antiguos amigos, todos ellos de edad madura.
Y así que terminaron los saludos de práctica, iniciaron la conversa­ción que deseaban.
Quien mayor confianza tenía en la casa, era José de Arimathea y así fue que él la comenzó:
—Bien sabes Jhasua —dijo— que nuestro grado de conocimiento de las cosas divinas nos pone en la obligación de ayudarte en todo y por todo a desenvolver tu vida actual con las mayores facilidades posibles en este atrasado plan físico. Y cumpliendo ese sagrado deber, aquí estamos Jha­sua esperando escucharte para formar nuestro juicio.
—Continuáis, por lo que veo, pensando siempre que yo soy aquel que vosotros esperabais... —dijo con cierta timidez Jhasua y mirando con delicado afecto a sus cuatro interlocutores.
—Nuestra convicción no ha cambiado absolutamente en nada —dijo Nicodemus.
—Todos pensamos lo mismo —añadió Nicolás.
—Cuando la evidencia se adueña del alma humana, no es posible la vacilación ni la duda —afirmó por su parte Gamaliel.
— ¿Tú no has llegado aún a esta convicción Jhasua? —le interrogó José.
—No —dijo secamente el interrogado—. Aun no he visto claro en mi Yo íntimo, siento a veces en mí una fuerza sobrehumana que me ayuda a realizar obras que pasan el nivel común de las capacidades humanas. Siento que un amor inconmensurable se desata en mi fuero interno como un ven­daval que me inunda de una suavidad divina, y en tales momentos me creo capaz de darme todo en aras de la felicidad humana. Mas todo esto pasa como un relámpago, y se desvanece en el razonamiento que hago, de que todo aquel que ame a su prójimo como a sí mismo en cumplimiento de la Ley, sentirá sin duda lo mismo.
"Las Escrituras Sagradas nos dicen de hombres justos, que poseídos del amor de Dios y del prójimo, realizaron obras que causaron gran admi­ración en sus contemporáneos. Esto lo sabéis vosotros mejor que yo.
—Y vuestros maestros Esenios ¿cómo es que no os han llevado a tal convicción? —preguntó Gamaliel.
—Porque esta convicción —según ellos— no debe venir a mí del exte­rior, o sea del convencimiento de los demás, sino que debe levantarse desde lo más profundo de mi Yo íntimo. Ellos esperan tranquilamente que ese momento llegará, más pronto o más tarde, pero llegará. Yo participo de la tranquilidad de ellos y no me preocupo mayormente de lo que seré, sino de debo ser en esta hora de mi vida; un jovenzuelo que estudia la divina sabiduría y trata de desarrollar sus poderes internos lo más posible, a fin de ser útil y benéfico para sus hermanos que sufren.
— ¡Magnífico, Jhasua! —Exclamaron todos a la vez—.
Has hablado como debías hablar tú, niño escogido de Dios en esta hora, para el más alto destino —añadió conmovido José de Arimathea.
— ¿Y qué impresiones has recibido en este viaje de estudio? —le interrogo. Nicodemus
— ¡Algunas buenas!... A propósito; os he traído algo que creo os gustará mucho.
—Veamos, Jhasua. Dilo.
_ —He tomado para vosotros copias de fragmentos de prehistoria que creo que no conocéis.
_ ¿De veras? ¿Y dónde encontraste esos tesoros?
Jhasua les refirió que, un viejo sacerdote de Homero encontrado en Ribla, lo había obsequiado con un valioso Archivo; que según los Esenios venía a llenar grandes vacíos en las antiguas crónicas conservadas por
— ¿Y esas copias de que tratan? —preguntó Nicolás.
_ Ponen en claro muchos relatos que las Escrituras Sagradas de Israel han tratado muy ligeramente, acaso por falta de datos, o porque en los continuos éxodos de nuestro pueblo, tantas veces cautivo en países extran­jeros, se perdieron los originales.
"Por ejemplo, nuestros libros Sagrados dedican sólo unos pocos ver­sículos a Adán, a Eva, a Abel, y no mencionan ni de paso, a los pueblos y a los personajes que guiaron a la humanidad en aquellos lejanos tiempos.
"Bien veis que salta a la vista lo mucho que falta para decir en nues­tros libros. Adán, Eva, Abel y Caín, no estaban solos en las regiones del Eufrates, puesto que ruinas antiquísimas demuestran que todo aquello estaba lleno de pueblos y ciudades muy importantes.
"¿Quién gobernaba esos pueblos? ¿Qué fue de Adán?, ¿qué fue de Eva?, ¿qué fue de Caín? Si la Escritura atribuida a Moisés llama a Abel el justo amado de Dios, sería por grandes obras de bien que hizo. ¿Qué obras fueron esas, y quiénes fueron los favorecidos por ellas?
"Nuestros libros sólo dicen que fue un pastor de ovejas, pero no podemos pensar que por solo cuidar ovejas, Moisés le llamara el justo, ama­do de Dios.
"Mis copias del Archivo, sacadas para vosotros, explican todo lo que falta a nuestros libros Sagrados que aparecen truncos, sin continuidad, ni ilación lógica en muchos de sus relatos. Sería un agravio a Moisés, pensar que fuera tan deficiente y mal hilvanada la historia escrita por él sobre los orígenes de la Civilización Adámica. Yo creo que vosotros estaréis de acuer­do conmigo sobre este punto.
Los cuatro interlocutores de Jhasua se miraron con asombro de la perspicacia y buena lógica con que el joven maestro defendía sus argu­mentos.
—Bien razonas Jhasua —díjole José de Arimathea— y por mi parte, estoy de acuerdo contigo, tanto más, cuanto que hace años andaba yo a la busca de los datos necesarios para llenar los vacíos inmensos de nuestros Libros Sagrados, que en muchas de sus partes no resisten a un análisis por ligero que sea.
—Perfectamente —añadió Gamaliel—. Estoy encantado de vuestra forma de razonar, pero creo que estaréis de acuerdo conmigo, que es ese un terreno en el cual se debe entrar con pies de plomo.
—No olvidéis que nuestro grande y llorado Hillel, perdió la vida en el suplicio por haber removido esos escombros, y haber dejado al descubierto lo que había debajo de ellos.
—Y en pos de Hillel, muchos otros que corrieron igual suerte —dijo Nicolás—. También yo buscaba al igual que José, pero silenciosamente a la espera de mejores tiempos.
—Creo —observó Nicodemus— que estudios de esta naturaleza de­ben realizarse con gran cautela hasta conseguir poner completamente en claro cuanto se ignora.
—Y así que se haya conseguido, muy tercos serán si se niegan Pontífices y Doctores a aceptar la verdad.
—Poco es lo que he podido copiar, pero ello os dará una idea de lo enorme del Archivo encontrado en Ribla —dijo Jhasua—. Muchas mejo­res informaciones podréis obtener si algún día visitáis el Archivo en el Santuario del Tabor a donde ha sido traído.
— ¿Desde Ribla, más allá de Damasco?
—Desde Ribla, en pleno Líbano.
—"¡Oh, desciende del Líbano, esposa mía, y ven para ser coronada con jacintos y renuevos de palmas!"... —recitó solemnemente Nicode­mus parodiando un pasaje de los Cantares—. Del Líbano tenía que ba­jar la Sabiduría, porque Ella busca las cumbres a donde no llegan los libertinos y los ignorantes. Empiezo a entusiasmarme Jhasua con ese Archivo, y desde luego propongo que vayamos cuanto antes a visitarlo.
—Como gustéis.
— ¿Cuándo regresas tú al Tabor —interrogó José.
—Aun no lo sé, pues dependerá de especiales circunstancias de mi familia. Y como apenas he llegado...
—Sí, sí, comprendo. Pongámonos de acuerdo, y cuando tú decidas volver allá, nos mandas un aviso, y alguno de nosotros irá contigo. ¿Qué os parece?
—Muy bien, José; elijamos de entre nosotros los que deben ir.
—Yo estoy dispuesto y tengo el tiempo suficiente —dijo Nicolás de Damasco.
—Y yo igualmente —añadió Nicodemus—. Pero habrá que llevar intérprete, pues no sé si las lenguas en que aparezcan los papiros serán de nuestro dominio.
—Por esa parte no hay dificultad —observó Jhasua—. En el Tabor hay actualmente diez ancianos escogidos en todos los Santuarios para servirme de Instructores, y entre ellos hay traductores de todas las len­guas más antiguas. Y actualmente ellos están haciendo las traducciones necesarias.
—Bien, bien; quedamos en que irán al Archivo Nicolás y Nicodemus.
—Convenido —contestaron ambos.
—Ahora Jhasua, tráenos tus copias y explícanos, pequeño Maestro como tú lo comprendes —le dijo José afablemente—. Mientras, yo ha­blaré con tus padres para ver si es posible hospedarnos aquí por tres o cuatro días que pensamos permanecer.
—Yo tengo unos parientes cercanos —dijo Nicolás y pernoctaré allí.
—Y yo soy esperado por el Hazzán de la Sinagoga, que es hermano de mi mujer —añadió Gamaliel.
—Entonces Nicodemus y yo seremos tus huéspedes, Jhasua —dijo José saliendo del cenáculo juntamente con él para entrevistarse con Myriam y Joseph.
José de Arimathea y Nicodemus eran familiares, pues recordará el lector que estaban casados con dos hijas de Lía, la honorable viuda de Jerusalén que ya conocemos.
—Y poco después de la comida del mediodía, en el modesto cenáculo de Joseph, el honrado artesano de Nazareth, se formó como una minús­cula aula donde los cuatro ilustres viajeros venidos de Jerusalén, el tío Jaime y Jhosuelín, escuchaban a Jhasua que leía su copia de fragmentos del Archivo y hacía los más hermosos y acertados comentarios.
_ Tomé copia —dijo Jhasua— de la parte final de la actuación de
Adán y Eva, y de Abel su hijo, sacrificado por la maldad de los hombres. Fue lo que mayor interés me despertó, porque no lo dicen nuestros Li­bros y yo lo ignoraba por completo. Adán y Eva no fueron los rústicos personajes que nos figuramos, sino figuras descollantes en esa civiliza­ción neolítica, y a su hijo Abel, lo llaman esas Escrituras, el Hombre-Luz.
"¡Quién sabe si no ha sido él el Mesías Salvador del Mundo que nosotros esperamos aun, por ignorar la historia de aquellos tiempos remotos!
—Cada época tiene su luz —dijo Gamaliel—. En los campos side­rales como en los campos terrestres, aparecen de tanto en tanto estre­llas nuevas y lámparas vivas que iluminan las tinieblas de la humanidad.
—Sí, es verdad —afirmó Nicodemus—. Bien pudo ser Abel el Me­sías de aquella época, como puede ser Jhasua, el Mesías de la hora pre­sente.
Este guardó silencio, se inclinó sobre su copia como si sólo esto le absorbiera el pensamiento, y luego de unos instantes dijo:
—Uno de los diez Instructores que tengo en el Tabor, permaneció catorce años en la gran Biblioteca de Alejandría por orden de la Fra­ternidad Esenia, y allí, en unión de nuestro gran hermano de ideales Filón, han extraído cuanto allí encontraron para los fines que se buscan, que como todos lo sabéis, es el poner en claro los orígenes del actual ciclo de evolución humana, porque en las Escrituras Sagradas hebreas, ni en las persas, ni en las indostánicas, no se encuentra una verdadera historia que resistan un buen análisis.
—Es verdad —dijo Gamaliel—. Todo aparece brumoso, cargado de simbolismo y de fantasías hermosas si se quiere, pero que no están de acuerdo ni con la razón ni con la lógica.
—Y es necesario —añadió Nicolás— que al comenzar el ciclo veni­dero, la humanidad nueva que ha de venir, encuentre la verdadera his­toria de su pasado, a fin de que, la oscuridad no la lleve a renegar de unos ideales que no le merecen fe, pues que están edificados sobre cas­tillos de ilusiones, propias sólo para niños que no han llegado a usar la razón.
—Creo que llegaremos a un éxito bastante halagüeño si no com­pleto— observó Jhasua.
"Este relato, por ejemplo, es parte de los ochenta rollos de papiro que se conocen bajo el nombre de "Escrituráis del Patriarca Aldis", que un escultor alejandrino encontró excavando en los subsuelos de las vie­jas ruinas de granito y mármol, sobre las cuales hizo levantar Ptolomeo I, Alejandría, la gran ciudad egipcia que inmortalizó el nombre de Alejandro. El escultor buscaba bloques dé mármol para sus trabajos, y al romper un trozo de muralla derruida, se encontró con una lápida funeraria que indicaba cubrir las cenizas del Patriarca Aldis, muerto a la edad de ciento tres años.
"Al levantar la losa se encontró un cuerpo momificado, que había sido sometido al embalsamamiento acostumbrado por los egipcios desde la más remota antigüedad.
"Y en la urna funeraria se encontró hacia la cabeza, un volumi­noso rollo de papiros bajo doble cubierta de lino encerado y de piel de foca: eran estas "Escrituras del Patriarca Aldis" que parecen ser el re­lato más extenso conocido hasta hoy, sobre el asunto que nos ocupa a todos los que anhelamos conocer la verdad.
—Y ese Patriarca Aldis, ¿qué actuación tuvo en aquella lejana edad? —interrogó Nicodemus.
—Fue el padre de Adamú, que estudiando el relato, se ve, que este nombre corresponde al de Adán de los libros hebreos. El Patriarca Aldis era originario de un país de Atlántida, que se llamaba Otlana, y que fue de los últimos en hundirse cuando la gran catástrofe de aquel Continen­te. Refiere con muchos detalles, la salida de la gran flota marítima del Rey de Otlana huyendo de la invasión de las aguas hacia el Continente Europeo. Entre el numeroso acompañamiento de tropas, servidumbre y familiares, Aldis era Centurión de los lanceros del rey, casado con una doncella de la servidumbre particular de la princesa Sophía, hija única del soberano, la cual amaba al capitán de la escolta real. Co­mo el rey se opuso a tales amores, allí empezó la lucha, pues al llegar al Ática, la princesa debía casarse con el heredero de aquel antiguo rei­no, enlace de pura conveniencia para la alianza de fuerza que se quería realizar entre el soberano Atlante y el poderoso monarca del Ática pre­histórica.
"Fue entonces que resolvieron huir: Aldis con su mujer Milcha, y la Princesa Sophía con Johevan, Capitán de la Guardia del Rey; y en una pequeña embarcación de las numerosas que formaban la flota lle­garon a una pequeña isla del Mar Egeo. Las dos parejas prófugas se internaron luego hacia el oriente, de isla en isla, y luego por la costa norte del Mar Grande. De Milcha nació Adamú, y de Sophía nació Evana. "Aldis y Johevan fueron luego capturados por los piratas que comerciaban con esclavos, y llevados a una gran ciudad riel Nilo, Neghadá, donde una antigua institución de beneficencia y de estudio pagaba muy buenos rescates. La embarcación con las dos mujeres y los niños muy pequeñitos, fue llevada por la corriente en una noche de viento has­ta la costa de lo que hoy es Fenicia, donde encalló.
"Y en una caverna de las montañas de la costa, hallaron refugio aquellas cuatro débiles criaturas humanas. La caverna había sido habi­tación de muchos años de un solitario, muerto ya de vejez, y había de­jado allí con sus siembras y cultivos, una pequeña majada de renos do­mésticos que ayudaron a vivir a los desterrados, pues una reno madre crió con su leche a los pequeños. Las madres acostumbradas a otro gé­nero de vida, se agotaron prontamente, sobre todo la princesa Sophía que murió la primera. Poco después murió Milcha, y los dos niños de muy pocos años quedaron solos con la majada de renos, viviendo de los peces que arrojaban las olas a la costa, y de las frutas y legumbres se­cas almacenadas por el solitario. El gran río Eufrates llegaba entonces casi hasta la orilla del mar, pues fue siglos después que desvió su curso un gran rey de Babilonia, para hacerlo pasar por en medio de la ciudad y construir así los jardines colgantes que fueron por mucho tiempo la más grande maravilla del mundo. Y entre las praderas deliciosas del Eufrates y la costa accidentada del mar, pasaron su primera vida Adamú y Evana. Allí fue que encontraron a Caín en una barquilla abandonada, con su madre muerta, lo cual ocurría con mucha frecuencia en esclavas que huían por los malos tratamientos, o esposas secundarias que no soportaban el despotismo de la primera esposa.
"La joven pareja que sólo tenía 13 años adoptó al huerfanito, al cual se unió tiempo después Abel nacido de Evana, lo cual parece haber dado motivo a que se creyera que ambos fueran hijos de Adamú y Evana.
"Yo os lo cuento a grandes rasgos, pero "Las Escrituras del Pa­triarca Aldis" que más tarde encontró a los niños, ya padres de Abel, relatan con minuciosos detalles todos los acontecimientos y de tal for­ma, que la verdad razonable y de una lógica irresistible, fluye de aquel relato como el agua clara de un manantial.
_ El Patriarca Aldis —observó Nicodemus—, fue, pues, un testigo ocular de los acontecimientos, lo cual da motivo bien fundamentado para que podamos decir que estamos en posesión de la verdadera historia.
_ Y un testigo ocular desde los 24 años de su edad hasta los 103 que duró su vida física —añadió Jhasua—. Sólo hay un paréntesis —di­jo el joven Maestro— y es desde que Aldis y Johevan fueron capturados por los piratas, hasta que nuestro Patriarca Aldis encontró de nuevo a los niños, ya de 14 años, en la misma caverna entre el Eufrates y el mar donde los dejaron sus madres. Pero este paréntesis se salva lógica­mente con lo que los mismos niños ya adolescentes debieron referir al Patriarca, en cuanto a los detalles de su vida desde que ellos lo recordaban.
"A más, el mismo Patriarca Aldis hace referencia en el primer papiro, a un tierno y conmovedor relato escrito por la princesa Sophía en su propia lengua atlante, el cual refiere detalladamente la vida que ambas mujeres hicieron en la caverna desde que sus esposos fueron cau­tivos.
"La princesa lo escribió para que los niños supieran su origen, y lo confió a Mucha, madre de Adamú, que la sobrevivió varios años. 1 —La evidencia es notoria —dijo José de Arimathea— y sobre todo, una lógica tan natural, tan sin artificio que no deja la menor sombra de duda respecto a los acontecimientos.
—Y aún hay más —afirmó Jhasua— y es la concordancia de ciertos hechos del relato en cuanto a fechas, con lo que se sabe por otras antiguas escrituras de otros autores y otros países. Por ejemplo: las invasiones de los mares sobre los Continentes, en forma que toda Europa y Asia Cen­tral quedaron bajo las aguas, coincide con la fecha en que el Patriarca Aldis relata que abandonó su país el rey Atlante Nohepastro, y su gran buque-palacio con toda su flota anduvo varios meses sobre las aguas, hasta que éstas bajaron y sus barcos encallaron en las cimas de las mon­tañas de Manh, la Armenia de ahora, que salieron a flor de agua por su elevación.
—¡Oh! mi querido Jhasua, todo esto es maravilloso y podemos decir con toda satisfacción que la Fraternidad Esenia, nuestra madre, es dueña de la verdad en cuanto a los orígenes de esta civilización que hasta hoy, triste es decirlo, estaba basada sobre una fábula infantil: Dios formando con sus manos un muñeco de barro al cual sopla y le da vida; le arranca luego una costilla y sale la mujer, compañera de su existencia —decía Nicolás de Damasco, como si se le quitara un enorme peso de encima.
—Y aún hay más —observó Nicodemus— y es que de ninguna for­ma la lógica podía arreglar lo que siguió después. En los principios del Libro del Génesis luego de relatar el asesinato que hizo Caín en la per­sona de Abel, añade que el asesino huyó hacia el oriente al país de Nod, donde se casó y tuvo hijas y fundó un pueblo. ¿De dónde sacó Caín mujer para casarse, si la única mujer del mundo era Eva sacada de la costilla de Adán? Esto sólo prueba que había seres humanos en aquellas comar­cas, y que el origen de la especie humana se remonta a muchísimos siglos anteriores al relato de nuestro Génesis, que en esa parte tan reñida con la razón y con la lógica, no puede de ninguna manera atribuirse a Moisés, sin hacer un estupendo agravio al gran genio que dio a los hombres el grandioso Decálogo, que servirá a la humanidad de norma de vida justa, mientras habite este planeta.
—Sobre este punto —respondió Jhasua— he presenciado largos de­bates y comentarios entre mis sabios maestros Esenios, y todos hemos llegado a la conclusión siguiente:
"La verdadera historia debió perderse en la noche de los tiempos al finalizar la Civilización Sumeriana, en el Asia Central y Mesopotámia Norte, por la invasión de los hielos polares que durante una larga época devastaron esas regiones, al extremo de quedar casi desiertas.
"Esto sin duda dio motivo a que Adán y Eva niños y solos con sus madres en el país de Ethea, que hoy es Fenicia, se creyeran por largo tiempo únicos habitantes de la comarca.
"Más tarde, o sea tres siglos después de Adán y Eva, la gran Alian­za de los pueblos fundada por los Kobdas del Nilo, fue destruida por luchas fratricidas, por invasiones de razas bárbaras que asolaron toda la región del Eufrates, llegaron hasta el África Norte y destruyeron a sangre y fuego cuanto había hecho de grande y bueno la gloriosa Frater­nidad Kobda.
"Neghadá era por entonces el Archivo de mundo civilizado y Neghadá fue destruida y degollados sus moradores.
"Dios quiso que aquel inmenso Santuario guardase en los sub­suelos, y entre las urnas funerarias labradas en granito, muchas y valio­sas Escrituras, debido a la costumbre de los antiguos Kobdas, de guardar junto a la momia de un hermano fallecido, algo de lo que en vida hu­biera hecho. Y así el que había escrito algo, tenía allí sus papiros; el que había sido artífice, tenía también junto a su momia algunos de sus trabajos, el que había sido geómetra, químico, astrónomo o cultivador de cualquier rama del saber humano, algo de todo ello tenía en su urna funeraria. Y nuestro hermano Filón conserva en su museo particular, una momia encontrada en excavaciones de las ruinas de Neghadá, con una lira de oro colocada sobre el pecho.
"Pero volviendo al punto iniciado por Nicolás de Damasco a lo cual he querido contestar con todo lo dicho, debo añadir lo que oí a mis maestros del Tabor: No sabiendo la verdadera historia del origen de la civilización Adámica, los primitivos cronistas creyeron sin duda engrandecer los acontecimientos envolviéndolos en esa bruma maravillosa. Es bien sabido y bien conocida la tendencia de las humanidades primitivas a lo maravilloso, a lo que sobrepasa el límite a donde llega la razón, en todos los casos en que no ha sabido dar explicación lógica de un hecho cualquiera.
"Durante la Civilización Sumeriana, se sabe que hubo una especie de sociedad secreta cuyo origen venía del lejano oriente. La formaban magos negros de la peor y más funesta especie conocida entre los huma­nos, y para ocultar su existencia la llamaban "La Serpiente" y "Anillos" a los que formaban dicha agrupación. Todos los males, todas las enfer­medades, epidemias, tempestades, inundaciones, todo era atribuido a "La Serpiente", y nuestros comentaristas Esenios juzgan, acertadamente, que de allí surgió la fábula de la serpiente que engañó a Eva. En fin, que si algún día vosotros estudiáis a fondo las "Escrituras del Patriarca Aldis" y otras más que hay, creo que comprenderéis como yo, y como todos los que anhelamos la verdad, y no una leyenda que no puede satisfacer jamás a quienes buscan razonamiento y clara lógica en lo que se refiere a la his­toria de nuestra civilización.
Pasado el preludio, Jhasua —dijo José de Arimathea—, creo que bien podríamos iniciar la lectura de la copia que nos has traído.
Como todos demostrasen asentimiento, el joven Maestro comenzó así:
"Escrituras del Patriarca Aldis — Papiro Setenta — Refiere la muerte del Thidalá de la Gran Alianza, Bohindra, y su reemplazo por el joven Abel, llamado el Hombre-Luz.
"Una ola inmensa de paz y de justicia se extendía desde los países del Nilo, por las costas del Mar Grande, y hacia el oriente en las tierras bañadas por el gran río Eufrates y sus afluentes; y. hacia el norte hasta el Ponto Euxino y el Mar del hielo (el Báltico) y hasta las faldas de la cordillera del Káucaso.
"A tres Continentes había llegado la influencia de los hombres de la toga azul, entre lote cuales había bajado como una estrella de un cielo lejano, el Ungido del Altísimo para elevar el nivel moral y espiritual de la humanidad.
"Dos centenares de pueblos se habían unido al influjo de un hombre, mago del amor, el incomparable Bohindra, genio organizador de socie­dades humanas, entre las cuales desenvolvió su misión Abel, el Hombre-Luz, hijo de Adamú y Evana.
"Una larga vida había permitido a Bohindra recoger el fruto de su inmensa siembra, y la Fraternidad humana era una hermosa realidad en los países a donde había llegado la Ley de la Gran Alianza, esa obra magna del genio y del amor, puestos al servicio de la gran causa de la unificación de pueblos, razas y naciones.
"Bohindra, anciano ya y cargado, más que de años, de merecimien­tos, veía terminada su labor. Veía a su biznieto Abel, retoño de Evana hija de su hijo Johevan, que se levantaba como un joven roble pleno de savia, de fuerza, de genio; y sonreía lleno de noble satisfacción. Veía a bu nieta Evana ya llegada a los treinta años, apoyada en Adamú su com­pañero de la niñez que habían respondido ampliamente a la educación recibida de las Matriarcas Kobdas, y eran Regentes de los "Pabellones de los Reyes" escuelas-templos, donde se formaba la juventud de los paí­ses aliados.
"¿Qué más podía desear? ¿Qué le faltaba por hacer?
"El Altísimo había fecundado todos sus esfuerzos, dado vida real a todos sus anhelos de paz y fraternidad humana, y nadie padecía hambre y miseria en toda la extensión de la Gran Alianza.
"Y por fin, como un halo de luz orlando su cabeza, veía a su fiel compañera Ada que circunstancias especiales pusieron a su lado como una aurora de placidez que ahuyentaba todas las sombras, como un fresco rosal plantado inesperadamente en su camino, como un don de Dios a su corazón solitario. Y rebosante su alma de dicha y de paz, con los ojos húmedos de emoción decía la frase habitual del Kobda agradecido a la Divinidad: "¡Basta, Señor, basta!... que en este pobre vaso de arcilla no cabe ni una gota más!"...
"Y haciendo un postrer saludo con ambas manos a todos cuantos le amaban, y a la muchedumbre que le aclamaba desde la gran plaza del Santuario, se retiró del ventanal porque ya la emoción le ahogaba y se sentó ante su mesa de trabajo donde durante tantas noches y tantos días había dado vida a sabias y prudentes leyes, a combinaciones ideológicas grandiosas, a sus sueños de paz y fraternidad entre los hombres.
"Y su alma que ya desbordaba, se vació sobre un papiro de su car­peta. .. el último papiro que debía grabar:

—"¡Señor!... ¿qué puedo ya darte
Si cuanto tuve lo di?...
¿Qué puede hacer esta chispa
Que sea digno de Ti?...
—Los hombres en este mundo
Te han visto y hacia Ti van!...
Si no pierden el camino
Pronto hasta Ti llegarán.
—Te saben Padre y te aman,
Buscan tu luz y calor;
Te saben grande y excelso
Y te dan su adoración..
—Tus dones les hacen buenos,
Supo tu amor perdonar
Dolorosos extravíos
De esta pobre humanidad.
—Si en esta heredad que es tuya
Una gota nada más
Puso la savia de mi alma
Y la ayudó a fecundar.
—Que esa gota se convierta
En un anchuroso mar,
De aguas dulces y serenas
Que su sed puedan calmar!
—Si un solo grano de arena
Mi débil mano aportó
Para el castillo encantado
De los que buscan tu amor,
Que se torne en fortaleza
Opuesta al negro turbión...
¡Señor!... Si todo lo he dado
¿Qué más puedo darte yo?...
—Si soy sólo en tus jardines
Mariposilla fugaz,
en los mares de la vida
Ola que viene y se va...
Si soy pájaro que anida
En las ramas de un pinar
su nido lo destruyen
Las furias del huracán.
Si soy una chispa errante,
Gota de agua nada más,
Flor de efímera existencia,
Mariposilla fugaz,
¡Déjame, Señor, diluirme
En tu Eterna inmensidad!...
¿No es hora de que la gota Retorne a su manantial?...
¿No es hora de que la chispa Se refunda en el volcán?. . .
¿No puede la mariposa Sus tenues alas plegar ?...
Soy viajero fatigado,
Tiemblan cansados mis pies...
¡Dime Señor que repose
De tu Reino en el dintel!...
¡Que este corazón se duerma
Que cese ya de latir!...
Amó tanto en esta vida
¿No es hora ya de dormir ?...
¡Que tu voz me llame queda,
Que tu amor oiga mi ruego!...
¡Señor! ¡Espero que llames!
¡Señor!... ¡Señor!... ¡Hasta luego!...

"El anciano por cuyo noble y hermoso semblante corrían lágrimas de emoción, tomó su lira para cantar en ella a media voz las estrofas que había escrito, pero la voz divina que había evocado tan intensamente le llamó en ese instante, y la noble cabeza coronada de cabellos blancos se inclinó pesa­damente sobre aquella lira de oro, ofrenda de sus amigos, y en la cual tanto había cantado a todo lo grande y bello que encontró en su vida.
"Así murió Bohindra, el mago del amor, de la fe, de la esperanza, siempre renovada y floreciente. Así murió ese genial organizador de nacio­nes, de razas, de pueblos, que sin echar por tierra límites ni barreras, supo encontrar el secreto de la paz y la dicha humana en el respeto mutuo de los derechos del hombre, desde el más poderoso hasta el más pequeño, desde el más fuerte hasta el más débil.
"Bien puede decirse que fue Bohindra, quien puso los cimientos del templo augusto de la fraternidad humana, delineada ya desde lejanas eda­des por el Espíritu Luz, Instructor y Guía de esta humanidad.
"Pocos momentos después corría como una ola de angustia por los vastos pabellones, pórticos y jardines del gran Santuario de la Paz, la in­fausta noticia. Y como avecillas heridas se agruparon todos en torno a la reina Ada, que apoyada en Abel, en Adamú y Evana, debía hacer frente a la penosa situación creada por la desaparición del gran hombre que había llevado hasta entonces el timón de la civilización humana en aquélla época.
"Un numeroso grupo de Kobdas jóvenes formados en la escuela de Bohindra, respaldarían a los familiares del extinto en el caso de que las circunstancias les pusieron de nuevo al frente de la Gran Alianza de las Naciones Unidas.
"Y el clamor inmenso de los pueblos, huérfanos de su gran conductor, designó como en una ovación delirante al joven Abel, hijo de Adamú y Evana, para suceder al incomparable Bohindra, que había encontrado en el amor fraterno el secreto de la dicha humana.
"El gran Thidalá desaparecido, dejaba su esposa viuda, joven todavía, Ada, mujer admirable que había hecho sentir su influencia sobre la mujer de todas las condiciones, y sobre la niñez, esperanza futura de naciones y pueblos. Y ella fue la Consejera Mayor del joven Abel, que reunió en torno suyo como cooperadores, a las más claras inteligencias de aquella hora.
"Una agrupación de mujeres valerosas y decididas habían sido el aliento de Bohindra, en sus inmensos trabajos. Las llamaban Matriarcas, y varias de ellas eran dirigentes de pueblos que por diversas causas quedaron sin sus jefes.
"Y de entre estas Matriarcas, el joven apóstol de la verdad eligió dos, que en unión con la reina Ada, fueron en adelante su apoyo y su sostén en medio de los pueblos que lo habían proclamado Jefe Supremo de la Gran Alianza. Estas mujeres fueron Walkiria de Kifauser, soberana de los países del Norte entre el Ponto Euxino y el Káucaso y Solania de Van, Matriarca de Corta-agua y de todo el norte africano, desde los países del Nilo hasta la Mauritania.
—Y ese Corta-Agua ¿qué paraje o ciudad era? —interrogó Nicodemus interrumpiendo la lectura.
—Era el Santuario, desde el cuál la Matriarca Solania sembraba el amor fraterno civilizador de pueblos, que estaba edificado sobre el inmenso peñasco en que hoy aparece Cartago, vocablo abreviado y derivado de "Corta Agua", que alude sin duda a la atrevida audacia con que el peñón penetra en el mar como un verdadero rompe-ola —contestó Jhasua, que es­taba muy familiarizado con citas de pueblos y lugares prehistóricos que aparecían en aquellos viejos relatos de un pasado remoto.
—De estas "Escrituras del Patriarca Aldis" ¿se habrán sacado copias, o estamos en poder del original? —interrogó Nicodemus.
—Eso no lo podemos saber —contestó Jhasua —pero es lógico suponer que se sacarían copias por lo menos para cada uno de los Santuarios Mayo­res que eran tres: El de Neghadá sobre el Nilo, que es donde se encontró la momia con estos rollos, el de la Paz sobre el Eufrates y el del Mar Caspio. Si lo que tenemos en el Archivo de Tabor, es sólo una de estas copias, no lo podemos saber por el momento. Pero tampoco esto interesa mayormente, toda vez, que original o copia, nos relata la verdadera histo­ria de los orígenes de la actual civilización.
—Estos papiros — observó Nicolás— deben tener su historia, y sería interesante conocerla para tener un argumento más a favor de su veracidad.
—Ciertamente —contestó Jhasua— y mis maestros Esenios que en cuestión de investigaciones no son cortos, ya hicieron las que creyeron oportunas al donante de este tesoro, el sacerdote de Hornero, Menandro, que aunque griego de origen, pasó casi toda su vida en la isla de Creta donde formó su hogar. Su afición a coleccionar escrituras y grabados antiguos lo hizo un personaje muy conocido, pues los unos por ofrecerle antigüedades para su Archivo-Museo, los otros por obtener datos de sucesos determina­dos acudían a él. Como es apasionado de Hornero su ilustre antecesor, fue en la búsqueda de datos para reconstruir la vida del gran poeta griego, que Menandro se entregó con toda su alma a la adquisición de cuanta escritura o grabado antiguo se le ofrecía. Tenía agentes para este fin en distintas ciudades, y él cuenta que un buen día se le presentó una joven llena de angustia porque atravesaba por una terrible situación.
"Acababa de morir su padre, dejándola sola en el mundo sin más com­pañía, ni más fortuna, que una gran caja de encina llena de documentos y grabados en papiros, en carpetas de tela encerada y hasta en tabletas de madera. Alguien le indicó que eso podía representar un valor para los coleccionistas de antigüedades y le aconsejaron acudir a nuestro Menandro en busca de ayuda.
"Tanto se interesó por la caja de encina, que no sólo compró sino que tomó a esa joven por esposa y fue la madre de los dos únicos hijos que tiene. La joven recordaba haber visto esa caja en poder de su padre desde que ella fue capaz de conocimiento, y decía que le oyó muchas veces decir que un sacerdote Kopto se la dejó en depósito hasta el regreso de un viaje que iba hacer, dejándole a más unas monedas de oro acuñadas en Alejan­dría y con la efigie de Ptolomeo II, en pago de las molestias que aquella caja le ocasionara.
"Tal es la historia de los rollos de papiro, con las "Escrituras del Patriarca Aldis" y otros muchos documentos referentes al antiguo Egipto, como ser actas de la construcción de templos, palacios y acueductos. Y aunque éstos no nos interesan para nuestro fin, sirven de refuerzo a la ve­racidad del origen de estas Escrituras. Hay por ejemplo trozos de planos v croquis del famoso Laberinto, templo y panteón funerario mandado construir por el Faraón Amenemhat III en las orillas del Lago Meris. Y en esos planos están indicados los sitios precisos donde se guardan urnas con momias de los Faraones, y cofres con escrituras de una antigüedad remo­tísima. Y mi maestro Esenio que estuvo catorce años haciendo investiga­ciones en Alejandría con nuestro hermano Filón, asegura que esto es verdad, y no sólo tiene croquis iguales sacados por ellos, sino que hasta tiene en el Tabor Escrituras referentes a la fundación de un antiguo reino por Menes, con un gran Santuario al que dio el nombre de Neghadá, lo cual nos hace pensar que el tal Menes mucho anterior a los Faraones, debió ser un hilo perdido de los antiguos Kobdas de Neghadá en los valles del Nilo.
"Y el nombre mismo del Lago Meris aparece en esa vieja Escritura de Menes y le llama hijo de la Matriarca Merik que gobernaba esa región.
En verdad Jhasua —observó José de Arimathea— lo que nos estás diciendo es de una importancia capital para todos los que anhelamos re­construir sobre bases sólidas, el templo augusto de la verdad histórica de nuestra civilización.
—Tengo más todavía —dijo Jhasua entusiasmado de verse compren­dido y apoyado por sus antiguos amigos de Jerusalén—. Es lo siguiente: En la caja de encina y junto con los papiros del Patriarca Aldis, se encuentran otros rollos escritos por Diza-Abad, los cuales fueron encontrados en el Monte Sinaí por los guerreros del Faraón Pepi I, que conquistaron esa importantes península de la Arabia Pétrea, hace 3500 a 4000 años. El ha­llazgo fue hecho en una gruta sepulcral perdida entre las ruinas de una ciudadela o fortaleza, de una antigüedad que no se puede precisar con fijeza.
"Lo que parece claro, es que Diza-Abad, estuvo vinculado a los sabios de Neghadá, y que el Monte Sinaí que Moisés hizo célebre después, en aquella remota época se llamó Peñón de Sindi, y era un terrible presidio para criminales incorregibles.
"Y al narrar Diza-Abad parte de su vida en aquel presidio, hace re­ferencias de paso al Pangrave Aldis que acompañando a su nieto Abel, estuvo en aquel paraje. Menciona asimismo los nombres de Bohindra, de Adamú y Evana y de otros personajes, a los cuales debió él la reconstruc­ción de su propia vida.
"Esta Escritura, aunque para nosotros no tiene la gran importancia de la otra, la refuerza y confirma admirablemente dándole vida real, lógica, continuada.
—Verdaderamente Jhasua, nos traes un descubrimiento formidable —dijo Nicolás— y tan entusiasmado estoy, que hasta se me ocurre que debíamos abrir una aula para explicar la historia de nuestra civilización.
— ¡Pero no en Jerusalén, por favor! —Objetó entre serio y risueño Gamaliel—. A Jerusalén le tengo pánico en esta clase de asuntos. Jerusa­lén sólo es bueno para asesinar Profetas y sabios, y para degollar por miles los toros en el Templo y negociar luego con sus carnes.
-— ¡En Jerusalén no, pero podría ser en Damasco mi tierra natal —ob­servó Nicolás—. Damasco no está bajo el yugo del clero de Jerusalén, sino bajo el Legado Imperial de Siria que para nada se mezcla en asuntos ideo­lógicos, con tal que se acepte sumisamente la autoridad del César.
—O también en Tarso —dijo de nuevo Gamaliel— donde hay grandes escuelas de sabiduría, y una fiebre de conocimientos, que acaso no la hay en ninguna otra parte por el momento. Hay quien asegura que Alejandría no le lleva mucha ventaja a Tarso en lo que a estudios superiores se refiere.
—Con el Mediterráneo de por medio, las dos ciudades se miran frente a frente como dos buenas amigas que se hablan d« balcón a balcón —dijo Nicodemus complacido en extremo del punto a que había llegado la con­versación—. Y pensar Jhasua —añadió— que tú, un jovenzuelo de sólo 18 años, habías de ser el conductor de este hilo de oro, que nos pone en con­tacto con una verdad que muchos hombres han muerto buscándola, sin poder encontrarla entre los escombros formados por la ignorancia y el fa­natismo de las masas embrutecidas. Prefieren comer y dormir tranquilos, antes que molestarse removiendo ruinas para encontrar la verdad.
—Bendigamos al Altísimo que nos ha permitido este supremo goce espiritual —dijo el joven Maestro, conmovido a la vez ante el recuerdo de tantos mártires de la verdad como habían sido sacrificados en los últimos tiempos, por haber comenzado a remover los escombros encubri­dores de una verdad que dejaba en crítica situación los viejos textos hebreos, venerados como libros sagrados, de origen divino.
Aquí había llegado la conversación, cuando Joseph se presentó en el cenáculo anunciando que era la hora de la cena. Y Ana ayudada por Jhosuelín y Jhasua, comenzaron los preparativos sobre la gran mesa central, donde hasta hacía un momento estuvieron diseminadas las copias con que Jhasua obsequiaba a sus amigos.
—Alimentar primeramente el espíritu, y en segundo término la ma­teria, es la perfección de la vida humana — decía José de Arimathea ocu­pando el lugar que le fue designado.
Durante la comida nada absolutamente se habló de aquello que ocu­paba el pensamiento de los cuatro viajeros; pero cuando ella terminó y los familiares de Jhasua se hubieron retirado, el modesto cenáculo Nazareno, volvió a ser el aula, donde un puñado de hombres maduros en torno a un jovencito de 18 años, buscaban afanosamente una verdad que como perla de gran valor se había perdido hacía muchos siglos, y lucha­ban para desenterrar de los escombros amontonados por las hecatombes que habían azotado a la humanidad y por su inconciencia misma, que la hacía incapaz en su gran mayoría, de levantar en alto la antorcha de su inteligencia para encontrar de nuevo el camino olvidado.
Jhasua, en medio de ese silencio solemne que precede a la aparición de una verdad largo tiempo deseada, inició de nuevo la interrumpida lec­tura de las "Escrituras del Patriarca Aldis".
"Los países de los tres Continentes que formaban la Gran Alianza de Naciones Unidas, se vieron conminados desde el Eufrates, por sus representantes ante la Sede Central del Consejo Supremo, establecido hacia 25 años en el Gran Santuario de "La Paz", en la llanura hermosa y fértil entre el Eufrates y el Hildekel, poco antes de reunirse ambos ríos en el vigoroso delta que desemboca en el Golfo Pérsico. Se les pedía su concurso para establecer el nuevo Consejo Supremo que continuara la obra civilizadora de paz y de concordia iniciada por Bonhindra, la cual había anulado la prepotencia, los despotismos, las esclavitudes, en una palabra, la injusticia ejercida por los poderosos en perjuicio de las masas embrutecidas por la ignorancia y la miseria. Y desde los países del Ponto Euxino y del Mar Caspio, desde el Irán hasta las tierras del Danubio, por el norte, y desde el Nilo hasta la Mauritania sobre las Columnas de Hércules por el sur, se vieron reunirse en el Mediterráneo caravanas de barcos que anclaban en Dhapes, importante puerto del País de Ethea, donde terminaba el recorrido de las caravanas mensuales que cruzaban toda la inmensa pradera del Eufrates, y las cuales conducían a los viajeros hasta los pórticos de La Paz.
"Se repetía la escena, grandemente aumentada de 25 años atrás, cuando los caudillos, príncipes o jefes de tribus se reunían en torno al blanco Santuario, abriendo sus tiendas bajo los platanares que lo ro­deaban, para depositar su confianza y su fe en un hombre que había encontrado el secreto de la paz y la abundancia para los pueblos. Aquel hombre era Bonhindra. El no estaba ya más sobre la tierra, pero que­daba un vástago suyo, un bisnieto: Abel, que aunque sólo contaba 28 años, era conocido de todos los pueblos de la Alianza a donde fuera en­viado desde sus 20 años, en calidad de mensajero y visitante de pueblos, como un portador de los afectos y solicitudes del Kobda-Rey, para todos los países de la Alianza.
"¿En quién, pues, habían de pensar sino en Abel, en el cual veían reflejada la noble grandeza de Bonhindra y su heroico desinterés, para solucionar las más difíciles situaciones y evitar luchas fratricidas entre pueblos hermanos? Y otra vez, bajo los platanares que rodeaban como un inmenso bosque el Santuario de La Paz, se oyeron los mismos cla­mores de 25 años atrás.
"¡Paz y concordia para nuestros pueblos!... ¡Paz y abundancia para nuestros hijos!
"¡Abel, hijo de Adamú y Evana, biznieto del gran Bonhindra que llevas su sangre, y un alma copia de la suya!... ¡Abel! ¡Abel! ¡Tú serás el que llene el vacío dejado en medio de nosotros por el gran hom­bre que nos dio la dicha! Y un clamor ensordecedor formaba como una orquesta formidable a la terminación de aquellas palabras.
"La reina Ada envuelta en su manto blanco de Matriarca Kobda, apareció en el gran ventanal del Santuario con Abel a su lado.
"Le seguían Adamú y Evana que completaban la familia carnal del gran Thidalá desaparecido. Las aclamaciones eran delirantes, y los príncipes y caudillos, entraron a los Pórticos del Santuario, e invadieron sus grandes pabellones hasta encontrarse con Abel a quien venían bus­cando.
"La reina Ada les presentó sobre el gran libro de la Ley de la Alianza, la corona de lotos hecha de nácar y esmeraldas, y la estrella de turquesa que 25 años atrás habían entregado a su esposo como símbolo de la suprema autoridad que le daban.
"Y los Príncipes, puestos de acuerdo, dijeron:
"—Eres Reina y Matriarca Kobda, la fiel compañera del hombre que nos dio la paz y la dicha. Seas tú misma quien entregue a nuestro elegido esos símbolos de la Suprema Autoridad que le damos.
"Abel, mudo, sin poder articular palabra por la emoción que lo embargaba, dobló una rodilla en tierra para que la Reina Ada le colocara la diadema de lotos sobre la frente, y le prendiera en el pecho la estrella de cinco puntas que según la tradición lo asemejaba a Dios que todo lo ve y todo lo sabe.
"—La paz ha sido otra vez asegurada. La dicha de nuestros pueblos ha sido de nuevo conquistada! —exclamaban en todos los tonos los prín­cipes de la Alianza.
"Así llegó Abel al supremo poder; el hijo de Adamú y Evana, na­cido en una caverna del país de Ethea, entre una majada de renos, y lejos del resto de la humanidad que por mucho tiempo ignoró su naci­miento.
"Era el Hombre-Luz enviado por la Eterna Ley, para guiar a los hombres por los caminos del bien, del amor y de la justicia.
"Su primer pensamiento como Jefe Supremo de la Gran Alianza fue éste: "Antes de todo, soy un Kobda poseedor de los secretos de la Divina Sabiduría". Y este pensamiento lo envolvió todo como un nimbo do luz y de amor, que lo condujo hasta el Pabellón de la Reina Ada, a la cual encontró de pie junto al sarcófago de su rey muerto, tiernamente ocupada en ordenarle la blanca cabellera, que como una madeja de nieve coronaba su noble cabeza. Habían pasado los 70 días del embalsama­miento acostumbrado.
"-¡Mi Rey! —le decía a media voz, mientras sus lágrimas caían suavemente como gotas de rocío sobre un manojo de rosas blancas—. ¡Mi Rey!... No pensaste sin duda en mí, que quedaba sola en medio de pueblos y muchedumbres que me amaban por ti.
"—Me acogiste bajo tu amparo a mis 14 años, y en vez de la escla­va que pensaba ser, me colocaste en un altar como a una imagen da ternura, a la cual diste el culto reverente de un amor que no tiene igual en la tierra!... ¿Y ahora, mi rey... y ahora?...
"—Ahora estoy yo, mi Reina, a tu lado, como el hijo de tu rey, que te conservará para toda su vida, en el mismo altar en que él te dejó —dijo Abel, desde la puerta de la cámara mortuoria—. ¿Me permites pasar?
"—Entra, Abel, hijo mío, entra, que contigo no rezan las etique­tas —le contestó Ada sin volver la cabeza para ocultar su llanto.
"El joven Kobda entró y arrodillándose a sus pies le habló así:
"—Los madres tengo en esta vida mía: tú y Evana. Y así como mi primer pensamiento ha sido para ti, que el tuyo sea para mí, y que tu primer acto de reina viuda, sea para adoptarme en este momento y ante el cadáver de nuestro Rey, como a un verdadero hijo, al cual pro­tegerás con tu amor durante toda tu vida.
"El llanto contenido de Ada se desató en una explosión de sollozo sobre la cabeza de Abel, que recibió aquel bautismo de lágrimas con el profundo sentimiento de amor reverente y piadoso, con que recibiera años atrás a sus 12 años, la túnica azulada que lo iniciaba en los cami­nos de Dios.
"—Hijo mío, Abel —le dijo la reina—; tenías que ser tú quien recibiera primero todo el dolor que ahogaba mi corazón.
"Y extendiendo ambas manos sobre aquella rubia cabeza inclinada ante ella le dijo:
"—Desde este momento quedas en mi corazón como el hijo de Bonhindra mi rey, y nunca más te apartaré de mi lado.
"Entre ambos dispusieron enseguida, que en la gran Mansión de la sombra del Santuario se reuniera a todos les Kobdas, hombres y muje­res para hacer una concentración conjunta, con el fin de ayudar al es­píritu del Kobda Rey a encontrar en plena lucidez su nuevo camino en el mundo espiritual.
"Cuando resonó el toque de llamada, todos estaban esperando ya vestidos con las túnicas blancas de los grandes acontecimientos, y la gran sala de oración se vio invadida de inmediato por aquella concu­rrencia blanca, que entraba en filas de diez y diez, según la costumbre.
"Al final entró la Reina Ada envuelta en su blanco manto de Matriarca Kobda, y detrás de ella, Evana, Adamú y Abel.
"El que esto escribe, ocupaba por entonces un lugar en el alto Consejo de Gobierno que había formado a su alrededor Bonhindra, y por ser el más anciano, de orden me correspondía ocupar el lugar del Patriarca desaparecido. Mas, un íntimo sentimiento de respeto hacia el dolor de la Matriarca Ada, me impidió hacerlo, y el lugar de Bonhin­dra quedó vacío a su lado. Sobre uno de los brazos del sillón estaba apo­yada su lira, la que él usaba siempre para las melodías de la evocación.
"Cual no sería el asombro y emoción de todos, cuando a poco de hacerse la penumbra, se sintió la suavidad inimitable de la lira de Bon­hindra que preludiaba su melodía favorita: "Ven Señor que te espero".
"Y en el mayor silencio, apenas moviéndose imperceptiblemente unos en pos de otros, comprobamos la sutil materialización del espíritu del Kobda-Rey, que ocupaba su sitial al lado de su fiel compañera, y ejecutaba su más sublime evocación a la Divinidad.
"Pocos momentos de emoción como aquel he presenciado en mi vida. Juntos habíamos padecido luchas espantosas, juntos habíamos sido felices; Bonhindra era, pues, para mí, un hermano en todo el alcance de esa palabra.
"La reina Ada y todos los sensitivos habían caído en hipnosis, y ayudaban sin duda a aquella materialización tan perfecta como no re­cordamos haber visto otra en mucho tiempo.
"El llanto silencioso de todos, hacía más intensa las ondas sutiles de aquel ambiente de cielo en la tierra, laborado con el amor de todos hacía el Kobda Rey que poseyó en grado sumo, el poder y la fuerza de hacerse amar de todos cuantos le conocimos.
"Abel se acercó el último a la hermosa aparición, que por su ex­trema blancura parecía formar luz en la penumbra violeta del San­tuario. Y cuando terminó la melodía, la lira quedó sobre el asiento del sillón y la visión ya casi convertida sólo en un halo de claridad, envolvió a la Reina Ada y a Abel que se había arrodillado a sus pies, y luego se evaporó en la penumbra de la gran sala de oración, donde todos pensá­bamos lo mismo:
"¡Qué grande fue el amor de Bonhindra que le hizo dueño de los poderes de Dios!".
"Tal fue la saturación de amor de aquella inolvidable tenida espi­ritual, que todos salimos de ella sintiéndonos capaces de ser redentores de hombres por el sacrificio y el amor.
"Desde ese momento comenzaron las grandes actividades de Abel, que con el apoyo y concurso de todos, supo cumplir los programas de Bonhindra, en bien de los pueblos de la Alianza.
"La Fraternidad Kobda, reforzada por la unión de los últimos Dacthylos del Ática, lo fue aún más, en cuanto al elemento femenino traído al Santuario de la Paz por la Matriarca Walkiria, cuya grandeza atrajo a muchas mujeres de los países del hielo, a vestir la túnica azulada de las obres del pensamiento.
“Reunido el alto Consejo del Santuario, escuchó la palabra de Abel que decía:
“Los jefes y Príncipes de los pueblos me han designado sucesor del Kobda-Rey, porque el hecho de llevar en mis venas su sangre, re­presenta para ellos como un derecho de parte mía y una garantía para ellos, de que yo seré justo como él fue. A las multitudes que no tienen nuestra educación espiritual, no podemos cambiarles de raíz su criterio referente a este punto, pero nosotros que estamos convencidos de que lo bueno como lo malo tiene su origen en el alma, principio inteligente del hombre, debemos obrar de acuerdo a nuestra convicción.
. "Esto quiere decir que yo necesito que seáis vosotros, mis herma­nos de ideales y de convicciones, Quiénes digáis y resolváis si debo o no ocupar el lugar del Kobda Rey en esta hora solemne de la actual civilización.
"Hilcar de Talpaken, el sabio Dacthylos que desde su llegada del Ática ocupaba el puesto de Consultor del Alto Consejo, aconsejó la con­veniencia de no contrariar la voluntad de los Príncipes de la Alianza en cuanto a la designación de Abel. Y para aquietar los temores del joven Kobda, propuso que se hiciera tal como 25 años atrás, o sea que el Alto Consejo de Ancianos fuera quien respaldara al joven en todo cuanto se relacionara con el mundo exterior. De esta manera se eliminaban las inquietudes de Abel, que descargaba parte del gran peso del gobierno, en los diez Ancianos llenos de sabiduría y de prudencia, que serían los asesores en quienes confiaba plenamente.
"Esta solución propuesta por Hilcar, fue aceptada por todos, aun cuando era indispensable que ante la Gran Alianza, sólo apareciera Abel como lazo de unión entre los pueblos de tres continentes que lo habían proclamado Jefe Supremo en reemplazo de Bonhindra".
Aquí terminaba uno de los papiros del Patriarca Aldis y Jhasua lo enrolló, dejando a sus amigos profundamente pensativos ante la verdadera historia que hasta entonces habían desconocido por completo.
Aquellos cuatro doctores de Israel, que habían desmenuzado sus escrituras sagradas punto por punto, procurando deslindar lo verda­dero de lo ficticio, se encontraban de pronto con un monumento histó­rico que abría horizontes inmensos, a sus anhelos largamente acallados por la incógnita de la Esfinge que nada respondía a sus interrogantes.
Y ante el joven Maestro silencioso, los cuatro amigos traían al es­pejo iluminado de los recuerdos, ciertos datos verbales que la tradición oral había conservado vagamente y cortes de escrituras armenias, de grabados en arcilla encontrados entre las ruinas de la antigua Kalac, de Nínive, de las antiquísimas Sirtella y Urcaldia en Asiría y Caldea, de Menfis y Rafia en el Bajo Egipto. Templos como fortalezas, cuyas ruinas tenían una elocuencia muda; piedras que hablaban muy alto con sus jeroglíficos apenas descifrables, pero lo bastante para que espíritus analíticos y razonadores, comprendieran que la especie humana sobre la tierra venía no tan sólo de los cinco mil años que pregonaban los libros hebreos, sino de inmensas edades que no podían precisarse con cifras.
Los sepulcros de las cavernas con sus momias acompañadas de instrumentos músicos, de herramientas, de joyas, hablaban también de viejas civilizaciones desaparecidas, cuyos rastros habían quedado sepul­tados a medias en las movedizas arenas de los desiertos, entre las grutas de las montañas y hasta en el fondo de los grandes lagos mediterráneos que al secarse, dejaron al descubierto vestigios inconfundibles de obras humanas por encima de las cuales habían pasado millares de siglos.
La imaginación del lector, ve de seguro en este instante, erguirse majestuosa ante los cuatro doctores de Israel, la figura augusta de la Historia señalando con su dedo de diamante la vieja ruta de la humanidad sobre el planeta Tierra. Y como el lector lo ve, la vieron ellos, y su entusiasmo subió de tono hasta el punto de hacer allí mismo un pacto solemne, de buscar el encadenamiento lógico y razonado de cuanto dato o indicio encontrasen para reconstruir sobre bases sólidas, la verdadera historia de la humanidad en la Tierra.
_ Nuestro hermano Filón trabaja activamente en este sentido —ob­servó Jhasua—. Tiene una veintena de compañeros que recorren el norte de África en busca de esos rastros que vosotros deseáis también encontrar. Mi maestro Nasan, el que estuvo 14 años en Alejandría, tiene que ir nuevamente de aquí a tres años en cumplimiento de un convenio con Filón, como el que vosotros hacéis en este instante.
— ¿Y ese convenio consistía? —interrogó Nicodemus—, y sin de­jarle terminar respondió Jhasua:
—En que Filón en el Egipto repleto de recuerdos y de vestigios, y Nasan en Palestina y Mesopotámia, buscarían los rastros verdaderos de ese remoto pasado que acicatean la curiosidad de todos los buscadores de la Verdad.
—En tres años tenemos el tiempo suficiente para estudiar el Ar­chivo venido de Ribla, lo cual nos habrá dado la luz que podremos lle­var como aporte a la gran reunión de Alejandría —observó Nicolás de Damasco.
—Convenido. Tenemos una cita en la ciudad de Alejandro Magno para dentro de tres años —dijo José de Arimathea muy entusiasmado.
—Cuando yo tendré los veintiuno de mi edad —añadió Jhasua— por lo cual creo que valdré algo más que ahora, porque sabré más.
—Y yo —dijo el tío Jaime que hasta entonces se había limitado a ser sólo un escucha—, ¿no podría ser de la partida?
—Si le interesa este trabajo, por nosotros, no rechazamos a nadie —contestó José.
—Si no me interesasen, no estaría aquí. Mi propósito era facilitar el camino de Jhasua que acompañado por mí no encontraría de seguro dificultades de parte de sus familiares.
—Tú también vendrás, Jhosuelín —dijo Jhasua a su hermano allí presente, como una figura silenciosa que no perdía palabra de cuanto se hablaba.
—Es mucho tiempo tres años para saber de seguro si iré o no —con­testó sonriente Jhosuelín, cuyos grandes ojos obscuros llenos de luz lo asemejaban a un soñador que está siempre mirando muy a lo lejos—. Si puedo iré —añadió luego.
A los siete meses el joven cayó vencido por la enfermedad al pecho, ocasionada por aquel golpe de un pedrusco arrojado contra Jhasua y que Jhosuelín recibió en pleno tórax.
—Bien —dijo José—, no perdamos, pues, de vista este convenio. Los que estemos en condiciones físicas, acudiremos a la cita de Alejan­dría de aquí a tres años, o sea 36 lunas.
Como la hora ya era avanzada, pocos momentos después todos des­cansaban en la tranquila casita de Joseph, el artesano de Nazareth.
Y tres días después, los cuatro viajeros regresaban a Jerusalén, satisfechos del gran descubrimiento, y llevándose las copias que Jhasua les había regalado.
Llevaban, además, la promesa de Myriam y de Joseph, de que pa­sados tres meses dejarían al joven regresar al Tabor a donde habían convenido acompañarle Nicolás de Damasco y Nicodemus con fines de estudio del Archivo, si los Ancianos del Santuario lo permitían.

EN LA CIUDAD DE ALEJANDRÍA

Los amigos de Jerusalén o sea José de Arimathea, Nicodemus, Nicolás y Gamaliel, pensaban que Jhasua entraba en los veintiún años estando en Judea, de cuyo puerto, Gaza, quedaba sólo a tres días de viaje Alejandría, a donde prometiera a Filón que harían una visita a su Escuela. Y se fue­ron a Bethlehem para hablarle sobre el particular.
Sus amigos del Monte Quarantana pensaban también en igual sentido, pues los solitarios deseaban que Johanán, el que más adelante fue llamado "el Bautista", tuviera una entrevista con Jhasua a efecto de unas com­probaciones de orden espiritual.
La hermosa red de los pensamientos de amor en torno al joven Maestro se extendía prodigiosamente, facilitando a la telepatía sus actividades de mensajera invisible. Debido a esto se encontraron reunidos un día en la casa de Elcana en Bethlehem, durante la estadía de Jhasua con sus padres, los cuatro amigos de Jerusalén ya mencionados con Johanán de Jutta, acompañado por Jacobo y Bartolomé, los porteros del Santuario del Qua­rantana, que ya conoce el lector.
Andrés de Nicópolis, hermano de Nicodemus, era Hazzán de una im­portante sinagoga de Hebrón, establecida en lo que había sido años atrás, casa solariega de los abuelos de Filón, que lo eran también de Johanán, pues sus madres eran hermanas.
Esta sinagoga respondía naturalmente a la Fraternidad esenia y a la Escuela de Divina Sabiduría que los amigos de Jhasua tenían establecida en Jerusalén.
Fue fundada y constituida con carácter de sinagoga para que sirviera de lugar de reuniones públicas al pueblo que quisiera instruirse en las Es­crituras Sagradas. No tenía el carácter de Escuela de Ciencias Ocultas que tenía la de Jerusalén, y no había sobre ella vigilancia ni las sospechas del sacerdocio central.
Además, la ciudad de Hebrón fue siempre como un ánfora de religio­sidad, de misticismo, donde la mayoría de las personas desprovistas de todo dogmatismo, e incapaces de obscuras elucubraciones teológicas, gustaban de los sagrados libros en lo que ellos tienen de consoladores, y de suave poesía del alma religiosa que se complace en las obras de un Dios piadoso y justo.
Y Andrés de Nicópolis quiso aprovechar la visita de su hermano Nico­demus a Bethlehem en ocasión de estar allí Jhasua con sus padres.
La casa de Elcana se vio pues nuevamente honrada con numerosas visitas, que llegaban en busca del Bienvenido cobijado bajo su techo.
Fueron los primeros vínculos que Johanán (el Bautista) estrechó con las gentes del mundo exterior.
Sus veintiún años cumplidos habían pasado para él en la austera placidez del santuario del Monte Quarantana, donde fue llevado muy niño.
Jhasua estaba pues de audiencias.
Sus amigos de Jerusalén querían arreglar el viaje prometido a Alejandría.
Johanán de Jutta, que iba a ser consagrado en breve como maestro de Divina Sabiduría, reclamaba de Jhasua que fueran juntos a recibir su consagración en el Gran Santuario de Moab, ya que por antiguas alianzas espirituales, se habían unido para esta nueva manifestación del Amor Eterno hacia la humanidad terrestre.
Andrés de Nicópolis, conocedor del gran secreto de Dios encerrado en la personalidad de Jhasua, quería que él dejara establecido —en una visita a la sinagoga de Hebrón— las normas a seguir para llegar a una cooperación directa con la obra espiritual que iban a realizar.
Jhasua, con su modestia habitual y propia de todo ser verdadera­mente grande, decía con mucha gracia:
—Todos vosotros me queréis hacer maestro antes de tiempo. Pro­bad a soltar del nido un pajarillo que aún no tiene sus alas bien cubier­tas de plumas, y lo veréis ir dando tumbos y estrellarse después. ¿Por qué corréis tanto, si a su debido tiempo todo llegará?
Encontró el medio cié complacerles a todos, ya que los anhelos de todos tendían hacia la difusión de la Verdad Eterna, o sea el conoci­miento de Dios y de las almas criaturas suyas, como medio de espar­cir sobre la humanidad los reflejos de la sabiduría divina que la lleva­ría a la conquista de sus grandes ideales de paz y de felicidad.
El programa a seguir era el siguiente: Iría de inmediato a Alejan­dría, y a su regreso pasaría por Hebrón, y después al Santuario de Moab en compañía de su amigo y pariente Johanán de Jutta.
— ¿Estáis, todos conformes? —les preguntaba después con esa di­vina complacencia suya, que fue siempre una de fus más hermosas for­mas de conquistarse el amor de cuantos le conocieron.
— ¿Y yo? —Preguntaba la dulce Myriam, viendo que todos le dis­putaban su hijo— ¿No tengo ningún derecho a ser conformaba también?
—Sí, madre, tú antes que los demás —le contestaba Jhasua con in­mensa ternura—. ¿Qué deseas para quedar conforme?
—Que en el viaje a Egipto te dejes guiar en todo por José de Arimathea, que será a tu lado como tu padre y madre juntos —le contes­tó ella.
— ¡Muy de acuerdo madre! ¿Lo has oído José? Serás mi padre y mi madre hasta mi vuelta de Alejandría y me darás todos los mimos que ellos me dan desde que nací.
— ¡A mucha honra! —contestaba José lleno de satisfacción—. Po­déis quedar muy tranquilos, que este viaje es corto y no ofrece peligro alguno. Saldremos con luna llena y regresaremos en la próxima lima nueva. Nos esperareis aquí seguramente.
Unas horas después los visitantes de la casa de Elcana, o sea los del Quarantana y los de Hebrón, emprendían el regreso a su morada habitual, mientras Jhasua, con los cuatro amigos de Jerusalén, se in­corporaba a la caravana que hacía los viajes al puerto de Gaza, donde tomarían el primer barco que llevase viajeros a Alejandría.
Desde que Jhasua dispuso su viaje a Bethlehem había pensado que sería la ocasión oportuna para, cumplir a Filón la solemne promesa de que a los veintiún años le visitaría. Nicodemus, que sostenía frecuente correspondencia con el filósofo alejandrino, se lo había anunciado tam­bién como probable. La telepatía, sutil mensajera invisible, habría su­surrado seguramente sus noticias al sensitivo Filón que vivía con el pensamiento fijo en el Verbo encarnado, en el Divino Logos de sus ensueños radiantes y profundos, a través de los cuales entreveía como un resplandor de Luz Eterna, el supremo secreto de Dios.
Veinte años había esperado esta visita que le fuera prometida por el mismo Jhasua en horas de clarividencia, mientras en honda medi­tación le evocaba en un inolvidable anochecer a orillas del Mediterráneo, en el puerto de Tiro:
Veinte años de fecunda labor del filósofo alejandrino y de los pocos pero fieles adeptos de su escuela de Divina Sabiduría, le habían permi­tido acumular un valioso tesoro de ciencia antigua que abarcaba in­mensas edades pretéritas, de las cuales el mundo moderno apenas si tenía vagas noticias.
En constante comunicación con Melchor, el príncipe moreno de la Arabia Pétrea, habían realizado estupendos descubrimientos que abrían horizontes vastísimos a la historia de la evolución humana a través de los siglos.
Cuando las huestes formidables de Escipión el africano, pasaron como un vendaval de fuego sobre la antigua Cartago, dejándola en ruinas, Roma no se interesó por los tesoros de sabiduría que se ence­rraban entre los muros de su gran biblioteca, y se hicieron dueños de ellos los caudillos que tenían repartidas entre sí las inmensas tierras inexploradas del África del Norte, y las tribus numerosísimas que las poblaban.
Muchos siglos atrás, cuando las invasiones de los Hicsos asolaron las regiones del alto y bajo Nilo, muchos prófugos se refugiaron en los países del occidente africano, y entre ese continuado y movible oleaje humano se hospedaron en Cartago antigua los restos de la sabiduría Kobda de la prehistoria.
Y las escuelas de Melchor y Filón fueron recogiendo como precio­sas flores disecadas, esos viejísimos manuscritos en papiros, conser­vados acaso sin conocer a fondo su valor, por los antiguos reyes afri­canos que eran únicos señores de todo el norte de África, antes de que las potencias europeas establecieran allí sus colonias.
La Biblioteca de Alejandría, gloria del gran Rey Ptolomeo, que ha, pasado a la historia como su creador, fue enriquecida enormemente por la incansable búsqueda de escritos antiguos realizada por Melchor de Horeb y Filón de Alejandría, sin que el mundo se haya enterado de estos detalles. Ambos eran Esenios de corazón y hablaban muy poco de sus propias obras. Todo quedaba sumergido en el místico perfume da su silencio meditativo y estudioso.
¿No era acaso uno de los grandes principios Esenios, realizar obras y callar el nombre de quien las hizo?
Más tarde el Cristo ungido del amor, haría suyo ese sublime prin­cipio cuando decía: "que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha", quinta esencia del olvido de sí mismo a que llegó el Hombre-Luz en su doctrina de amor fraterno y renunciamiento personal.
Los tesoros de la gran biblioteca de Cartago habían pues pasado a la de Alejandría, encomendada a la Escuela de Filón, que hizo de ella una de las primeras del mundo. De allí, se llevaron copias de muchos manuscritos a la biblioteca de Tharsis en la opuesta orilla del Mediterráneo, otro importante centro de cultura antigua en la época a que se refiere la obra.
Remontando nuestro pensamiento a la prehistoria, y desenvol­viendo los rollos de papiro en la ciudad del Nilo, podemos darnos una idea de la íntima satisfacción que experimentaría Jhasua al encon­trarse con las viejas crónicas de Corta-agua, el santuario fundado por la Matriarca Solania. Secundada por sus hermanos Kobdas colgó su nido en aquel formidable peñón que fue como un faro para aquella remota civili­zación, que extendió sus redes de oro por todo el norte africano, desde el Nilo hasta la cordillera Atlas de la Mauritania, restos ciclópeos de la desaparecida Atlántida.
Pero no adelantemos acontecimientos. El velero que conducía a nues­tros viajeros venía desde Tiro con pocos pasajeros y un buen cargamento de telas finísimas y objetos artísticos de bronce, en lo cual se especializa­ban los tirios de una manera notable. Ocupaban los cinco, dos cámaras de las más espaciosas del barco, y como eran contiguas, pasaban juntos las largas veladas de aquel viaje en pleno invierno.
Traían como regalo a Filón una copia completa de las "Escrituras del Patriarca Aldis".
—Pronto pisaremos la tierra que tanto conocemos a través de estas escrituras —decía Jhasua a sus amigos—. Ese santuario de Neghadá, nos parecerá que surge a momentos de entre las aguas serenas del Nilo, con las sombras silenciosas de sus Kobdas de túnica azul y gorro violeta...
— ¡Jhasua!... El mar te pone sentimental y melancólico —decíale Nicodemus, que sentía en sí mismo la vibración suave y profunda del pensamiento del joven Maestro.
—Estas olas que va cortando la quilla de nuestro barco, vieron a tantos y tantos veleros anclarse frente a Neghadá para desembarcar los esclavos que los solitarios compraban a un alto precio para darles la li­bertad. .. En la prehistoria ya existía el amor entre los hombres.
"Se diría que le tenían cautivo los hombres de vestido azul, pues solo ellos sentían el amor para sus semejantes —continuaba Jhasua.
—El mismo Patriarca Aldis fue comprado por los Kobdas de Neghadá, según él mismo lo relata —añadió José de Arimathea—. Y en su última epístola asegura nuestro amigo Filón que nos guarda una gran sorpresa entre los polvorientos manuscritos provenientes de la antigua Cartago.
—Tengo el presentimiento —decía Nicolás de Damasco— que estas escrituras del Patriarca Aldis van a cobrar vida en las orillas del Nilo, y que la sorpresa que nos guarda Pailón se refiere a este mismo asunto.
—En cuanto a mí —decía Gamaliel— me siento como abrumado bajo el peso de las responsabilidades que contraemos nosotros, al poseer estos grandes secretos del pasado.
"¿Cómo imponerlos a nuestros contemporáneos que ya se cristali­zaron, se momificaron en su pensar referente a acontecimientos que la evidencia y la lógica demuestran no estar en la verdad?
"Y si no podemos obligarles a aceptar la realidad de los hechos, ¿de qué nos sirve la posesión de estos grandes secretos guardados por los si­glos que pasaron? He ahí mi gran preocupación.
"Estamos, bien lo sabéis, en posesión de la sabiduría antigua, donde encontramos las huellas bien marcadas de sistemas y principios que le­vantaron el nivel espiritual de civilizaciones muy remotas. Esas antiquísimas Escuelas de altos conocimientos denominados "Profetas Blancos, "Flámenes", "Dacthylos", "Kobdas", nos hablan de un espacio infinito o sea ilimitado, poblado de globos y que son, o se preparan para ser, mo­rada de otras tantas humanidades y especies de seres orgánicos de infe­rior y superior escala que la humana.
"En algunas de dichas Escuelas, hasta llegaron a saber la forma de vida colectiva de las humanidades que pueblan determinados planetas de nuestro sistema solar.
"¿Cómo hacer entrar en las mentalidades actuales lo que es el Gran Atman, la Causa Única y Suprema que es la Vida Universal y la' Idea Eterna, si ellos conciben a Dios como un gran señor, un poderoso rey arbitrario y colérico, como todo el que se sabe dueño único ?
"Más aún: las; mentalidades actuales en su gran mayoría, ni aún con­ciben la forma esférica de esta tierra que habitamos, y este puñado de ha­bitantes terrestres, nos creemos los únicos seres inteligentes del vasto universo.
"Es una tiniebla muy pesada, amigos míos, para que nuestra lam­parilla pueda penetrar en ella...
—Has hablado mucho y muy bien Gamaliel —le dijo el Maestro—, pero has olvidado una cosa.
— ¿Cuál Jhasua? Dilo.
—Has hecho como un sembrador que sale a su campo con un saco de semillas para sembrar. Mira todo lleno de zarzales y de pedruscos y dice: ¿dónde he de arrojar esta semilla si los zarzales y las piedras cubren toda la tierra '! Y padece y gime por no encontrar un palmo de tierra apto para la siembra. ¿Qué le aconsejarías tú al sembrador de mi cuento?
—Pues sencillamente, que quite los pedruscos y limpie de zarzales., el terreno, que remueva la tierra en ordenados surcos y entonces arroje la semilla —contestó Gamaliel.
—Justamente, es lo que debemos; hacer nosotros que tenemos un gran saco de la semilla preciosa de la verdad eterna: preparar e! terre­no para que la simiente pueda germinar. Y aquí vuelvo a las; teorías de mis maestros Esenios: luchar contra la ignorancia de las masas que fue­ron llevadas a la oscuridad por inteligencias interesadas en dominarlas a su capricho para embrutecerlas y explotarlas en provecho propio, como se hace con una majada de bestias que no piden más que comer y beber.
—Toda esta tiniebla de ignorancia en quo se debate la humanidad en esta civilización, se debe a que apagaron la lámpara radiante de Moi­sés —dijo Nicodemus.
"En su incomparable Génesis estaba encerrada como en un vaso de alabastro, toda la verdad eterna da Dios. Desde la formación de las nebulosas hasta el aparecer de la especie humana de este planeta, todo estaba comprendido en la obra de Moisés.
"Destruida ella, nuestra humanidad se sumergió en las tinieblas.
—Estás en lo cierto —observó Nicolás— y con esas palabras abres el camino ya indicado por Jhasua. Ahí están las piedras y los zarzales que hemos de extirpar, para que la semilla que sembró Moisés hace quince siglos, podamos nosotros volver a sembrarla con éxito en la hora presente.
—Y sembrarla como la siembran los Esenios, escogiendo las almas de entre el montón, no arrojándola indiscretamente sobre piedras im­penetrables o zarzales rebeldes, hasta que apartados por completo los estorbos, podamos derramarla a manos llenas y a campo descubierto —añadió José de Arimathea.
—Muy bien, José, muy bien — exclamó Jhasua con la alegría pin­tada en el semblante.
"Has puesto el broche de oro a esta conversación nocturna en la cámara de un barco que nos conduce a la ciudad de las Ciencias Antiguas, donde vamos a recoger más semillas para nuestra siembra.
—Habéis asestado un golpe de muerte a mi pensamiento —decía satisfecho Gamaliel, el que más dudaba de la capacidad humana de entonces para aceptar y comprender las grandes verdades respecto de la creación universal, de Dios y de las almas.
—El pesimismo es uno de los mayores obstáculos para la tarea que nos hemos impuesto —observó Nicodemus—. Debemos creer en el triun­fo aunque lo veamos como un tesoro que está oculto en un desierto inex­plorado.
"La conquista de ese tesoro costará sacrificios enormes, hasta de la vida quizá. Habrá mártires y habrá sangre, porque la ambición y el egoísmo ciega a los hombres dirigentes de pueblos, y creen que cortando cabezas se mata las ideas que reflejan la verdad Suprema.
—La humanidad en general, huye de remover el pasado como huyen las bestias de volver a pasar por un campo que fue talado por un incendio y que aparece cubierto de cenizas. Allí no hay nada para comer. Así la humanidad inconsciente no busca nada en el pasado y por eso no aprende las lecciones de sabiduría que le da el pasado, en el cual se ve que toda evolución en sentido moral, espiritual y aún material ha costado muchos y enormes sacrificios, mucha sangre, muchas vidas para conseguirlo.
Y Jhasua, que pronunciaba tales palabras, pensaba sin atreverse a decirlo para no asustar a sus amigos:
"Si la Eterna Ley nos pide el sacrificio de nuestra vida para en­cender de nuevo en la tierra la lámpara de Moisés, ¿qué otra cosa hemos de hacer sino darla? De no hacerlo, sería la claudicación".
El egoísmo del clero judío; el egoísmo del poder romano dominante en el mundo de entonces, que había hecho de todos los pueblos una colo­nia romana, se levantaban como gigantescos fantasmas para aplastar bajo su pie de hierro toda cabeza que se irguiera entre la turba sumisa para decir:
—Soy una inteligencia que razona y piensa, no una bestezuela que come y duerme.
Un silencio de meditación llenó ¡a cámara del barco donde se gestaba ese gran movimiento espiritual, al cual debía dar formas definidas años más adelante el Apóstol Nazareno, en el que había encarnado el Verbo de Dios.
El rumor de las olas chocando con el casco del barco, el chasquido del viento agitando las velas tendidas, era el concierto que acompañaba a los pensamientos sublimes y heroicos de aquellos cinco hombres que soñaban despiertos con el grande y hermoso ideal de la dignificación humana por la sabiduría y por el amor.
Llegaban en esos momentos al audaz brazo de rocas conocido por Monte Casio que sobresale hacia el mar formando el magnífico lago Cibrón, en el cual se reflejan las palmeras y las acacias que coronan el monte como una diadema de esmeraldas. El espectáculo era grandioso y fantástico a la luz plateada de la luna, y los cinco viajeros, envolviéndose en sus pesados mantos de pelo de camello, subieron a cubierta para con­templarlo.
Las Escrituras del Patriarca Aldis, les vinieron a la mente como si tejieran en ellas filigranas de viejos recuerdos que les hacían vivir de aquella lejana vida en las orillas del Nilo, entre los Kobdas de vestido azul.
El inmenso delta del río, les pareció como una mano gigantesca cuyos dedos se hundían en el mar, mientras el brazo se perdía entre el desierto y las montañas.
Allí se había elaborado, ocho mil trescientos años atrás, ese gran paso de la evolución humana que llamamos Civilización Adámica, y que se extendió por tres continentes.
El Nilo que tenían a la vista, con su vida milenaria, había presen­ciado el paso de millares de generaciones, centenares de reinados glo­riosos o nefastos, invasiones devastadoras de diferentes razas que ha­bían pasado cual vendavales de fuego, dejando como recuerdo ruinas silenciosas que cubría piadosamente la hiedra.
Aquel mundo callado de pensamientos y de recuerdos, tenía a nues­tros viajeros como clavados en la cubierta del barco, mientras iban cruzando a media milla de la costa, las grandes bocas del Nilo, el gigan­tesco río del país de los Faraones.
Pasado el medio, día siguiente se encontraron en el gran puerto de Alejandría entre un verdadero bosque de mástiles, a través de los cuales se veían gigantescos obeliscos, columnas, cúpulas que se interceptaban y confundían unas con otras en confuso laberinto.
A poco de haber desembarcado, y cuando iban a cruzar la balaus­trada que cercaba el muelle, se les acercó un hombrecillo pequeño y ya de edad avanzada que les preguntó:
—Señores viajeros, decidme, ¿venís de Judea?
—Justamente y venimos en busca del Museo y de la Biblioteca —con­testó José de Arimathea.
—Bien, bien. El maestro Filón os espera desde hace tres días. Venía él mismo a la llegada de todos los barcos provenientes de los puertos de Palestina. Ahora me envió a mí, porque él está con gentes venidas desde Cirene. Si confiáis en mí, seguidme.
—Claro está que os seguiremos y con mucho gusto —contestó Nicolás.
Jhasua, sumergido en el mar infinito de .sus pensamientos, caminaba en silencio.
Gentes de todas las razas convergían a la gran ciudad, que no obs­tante haber caído algo del grandioso esplendor a que llegó en la época de los Ptolomeos I y II, aún continuaba siendo la gran capital del Mediterráneo Sur. Su gran potencialidad comercial sólo era comparable a la que tuvo Cartago antes de ser devastada por los romanos.
Astro de primera magnitud en las ciencias y en las artes, Alejandría era el punto final de la consagración de un sabio o un artista.
Nombres ilustres en todas las ramas del saber humano y proveniente de los grandes centros de cultura como Atenas, Roma, Pérgamo, Siracusa, Persépolis, Bombay, aparecían grabados en el gran álbum de visitantes que la Biblioteca de Alejandría ostentaba con orgullo y satisfacción.
Hornero, Virgilio y Ovidio, los tres vates inmortales de la antigüedad, habían estampado antes que sus nombres, hermosas estrofas de su estro genial.
También llegaba a ella Jhasua, la Verdad Eterna hecha hombre, el Verbo de Dios convertido en persona humana por la magia invisible del Amor Divino, y esto sin que la gran ciudad se diera por enterada. Como una indolente princesa faraónica, continuaba semidormida entre el ru­mor de las palmeras y los cantos de los hoteleros, remando sobre las olas del Nilo.
— ¡Jhasua, Jhasua!... ¡Niño glorioso de mis sueños de veinte años!... —exclamaba unos momentos después Filón, el gran filósofo alejandrino, abrazando tiernamente al joven Maestro, que penetraba a aquel templo de ciencias humanas, como un aprendiz cualquiera... él, que traía en sí mismo la Suprema Verdad de Dios!
Tenía Filón entonces cuarenta y cinco años y llevaba ya bastante adelantada su obra magna: la revisión y comentarios de los cinco li­bros de Moisés.
—Enciendes de nuevo esa lámpara apagada por los hombres —le decía Jhasua ojeando aquel inmenso trabajo que bastaba por sí solo para colocar a Filón en primera fila entre los cultores de la Verdad Eterna.
_ A no haber sido por la cooperación del príncipe Melchor de Horeb, no habría podido encender de nuevo la lámpara de Moisés —contestaba Filón a sus amigos recién llegados.
"En su Escuela de Sinaí, encontré el filón de oro más precioso para la reconstrucción de los libros de Moisés, con fundamentos tan sólidos, que no puedan ser destruidos en las edades que vendrán, por más ignorancia y fanatismo que haya;
—En esta hora solemne y propicia —decía Nicodemus— unamos nuestros pequeños descubrimientos en favor de la Verdad Divina enterra­da por muchos siglos bajo montañas de arena, y probemos de romper la densa tiniebla que envuelve a la humanidad.
—También nosotros traemos a Alejandría el aporte de la verdad descubierta en tierras de Palestina y Siria —añadió José de Arimathea.
—He aquí nuestro tesoro —dijo poniendo sobre la gran mesa ante la cual estaban sentados, una gruesa carpeta que aparecía como saquito de manos, usados entonces por los médicos y hombres de estudios.
Cada cual traía el suyo, y colocados todos sobre la mesa, formaban un respetable conjunto de rollos de papiro, de telas enceradas y de pla­quetas de arcilla y de madera.
— ¡Santo cielo! —Exclamó Filón con la alegría pintada en el sem­blante—. Aquí hay con qué llenar una sala más en esta biblioteca.
—Y para que tu pluma escriba tantos mensajes divinos a la humani­dad que ignora de dónde viene y a dónde va —añadió Nicolás de Damas­co ordenando por su numeración los rollos y cartapacios que habían traído.
Luego de un breve descanso en la dependencia particular de Filón, comenzaron por contemplar el célebre Museo donde aparecían lienzos, esculturas, bajo relieves y grabados provenientes de todos los países del mundo.
Ptolomeo I, que de genera] macedonio de los ejércitos de Alejandro Magno, pasó a Faraón de Egipto, cuidó con esmero de helenizar, digá­moslo así, la cultura de los países del Nilo en forma de permitirle la ilusión de haber trasladado allí las magnificencias artísticas del Ática en todo su esplendor.
Ptolomeo II, y sus sucesores hasta Cleopatra, su último vástago, participaron de esta misma tendencia, aunque más influenciados por los usos y costumbres propias del país de las momias y de las pirámides.
Era la hora nona de aquella espléndida tarde de invierno, sexto día de la semana o sea el que corresponde a nuestro día viernes.
—Comenzaremos por la sala de pintura —les había dicho Filón en­caminándoles por una inmensa galería en cuya entrada decía en grandes letras grabadas en negro sobre mármol blanco: Cartago. Este nombre apa­recía en escritura egipcia, árabe, latina y Siria.
—Aquí tenéis parte de las grandes bellezas artísticas de la infeliz Cartago —les dijo el maestro Filón.
—Yo estuve ya aquí con mi padre años atrás —observó Gamaliel—, pero encuentro ahora que aparece esto de diferente manera.
—En efecto, fue necesario el cambio debido a que el príncipe Melchor de Horeb, que vosotros conocéis, obtuvo importantes obras que estaban en poder de algunos reyes indígenas del África Occidental. Un hermano de Aníbal, según dicen ciertas escrituras, cuando comprendió que los ejér­citos defensores de Cartago, iban a ser arrollados por las legiones roma­nas, logró salvar del incendio a que los vencedores entregaron la gran ciudad, muchas de estas obras que aquí veis. Estos tesoros de arte han ido pasando por manos de los descendientes del gran general cartaginés, que se ubicaron entre los montes de Oran, de Jelfa, y las bravas tribus de los Tuareghs les hicieron sus reyes propios. Sus dominios llegan hasta el río Niger.
Estas explicaciones que daba Filón a medida que avanzaban por la amplia galería, ya no las escuchaba Jhasua, que estaba absorbido comple­tamente por un gran lienzo que recibía de Heno el sol de la tarde a través de las mamparas de cuarzo que daban transparencia de oro pálido al sun­tuoso recinto.
Jhasua no podía explicarse cómo la espantosa tragedia del lienzo ad­quiría tal fuerza de realidad y de vida, que el corazón se estremecía dolorosamente.
Era como una interminable avenida de enormes cruces de madera, donde pendía una víctima retorciéndose en dolores supremos y vertiendo sangre de la boca, de los pies, de las manos.
Y esta trágica avenida de ajusticiados, se esfumaba en brumosas lejanías, dando a comprender hábilmente el pintor que aquel camino era muy largo y que las cruces y las víctimas seguían y seguían hasta perderse de vista.
Aquellas cabelleras desordenadas por el viento, las arterias y venas sobresaliendo a flor de piel por los esfuerzos desesperados, aquellos sem­blantes contraídos por el dolor o la cólera, aquellos nervios crispados, era algo que sacaba de quicio al alma mejor templada.
—Maestro Filón dijo por fin Jhasua—, ¿qué significa este con­junto de horrores que ostenta toda la belleza de la realidad llevada a la perfección?
— ¡Oh, hijo mío!... —le contestó el filósofo—; ese lienzo es la ven­ganza de los reyes Tuareghs, descendientes de Aníbal, el heroico defensor de Cartago.
"Y para que mejor lo comprendas te traduciré esta leyenda que está al margen del lienzo:
"Un biznieto del gran Aníbal, fue testigo ocular de la crucifixión de seis mil esclavos que se unieron al heroico Espartaco, pidiendo al gobier­no romano su libertad que les fue negada. Después de dos años de lucha, refugiados en el Vesubio, fueron capturados y crucificados a lo largo de la Vía Apia, el camino real que une con Roma todo el sur de Italia.
Jhasua parecía no escuchar ya más. Con sus ojos dilatados, húmedos de llanto contenido, miraba fijamente aquel lienzo que desmentía el me­diano buen concepto que hasta entonces tuviera de la Roma conquistadora y poderosa.
La sabía llena de ambiciones, de poder y de gloria, pero no la imagi­naba cruel y sanguinaria hasta el extremo que aquel lienzo lo demostraba.
— ¡Ensañado así el poder y la fuerza con infelices esclavos que pedían la libertad, el don de Dios para todos los seres de la creación! —exclamó por fin Jhasua con su voz temblando de indignación.
"¡Qué grande y bueno es nuestro Padre Universal, que no extermina como animalejos dañinos a estas criaturas humanas que así reniegan de su origen divino y de su destino inmortal!
—Bien se conoce hijo mío —díjole Filón— que tienes sólo 20 años y que has vivido hasta hoy en tu placidez galilea y entre el dulce amor de los santuarios Esenios.
"Mira este otro lienzo, hermano gemelo del anterior.
"Es la matanza con que Roma acabó de aniquilar a Cartago después de un siglo de sangrientas luchas. El incendio de la ciudad que quedó re­ducida a cenizas. Después los arados reduciendo las ruinas a polvo, donde crecieron los espinos y los zarzales. Esto es lo que dice la inscripción que está al margen.
"Es del mismo autor: Aníbal Tugurt, el último rey de su familia exilada y dispersa entre las montañas del Sahara.
— ¡Montones informes de cadáveres destrozados!... —seguía diciendo Jhasua mientras sus amigos le escuchaban en silencio. — ¡Bandadas de cuervos que bajan para devorarles!... ¡Llamas rojizas y negro humo que sube como un clamor mudo hasta las nubes!... ¡Corta-agua de la Matriarca Solania, que hace ocho mil trescientos años colgó su nido "de amor entre tus palmeras y tus acacias!...
¿Cómo pudieron destruir los hombres egoístas y malvados aquella inmensa siembra de amor, de paz, de civilización esparcida en el mundo por los Kobdas de vestido azul?-
— ¡Oh Jhasua!... Tú alma de niño incapaz de toda maldad, se lastima de ver a través de lienzos pintados hace medio siglo, los rastros de dolor y de sangre que deja el orgullo y la ambición cuando se apodera de los hombres —decía Filón tratando de amenguar en el joven Maestro la dolorosa impresión.
—Es el desengaño, es la desilusión lo que lastima a Jhasua —dijo José de Arimathea. La historia del pueblo judío que todos nosotros, cono­cemos, es una matanza continuada. Igualmente que la de nuestros vecinos, los asirios guerreros y conquistadores. Pero que los romanos que nos lla­man bárbaros a los de raza semita, cometan iguales atrocidades, y diciendo todavía que es cruzada civilizadora del mundo, en verdad troncha toda esperanza y toda ilusión!
— ¿Dónde- se ha escondido la paz, la sabiduría, el amor que manda la Ley? ¿Me lo podéis decir? —preguntaba Jhasua a sus amigos, todos los cuales le doblaban en edad.
—Está en el corazón de los pocos que hemos llegado al camino de la luz —le contestó Filón—. A favor de esa intensa claridad, hemos comprendido que la única grandeza que satisface al espíritu humano es la que emana del bien, de la justicia y de la dignificación de los seres por la comprensión y por el amor.
"Es seguro que a ninguno de nosotros, aún dueños de tesoros in­mensos, se nos pasaría por la mente la idea de armar legiones para con­quistar a sangre y fuego los países vecinos.
— ¡Claro que no!... —interrumpió Jhasua—. Pensaríamos en ha­cer felices a todos los hombres, cada cual en la región en que Dios le hizo nacer!
Su pensamiento se fue a Bethlehem, al tesoro encontrado en el mo­numento funerario de Raquel, mediante el cual, toda aquella comarca tendría pan, lumbre, abrigo, abundancia para los ancianos, los niños, los enfermos, los mendigos.
"— ¡En verdad, no sabe la humanidad ser feliz aún teniendo en sus manos los medios para serlo! —exclamó dejándose caer en un gran diván que había .en el centro de la galería.
—Y no lo aprenderá en mucho tiempo todavía —observó Nicodemus.
—La evolución es muy lenta debido a que encarnan continuamente los espíritus que abandonaron la vida en medio de estos horrores —aña­dió Nicolás de Damasco—. La mayoría de esos seres vuelven con la idea fija de tomar la revancha. Y así se van sucediendo las luchas y las de­vastaciones de unos pueblos sobre otros.
—En verdad —dijo Gamaliel—, en este último siglo fueron las le­giones romanas que asolaron más de la mitad del mundo civilizado que conocemos, como tres siglos atrás fueron las legiones macedónicas con­ducidas por Alejandro Magno; y antes que éste, Nabucodonosor, el tigre asirio que llevó la muerte a donde puso su garra.
—Los Kobdas de la prehistoria —dijo Jhasua— llevaron la paz, la felicidad y el amor a tres Continentes y no tuvieron legiones armadas, ni dejaron montones de cadáveres para que comieran los cuervos. ¿Por qué ellos pudieron civilizar sin destruir y las civilizaciones posteriores no pueden hacerlo?
—Jhasua, hijo mío —le dijo Filón sentándose a su lado—. El amor es fuerza constructiva y el odio es fuerza destructora. Los Kobdas eran una legión de sabios enamorados del bien y de la justicia. Fueron los instrumentos de la Ley Eterna para" reconstruir este mundo, arrasado y destruido por el egoísmo que engendra el odio. Fueron una legión de espíritus emigrados de Venus, de Júpiter, de Arcturo, mundos donde ya es mejor comprendida la Ley; Eterna de la solidaridad y del amor.
"Es por eso que nuestras Escuelas de Divina Sabiduría, tienen la gran misión de enseñar el bien y la justicia a los hombres, que cuando lleguen a aprender la lección, renegarán de todas las guerras, las luchas fratricidas, los odios y las destrucciones y dirán como se dice en los mun­dos adelantados:
"LO MIO ES PARA TODOS.
LO TUYO ES PARA TODOS.
NI TUYO NI MIO.
TODO ES DE DIOS QUE LO DA PARA TODOS"
Esa es la ley.

—Pero ¿cómo es que los hombres no lo han comprendido ya? —Vol­vió a preguntar Jhasua—. Los Flámenes lémures enseñaron la justicia en aquel desaparecido continente. Los Profetas Blancos la enseñaron en Atlántida que duerme bajo las olas del mar. Los Dacthylos en el Ática prehistórica. Los Kobdas en el África y Asia Central. ¿De qué sirvieron entonces sus grandes esfuerzos y sacrificios?
— ¡Sirvieron de mucho Jhasua! Miremos nada más la pequeña Pa­lestina, un pañuelo de manos entre todos los países del mundo. Lo que hay de justo y de bien en ella, lo crearon los Esenios de la hora actual, silenciosos en sus santuarios de rocas. Cada familia esenia educada por ellos, es una lamparilla en medio de las tinieblas. Y en cada región del mundo hubo y hay pequeñas legiones de la Sabiduría dando luz a la tur­ba multa, que en las tinieblas se debate en lucha continuada por arreba­tarse unos a otros el bien que codician.
"Nosotros que vemos el conjunto desde el altiplano de los conoci­mientos superiores a que hemos llegado, sabemos que, van errados en su camino los que a sangre y fuego quieren imponer a sus semejantes yugos que ellos rechazan, porque tronchan sus esperanzas y rompen sus con­veniencias.
"Cada cual interpreta y mide a la Justicia, con la medida de sus in­tereses propios individuales. Cada cual mira como justo lo que le favorece y como injusto lo que le perjudica en sus intereses individuales o colectivos.
"Solamente los espíritus de una gran evolución, olvidan sus con­veniencias y sus intereses para pensar en la conveniencia, en el bien y en la dicha de sus semejantes.
"Por ejemplo, Jhasua, en el caso de Espartaco, noble, heroico ini­ciador de la primera revolución de esclavos en la triunfante y poderosa Roma. El y todos aquellos esclavos que le siguieron, creían justo pedir al gobierno romano su libertad de hombres, porque estaban hartos de verse comprados y vendidos como bestias de la majada del amo. Las madres, veían que les arrebataban sus hijos para ser vendidos en su­basta pública a quien mejor precio diera por ellos. Siéndoles negado éste derecho, todos los esclavos de Roma se levantaron como un sólo hombre en torno de Espartaco su guía conductor.
"El gobierno romano que se tenía a sí mismo corno lo más elevado y recto de la civilización, no veía justicia ni derecho alguno en los es­clavos para hacer una tan insolente y audaz solicitud. Las familias patricias de rancio abolengo decían: "Mis esclavos los heredé de mis padres, como heredé mis fincas, mis joyas, mis muebles, mis haciendas y plantaciones; no he quitado nada a nadie. Les doy la comida nece­saria y sólo leí hago azotar cuando han cometido faltas que me perju­dican. ¿Qué razón tienen para rebelarse contra el amo?".
"¿Ves Jhasua cómo es el criterio humano doblegado siempre a la conveniencia de cada cual?
"Con justicia cree obrar el que pide a gritos su libertad. Con jus­ticia cree obrar el que la niega porque tiene la fuerza y el poder en su mano. Y los que vemos desde una pequeña altura moral, esas luchas tre­mendas de intereses creados, lloramos en silencio viendo la ceguera de los poderosos que se creen grandes cuando pasan por encima de cabezas inclinadas y vencidas; y la rebeldía estéril de los que al final de cuen­tas, caen aplastados bajo el carro del triunfador.
"Ahí tienes el ejemplo en ese magnífico lienzo que ha motivado esta conversación y que encierra la realidad de tal hecho hace cincuenta años, cuando ninguno de nosotros había nacido.
"A seis mil esclavos en fuga, que fueron capturados, el gobierno romano los condenó a morir crucificados a lo largo de la Vía Apia, donde se les dejó hasta que los cuervos empezaron a desgarrar los ca­dáveres. Después les untaron con pez y les prendieron fuego para que el mal olor no infectara el aire de las populosas ciudades cercanas. ¡Y el mundo admira el poder y la gloria de Roma, señora del Orbe!...
Un silencio penoso siguió a esta conversación.
—Jhasua —díjole José de Arimathea percibiendo en sí mismo, loa dolorosos pensamientos del joven Maestro— es ésta tu primera salida del nido paterno y has recibido un golpe demasiado rudo. Yo había observado en ti una gran esperanza en la Roma de los Césares debido a la suavidad con que Augusto accedió a Publio Virgilio Marón, en cuanto él solicitó en favor de determinados hechos en pueblos de Pales­tina y Siria.
"Pero en Roma no estuvo siempre Augusto César, que fue un hom­bre de sentimientos humanitarios y que en momentos "dados, se dejaba vencer por la piedad. Bajo su reinado hemos nacido todos nosotros, que hemos gozado de un período de paz hasta que el orgullo de Herodes empezó la cadena de crímenes para eliminar a quien le estorbaba. Vea­mos ahora que nos da Tiberio César.
—Fue en el tiempo de las conquista para ensanchar sus dominios, que cometió Roma las «atrocidades espantosas a que estos lienzos se re­fieren —añadió Nicodemus.
—Naturalmente —observó Nicolás— porque los pueblos que inva­día, defendían su libertad y su independencia hasta morir por ellas.
—Pero Roma sufrirá un día, más tarde o más temprano lo mismo que ella hizo con Cartago que se le resistió más de un siglo, porque hay una justicia inexorable que no se engaña ni claudica como la justicia humana: La Ley Eterna que dice:
"Todo mal cae sobre quien lo hace".
La historia de los siglos pasados así lo demuestra.
—Es cierto Gamaliel —contestó Filón— porque nuestro principio de que el odio es fuerza destructora, se cumple con asombrosa precisión.
"Y el mundo ciego e inconsciente llama Grande a un guerrero conquistador que avasalló al mundo con la fuerza de sus legiones ar­madas, y sembró el dolor y la muerte. Así tenemos a Alejandro Magno, a cuyo honor dedicó esta ciudad Ptolomeo I. Está edificada sobre las ruinas de la ciudad sagrada de los Kobdas: Neghadá.
"Es grande porque fundó ciudades en los países conquistados" —dicen los macedonios que le admiran hasta hacerlo un dios. Pero... ¿y las ciudades que destruyó al invadirlas, y las vidas humanas que (ronchó, y los dolores que causó para satisfacer su desmedida y loca ambición?...
"No fue cruel por naturaleza, es verdad; ahora le veremos ten­dido, rígido en su sarcófago de cristal y plata que está en el recinto central de este Museo. Joven y hermoso, el conquistador parece dormir en la eterna quietud de la muerte.
—Estás apesadumbrado Jhasua —le dijo el filósofo viéndole con la mirada fija en el lienzo de los esclavos crucificados.
— ¡Nunca vi tan a lo vivo el horror de la muerte en esa forma! —exclamó el joven Maestro sin poder apartar sus ojos de aquellos patíbulos de infamia.
''Las fieras —añadió— cuando el hambre las acosa, de una dente­llada matan a su víctima y la devoran. ¡Sólo el hombre, la criatura inteligente de la Creación Universal se permite el horror de ir matando lentamente y entre torturas horribles a semejantes suyos, y no para saciar su hambre, sino para satisfacer su encono y su cólera, porque aquellos seres querían escapar de sus garras!... ¿Puede concebirse una maldad más cruda y terrible que ésta?
"Roma fue malvada!... ¡Roma fue execrable, cuando se ensañó así con los débiles e indefensos! exclamó poseído de indignación.
¡Quién hubiera pensado en tal momento, que trece años después, él mismo sufriría igual género de muerte que los esclavos crucificados a lo largo de la Vía Apia, y que su sentencia sería firmada por el represen­tante de Roma en Jerusalén, Poncio Pilatos!
Una semana permaneció Jhasua en Alejandría, y no pasó ni uno solo de esos días sin visitar el lienzo de los esclavos crucificados que lo atraía irresistiblemente.
—En verdad —decía Nicodemus— que estos lienzos son la venganza de Cartago contra la Roma destructora y cruel. Como le ha ocurrido a Jhasua, ocurrirá a todo viajero que sueñe despierto, y piense que de Roma surgirá la dicha y la paz del mundo.
Parecería increíble que lienzos mudos hablen tan alto y tan elocuen­te. ¡El arte es verdad y vida! ¡Qué gran artista fue ese Aníbal Tugurt, último vástago del heroico defensor de Cartago!

EN EL VALLE DE LAS PIRÁMIDES

Veamos "ahora a Jhasua sumergido con sus amigos en los rollos de papiro que habían traído de Palestina, y los que Filón les guardaba como sorpresa.
A los dos días de hallarse en Alejandría, llegó Melchor de Horeb que estaba ya avisado de antemano y que no quería ni podía perder la oportunidad de oír al joven Maestro, al cual vio dos veces durante su infancia.
— ¡Oh, mi príncipe africano! —le dijo Jhasua estrechándole sobre su pecho—. Mi memoria guardaba fiel recuerdo de ti y en mis sueños te he visto más de una vez andando por montañas y desiertos en un hermoso camello de pelo claro, casi blanco.
—Es mi compañero del desierto —le contestó Melchor— y en él he venido para verte, Hijo de Dios, y escuchar de tu boca lecciones de sa­biduría. Cinco días he corrido, parando tan sólo el tiempo necesario para descanso de mis acompañantes y de las bestias,
"Habría llegado ayer, pero en el desierto de Extham, se desenca­denó un furioso vendaval y tuvimos que refugiarnos en una gruta... aquella gruta, amigo Filón, a una milla de Herópolis donde tú y yo creí­mos haber nacido de nuevo.
— ¡Ah, sí!. . . esos recuerdos no se olvidan jamás —contestó el aludido.
—Si aquel enorme peñasco nos aplasta, mueren con nosotros nues­tros descubrimientos y nuestras esperanzas.
— ¿Se puede saber qué descubrimientos eran esos? —preguntó Jha­sua— porque nosotros también tenemos algunos y creo que todos los que aquí estamos somos una misma cosa para saberlos.
—Sí, hijo mío —respondió Filón—. Hace unos años estoy prepa­rando los datos necesarios con sus respectivas comprobaciones, para escribir la historia de Moisés con los comentarios que ella sugiere. Me faltaba algo referente al tiempo de oscuro silencio que él pasó en tierras de Madián, y referente al cual se han tejido leyendas imposibles de acep­tar en un ser de la altura espiritual del gran Legislador hebreo.
"Esos datos comprobados, los traíamos en nuestra maleta de via­jeros, cuando una noche se despeñó en nuestra gruta un enorme trozo de roca que pasó como un fantasma de piedra casi rozando con nuestros cuerpos tendidos sobre lechos de paja, y sin esperar ni remotamente un visitante tan peligroso.
"Ahora os revelaré la sorpresa de que os hablaba en mis epístolas a Nicodemus.
"Con este buen amigo Melchor, hemos realizado expediciones bas­tantes audaces desde Cirene hasta más allá del desolado lugar donde antes estuvo la populosa y floreciente Cartago. Estos dos lienzos que tanto han impresionado a Jhasua, han sido la llave que nos abrió el mis­terioso mundo del desierto africano.
"Hacía sólo un año y siete meses que yo era director de esa Bi­blioteca y Museo, cuando se me presentó aquí un viajero venido de Cirene en uno de los barcos que hacen la carrera desde Sicilia. Venía con un adolescente de catorce años. Pidieron ver la galería de Cartago, y el guardián que estaba de turno les encaminó hacia ella.
"Vio que sacaban copia de las inscripciones y que el llegar al lienzo en que aparece el incendio y destrucción completa de Cartago, el viajero se postró en tierra, besó luego el lienzo, se secó las lágrimas que le corrían por el rostro y habló largo rato con el adolescente que le acompañaba.
"Como al guardián le llamasen mucho la atención todas estas ma­nifestaciones, vino a decírmelo y yo tuve curiosidad de saber qué vincu­lación tenían aquellas personas con los lienzos de la galería de Cartago.
"Aunque al principio comprendí que esquivaban las respuestas por la natural desconfianza que se tiene de un desconocido, tuve la suer­te de inspirarles confianza después de unos momentos de conversación. Cuando supieron que era africano como ellos y de raza judía, se abrieron completamente.
—La raza y la desgracia nos unen —dijo el hombre mayor—. Yo habría nacido en Cartago si no hubiera sido destruida por los bárbaros del otro lado del Mar Grande. Soy de Cirene y descendiente directo en cuarta generación de Juba, hermano del gran Aníbal, defensor heroico de la heroica Cartago. Todos los años vengo a visitar esta galería donde está guardado lo que resta de la destruida ciudad.
— ¿Y este jovencito es vuestro hijo? —le pregunté.
—Sí, el menor de todos, el único que aún tengo a mi lado. Los otros, siguiendo la consigna, se internaron en el desierto —me contestó aquel hombre.
—Ignoraba en absoluto todo eso —le dije—. ¿Por qué huir al de­sierto donde la vida debe ser espantosa?
—Los pocos hombres hábiles que quedaron, se juramentaron en tor­no de Aníbal para unirse como una sola nación con la gran raza Tuareghs, la más adelantada y fuerte del África Norte. Desde allí hacen la guerra a muerte contra Roma.
—La tradición dice que Aníbal fue a morir en una región del Indostán —observé yo.
—Es falso completamente —me contestó—. Fue uno de sus capi­tanes que se le parecía en estatura que tomó sus ropas y huyó a Esion-Geber, dejando allí con toda intención la noticia de que marchaba a la India por el Golfo Pérsico.
"Muchos guerreros que sirvieron a las órdenes de Aníbal eran tuareghs de raza, y ellos le salvaron la vida por odio a Roma. Entre ellos quedó toda la familia de Aníbal y los cartagineses que quedaron con vida. Mis abuelos allí vivieron y allí murieron. Por mandato del rey tuareghs, Jampsal III, estoy en Cirene como corresponsal del exterior.
—Este hombre —añadió Filón— se prestó complacido a orientarnos a Melchor y a mí en nuestra búsqueda d« datos que nos puedan servir como hilos conductores hacia los orígenes de la actual civilización.
Nuestros viajeros se miraron los unos a los otros.
—Esos datos y muy minuciosos los traemos en estas carpetas —di­jo Jhasua—. Y lo que es más, relatados por un testigo ocular.
_ ¡Oh! ¡Magnífico! Tendremos así la comprobación de que los manuscritos conservados por los Tuareghs y encontrados en criptas fune­rarias de los subsuelos de Cartago, son verdaderos. Esta coincidencia es maravillosa.
La gran mesa del cenáculo de Filón, se vio cubierta de papiros, cartapacios de telas, de pieles curtidas en blanco, de tabletas de madera y de arcilla, de láminas de cobre y hasta de trozos de corteza de árboles en que aparecían innumerables grabados.
—Creo que con todo esto —dijo Filón— podemos poner bien en claro las obras de Moisés, y establecer continuidad entre los Kobdas, creadores de la Civilización Adámica, con los Esenios, precursores del Cristo.
_ Hermano Filón —dijo de pronto Melchor—. Tened en cuenta que no he venido solo.
_ Ya sé; vuestros criados tendrán todo en mi casa, ya está todo dispuesto.
_ No se trata de mis criados sino de Buya-ben y Faqui los de Cirene.
—¿Cómo?. . ¿Han venido contigo?
_ Han venido conmigo sólo para ver a Jhasua —contestó Melchor con solemnidad.
_ Pero, ¿lo creéis oportuno? —volvió a preguntar Filón.
—Creo que ellos lo merecen tanto como yo. No he pedido negarme.
"El África tiene el mismo derecho que el Asia para buscar la Ver­dad y la Luz. Ellos fueron a encontrarme a Herópolis después de infor­marse en la plaza de las caravanas que yo no había llegado.
"Los de su raza piensan reconstruir a Cartago, lo cual comprueba un aviso espiritual que obtuvimos en Horeb:
"Un pueblo nuevo surgirá de la sangre de Aníbal y de sus mártires cartagineses, y en ese pueblo, voces vigorosas se levantarán para endlen-der en las gentes la luz nueva del Enviado Divino".
"Creo pues que estos seres, padre e hijo, son traídos a nosotros providencialmente.
Viendo Filón el asentimiento de todos, les hizo pasar.
Unos momentos después, ambos visitantes se inclinaban profunda­mente ante la reunión y así quedaron hasta que Melchor, más al tanto de sus costumbres, se acercó a ellos y les quitó el velo azul que les envol­vía la cabeza y les caía sobre el rostro.
Vestían largas túnicas y mantos azules de riquísimos tejidos.
Cuando sacaron sus manos de entre los amplios pliegues del manto, se vieron sus dedos llenos de sortijas, con piedras de gran valor, y pen­diente de anchos cinturones de plata, largos puñales damasquinos con mangos de ébano y arabescos de oro. Sobre el pecho ostentaban un pe­queño escudo de plata, que era una serpiente enroscada y en el centro del círculo, una cabeza de león erguida y dominante. Aquel hombre ten­dría cuarenta y cinco años, y su hijo diez y nueve. Este fijó sus ojos negros y llenos de inteligencia en Jhasua, el único joven que veía en la reunión.
Se llegó a él decididamente sin esperar presentación y doblando una rodilla en tierra, le tomó la mano y le dijo en perfecto idioma sirio:
—Que el sol de esta tierra te sea benigno, príncipe de la casa de David.
—Gracias amigo —le dijo Jhasua levantándolo—. Yo no soy un príncipe, sino un buscador de la verdad y de la justicia.
—También nosotros buscamos la justicia —dijo su padre que parecía escuchar atento las palabras de su hijo. Este se sentó al lado de Jhasua y no se preocupó de disimular el afecto y admiración que es­pontáneamente le dedicaba.
Ambos formaban un hermoso contraste: el uno con su fisonomía de un blanco mate, ojos claros y cabellos bronceados; el otro con sus largos rizos de ébano, sus ojos negrísimos y su fisonomía tostada por el sol ardiente del desierto. El uno, grácil como una vara de nardos; el otro alto y recio como un obelisco de piedra.
— ¡Cuan hermoso es amarte, lirio de Jericó! —Decía el joven de Cirene a Jhasua, con una espontaneidad encantadora—. ¡Cuánto te ama­rá el África, doncel de los cabellos de oro!
—Guarda tus palabras dentro del pecho, hijo mío —díjole su pa­dre— que puedes causar pesadumbre al hijo de David.
—No, ninguna absolutamente, no paséis cuidado —dijo Jhasua— que me encanta la franqueza confiada de vuestro hijo.
—Dejadles —observó Melchor bondadosamente—. Ellos son joven­zuelos y se entenderán a las mil maravillas.
En efecto: Jhasua y Faqui llegaron pronto a una completa inte­ligencia.
— ¿Sabes que tu vestimenta azul despierta en mí hermosos recuer­dos del pasado? —decía Jhasua a su interlocutor, jugando como distraí­damente con una punta del amplio manto.
— ¿Eres tan joven y tiene un pasado que recordar? —interrogó a su vez el africano.
—Es que en una edad remota, existió en Cartago una rama de la gran Escuela Kobda originaria del Nilo. Los adeptos de esa Escuela ves­tían como tú. Esta coincidencia despierta en mí un gran interés. Eso es todo.
—Y ¿qué relación tienes tú con aquella escuela que dices? Te lo pregunto por si coincidimos en los datos que ambos tenemos —contestó Faqui.
—Diré yo primero los míos —dijo Jhasua para borrar hasta la más leve desconfianza en su nuevo amigo—. En una época muy remota hace de esto ocho mil trescientos años, existió en el peñón de Corta-Agua, que así se llamaba la que más tarde fue Cartago, un Templo dé Sabiduría dirigido por una admirable mujer cuyo nombre era Solania. En veinti­cinco años que allí vivió, extendió una elevada civilización que llegó hasta los montes Atlas por el Oeste, y hasta el río Niger por el Sur. Tu vestidura ha avivado en mí estos recuerdos. Lo único que no comprendo de tu vestidura, es ese escudo de una serpiente y un león.
—Todo cuanto me dices concuerda con los remotos orígenes de nues­tra raza —dijo, el joven de Cirene—. En cuanto a este escudo te diré: para nosotros la serpiente es un símbolo de sabiduría, y el león del valor y la fuerza. A más, tiene otro significado, porque este escudo es lo único nuevo que hay en esta vestidura que llevarnos tan sólo los de dinastía real. Este escudo significa Cleopatra y Aníbal unidos para luchar contra el enemigo común: la Roma, salvaje y bárbara, que pasa incendiando ciudades y acuchillando a fus habitantes, ancianos, mujeres y niños.
"Cleopatra y Aníbal son los dos símbolos de la raza Tuareghs des­cendiente de una Hija del Sol, que vestía de azul y que apareció en lo alto del gran peñón donde fue edificada Cartago. ¿Quién la trajo? ¿Quién era ella?
— ¡Solania!... ¡la Matriarca Kobda de mi vieja historia! —exclamó Jhasua entusiasmado al encontrar puntos de contacto entre la verdad que él poseía y los relatos del joven africano.
— ¿Y por qué dices "mi vieja historia"? ¿Acaso eres de raza Tua­reghs? —preguntó Faqui.
—No, amigo mío. Si digo mi vieja historia, es porque formo parte de una Fraternidad consagrada a la verdad y a la justicia. Buscamos con afán todo ln que pueda dar luz a la humanidad, cuya maldad tiene por causa la ignorancia. Cuando la humanidad sepa sus orígenes y su destino, ya no habrá mar, Roma bárbara y cruel, no habrá enemigos, pino que todas las razas del mundo se reconocerán como hermanas...
— ¡Imposible!. . . ¡imposible, príncipe, hijo de David!... ¡Los tuareghs no olvidan! ¡Cleopatra y Aníbal no olvidan!... ¡Te lo aseguro yo..!
—Puede que dentro de poco tiempo, pienses diferente, Faqui amigo mío! Tu alma sale a tus ojos y creo que vas a comprenderme bien.
— ¡Tienes miel en la boca, hijo de David!... y tus palabras entran en mí como el agua fresca cuando me acosa la sed —exclamó con unción religiosa el joven africano.
—Volvamos a nuestro relato —le dijo Jhasua—. Te decía yo, que esa Hija del Sol, origen de tu raza, no puede ser otra que la Matriarca Solania de mi historia. ¿Sabes por qué la llamaron hija del Sol?
—Según los antiguos escritos que tenemos —dijo Faqui— no se sabe el origen de ella, que era en todo diferente de los nativos de estos países.
"Era blanca como la leche, con ojos azules y cabellos como de rayos de sol; vestía túnica y manto azul; enseñaba a cantarle al sol cuando aparecía por las mañanas y cuando se iba por las tardes. Tenemos her­mosas canciones que legó a sus hijos como herencia.
— ¿Por qué vuestra raza se llama Tuareghs? —preguntó Jhasua.
—Porque en una edad lejana, bajó del peñón sagrado un hombre vestido de azul, cuyo nombre era Tuaregh y dijo: "Venid a ver lo que he encontrado en la excavación hecha en esta ladera del peñasco; apareció en una oquedad de la roca una caja de mármol, y dentro, la momia de una mujer vestida de azul. Tiene en las manos rollos de papiro en tubos de cobre: era la Ley y los cantos al sol.
"Estábamos ante el cadáver momificado de la Hija del Sol. Ella quiso ser encontrada por Tuaregh, el hombre más justo y noble de la tribu, y todos lo proclamaron rey. Por eso nos llamamos Tuareghs.
— ¡Esto es admirable! Tu historia y la mía son una misma historia. Vosotros sois los continuadores de Solania, no me cabe la menor duda. Pero ya lo comprobaremos con los datos históricos que tenemos.
Ambos fueron a reunirse con los demás que ya examinaban las es­crituras antiguas.
En el rollo 73 de las "Escrituras del Patriarca Aldis" encontró Jha­sua el pasaje referente a la Matriarca Solania, primera persona que subió al peñón de Corta-Agua con cinco mujeres y cuatro hombres de vestido azul, que se prestaron a acompañarla en la arriesgada misión.
Leyó en alta voz un pasaje que relataba el momento solemne y trá­gico en el cual un grupo de Doloras, que así llamaban aquellas tribus a sus sacerdotisas, estaban para inmolar la doncella elegida, y los mensa­jeros de la Matriarca Solania lo impidieron.
—Tal pasaje —dijo Buyaben— es como una ley para la mitad de nuestra raza, que debido a divergencia como ésta y otras que no men­ciono, está dividida en varias ramificaciones.
"Por eso llevamos este escudo que simboliza a Cleopatra y Aníbal y con el cual nos distinguimos los que somos continuadores de la Hija del Sol
—De modo —preguntó Filón— ¿que vosotros rechazáis los sacrificios humanos?
—En absoluto, y nuestra, ley sólo nos permite matar en defensa de la vida o del honor —contestó Buyaben sacando de un pequeño bolso de seda azul un tubo de plata—. Aquí está —dijo— lo que nos ha quedado de la Hija del Sol, es decir una copia, porque el original encontrado en su sarcófago, está siempre en él, que permanece cuidadosamente guar­dado en su templo funerario de roca, a la orilla del río Igharghar llegando a Tinghert.
—Es tal como dice —añadió Melchor que hasta entonces había per­manecido silencioso—. Puede atestiguarlo el maestro Filón, pues ambos hemos visitado esa santuario labrado en la montaña como los santuarios Esenios.
— ¿Y habéis visto la momia de la Matriarca Solonia? —interrogó Jhasua con ansiedad, mirando a uno y a otro de los que hacían tal afir­mación. Ocho mil trescientos años han pasado sobre ese cuerpo humano hecho piedra!
—Hemos visto —dijo Filón— una bóveda sepulcral dentro de una inmensa gruta toda recubierta por dentro de pórfido y jaspe con ornamentaciones de plata.
"Sobre un dolmen de mármol blanco, está el sarcófago de mármol con tapa de cristal a través del cual se ve la momia tan blanca como el mármol que la guarda.
"Por una concesión especial obtenida por el buen amigo Buyaben debido a su rango en la dinastía, el sarcófago fue abierto y pudimos to­car la momia, que el tacto la percibe como piedra. A la cabellera parece haberle sido aplicado un baño de oro pálido, y las vestiduras de seda azul, han sido hábilmente colocadas sobre el cuerpo petrificado. Es como una estatua yacente, vestida de tela riquísima bordada de parlas de gran valor. Allí sólo llegan los descendientes directos de Aníbal o Cleopatra, y los guerreros que se han distinguido por hechos notables. Nosotros apro­vechamos el turno del Chef Buyaben y con él y su hijo pudimos entrar.
"En bóvedas comunicadas con esa, pueden verse los sarcófagos de todos los nobles de la raza, desde Aníbal hasta la actualidad. En aque­llas hermosísimas grutas funerarias, puede leerse en grabados en los muros, toda la historia de la raza Tuareghs.
—De la cual tenemos relatados los orígenes en estas "Escrituras del Patriarca- Aldis", que conoció a vuestra Hija del Sol, y que vestía como ella azul y tenía su misma ley —dijo Jhasua.
—Por favor dadme una copia —clamó Buyaben tomando el rollo y observándolo cuidadosamente.
—La tendréis —dijeron los de Judea todos a la vez.
—Habéis cooperado a nuestras mejores comprobaciones —añadió José de Arimathea—, y es justo que recibáis nuestra compensación.
—Jhasua ama a la Hija del Sol —dijo Faqui con entusiasmo— y es la blanca Matriarca Solania, que quiero decir madre Solania. Es her­moso llamarla madre!
—Tal tratamiento se daba en la antigua Fraternidad Kobda, a las mujeres fundadoras de Escuelas-Refugios y que demostraban una gran capacidad para dirigir muchedumbres —dijo Jhasua. En estas "Escrituras del Patriarca Aldis" veréis la formidable actuación de vuestra Hija del Sol. Llevó la civilización hasta la lejana Etiopía, más allá de las cata­ratas del Nilo, debido a que el gran Kaudillo de la región se enamoró de ella y por complacería, anuló en aquel país todo cuanto estaba en contra de la sabia ley de los Kobdas.
—Por !o que veo vuestra historia es mucho más amplia en datos que los que tenemos nosotros de los orígenes de nuestra raza —observó Buyaben.
—Lo cual quiere decir —dijo Jhasua— que vosotros poseéis el cuerpo momificado de la Hija del Sol, y nosotros tenemos su alma en la obra que hizo. Es una forma de ser hermanos. ¿No os parece?
—Justamente —dijeron ellos.
—Así lo he comprendido desde hace algún tiempo —añadió Melchor—. La verdadera civilización, es la que une a todos los países y a todas las razas del inundo, si reconocemos el origen común de todos y el idéntico destino.
—Las "Escrituras del Patriarca Aldis" que aquí veis —dijo Jhasua— nos hacen comprender la grandiosa obra de la Fraternidad Kobda, al realizar una gran Alianza de todas las naciones existentes hace ocho mil trescientos años, lo cual marca los orígenes de la civilización Aria-mica. Vuestra Hija del Sol, que había nacido entre las praderas del Lago Van, en la región sudeste del Ponte Euxino, amó tanto al África, que la hizo su patria, y en ella dejó sus obras y la materia que la ayudó a realizarlas.
—Nuestras escrituras —observó Buyaben —dicen que el origen de nuestra raza es atlante, y parece demostrarlo el aspecto físico, diferente en general de las otras razas del continente.
—El tiempo que tenemos es corto —dijo Filón— y creo que debemos aprovecharlo bien. Lo que de verdad nos pondrá de acuerdo es la lectura de los pasajes a que estamos haciendo referencia.
Siendo Jhasua quien había sacado la copia del archivo de Ribla y el que más al tanto estaba de aquellos relatos, fue el designado para leer.
Faqui, su nuevo amigo africano, sentado a su lado, iba recogiendo los rollos que él dejaba y ordenándolos nuevamente.
Los hermosos pasajes en que se veía el alma de la Matriarca Solania flotando como un sol de amanecer sobre la peñascosa región del África del Norte, entusiasmaron a todos los oyentes, pero más aún a los que la consideraban como el genio tutelar de su raza y de su país.
Un hálito suave de confraternidad y de amor emanaba de aquella lectura, en cuyos pasajes aparecían como surgiendo de una misma raíz todos los pueblos, que luego se dividieron con odios profundos y guerras destructoras y crueles.
La gran inconsciencia humana saltaba a la vista después de aquella lectura, que al igual que una lámpara radiante, iluminaba claramente los caminos trazados por el amor fraterno, ideal de los antiguos Kobdas, y los caminos del odio y de la ambición, que en !os últimos siglos llevaron a la humanidad a una vorágine de sangre y de muerte.
—Las razas del norte, de donde surgió la Hija del Sol, fueron el vendaval destructor de su obra en el-continente africano... Roma des­truyó a Cartago, como antes los Hicsos destruyeron Neghadá —exclamó Jhasua con amargura.
Buyaben y Faqui permanecieron silenciosos, porque una honda emo­ción les llenaba el pecho de sollozos contenidos:
—Los mismos hechos se repetirán muchas veces —dijo Nicodemus— hasta que la humanidad llegue a comprender que es una sola familia y que sólo el amor podrá hacerla dichosa...
—A eso debe tender el esfuerzo de todos los que hemos llegado a comprender esa gran verdad fundamental —añadió Filón.
—Empresa difícil —expresó Buyaben—. Nuestro Amenokal (Rey sobre muchos príncipes con estados propios) no quiere alianza ninguna con los del otro lado del mar ¡Nos hicieron tanto daño!
—Y si otro gran genio tutelar como vuestra Hija del Sol se os pre­sentara para realizar esta alianza olvidando viejos agravios ¿lo rechaza­rías? —preguntó Melchor mirando a los dos tuareghs.
Instintivamente y sin saber porqué, ambos miraron n Jhasua que en ese momento parecía no estar en la reunión sino muy lejos con su pensa­miento.
El príncipe moreno adivinó esa mirada y movía la cabeza afirmati­vamente como diciendo: es él.
— ¡Viene de muy lejos!... —dijo a media voz Melchor—. Conoció y amó a la Hija del Sol. Acaso viene a vosotros como un mensajero suyo.
Los dos tuareghs devoraban a Jhasua con sus miradas fijas como si quisieran penetrar el misterio que lo envolvía.
El alma genial de Solania, la Matriarca Kobda día la prehistoria, dialogaba con Jhasua en lo más profundo de su yo íntimo.
Como un susurro de flores cayendo sobre una fuente, el joven Maes­tro escuchaba la voz interna:
"¡Hombre Luz I. .. ¡Hombre Amor!... ¡ conquístales para ti'. Am­bos son nuestros. El jovencito es el Marvan, de nuestra vieja historia. Su padre es Edipo, al que llamaste un día, "perla perdida en el rastrojo".
Jhasua se despertó del ensueño espiritual y volvió la cabeza hacia el padre y el hijo que le contemplaban con sus ojos asombrados, húmedos de llanto.
—Si eres mensajero de la Hija del Sol, dínoslo claramente, y el Ame­nokal y todos sus príncipes, seremos tus súbditos mientras vivas y más allá de la muerte!... —exclamó emocionado Buyaben, incorporándose del diván en que estaba semi tendido. .
Jhasua comprendió que aquellos dos hombres eran sujetos sensitivos y ambos habían percibido la vibración de Solania cuando le hablaba mentalmente aún inconscientes de tal hecho.
Todos los presentes habían comprendido el fenómeno psíquico allí realizado sin ruido de palabra, y tan sólo en el profundo escenario de los pensamientos.
Jhasua dominado aún por la poderosa corriente espiritual que había pasado por él, les tendió sus manos blancas y lacias como lirios cortados en la tarde, mientras les decía:
—Un fuerte lazo de simpatía nos une y espero que no se romperá jamás. Soy mensajero de la Hija del Sol y en nombre suyo os digo: No dejéis entrar jamás el odio en vuestro corazón. El manto azul de Solania es símbolo de amor y de paz. Es el cielo azul extendido sobre todas las razas y todos los pueblos de la tierra.
"En nombre de ella os digo, que todo aquel que pise vuestro suelo africano con fines de conquista y destrucción, será barrido con ignomi­nia de la faz de la tierra y su nombre será maldito por mucho tiempo.
"Seres benéficos, hermanos de la Hija del Sol, vendrán un día a vosotros como mensajeros de paz y de sabiduría para alumbrar vuestros caminos en el desierto. Con ella os amé un día entre las selvas y monta­ñas de Atlántida, dormida entre las olas del mar, de donde surgirán continentes nuevos, para formar junto con vosotros el paraíso del futuro, sembrado de rosas rojas como corazones humanos, y de lirios blancos como estrellas de luz,
"¡Edipo!..- ¡Marvan!... viajeros eternos que venís de un pasado de luz y de amor!.. . No manchéis con el odio vuestras glorías de ayer, que lastimáis el corazón de la Hija del Sol y herís también mi corazón.
La exaltación de Jhasua subía de tono y llegaba a una intensidad que debía hacerle daño por la fuerte vibración que emanaba de todo su ser.
José de Arimathea, le tocó en el hombro y le dijo a media voz:
— ¡Jhasua!. . . has de dominarte. Es prudente que lo hagas.
El joven Maestro dio un gran suspiro, y soltando las manos de Buyaben y Faqui por cuyos rostros corrían lágrimas serenas y silencio­sas dijo:
_ ¡Gracias! ¡Perdonadme! Los que sabéis el secreto de Dios y de las almas, comprenderéis lo que ha ocurrido.
—Es un arcángel de Amanai (el Dios Único de los Tuareghs) —dijo solemnemente Faqui.. . Yo había soñado en Cirene que vería con estos ojos, un arcángel de Amanai.
_ Seríamos traidores a nuestro Amenokal si ocultamos lo que aquí hemos visto y oído! —dijo Buyaben. Bueno es que él sepa que su Hacben Faqui y su Cheij Buyaben, tienen amigos que hacen honor a nuestra no­ble raza. Un día nos dio permiso para que el príncipe Melchor de Horeb y el maestro Filón visitaran el Tinghert, la montaña santa, y no debe ignorar que por ellos hemos oído la voz y mirado el rostro de un mensa­jero de la Hija del Sol, de un arcángel de Amanai.
"Yo sé que él abrirá las puertas de las murallas de roca que nos separan del resto del mundo para que todos vosotros penetréis a las tierras sagradas del Tawareks como a vuestra propia tierra.
"Dadme os ruego una copia de las Escrituras que relatan las glo­rias de la Hija del Sol que apareció en Corta-Agua, y encerradas en un cofre de plata las llevaré yo mismo a nuestro soberano, que vivirá días de luz y de gloria conociéndolas. Pedía a Amanai una señal de su amor antes de morir, y he aquí que vosotros se la habéis dado!
— ¿Es muy anciano vuestro rey? —preguntó enternecido Jhasua.
—Es anciano y ha padecido mucho. Es nieto del único hijo del gran Aníbal que sobrevivió de la catástrofe de Cartago, y está casado con la princesa Selene hija de Cleopatra, la reina egipcia, último vástago de los gloriosos Ptolomeos que engrandecieron esta ciudad dedicada a Alejan­dro, con todas las ciencias y todas las artes. Ya veis, pues, que nuestros soberanos están unidos como la serpiente y el león de nuestro escudo. Tres razas están refundidas en los Tuareghs de África del Norte: los últimos atlantes, los descendientes de Aníbal y los de Cleopatra, por su hija Selene que muy niña a la muerte trágica de su madre no llegó a sentarse en su trono, pero salvada milagrosamente de la loba romana ham­brienta de oro y de vidas, fue amparada por nuestro Amenokal antecesor de éste, que la casó con su hijo, uniendo así la serpiente faraónica con el león de Cartago.
— ¿Vive aún la princesa Selene? —preguntó de nuevo Jhasua.
—Vive, y aunque no es octogenaria como nuestro Amenokal, tiene ya una edad avanzada. Quedó niña de pocos años a la muerte de su madre y le fue salvada la vida por las damas de la extinta reina, algunas de las cuales eran de' Cirene.
"Mi padre era entonces corresponsal de Athakor como lo soy yo ahora, y por intermedio suyo entró la niña en nuestra ciudad de peñas­cosas cumbres, de dónde no ha salido jamás.
— ¿Es ritual vuestro ese retiro absoluto? —preguntó Nicolás de Da­masco.
—De ninguna manera pero ella guarda eterno luto por la felonía con que Octavio César llevó a su madre a la muerte. Viste siempre de blanco en señal de duelo y canta las canciones de la Hija del Sol acom­pañada de su arpa. Tiene una hija y dos hijos, los tres casados con los primeros nobles de nuestra raza.
"El Amenokal le ha dado el poder supremo de la vida, en forma que aunque el alto Tribunal condene, a la última pena a un reo, ella sola tiene el poder de indultarlo.
"Obro conforme a la ley de la ''Hija del Sol" —dice ella cuando se le observa que indulta a todos los reos condenados a muerte.
— ¡Sublime mujer, digna de la Matriarca Solania! —exclamó entu­siasmado el joven Maestro. Si no os oponéis, le enviaré una copia de los relatos referentes a Solania, lo cual acabará de confirmarla en su forma noble y justa de obrar.
— ¡Hermosa idea! —dijeron todos a la vez.
—Yo indicaría —dijo el joven Faqui que le pongáis de puño y letra una dedicatoria en que diga, que eres mensajero de la "Hija del Sol' que le hace por tu intermedio el obsequio de su vida grabada en un rollo de papiro.
—Ella quiere saber cuánto pasa en el mundo exterior —añadió Buyaben—; hace grandes fiestas cuando le mando noticias buenas; reparte donativos entre los enfermos y los ancianos. Y cuando las noticias son malas, ordena oraciones públicas a Amanai para que tenga piedad de los pueblos oprimidos y maltratados.
—Es casi una esenia —dijo Gamaliel. ¿Quién puede adivinar le que saldrá en el futuro de esos excelentes principios?
—Y el mundo en general, tiene la idea de que fuera de la costa me­diterránea, toda el África es salvaje —observó Nicodemus.
—El mundo no sabe más que lo que las legiones romanas han querido decir, —añadió Melchor, cuyas investigaciones le habían llevado a la amistad con las razas más adelantadas del África occidental, y del norte del Mar Rojo.
—Han quedado por lo que se ve muchos rastros de la antigua civili­zación Kobda del Nilo —observó Jhasua. Y debemos reavivar esos rastros, príncipe Melchor, para bien de la humanidad.
"¿No podríamos unirnos con la reina Selene tan piadosa y noble, para establecer una Escuela de Conocimientos Superiores?
—El príncipe Melchor y yo nos encargaríamos de esto, Jhasua —dijo Filón.
—Y yo, si no lo lleváis a mal —dijo Buyaben.
—Contadme a mí también como auxiliar —añadió el jovencito Faqui.
''Yo seré el corresponsal del hijo de David en las montañas y las arenas de Athakor.
— ¡Gracias Faqui, amigo mío, gracias! Sólo sabía de los africanos que eran morenos, y creía que sólo Melchor era un justo. Ahora sé que hay almas nobles y blancas bajo una piel tostada por el sol del Sahara.
"¡Oh qué conquista, Dios bueno! .. j qué conquista!
—Pero la reina Selene no es morena —dijo Buyaben. Es un loto flo­recido en el oasis del desierto, y su corazón es un vaso de miel.
Una intensa dicha me embarga Faqui —elijo Jhasua a su nuevo amigo.
"En las correspondencias contigo, te llamaré Simón que quiere decir Cimiento, porque nuestra amistad lo es de algo grande que surgirá en el futuro.
—Bien, bien Jhasua. Mi nombre se alarga pues. Seré el Hach-ben Faqui Simón, para servir al mensajero de la Hija del Sol.
El inmenso edificio de la Biblioteca y Museo, como casi todos los grandes edificios de Alejandría, tenía espaciosas terrazas en distintas di­recciones.
Desde ellas se dominaba el amarillento desierto que llegaba hasta la ciudad misma por el oeste y el sur, mientras que por el norte, el Mediterrá­neo de verdosas aguas, acariciaba con sus olas mansas o bravías la inquieta ciudad de los Ptolomeos.
A lo lejos, como un recorte oscuro sobre el límpido azul, se veían las grandes Pirámides, monumentos funerarios de los primeros Faraones de Egipto. La idea de la inmensa sucesión de sitios que aquellos monumentos despiertan, embargaban el alma de Jhasua llevándola hacia un mundo de recuerdos, de hechos, que otros seres o acaso los mismos, habían vivido en épocas ya perdidas en las movedizas arenas del tiempo.
— ¡Tú piensas mucho, príncipe de David! —le decía Faqui, en la se­rena tarde del segundo día de haberse conocido, mientras tomaban un breve descanso todos juntos, después de una intensa labor sobre papiros y cartapacios.
Grandes palmeras sombreaban aquellas terrazas, desde las cuales veían el verde valle sobre el que dormita el Nilo su sueño de siglos. De­trás de él, una obscura cadena de montañas cortan el horizonte por el oriente.
—Es que reviven en mí los siglos que pasaron —le contestó Jhasua, haciendo un esfuerzo para hablar.
—Me parece que tu cabeza de oro antiguo, es un cofre de historias pasadas —decíale el joven africano, mirando con insistencia aquellos dulces ojos llenos de ensueño, que miraban con una doble vista todo cuanto le rodeaba.
—Quisiera franquearme contigo Faqui, porque una intensa voz pa­rece decirme que me comprenderás —dijo por fin Jhasua, acariciando una lacia rama de palmera que caía en la balaustrada de la terraza.
—Y ¿qué te impide hacerlo? ¿Desconfías de mí? —interrogó el joven africano acercándose a él como para hacer más íntima la confidencia.
"¿Tienes acaso un amor oculto que atormenta tu corazón?
—El amor para mí, no es tortura, sino dicha suprema —contestó el Maestro— pero no es mi confidencia, una confidencia de amor, Faqui. Es una confidencia de sabiduría y de verdad.
"Tú dices haber observado que pienso mucho, y en efecto es así. Mi mente es algo así como una gran madeja de hilos que jamás termina. Habitualmente vivo sumergido en un mundo en que tú y yo vivimos. ¿Qué idea tienes tú de las inteligencias que han vivido, en esta tierra muchos siglos antes de ahora? La Hija del Sol, por ejemplo.
—La Matriarca Solania de tu historia —dijo Faqui, y su semblante adquiría un suave aspecto de interna devoción—. ¿Ves este dorado res­plandor del sol agonizante?... pues créeme que me parece que es ella que me besa en el sol de la tarde. La creo viva, eternamente viva, aun cuando mis ojos de carne no pueden verla.
—Tu amor por ella, te hará verla un día, pero antes quiero fran­quearme contigo para que comprendas bien, por qué es mi cabeza un cofre de viejos recuerdos.
Y el joven Nazareno fue haciéndolos vivir ante su asombrado oyente.
—Alejandría está edificada sobre las ruinas de la ciudad sagrada de los Kobdas prehistóricos. Aquí mismo estuvo el gran Santuario de Neghadá, que estaba unido por un puente de piedra sobre el primer canal del delta, con el santuario en que vivían las mujeres Kobdas Allí vivió la Matriarca Solania, y de allí salió un día para ir al peñón de Corta-Agua a civilizar esa región de África en que tú has nacido. ¿Has pensado alguna vez Faqui que todas las almas somos eternas, lo mismo las buenas que las malas?
"— ¡Sí...! ¡Claro que sí! nuestras escrituras lo dicen claramente. Tenemos las viejísimas crónicas de los hechos prehistóricos, salvadas de los cataclismos atlantes. Por ellas sabemos que nuestra raza viene de la Atlántida, que al partirse como una granada exprimida por la mano omnipotente de Amanai, algunas de sus grandes montañas se levantaron más altas arrastrando con ellas a flor de agua lo que aquí fuera lecho profundo de sus mares azules... Nuestro inmenso Sahara, por ejemplo, donde algunos lagos actuales, son de aguas salobres de mar, y sus enor­mes peces no tienen sabor de peces de agua dulce, sino de pescado de mar. En la región de Mauritania, se salvaron diez centenas de hombres, mujeres y niños de nuestro país, llamado país de "Dyaus" o Valle Hondo. En el correr de los tiempos, nuestra raza se hizo numerosa y nos sepa­ramos de las mauritanios, atlantes como nosotros, para venir a habitar esta parte de la costa mediterránea, desde la falda oriental de la gran cordillera Atlas, hasta el Golfo Grande que flanquea con sus olas bravías el peñón de Corta-Agua.
"Los fenicios aliados nuestros, nos trajeron en sus barcos su gran­deza marítima y sin refundirnos en ellos, pero sí uniendo esfuerzos y aspiraciones, formamos la gran capital del Mar Grande, Cartago, que los bárbaros romanos convirtieron en cenizas, después de matar más de cien mil de sus habitantes pacíficos que no pudieron escapar al desierto.
"Y ahora voy a decirte, ¡Oh hijo de David!, cómo nosotros creemos que las almas son eternas.
"Aparte de que en la gran biblioteca de Cartago, los estudiosos de nuestro pueblo bebieron a saciedad la doctrina de los grandes filósofos griegos y egipcios, en nuestras crónicas atlantes tenemos la sabiduría de los arcángeles de Amanai que iluminaron a Atlántica con ciencia tan elevada, como no se ha conocido aún en estos otros continentes.
"Nuestras escrituras dicen que por dos veces Amanai tomó carne de hombre y apareció en aquellas tierras para levantarles de todo mal; para separar las almas buenas de las malas, y entregar estas últimas a las torturas del Iblis, que es calabozo de reformación, mientras las bue­nas son llevadas a inmensos templos de luz y de paz, donde aprenden todas las ciencias y todas las artes para enseñarlas a los habitantes de la tierra eji nuevas vidas que tendrán en ella.
"Así enseñó Amanai en las dos veces que estuvo en Atlántida con carne de hombre.
Jhasua sumido en un mar de pensamientos iba recordando las viejas tradiciones orales y crónicas escritas en papiros que los Dacthylos habían entregado a los Kobdas del Nilo, ocho mil trescientos años atrás, y que el Patriarca Aldis había recopilado con minuciosa fidelidad en sus ochenta rollos encontrados últimamente en el archivo de Ribla.
De pronto salió de su abstracción para preguntar a su interlocutor:
— ¿Sabes Faqui si vuestras crónicas dicen algo referente a las des personalidades que tuvo Amanai en el continente Atlante?
_ Dicen poco, pero en ese poco se adivinan grandes cosas, y tú ten­drás que saberlas.
"En un hermoso país que se llamaba Otlama y cuya capital era Orozuma, formó persona para si mismo el supremo Amanai, y esa per­sona fue nuestro Dios-Sol, que rige los destinos "de la tierra. Como hom­bre, fue un rey que puso la paz y la justicia sobre los pueblos suyos y sus vecinos. Se llamaba Anpheon el Justo (En castellano se pronuncia Anfión).
"Su propio país no lo comprendió, y por no guerrear ni matar, pasó al país de Dyaus que era el de mi raza, y allí enseñó su sabiduría a ]os hombres, hasta que murió en su voluntario destierro.
"Muchos siglos después, Amanai, tomó carne de nuevo para otra vida en la tierra; y en esa nueva personalidad fue un Profeta, un filó­sofo que curaba las almas y los cuerpos, y conocía todos los pensamien­tos de los hombres. Fue en un país llamado Manantiales de Zeus, en cuya capital Manethel, hizo todas las maravillas que se puedan imagi­nar. Después de todo el bien realizado, los hombres le dieron de beber elixir de habas amargas y así le dieron muerte. Atlántida mató dos ve­ces la personificación humana de Amanai, y por eso fue tragada por las olas salobres del mar donde dormirá por siglos su sueño pesado y negro de asesina del Dios-Sol.
"Entonces se llamó Ante-Luz (En castellano, Antulio) que significa "Frente a la luz".
"¿Has comprendido hijo de David las tradiciones de mi raza?
—Las he comprendido muy bien Faqui, y veo en ellas un claro re­flejo de todo cuanto dicen las Escrituras que nosotros conocemos sobre el particular. Veo también cuánta sabiduría encierran las palabras del príncipe Melchor, al decir que vosotros dos, padre e hijo, habíais sido traídos providencialmente hacia nosotros. Encenderéis de nuevo alre­dedor del peñón de Corta-Agua, la lámpara de oro de la Matriarca Solania, vuestra Hija del Sol.
Aquí llegaba el interesante diálogo cuando se les acercó José de Arimathea, para avisarles que los camellos estaban preparados y que iban a salir en seguida en dirección del Valle de las Pirámides.
Se les habían adelantado los criados del príncipe Melchor acom­pañando a un arquitecto del Museo, que era quien había descubierto aspectos nuevos y entradas a los milenarios monumentos funerarios de los primeros Faraones de Menphis. Era un arquitecto funerario de los más conocidos de su tiempo y gran amigo de Filón.
Teniendo en cuenta el culto reverente de los egipcios por sus muer­tos, cuya vida se perpetuaba más allá de la muerte mediante la perfecta conservación de la materia, se comprende bien la afanosa tarea por las momificaciones de los cadáveres, y los alcances que tuvo la arqui­tectura funeraria, llegada a ser la profesión más codiciada y lucrativa de todas.
Para Jhasua y sus amigos de Jerusalén, esta excursión al valle de las Pirámides era una gran novedad. Pero para el joven Maestro, tenía aspectos mucho más profundos que el simple conocimiento de los más grandes monumentos fúnebres del mundo. .
Sus maestros Esenios del Tabor, le habían hablado mucho de que quizá era posible unir los vagos recuerdos de la prehistoria con los primeros esbozos de la historia, en cuanto a los orígenes de la Civiliza­ción Adámica.
Y él soñaba con ver levantarse las siluetas azules de los Kobdas del Nilo, a cada paso que daba bajo las palmeras centenarias, o entre las dunas amarillentas de movedizas arenas que los vientos ondulaban suavemente. ¿No encontraría acaso esta coordinación perdida entre los siglos, de aquel Pharahome Adamena, el Adamú de las Escrituras del Patriarca Aldis, y el Menea fundador, según la historia, del primer rei­no de Egipto?
Los Kobdas de Abel habían sido los fundamentos y coronación de la civilización de los tres continentes; y la humanidad, ingrata siempre con sus maestros y guiar, en lo espiritual, sólo conservaba el recuerdo vivo de sus grandes guerreros conquistadores que llenaron de sangre-y luto sus ciudades y sus campiñas, y que a costa del dolor de sus súbditos-esclavos, habían dejado a la posteridad, para eterna memoria su­ya, esos enormes monumentos funerarios que iban a visitar.
Para Jhasua se levantaba la grandeza espiritual de! pasado, como un dorado resplandor de sol que aún alumbraba los caminos sombríos de la humanidad. Era un crepúsculo de ocaso, que él gustaría transfor­mar en claridades de un nuevo amanecer, mediante la hilación perfecta entre el luminoso pasado que llamamos orígenes de la Civilización Adá­mica, y los grandes instructores que había tenido posteriormente la humanidad.
De la confrontación del pasado con el presente, podía surgir, con las firmes delineaciones de la convicción razonable y lógica, la imagen perfecta de la Verdad Divina, invariable, inmutable, eterna, no obs­tante los errores humanos y la natural desfiguración causada por los siglos.
Todo este cúmulo de pensamientos embargaban la mente de Jhasua, mientras montado en el camello color marfil, de Melchor, entre todos sus, compañeros de excursión, costeaban el lago Mariotis tendido como un espejo de plata al sur de Alejandría. Una hora más al galope de sus cabalgaduras, y estarían en el valle de las Pirámides.
—Ya me has cumplido tu promesa Jhasua —decíale Filón, cuando haciendo arrodillar el camello que montaba, le ayudaba a descender de él, al pie mismo de la gran Pirámide.
— ¿Qué promesa es la que dices? —le preguntó Jhasua. —Aquella del triste anochecer en Tiro, cuando corrí muchas mi­llas buscándote y no te encontraba.
— ¡Ah sí!... cuando me internaba sierra adentro en la cordillera del Líbano. Y bien, ¡todo llega maestro Filón para el que sabe esperar! — ¡Ya esperé veinte años! contestó el filósofo alejandrino— y estoy contento de ello.
Todos estaban ya desmontados y siguieron andando hacia los gran­des monumentos.
La púrpura del sol poniente parecía derramar sobre el paisaje, un sutil polvillo escarlata y oro. Comenzaba el cuarto mes del año según el calendario hebreo, pero el invierno allí es ordinariamente como el otoño de otras regiones. Era pues, una fresca y serena tarde a las ori­llas del Nilo que se veía surcado de pequeños barcos a vela, semejantes a gaviotas jugueteando sobre las ondas de! majestuoso río.
Los criados de Melchor encendieron una pequeña hoguera y con rapidez increíble armaron una tienda. El príncipe Melchor, viajero in­fatigable, viajaba siempre provisto de su gran tienda de lona rayada de blanco y rojo que se armaba mediante un mástil central de trozos de cañas fuertes embutidos unos dentro de otros, y una porción de estacas de encina con aros de hierro que colocadas en círculo alrededor del mástil, sujetaban los bordes del inmenso disco de lona, que era todo el sencillo mecanismo de la tienda. Los tapices y pieles de las monturas, cubrían las arenas del pavimento, y la casa ambulante del desierto quedaba firmemente instalada.
Nunca había hecho Jhasua un viaje semejante, y desde luego todo le resultaba novedad.
Sus nuevos amigos africanos Buyaben y Faqui, muy prácticos, en esta, clase de trabajos, desarrollaron también un fardo azul que era otra tienda igual que la de Melchor en la forma de construcción, pero más pequeña en tamaño. —Por lo visto —dijo Jhasua con mucha gracia— vamos a quedar­nos aquí a vivir. ¡Hacéis dos casas amplias! Al decirlo observaba como el criado más joven de Melchor, preparaba las sogas con que se suje­taba a las estacas la tienda, y quiso ayudarlo en su trabajo.
—Y quién sabe si serán tres, pues mis criados tienen también su tienda para cuatro —contestó Melchor complaciéndose en el asombro de Jhasua y sus amigos de Jerusalén no habituados a esta clase de fá­ciles construcciones.
En efecto, pocos momentos después, la tienda verde de los criados, se levantaba cerca de las otras, dando un alegre aspecto de campamento de vistosos colores que contrastaba con el descolorido gris amarillento de las dunas ondulantes en la inmensa planicie arenosa.
El arquitecto del Museo, acompañado por Melchor y Filón regis­traban el paraje inmediato a las grandes Pirámides y a la Esfinge, que tiene la figura de un enorme león echado y entre cuyas patas de­lanteras está la puerta de entrada.
Sólo se habla de la Esfinge y de las grandes Pirámides; pero todo aquel valle, es un pueblo de tumbas, pues era el cementerio del antiguo Egipto. Los conocedores del lugar, removían las arenas de sitios determinados y aparecía una enorme losa, que cerraba la entrada al hipogeo.
El trabajo del explorador estaba en encontrar la hábil combina­ción que facilitaba la entrada a las galerías subterráneas. Buyaben y Faqui, hijos del desierto, encontraron pronto el secreto, que era el mis­mo con que en su país natal se aseguraban los hipogeos entre la arena. Pronto fue pues levantaba una lápida perdida entre la arena.
—No entréis ninguno —dijo Melchor— hasta tanto que haya en­trado primero una buena porción de aire puro.
—Guiaré yo —dijo Buyaben— que estoy habituado a esto.
Y penetraron todos, armados de mechas enceradas que daban una amarillenta luz a los obscuros pasillos y corredores.
— ¿Y por qué tanto misterio para guardar los muertos? —pre­guntaba Jhasua.
—Los antiguos egipcios tenían la costumbre de enterrar sus muertos con las mejores joyas y alhajas que habían tenido en vida y de aquí el temor de que fueran robadas por los beduinos nómades del de­sierto —le contestó Filón.
Las paredes de piedra lisa, ostentaban de tanto en tanto inscrip­ciones jeroglíficas, de las cuales iban tomando notas los viajeros de Jerusalén.
A la vuelta de los recodos o en los comienzos de empinadas esca­lerillas, había un brazo de cobre empotrado en la muralla en el cual se hallaba un trozo de cirio de cera, que el que entraba iba encendiendo a los fines de iluminar aquellos antros.
Por fin la galería estaba interrumpida por un muro igual que los que habían ya recorrido.
—Es que ahora hemos llegado a la cámara sepulcral —dijo el ar­quitecto.
—Mientras sacáis copias de las; inscripciones, nosotros encontrare­mos el secreto —decía Faqui a Jhasua, que según costumbre iba su­miéndose en el mar profundo de su pensamiento.
Pensaba en Adamú el último Pharo-home Kobda o sea el último que gobernó a Neghadá con la ley de los Kobdas. Nada se había encon­trado de él, ni del patriarca Aldis, que también fue a morir a Neghadá al lado de su hijo. No le interesaba tanto encontrar sus momias, como los escritos con que los Kobdas acostumbraban a sepultar sus muertos queridos.
En el fondo de su propio Yo dialogaba consigo mismo, y los inte­rrogantes se sucedían unos a otros en su mundo interior.
Las "Escrituras del Patriarca Aldis" narraban los hechos acaeci­dos hasta la desaparición de Abel. Después un silencio de muerte.
¿Qué había sido de Adamú, Pharo-home de Neghadá?
¿Qué fue de los Kobdas que le acompañaron a continuar la obra de Abel y de Bohindra?
¿Qué fue del célebre santuario de Matriarcas Kobdas, de donde habían salido como palomas mensajeras de paz y de sabiduría mujeres heroicas, como Solania hacia el África occidental; Nubia y Malvina hacia el monte Sagrón, y el mar Kaspio: Walkiria de Kiffauser al pie de la cordillera del Káucaso?
¿Qué fue de la obra grandiosa de cultura y civilización que inicia­ron los Kobdas y Dacthylos unidos en Hélade del Ática prehistórica y los países del Danubio?
"¡Sabiduría infinita y eterna! —Clamaba Jhasua en la soledad de su propio pensamiento—. ¿Es posible que dejaras perderse en el abismo de la barbarie, ignorancia e inconciencia de los hombres, lo que costó más de quince siglos de esfuerzos continuados a tus mensajeros los hom­bres de vestido azul?".
En las profundidades de su Yo íntimo, creyó percibir una voz sin ruido que decía, haciendo casi paralizar los latidos de su corazón:
"Espera y confía. Nunca llamarás en vano a la Divinidad cuando la llamas con amor y con justicia. Espera y confía".
Jhasua fuertemente impresionado, se apoyó en el frío muro de la galería donde sus acompañantes copiaban jeroglíficos que por el mo­mento no sabían descifrar.
— ¡Jhasua!... ¡Jhasua!... —gritaba Faqui con voz de triunfo— Encontramos su secreto y la puerta del hipogeo la tenemos abierta.
En cuatro pasos el jovencito se había puesto junto a su amigo.
— ¿Qué tienes Jhasua que estás pálido como un muerto? —le pre­guntaba alarmado.
—Nada, Faqui, no estoy mal, no te alarmes. A veces soy débil ante la carga inmensa de mis pensamientos.
—Entonces será mejor que te saque al aire libre, que tiempo hay para registrar las viejas sepulturas del Nilo. ¡Vamos!
Jhasua se dejó llevar hacia el exterior, con la promesa de sus com­pañeros de Judea, que le seguirían en breve.
Casi anochecía. Una pálida luna nueva como un recorte de plata bruñida, aparecía en el oscuro fondo azul de una calma imperturbable.
Jhasua respiró hondamente y bajo aquel cielo de turquí, límpido y sereno, volvió a recordar las frases que una misteriosa voz íntima se dejó sentir en su mundo interior: "Espera y confía".
Tanto amor y ternura irradiaron aquellas palabras, que una ola de llanto suavísimo subía a su garganta y a sus ojos. Faqui le hacía beber licor de granadas, reconfortante del sistema nervioso y como si se tratara de un niño pequeño, le hizo recostar en la tienda mientras le decía:
—Eres un lirio de Jericó y te lastiman las brisas ásperas del desierto... ¡Jhasua!... ¿Por qué te he visto si he de separarme otra vez de ti?
Esta queja del alma apasionada de Faqui, hizo reaccionar al alma generosa de Jhasua.
—No digas eso, amigo mío, porque tú y yo podemos vernos con frecuencia. Cada año acudiré yo al puerto de Gaza, y tú que vives en Cirene en tres días podrás estar a mi lado. ¿No te complace esta idea?
— ¡Mucho... mucho Jhasua, si es que Aman al nos permite rea­lizarla!
Jhasua pensó en las frases íntimas que había escuchado y las re­pitió en contestación a su nuevo amigo:
— ¡Espera y confía! Nunca llamarás en vano a la Divinidad si con amor y justicia le llamas.
— ¡Dios habla por tu boca, hijo de David! Bendita es tu boca que trae luz de esperanza a las almas.
Los compañeros volvieron a la tienda y se tendieron sobre las pie­les que cubrían el piso.
— ¡Cuan mullidos resultan los lechos sobre la arena!.. —excla­maba Gamaliel arreglándose muy a gusto en una piel de león.
—También el desierto tiene sus blanduras para quienes le aman —contestó Buyaben.
Melchor junto a la hoguera hablaba con sus criados que ya tenían el vino caliente y los peces asados.
En unas cestillas de hojas de palmera, que más se asemejaban a fuentes o platos que a cestas, los criados llevaron a la tienda una do­cena de lindos peces dorados al fuego, el saquillo del pan, quesos de ca­bra y dátiles tan abundantes y especiales en el país.
Era Melchor el de mayor edad de todos los presentes, pues había cumplido los sesenta años; pero él cedió a Jhasua la honra de pronun­ciar la oración habitual y presidir la comida.
— ¿Por qué yo? —preguntaba él.
—Porque eres el más anciano como espíritu —le contestó Filón.
—Y porque es mensajero de la Hija del Sol —añadió Faqui, ocu­pando un sitio al lado de su amigo.
La conversación muy animada, hizo tan amena aquella sencilla y rústica mesa, que Jhasua estaba encantado.
—Bajo una tienda y sentados en la arena coméis los del desierto tranquilamente, como nosotros sobre el césped y a la sombra de las en­cinas. En cada región encontramos las manifestaciones del amor del Padre —decía Jhasua agradablemente impresionado de las costumbres usadas en el desierto.
—Terminada la refección volveremos a nuestro trabajo. Es mejor hacerlo en la noche que no seremos molestados por los curiosos boteros del río —dijo Filón.
—Como ellos no saben valorar el precio de lo que buscamos, en seguida tejerán relatos en que nos harán aparecer como buscadores de tesoros escondidos —añadió Melchor.
—A Jhasua le hace daño el aire pesado de las tumbas —dijo Faqui—. Si queréis me quedo aquí con él
—No, no —dijo rápidamente el aludido—. Es preciso que yo vaya. Quiero verlo y saberlo todo, amigo mío.
—Bien, bien, voy contigo, pero me lleve la redoma de elixir de granadas por si te es necesario.
La noción de sus responsabilidades sobre Jhasua, se despertó viva en José de Arimathea, que se acercó al punto para inquirir el motivo de sus preocupaciones de Faqui.
Jhasua explicó lo que había pasado y ya todos tranquilos volvieron al hipogeo que con el aire renovado ofrecía menos fatiga a los ex­ploradores.
Buyaben encendió las cerilla? de todos y guiando como la vez anterior, entraron con la facilidad de marchar por sendero conocido.
Al terminar pasillos y corredores, se hallaron ante el muro aquel que les cortó el paso, pero que ya presentaba una negra boca que tenía forma de triángulo agudo. El bloque de piedra apartado de allí se había partido en dos.
Entraron a la gran cámara sepulcral, que estaba construida con columnas de piedra que formaban como una gran estrella de cinco pun­tas, si se trazaran líneas de una a otra columna.
La columna que formaba el centro, era diez veces más gruesa que las otras y tenía hornacinas con pebeteros para quemar perfumes y ánforas para colocar flores.
Era como el altar de las ofrendas a los muertos queridos.
Todas las columnas aparecían como bordadas de jeroglíficos.
En los muros laterales se observaban algunos huecos vacíos y otros cerrados con lápidas de basalto, cuyas inscripciones de cobre indicaban el nombre del muerto y la fecha de tal suceso.
Melchor, Filón y Buyaben leían con alguna facilidad las escrituras jeroglíficas del antiguo Egipto, y fueron traduciendo las inscripciones de las lozas que cerraban las tumbas.
A primera vista se comprendía que el hipogeo no había pertenecido a personajes de alta jerarquía, pues todo era en él modesto y sencillo.
Buyaben que sentado en el basamento de la gran columna central, traducía los grabados de los pasillos y corredores, llamó la atención de sus compañeros para participarles sus descubrimientos. Todos se vol­vieron hacia él.
—Según nuestra manera de contar, los siglos que pasaron, estamos a ochenta y tres centurias desde los orígenes de la Civilización Adámica, ¿no es así?
—Justamente, lo creemos así —contestaron varias voces.
—Pues bien, asombraos de esta inscripción que acabo de traducir:
"Este hipogeo fue mandado construir por Mizraim de Tanis en el año 89 de la primera centuria después de la destrucción de Neghadá".
— ¿Sabéis quién es Mizraim de Tanis? —preguntó Buyaben.
—Nuestras escrituras nada mencionan de él —contestó Jhasua.
—Mizraim de Tanis —dijo Melchor— aparece en las más antiguas tradiciones egipcias, como si hubiera sido un genio tutelar de los valles del Nilo y creador de la raza egipcia.
—Algo así como la Matriarca Solania en Corta-Agua —observó Jha­sua.
Ya sabemos —continuó Melchor— que esos seres superiores, son transformados en el correr de los tiempos, en divinidades benéficas a causa sin duda de sus extraordinarias obras que sobrepasan el nivel común a que llega la mayoría de la humanidad.
_ A eso viene la investigación de la verdad, a descubrir que esos llamados, genios tutelares, o semidioses, han sido en verdad hombres o mujeres geniales, instructores y guías de determinadas porciones de humanidad— dijo Filón dando mayor claridad al asunto.
—La Verdad Eterna se cierne como una aurora sobre nosotros —dijo Nicodemus—. ¿Por qué hemos venido a abrir este hipogeo y no otro? Se di­ría que algo nos trajo en esta dirección, si como decís, este valle es un pueblo de tumbas.
_ Os explicaré lo que ha ocurrido —manifestó el arquitecto del Museo.
"Cuando el maestro Filón me llamó a colaborar con él en el engrande­cimiento de la Biblioteca y Museo de Alejandría, yo tomé con gran amor el trabajo encomendado a mis esfuerzos.
"El príncipe Melchor me prestó su apoyo material y personal. Su ele­vada alcurnia como hijo de uno de los más respetados sacerdotes de Menphis, y su madre, princesa heredera de un reino en la Arabia Pétrea, fue el más valioso elemento para realizar mi trabajo. He observado este valle durante cinco años, y las arenas del desierto, adustas y mudas, han sido confidentes conmigo.
"No bien bajaba una inundación del Nilo, montaba en mi camello, traía mi tienda y pasaba aquí unos cuantos días, sólo acompañado de mi criado. Observé que en determinados sitios se formaban pozos en la arena y en ellos no se resumía el agua estancada. A veces quedaban algunos pececillos en esos minúsculos laguitos, hasta que el ardor del sol evaporaba el agua.
"Escarpe con mi azadón, y a poco sentí el choque con una piedra: era la losa que cubría la entrada a una tumba.
"Como ésta, tengo algunas otras ya señaladas con una caña enterrada tres metros al borde mismo de las lozas que la sostienen sin moverse. Ya veis pues, el desierto no es tan hosco como parece, y entrega sus secretos a los que lo amamos.
"Cuando regresamos a la ciudad, os llevaré a la sala de las momias y os enseñaré todo cuanto me ha dado el desierto para el Museo, mediante el procedimiento que os acabo de explicar.
"Hoy le ha tocado el turno al hipogeo de Mizraim, patriarca de la raza egipcia según acaba de manifestar el príncipe Melchor.
— ¿Has traducido otras escrituras? —preguntó Jhasua a Buyaben.
—Sí, son como sentencias de sabiduría. Escuchad:
"La muerte no es aniquilamiento, sino libertad".
"Sólo muere de verdad, el que nada pensó ni hizo por sus semejantes, pues que lo cubre de sombras el olvido".
"La materia que nos ayudó a realizar nobles ideas, es digna de respeto y de tierna memoria".
"Las tumbas son guardianes fieles de la historia vivida por los hom­bres".
"La cripta del Gran Santuario quedó bajo las ruinas. Que Dios Om­nipotente bendiga este templo debajo de las arenas, donde no sea descu­bierto por la codicia de los hombres".Mizraim.
—Esto es la traducción de los grabados de la galería de entrada —dijo Buyaben. Luego traduciré las restantes inscripciones.
—Hemos encontrado, a lo que parece un hilo de oro de la verdad que andamos buscando —observó Nicolás de Damasco. ¡Qué sentencias más parecidas a las de nuestros Esenios!
—Los Esenios de hoy son los Kobdas de ayer —dijo Jhasua,
—Así es en verdad —dijo Filón—. La verdad Eterna tiene siempre en pie sus legiones de justicia, de sabiduría y de amor. Los de hoy encon­tramos las huellas de los que vivieron ayer.
—Veamos qué nos dice la sepultura de este genio tutelar del Nilo.
—Nos dirá como la Hija del Sol —dijo Faqui—: "Que el amor salva todos los abismos! Que aprendamos a amar y seremos salvos".
¡Muy bien Faqui! —Exclamó Jhasua—. Eres en verdad mi hermano.
Mientras este breve diálogo, el arquitecto armado de su antorcha y de una lente poderosa examinaba las cerraduras de las hornacinas abiertas horizontalmente en los muros de la enorme sala mortuoria.
—No puedo comprender estas fechas que aparecen aquí —decía a su vez Buyaben—. Venid y veremos si mediante vuestros conocimientos pre­históricos podemos obtener la solución. ¿No es verdad príncipe Melchor, que los egipcios cuentan los siglos desde Menes, el primer rey que recuerda la historia?
—Justamente. Estamos en la centuria 52 desde Menes, o sea 5.200 años contestó el príncipe.
—Así lo he creído siempre. Mas estas fechas demuestran que no hacen la cuenta de igual manera.
"Como ejemplo, mirad esta lápida de basalto con letras de cobre: Ptames de Zoan, bajó al templo del silencio en el año décimo de la tercera centuria del Hombre-Luz, treinta y siete años de la destrucción del gran Templo de Sabiduría.
"¿Qué Hombre-Luz era ese que marcó nuevo camino a los siglos?
—Yo os lo diré —dijo Jhasua.
"Según las Escrituras del Patriarca Aldis, entre los Kobdas pie-históricos llamaron Hombre-Luz al hijo de Adamú y Evana, que fue, según ellos, una personificación humana del Avatar Divino o Verbo de Dios. El Templo de Sabiduría seguramente será el de Neghadá la ciudad sagrada de los Kobdas del Nilo.
—De eso se desprende —observó Nicodemus— que el Mizraim cons­tructor de este hipogeo, fue un Kobda prehistórico. Esto se va poniendo interesante.
—En verdad —contestaron varios.
—Estamos asombrándonos de los muchos ¡agios de edad que tienen las pirámides y este sepulcro bajo las arenas del desierto tiene más edad que ellas —dijo Gamaliel.
— ¿Se sabe a punto fijo cuando ocurrió la primera invasión de los bárbaros al valle de Nilo? —preguntó Nicodemus.
—No tenemos un dato exacto, pero esta inscripción nos lo da, con­tando 337 años después de la destrucción de Neghadá. Y esto ocurrió antes de Menes, primer rey del Egipto reconquistado.
—Este sarcófago está listo para abrirse —se oyó decir al arquitecto en un ángulo de la sala.
Todos acudieron allá. Quitaron la lápida de basalto que cerraba la hornacina o nicho, y el sarcófago enteramente cubierto de polvo, quedó a la vista.
Era una sencilla caja de madera de olivo, encima de cuya tapa, estaba grabada una lira y debajo de ella un punzón.
— ¡Era un Kobda prehistórico! —dijo Jhasua—. ¡Era un músico poeta! —añadió. La lira y el punzón lo dicen. El patriarca Aldis trae en sus escrituras los signos usados por los antiguos Kobdas para expresar los conceptos con la mayor brevedad posible. La lira significaba melodía, canto; y el punzón, escritura, grabado. Abramos.
Apareció la momia envuelta en delgadas cintas engomadas. Sobre el pecho tenía una lira y a los pies un tubo de plata. La momia había sido cubierta con una manta azulada, pero que al penetrar el aire, se desmoronó en menudos pedazos que fueron disgregándose en polvo.
En el tubo de plata encontraron treinta papiros arrollados unos dentro de otros.
Aquí hay trabajo para todos nosotros, pero sobre todo para Buyaben y Melchor —dijo Filón.
Esto lo haremos tranquilamente a nuestro regreso a la ciudad —con­testó Melchor, tomando el tubo.
El arquitecto ya estaba abriendo otra hornacina, en cuya lápida exte­rior no aparecía nombre ni fecha sino sólo una gruesa corona de cobre de estilo sencillo, y de la medida de una cabeza humana. Estaba embutida entre el basalto.
—Aquí debe reposar uno que fue poderoso en su vida, pues la corona eso demuestra, según la antigua escritura de signos —dijo Jhasua.
Retirada la lápida, apareció un sarcófago pequeño de mármol blanco con tapa de cuarzo. Se leía en el lado que daba al frente: Merik de Urcaldia. Cuarenta y dos lunas después del Hombre-Luz.
— ¡Esto sí que será una luz en estas tinieblas! —Observó Jhasua—. Algo así como la momia de vuestra Hija del Sol.
—Si encontramos algo escrito —dijo Filón.
Sacudida la capa de polvo que formaba como una envoltura exterior apareció una preciosa estatua de cerámica coloreada al natural, que repre­sentaba una mujer dormida.
Todos comprendieron que aquello era sólo una caja que encerraba los restos humanos. Muchos cuidados debieron tener para abrirla sin romperla, y cuando lo consiguieron, encontraron dentro la momia de una niña a quien la muerte había sorprendido llegada apenas a la adolescencia.
En un pequeño cofrecito de plata bruñida encontraron un minúsculo librito de oro que como una mascota pendía de una cadenilla. En la tapa se veía una estrellita diminuta formada por un zafiro cuya azulada clari­dad, se tornaba más viva al resplandor de las antorchas.
La estrella de cinco puntas, símbolo Kobda de la Luz Divina, ostentaba este grabado en jeroglífico: "Que ella me guíe". Había un tubo de plata con un papiro pequeño, que descifrarían cuando terminada la tarea, regre­saran a la ciudad.
Recogieron todos estos objetos y cerraron nuevamente el sarcófago.
En esta forma fueron abriendo todas las hornacinas que estaban ce­rradas.
Por fin encontraron lo que más deseaban, la del que hizo construir el hipogeo: Mizraim de Tanis cuya momia encerrada en una caja de cobre forrada de madera de encina, aparecía en perfecta condición.
Sobre el pecho estaba una cajita de cobre y algunos tubos del mismo metal, hacia la cabeza y los pies.
El arquitecto y su 'ente seguían registrando hasta la más impercepti­ble grieta de aquellos muros de piedra gris. Por fin se dio cuenta de que el gran pilar central cuya dimensión podía medirse con los brazos abiertos de diez hombres tomados por las manos, tenía una cavidad por dentro, pues a los suaves golpecitos de martillo, sonaba a hueco.
Todos acudieron a la novedad, suponiendo que mucho debía valer lo que tan bien guardado estaba. Una fuerte anilla de cobre aparecía en un pequeño hueco de la piedra, y trabajando con ella se abrió una puertecita ovalada que permitía la entrada a una persona. El arquitecto entró de in­mediato con su lente y su cerilla; los demás alumbraban desde fuera.
—Es un verdadero altar —decía el observador y su voz resonaba de un modo extraño. Hay aquí toda una familia de momias sujetas al muro por fuertes aros de cobre.
—Están en posición vertical, erguidos, desafiando los siglos. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.
¡Esto es colosal! Asomaos de uno en uno y mirad.
Así lo hicieron y cada cual observó algún detalle.
Cuando todos hubieron mirado desde fuera. Jhasua dijo al arquitecto:
—Creo que tú, maestro y yo podemos estar juntos allí dentro.
—Entrad, entrad —dijeron todos—. Melchor le dio su lente y Jhasua penetró al pequeño santuario que era como una rotonda con hornacinas verticales en cada una de las cuales estaba una momia.
—Este pequeño templo -^-decía Jhasua en alta voz— ha sido hecho ya con la idea de colocar estas momias, pues son siete nichos solamente y los siete nichos están llenos. ¡Son piedra estas momias, son piedra! decía tocándolas suavemente.
Observó que por delante de ellas estaba una repisa circular de fino mármol blanco sostenido por soportes de cobre. Delante de cada momia aparecía un grabado jeroglífico.
—Aquí hay trabajo para Buyaben o para el príncipe Melchor —dijo Jhasua.
El arquitecto salió y entró el príncipe Melchor y tras él Buyaben. Jhasua sentado en el umbral de la puertecita tenía preparado el punzón de carbón y el libreto de tela engomada para copiar la traducción.
La primera inscripción traducida decía: Matriarca Elhisa 26 años del Hombre-Luz. La momia que estaba a su lado decía: Pharo home Adonaei, 26 años del Hombre-Luz. Tres centurias antes de la destrucción de la Ciudad Santa.
Y en esta forma fueron traduciendo las inscripciones de las siete mo­mias encerradas en la gran columna central.
Cuando Buyaben leyó en alta voz la inscripción de la tercera momia, "Bohindra de Otlana, dos años de nacido el Hombre-Luz, Jhasua se quedó en suspenso como si viera levantarse ante él un mundo nuevo, o caer del espacio una estrella. ¡Bohindra de Otlana! repitió como un eco de la voz del africano. Pero ¿es posible?
— ¿Tan grande fue este personaje que así os llena de emoción?
—Fue como vuestra Hija del Sol, para tres continentes —contestó Jha­sua— y era atlante como vuestra raza Tuareghs. Mis amigos de Jerusalén, lo saben como yo.
—En verdad —afirmó José de Arimathea—. Es el personaje central en la historia de la Civilización Adámica que nos ha dejado el Patriarca Aldis.
—Muy bien —añadió Buyaben— asombraos más todavía con lo que viene aquí. "Patriarca Aldis de Avedana" —treinta y ocho años después del Hombre-Luz. Tres centurias antes de la destrucción de la Ciudad Santa".
Jhasua se apretó las sienes que parecían fueran a estallarle.
— ¡Jhasua, hijo de David! —dijo Faqui que se hallaba detrás de él— ¡parece que vas a morirte! La cabeza del joven Maestro, sentado en el umbral de la puertecita de entrada, se apoyó en las rodillas del joven africano porque en verdad se sentía desfallecer.
Es indescriptible la emoción que le produjo el tener a su vista, al alcance de sus manos, la materia momificada de aquel hombre que había escrito 80 rollos de papiro narrando a la humanidad los comienzos de esta Civilización. No era pues, una ficción ni una paradoja, ni un simulacro. No era un personaje supuesto, un pseudónimo como algunos creían. No podía apartar sus ojos de la momia cubierta como todas hasta el cuello por un molde de yeso que sólo les dejaba al descubierto la cabeza. Bohindra y Aldis, ambos de origen atlante presentaban el mismo tipo. Soberbias cabezas redondas de frente alta y abovedada, con la nariz un tanto agui­leña, y el mentón ancho y firme de los grandes caracteres.
Continuemos —dijo Filón— o si Jhasua no se siente bien —dejémoslo para mañana.
—Estoy bien —dijo él— sigamos que ya sólo faltan tres.
—"Pharo home Adamena de Etkea" —siguió leyendo Buyaben en la inscripción de la quinta momia.
—Jhasua volvió la cabeza buscando los ojos de los amigos de Jerusalén con los que había leído las viejas Escrituras del Patriarca Aldis.
— ¿Será aquél? —preguntó.
—Probablemente —oigamos lo que sigue.
—Buyaben siguió leyendo: "Cuarenta y nueve años después del Hom­bre-Luz. Tres centurias antes de la destrucción de la ciudad Santa (La Asociación Internacional de Estudiantes de la Biblia establecida en Londres hace referencia a una tabla de piedra llamada Tabla Abidos, que encontró el Faraón Setil en una excavación que mandó hacer en el valle del Nilo. En dicha Tabla —dice la mencionada Aso­ciación— aparece "Adam-Mena" como un faraón mucho anterior y hace referencia a Abel, a quien llamaban el sumiso, y a Kanighi, en hebreo y en español Caín. De esta tabla hay una copia en el Museo Inglés de Londres).
—No hay duda. Es él.
— ¡El Adamú del Patriarca Aldis! —exclamó Jhasua mirando la es­tatua de carne hecha piedra que parecía de arcilla amarillenta. Era más baja que las otras dos y menos fuerte en su conformación, la nariz recta y la frente, la boca y el mentón muy semejantes a las del Patriarca Aldis.
— ¡Adamú!.. . ¡Adamú! —decía Jhasua conmovido. Estamos contem­plando tu materia muerta, reducida a un trozo de piedra. ¿Dónde estará tu espíritu vivo, resplandeciente de genio y de amor con 83 siglos más de evolución? ¡Que no daría yo por encontrarte para realizar alianza contigo!
José de Arimathea escribía silencioso en su libreta de telas engomadas.
—Aquí tienes Jhasua la respuesta —dijo entregando al joven Maestro el libreto abierto en la página acabada de escribir:
"¡Arcángel Jehová; ungido del Amor!... no estoy lejos de ti.
"Lo que el Eterno ha unido, nadie lo puede separar. A una hora del bosque de Dafne, sobre el río Orontes, al sur de Antioquía, está mi oasis que llaman Huerto de las Palmas. Allí vive sus agitados años, el Scheiff Ilderin a quien ha respetado el invasor romano. Nací en el país de Amón en Arabia ^central. Es el Adamú que deseas encontrar y que te espera". "Scheiff Ilderin".
— ¡Magnífico! —exclamó Nicolás de Damasco. Yo conozco todos esos parajes que he visitado más de una vez.
"Estuve una vez en el Huerto de las Palmas, donde llegué con mi criado a pedir socorro porque murió de repente mi camello. No estaba el Scheiff que tiene fama de generoso y hospitalario, porque pasaba tempo­radas en sus dominios de Bene Kaden.
"Es un gran hombre y tan amado de todos los pueblos de su raza, que debido a eso ha sido hasta hoy respetado por los romanos. Os invito a que vayamos a visitarle.
—Convenido y comprometidos —contestaron todos a coro.
Pasaron a descifrar, el nombre y fecha de las dos últimas momias y Buyaben leyó:
"Senio de Maracanda". Doce años de nacido el Hombre-Luz. Tres cen­turias antes de la destrucción de la Ciudad Santa".
Faltaba la momia séptima y última en la cual se leía:
"Beni-Abad el Justo —20 años de nacido el Hombre-Luz— Tres cen­turias antes de la destrucción de la Ciudad Santa".
—Como vemos, está aquí desmentido el viejo decir: muda como uno, momia —exclamó Nicodemus.
. —Esta es la superioridad que tienen los pueblos que creen en la su­pervivencia del alma humana —dijo Filón— y hacen de tai convicción un ideal, que les macea rumbos en la vida y mucho más allá de la vida.
—Es así —añadió Melchor. No sólo pensaban en el presente, sino en un futuro lejano. La materia muerta rodeada de inscripciones y grabados, tiene una elocuencia muda; es una historia vivida y sentido que cuenta a las generaciones de un lejano porvenir, lo que hizo por la gran familia humana, de la cual formó parte un día ya perdido entre montañas de siglos.
—Ahora razonemos —dijo José de Arimathea. Si éste hipogeo fue construido por Mizrain de Ttumis, es muy probable que en los rollos en­contrados en su sarcófago nos de la clave de porqué se encuentran aquí éstas siete momias, cuyas fechas indican que estas muertas ocurrieron tres siglos antes de la destrucción del Neghadá.
—Es verdad —afirmó Buyaben, pues todas las otras de la sala son de siglos posteriores.
—Aquí hay una —dijo desde un ángulo apartado, el arquitecto— que es la última que vino a este panteón funerario. El grabado marca 387 años después de la invasión que destruyó a Neghadá. Después no hay nada más: Un silencio absoluto.
—Eso quiere decir —observó Jhasua— que los que guardaron y cerraron ese sarcófago, fueron los últimos que penetraron aquí. Desde entonces quedó olvidado.
—"Timna de Eridú” —dijo Buyaben leyendo la inscripción.
—Eridú era una gran ciudad de los valles del Eufrates —dijo Gamaliel—. Mucho anterior a la fundación de la primera Babilonia. Era de la próspera edad de Gaanha y Tirbik las dos ciudades prehistóricas sobre cuyas ruinas se edificaron Nínive y Babilonia. Ya ves que es una respetable antigüedad.
Abierto esté último sarcófago se encontró sobre la momia una es­trella de cinco puntas y un libro de la Ley de los antiguos Kobdas.
—Era una Matriarca del santuario de mujeres Kobdas de- Neghadá —dijo Jhasua—. Esta estrella la usaban como símbolo de su autoridad las Matriarcas Kobdas. El libro de la Ley era hecho de pequeñas lámi­nas de marfil unidas todas por un anillo de oro. El grabado era a fuego y de un trabajo tan esmerado que hacía de él una verdadera joya para el Museo de Alejandría,
Volvieron a la tienda enriquecidos con todos los escritos y pequeños objetos encontrados en los sarcófagos, que serían conducidos al Museo así que dispusieran una sala para las momias del hipogeo del Patriarca Mizrain.
—Esto sí que es un acontecimiento para los pueblos del Nilo —dijo Melchor—. Hasta hoy no se había encontrado sino un rastro vago del fundador de la raza egipcia, y he aquí que nos estaba reservado a nos­otros el decirle: "No es un mito Mizrain de Tanis. Aquí está la prueba de que fue un ser humano que hizo la obra de un justo en medio de la humanidad".
Las emociones habían sido tan fuertes que Jhasua no pudo conse­guir el descanso del sueño, no obstante que Melchor y Faqui le instaron a beber de sus jarabes calmantes de las alteraciones nerviosas.
Un tropel de pensamientos se agitaba en su mundo interno, donde reconstruía el pasado que conocía por las Escrituras del Patriarca Aldis, y lo hilvanaba con el presente, formando así un admirable conjun­to enlazado y armónico, sobre el cual brillaba como un sol en el cenit el poder y la sabiduría de la Ley Eterna, que eleva como de la mano a las inteligencias encarnadas cuando éstas se encuadran en su verda­dero camino.
—i Qué grande y hermosa es la majestad de la Ley Divina! —ex­clamaba a media voz, bajo la tienda levantada en el desierto a un tiro de piedra de las orillas del Nilo.
Por fin, casi al amanecer sé durmió, y a la mañana siguiente decía a sus compañeros:
—He soñado con el Scheiff Ilderin que dormía bajo una tienda en el Jardín de las Palmas, a la vera de un lago azul alto junto al bosque de Daphne. ¡Adamú, Adamú!, ya iré a encontrarte, porque lo que Dios ha unido no puede separarse jamás!
— ¡Eres admirable príncipe de David! —le decía Faqui mirándole como se mira algo que está muy arriba de nosotros.
— ¡Eres admirable!... no vives en la tierra, ni en la vida presen­te. Todo tú, estás en la inmensidad de lo infinito, sumergido en el po­deroso Amanai.
"No es difícil comprender que eres un arcángel suyo, mensajero de nuestra Hija del Sol.

Fuentes:


FRATERNIDAD CRISTIANA UNIVERSAL

Darnaude Rojas, Ignacio Marcos
Los otros evangelios Heterodoxos
ignaciodarnaude.galeon.com/apariciones_marianas/Evangelios%20Revelados%20E.T.doc -




ARPAS ETERNAS (Ley Universal 1/6)

20 comentarios:

  1. Hola, los felicito que publiquen esta gran obra y a su autora, yo estos libros los he leído a lo largo de toda mi vida desde los 12 años y me fascinan, son fantásticos... los seguiré leyendo. gracias

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  2. Coincido, el legado de esta vidente argentina es extraordinario.

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  3. Una aclaración;Hilarión del Monte Nebo no era el seudónimo de Josefa Rosalia Luque.Hilarión es un maestro ascendido que mediante canalización le ezplicaba a Josefa la vida de Jashua y posteriores ya que él,tanto como Hilarión,como después como San Pablo,estuvo presente en todos los acontecimientos relatados en Arpas Eternas,Cumbres y Llanuras,etc....
    Atentamente
    Montse

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  4. Hola Montse:

    Hasta donde tengo entendido, Hilarión del Monte Nebo, es el seudónimo de Josefa. Sin embargo para sacarnos de duda, me puse en contacto con un sitio autorizado de esta autora, para tener la confirmación oficial.

    Saluda
    Débora

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  5. Felicitaciones por publicar la vida de este gran ser que tomo contacto directo de la Fuente de Sabiduria..Gracias....

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  6. Hola buenas tardes, estoy buscando el tomo 1 de "JHASUA EL HOMBRE LUZ " tengo los tomos 2 y 3, les agradecería muchísimo que pudieran orientarme al respecto ya que hasta el día de hoy no he podido encontrarlo. Mi nombre es Arturo López Arellano.
    Vivo en la Ciudad de México ( México ) y mi correo electrónico es el siguiente : mufazza1971@hotmail.com mil gracias por su atención y espero pueden ayudarme a conseguir el libro. saludos.

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  7. Stella Ramírez Vargas25 de noviembre de 2010, 15:38

    "Arpas eternas" es el libro más conmovedor que he leído, y condensa todos los temas que mi espíritu demanda como el sediento busca el agua.

    Llegué a esta página buscando información sobre Hilarión del Monte Nebo, que ya intuía, porque cada vez que abro el libro, siento que mi Maestro Jesús me habla.

    Recomiendo esta lectura a quien quiera saber la verdad acerca de la vida de Jesús.

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  8. Hola Stella:

    De verdad que la visión plasmada en Arpas Eternas sobre los años perdidos de Jesús, es una de las más interesantes que haya leído.

    Compatriota argentina sorprendente Hilarión del Monte Nebo, hay que leerla, sin dudas.

    Debbie

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  9. Estoy leyendo "Arpas Eternas" y también llegué a esta página buscando información sobre Hilarión de Monte Nebo. Estoy agradecida de que este libro haya llegado a mis manos, me encanta y me ayuda.

    Verónica (Chile)

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  10. Hola Verónica:

    Arpas eternas es una gran obra, y contiene grandes mensajes de esta gran vidente argentina. Se bienvenida a Crónica Subterránea.

    Saluda
    Débora

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  11. Hola.

    En mi humilde opinión, el fenómeno conocido como mediumnidad no es sino la manifestación de una capacidad aletargada de la Humanidad actual. Es una facultad embotada, algo así como los rescoldos que quedan al apagar una hoguera, cuyos resultados no son del todo fiables, por razones que más tarde apuntaré. Por este motivo -y con el máximo respeto hacia cualquier médium o canalizador, incluída Hilarión del Monte Nebo- las canalizaciones considero deben ser tenidas en cuenta pero con gran precaución, pues adolecen de seguridad. Éste es su punto débil, la falta de certeza en lo canalizado, apoyada en tres razones de mucho peso: la imposibilidad de saber si la información transmitida es cierta (no todos los espíritus son sabios), la posible alteración del material recibido por la mente del médium y la no descartable posibilidad de que todo sea una creación mental de quien canaliza. Dejo aparte los fraudes maliciosos.

    Insisto, no rechazo totalmente la mediumnidad (todos somos algo médiums), sólo afirmo que no es un asidero seguro. Deseo no haber herido ninguna sensibilidad con mis palabras, escritas desde el respeto hacia todas las opiniones.

    Saludos.

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  12. Hola Perseo:

    Adhiero a tu opinión, pero en el caso de esta vidente argentina, hay algo que trasciende en su obra, y que logra penetrar en muchas personas que en su lectura se sienten reflejadas.

    De echo como investigadora, encuentro algunos datos ofrecidos por por Hilarión sobre civilizaciones desaparecidas, que me parecen muy interesante, y vaya si conozco del tema.

    Creo que vale la pena seguir interiorizando en su trabajo, coincídase o no.

    Saluda
    Débora

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  13. En cordoba Argentina hay una comunidad que lee mucho estos textos MECO es canal y canaliza a Antulio ::: ellos viven cerca de capilla del monte sin luz y con mucha paz PAZ y AMOR

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  14. Es un libro muy esclarecedor.de la vida de Jeshuá.muy impactante,Es una luz en las tinieblas que nos rodean.vale la pena leerlo!

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  15. Maravillosos documenttos para esclarecer con verdades espirituales de tan notable escritora sobre la vida OCULTA de JESUS.Existio siempre y existira para los incrèdulos.Gracias por siempre.Debe de ser publicado y distribuido en todos los colegios del mundo.Gracisa de nuevo.

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  16. este señor que mencionan MECO, es un falso canalizador que vive cerca de capilla del Monte, argentina, y vive de la caridad ajena, entre sus "servicios" canaliza tu "NOMBRE COSMICO" y tu "SENTENCIA COSMICA". Vive en el Rio de Santa Isabel y recibe "ofrendas" si tenes plata o le servis para algo seguro que te dice que fuiste algo de jesus , OJO CON ESTE FALSO PROFETA !!! Ruben del Pino, MECO o el atlante como le decimos aqui, muy inteligente y malvado, actor y director de teatro frustrado CUIDADO

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  17. http://youtu.be/3RHrjfYIZMA

    ESTE ES MECO (RUBEN DEL PINO) en este video se muestra en una de sus clases

    esta lucrando con la obra de JOSEFA
    CUIDADO!!!

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  18. solo quiero vertir mi opinion, sin la menor intencion de contradecir a nanie y mucho menos de entrar en polemica, es un foro muy lindo y discutir un tema no es contradecir a nadie sino mas bien todos aprendemos de todos. Es bueno que separemos de una vez por todas lo que es espiritismo, que es lo que practican los medium y nada tiene que ver con el desarrollo de las virtudes del alma y que es lo que desarrollan los profetas, maestros y todos los grandes guias que han venido a ayudar a la humanidad. Los medium (por cierto son muy pocos, La mayoria son vividores) pero aun si lo fueran son personas subjetivas porque hacen mas daño que bien, tanto a los demas como a ellos mismos. Lastimosamente por una falta de cultura esoterica se suele hacer una mescolanza y se confunde mediunismo, clarividencia, telepatia, cartomancia etc, etc, como si todo fuera lo mismo y que cualquier charlatan puede desarrollar, nada mas falso y erroneo. Los seres que escriben esas grandes verdades no lo hacen atravez de investigaciones intelectuales, o traves espiritus chocarreros que invocan o se encuentran vagando por ahi. Estos grandes seres hacen contacto con su parte divina y es la que conoce todo, lo sabe todo, pasado, presente y futuro, porque es Dios mismo y muy pocos alcanzan esos niveles y a eso es lo que se le llama desarrollo espiritual o la tan codiciada salvacion. Bueno un saludo muy especial a todos y cada uno de este foro

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  19. Seguimos con los anónimos ...

    No soy una defensora del espiritismo, ni mucho menos, pero rescato la obra de Josefa porque entiendo se supo elevar sobre la media en este tema. Conzoco Arpas Eternas, desde pequeña, libro que me legó mi madre y a mi entender como investigadora y estudiosa de los misterios antiguos merece atención.

    Debbie

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