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1 de febrero de 2010

El reino subterráneo de los nagas - Débora Goldstern

El reino subterráneo de los nagas
Débora Goldstern


Cuando preparaba mi mochila para partir a los Andes, uno de los pocos libros, que me llevé para amenizar el viaje, fue En las orillas de los mundos infinitos, de Andrew Thomas, escritor más de una vez reseñado en Crónica Subterránea.

Recuerdo que el motivo de compra obedeció a no dejar escapar una obra, ya agotada, y no vuelta a reeditar, que adornaba la mesas de saldos. La idea es completar la bibliografía de uno de los autores favoritos en este género, y al cual profeso gran admiración.

Por eso la sorpresa fue mayúscula, al descubrir, que la segunda parte del libro estaba consagrado al mundo subterráneo, idea que Thomas desarrolla en casi todas sus obras, comenzando por el legendario, No somos los primeros.

La tesis de Thomas, es que el mundo subterráneo de despositario de los registros de aquellas civilizaciones perdidas, poseedoras de grandes conocimientos, y que decidieron esperar mejores tiempos para revelar el legado, por ahora negado al mundo. También da por sentado, que el gran Nicolás Roerich, tuvo acceso a estos retiros ocultos, y los visitó en persona, dejando plasmado su visión en sus inmortales lienzos.

Como nosotros Andrew Thomas fue un firme defensor de esta idea, compartida por el blog, lo cual reafirma nuestro camino alentándonos a seguir en la ruta trazada.




Capítulo 16: Laberintos y Serpientes


Blavatsky opinaba que muchos rollos de la biblioteca de Alejandría escaparon al fuego origina­rio por el ejército romano, gracias a que habían sido enviados a un museo secreto del Tíbet. Esta­ba completamente seguro de ello y sustentaba su creencia diciendo que los guardianes de estas bi­bliotecas secretas «podrían, si quisieran, aseverar su derecho a tan extraño linaje y exhibir verdaderos documentos dignos de fe, que explicarían más de una página misteriosa existente en la Historia sagrada y profana»[1]. También parece razonable que los esenios de la comunidad de Qumran pudieran haber sido un pequeño grupo de esta clase. Quién sabe si algún día nos veremos estudiando documentos mucho más significativos y excitantes aún que los manuscritos del mar Muerto.

Darjeeling, en el Himalaya, es un lugar no total­mente exento de la atmósfera que percibimos de la India de Kipling, Allá me encontré con un hombre culto, de Sikkin, quien habló de la erudición, que tienen los grandes lamas del monasterio Tashi­lurnpo, en Shigatse. En sus templos elevados, la enseñanza de la ciencia antigua ha quedado siempre reservada para un grupo de discípulos prometedores. Admitió que solo un numero limitado d lamas sabían algo acerca del misterio que encierra el nevado pico Kanchinjunga que, a aquella .hora, flotaba sobre nosotros como un espejismo.

Como este gran viajero había visitado muchos monasterios budistas, le pregunté si había conocido a alguien que hubiera visitado las criptas de la montaña, entablándose entre nosotros dos el siguiente diálogo:

Él. - A lo largo de los siglos, han estado dentro de ellas los lamas, gurus e incluso algunos europeos. Pero, aunque vieron muchas cosas, dijeron pocas palabras referentes a ellas.

Yo. - ¿Cómo entraron?

Él. - Nadie puede entrar si no va con un guía o un salvoconducto, es decir, un mapa cifrado. Pero el Om Maní Padme Hum, esculpido en la roca de una forma especial, constituye a veces un signo de que la puerta está cerca.

Yo. - Supongo que será muy difícil abrir una puerta de piedra que sólo se usa cada vein­te años o más.

Él. - Por raro que parezca, no es eso lo peor. Me contó un viejo lama que la puerta sé des­liza hacia adentro con tanta facilidad como si lo hiciera sobre rodillos engrasados. Sin embargo, el paso más allá de la entrada se halla generalmente cortado por una barrera de fuego azulado.

Yo. - Resulta interesante. ¿Es algo así como la luz artificial dé un millón de voltios pro­ducida en nuestros laboratorios?

Él. - Todo lo que dicen es que, al mirarla, es aterradora y, a su vez, fascinante. Los que quieren entrar deben pasar por encima de ella caminando. Si están debidamente entre­nados, lo conseguirán; en caso contrario, mueren. Yo no lo intentaría. Pero usted debe saber algo sobre el arte de andar por encima del fuego y cómo hay gente que no su­fre daño con un calor capaz de fundir el hierro.

Yo. - Sí, en efecto. Pero es aún más sorpren­dente oír esto, ya que un amigo mío, que visitó Giza hace muchos años, me habló acerca de una barrera de llamas similar en una galería subterránea situada debajo de la. esfinge donde fue llevado por un árabe, miembro de una hermandad secreta.

Él. - Hay muchas maravillas, pero son pocos los que pueden comprenderlas.

Unas semanas más tarde decidí ir al valle de Kulu, situado en la parte occidental del Himalaya, para visitar Naggar, lugar donde había vivido Ni­cholas Roerich. Puesto que yo lo había conocido personalmente, el viaje tenía para mí una implicación sentimental. Por la angosta carretera llena de curvas, con un precipicio a un lado rocoso y el peligro de aludes al otro, no resultaba deleitoso el camino hasta esta apartada región situada cerca de
Ladakh y el Tibet. El pueblo de Naggar deriva su nombre de Naga, la serpiente. En lo alto de las montañas se encuentra la heredad de Roerich Al tratarse de un famoso artista, su casa de dos plan­tas contiene un museo de sus pinturas.

Cuando comencé la ascensión por una senda de la montaña, ví a un alto sadhu (eremita) de cabello gris, sentado junto a un torrente de la misma. En la mano sostenía un báculo en forma de serpiente cobra, lo cual, junto a las marcas que había en su antebrazo, significaba que era un devoto de Siva. Durante épocas anteriores y más pacíficas, en los tiempos de la soberanía británica, estos pe­regrinos se dirigían al lago de los Grandes Nagas, el lago Manasorowar, o al monte Kailas, la mora­da de Síva, en territorio tibetano. Escalé la mon­taña y alcancé la plataforma donde se alza la casa de Roerich. Pasé allí más de una hora estudiando las pinturas del maestro. A mi regreso pude ad­mirar el angosto valle y los picos nevados de las cordilleras que corren a ambos lados.

El sadhu estaba todavía allí. Pensé que si en un lugar llamado Naggar un devoto de los nagas con un báculo de cobra, no sabía algo acerca de los nagas, ¿quién lo iba a saber? Conociendo como conocía yo las costumbres orientales, saludé a aquel santo varón cruzándome las manos según es costumbre en la India y aguardé que fuera el an­ciano quien tomara la palabra en primer lugar.

-¿Le gustan las pinturas de Roerich? -me preguntó en un fluido inglés.

-Mucho, se lo aseguro. Dígame, ¿conoció us­ted al maestro en vida? ,

-Sí, durante muchos años. Un gran Rishi
[2]; y un arrugo de Nehru,


-Venerable sadhu, yo creo en los nagas. ¿Los ha visto usted? -pregunté diplomáticamente.

-Yo soy un pobre sadhu; no sé nada, sahib. Pero, hace unos veinte años, mi maestro de yoga me introdujo en el reino montañoso de los nagas. Había abundante luz por todas partes, grandes salones como en Taj Mahal. Maravilloso. Los nagas tienen muchas, muchas cosas y máquinas. Son listos, igual o tal vez más que los hombres de Cambridge, sahib –dijo el sadhu con una sonrisa de disculpa.

No pude evitar reírme.

-Vuestro yogui debió de ser un Rishi, ¿No es cierto que los nagas destruyen al hombre? -pre­gunté.

-Sí, pero los nagas son dioses y, aunque sólo quieren el bien para el hombre, no les gusta que, éste ande cerca de sus palacios -replicó.

-Si alguna vez ve usted a los nagas, transrní­tales mis saludos -dije antes de partir.

El sadhu movió la cabeza hacia los lados por tres veces, que es .el equivalente hindú a nuestro asentimiento. Luego concluyó:

-China ya no permite la entrada de peregrinos.

El único medio que tengo de ir es a través de lar­gas cavidades, y soy demasiado viejo.

Conforme recorría mi camino hacia el pueblo, volví la cabeza para ver al viejo sadhu con el bácu­lo de cobra. Dos encuentros permanecen frescos en mi memoria: una, bajo los plateados glaciares del Kanchinjunga, y el otro, junto al torrente de Naggar, en el ribazo donde estaba sentado aquel asceta de Aryavarta, la tierra santa del Mahabha­rata.

En el libro de C. W. Leadbeater, The Masters and the Path, se ofrece una descripción de los con­tenidos de un museo subterráneo tibetano. Las du­das que surjan sobre su autenticidad pueden estar parcialmente justificadas, pero no es debido a que la evidencia en sí sea falsa, sino a su ingenua pre­sentación. Dice Leadbeater que el museo contiene estatuas de diferentes tipos raciales que datan des­de el comienzo de los tiempos, perfiles de conti­nentes y sus cambios, diagramas de fusiones étni­cas y religiosas, y muchas cosas más. Hay, según dice, «extraños manuscritos de otros mundos dis­tintos al nuestro». Es ésta una excitante declara­ción, pues implica que, en un pasado muy remoto, tuvo lugar la comunicación con otros planetas, casa Ignorada por nuestra ciencia occidental.

Evidentemente, resulta imposible verificar es­tas manifestaciones, toda vez que al público en ge­neral le está vedado el paso al museo prehistórico.

Sin embargo, en el curso de mis viajes me han, mostrado dibujos hechos al estilo chino que describen una cripta de esta clase. Tales dibujos a pincel incluían estatuas de gigantes humanos pues­tos en pie dentro de una caverna, iluminada por las antorchas de los estudiantes lamas, solo la mitad de altos que aquéllos. Pero estos dibujos eran menos sorprendentes que el de un avión, en forma de cigarro (o posiblemente una nave espacial), ho­rizontalmente situado sobre una torre cónica. Todavía no me explico cómo y por qué se encontraba equilibrado en aquella posición. La torre cónica en cambio, debía de ser empleada para tener acceso al interior de la nave. Era imposible obtener información acerca de su fuerza propulsora, pero su tamaño se calculaba aproximadamente como de un avión de reacción de los actuales, con no menos de cincuenta asientos. Tornando en consideración estos dibujos hechos a pincel, dudé en cuanto a descartar el relato de Leadbeater.

En el cuadro titulado El poder de las cavernas, del Museo Gorky de Arte de la URSS, Nicholas Roerich nos presenta un depósito cavernario de este tipo. La obra representa entradas a espacios grutas guardadas por lamas. Hay pocas dudas de, que Roerich visitó realmente este antiquísimo museo como quedó confirmado en una conversación sostenida con un miembro de la expedición trans­asiática de Roerich, cuando yo vivía en China hace unos 35 años. El título de la pintura resulta apro­piado, ya que el conocimiento implica poder yen tales cavernas se ocultan grandes conocimientos.

Al resumir este capítulo vemos que -existe una gran similitud entre el folklore de muchos países, por separados que se hallen unos de otros. Tradiciones relativas a bóvedas, laberintos, túneles y te­soros enterrados de la más remota antigüedad se encuentran en Creta, Egipto, Tíbet, Angkor, India, México, Ecuador, Bolivia y Perú. Las leyendas usualmente conectadas con el culto a la Serpiente proceden en especial de Egipto, Creta, Angkor, Tíbet, India y México. En las mitologías de Egipto, India, Tibet, China, México, Bolivia y Perú existen fábulas relativas a dioses estelares que vinieron a la Tierra para civilizar a la Humanidad, dejando tesoros ocultos para civilizaciones futuras. En las escrituras y erudición de la India, Tíbet y Egipto se mencionan guardianes mecánicos o humanos velando por la seguridad de estos almacenes de artefactos procedentes de otro mundo, así como de Eras remotas. No hay duda de que se han forjado muchas teo­rías al respecto, pero ¿cómo se puede averiguar la verdad, a no ser que alguien tenga el suficiente coraje y atrevimiento para explorar los territorios desconocidos? Los progresos hechos en los re­cientes campos de la ciencia se han conseguido siempre gracias al osado empuje explorador que desprecia el ridículo, el fracaso y las decepciones. Esta clase de investigación tal vez pudiera propor­cionar a la ciencia moderna el hilo de Ariadna con el que se logre seguir su camino en este laberinto histórico, y así localizar los tesoros culturales y Científicos dejados por aquellos sabios, seres su­periores que gobernaron a la Humanidad de tiem­pos muy remotos en una época dorada.

[1] . P. Blavatsky.Jsis Unveiled, Nueva York, 1886.
[2] Sabio inspirado.

17 de septiembre de 2009

Ciencia Arcaica - Débora Goldstern

Ciencia Arcaica
Débora Goldstern

Que los antiguos dominaban ciencias aún no descubiertas en nuestros días, así como tecnología de avanzada, es uno de los temas que siempre inquietan a Crónica Subterránea, y que de tanto en tanto volvemos a poner al acento.

Hoy nuevamente retomamos el hilo conductor para ir en búsqueda de más datos, que apoyen la presunción que en el pasado se conoció una ciencia arcaica, por nosotros desconocida, que posibilitó a los “mal llamados antiguos”, disponer de verdaderos ooparts, que a pesar de nuestros adelantos ,actualmente, somos incapaces de recrear.

Para guiarnos en esta senda, elegimos la palabra autorizada de uno de los autores favoritos de esta casa, el escritor de origen ruso
Andrew Tomas, quién en uno de sus trabajos de culto, “No somos los primeros”, escruta viejos archivos, y documentos para evidenciar al lector la existencia de una “tecnología perdida”, que los antiguos una vez supieron cultivar.

Vaya dedicado este post al amigo Jean, quién desde su blog
Colección Realismo Fantástico, se encuentra realizando un excelente trabajo de divulgación.






PRIMEROS ROBOTS, COMPUTADORAS, RADIO, TELEVISIÓN Y MÁQUINAS PARA ESCRUTAR EL TIEMPO

Autómatas, robots, computadoras, radio y televisión existieron en épocas primitivas. La presencia de ingenios de esta naturaleza en la Antigüedad es tan histórica como pueda serlo cualquier historia. En el siglo II antes de nuestra era, los templos egipcios tenían máquinas tragaperras para el agua bendita. La cantidad de agua que fluía del caño estaba en relación directa con el peso de la moneda introducida en la ranura. El templo de Zeus, en Atenas, poseía un parecido dispensador de agua bendita controlado automáticamente. Según cuentan las leyendas griegas, Hefaistos, el «Forjador del Olimpo», construyó dos estatuas de oro que parecían mujeres jóvenes vivientes. Podían moverse por sí mismas y se apresuraban a correr al lado del tullido dios para ayudarle en su paseo. No puede negarse que el concepto de la automación estuvo presente en la antigua Grecia.

La cibernética es una ciencia antigua. En China se conocía como el arte de Khawai-shuh, por medio del cual una esta­tua era inducida a la vida para servir a su creador. La descripción de un hombre mecánico figura en la historia del emperador Tachouan. La emperatriz halló a este robot tan irresistible, que el celoso gobernante del Celeste Imperio dio órdenes al constructor para que lo demoliera, a pesar de la admiración que él mismo sentía por el robot que andaba.

Una de las primeras máquinas de calcular del mundo fue, por supuesto, el ábaco chino, de 2.600 años de antigüedad. En uno de mis viajes a China, pude observar las maravillas que hacían los contables con su arcaica calculadora.

Los ingenieros de Alejandría poseían más de cien tipos dis­tintos de autómatas hace 2.000 años. El legendario Dédalo, el padre de rearo, había construido figuras humanoides que se movían espontáneamente. ¡Platón dice que sus robots eran tan activos que tenía que impedirles que se escaparan! Pero, ¿qué energía los impulsaba?

Alberto Magno hombre muy docto escribió extensamente sobre Medicina, Química, Matemáticas y Astronomía. Le costó más de veinte años construir su famoso «androide». Su biógrafo dice que el autómata estaba compuesto de metales y sustancias desconocidas, elegidas de acuerdo con la disposición de las estrellas.

El hombre mecánico caminaba, hablaba y efectuaba tareas domésticas. Alberto y su discípulo Tomás de Aquino vivían juntos, y el «androide» cuidaba de ellos. La historia prosigue diciendo que, en cierta ocasión, el robot charlatán llegó a volver tan loco a Tomás de Aquino con su cháchara y sus murmuraciones, que el discípulo de Alberto cogió un martillo y destrozó el robot. Esta historia no debe ser considerada como mera ficción. Alberto Magno fue un verdadero científico: en el siglo XIII explicó que la Vía Láctea era un conglomerado de innumerables estrellas distantes. Alberto Magno y Tomás de Aquino fueron posteriormente canonizados por la Iglesia católica. La palabra «androide» ha sido adoptada por la Ciencia para designar un autómata o robot.

En el mundo civilizado estamos convencidos de que, con toda la ciencia y la tecnología que hemos creado, y con la literatura que hemos producido, nuestros lenguajes son superiores a aquellos de las llamadas razas primitivas. Pero en muchos dialectos indios americanos, un objeto tiene una serie de nombres para indicar sus cambios. Un árbol o una planta reciben un nombre diferente en cada una de las cuatro estaciones del año. El árbol con capullos en primavera tiene un aspecto completamente distinto en otoño, momento en que está cubierto con fruta o con hojas rojas o anaranjadas. Tiene otra apariencia durante el verano. Mientras nosotros utilizamos adjetivos para definir estos cambios en el color y la forma del árbol, los indios americanos tienen una palabra distinta para cada apariencia del mismo objeto. Esta precisión en los lenguajes de los pieles rojas no puede conciliarse con la ausencia de escritura en Sudamérica.

Según la Antropología, cuando el hombre primitivo se civilizó, creó un alfabeto y una literatura. Los sumerios y egipcios inventaron la escritura unos 4.000 años antes de Jesucristo, y llegaron a ser culturalmente maduros. A partir de aquel momento, avanzaron a grandes saltos. Pero la Historia tiene noticia de una civilización avanzada en el pasado, que no poseía ningún tipo de escritura: los incas del Perú. Esta raza producía la mitad de los vegetales que nosotros comemos en la actualidad. Construyó las carreteras más largas del mundo, tejió las más finas telas, erigió estructuras megalíticas y poseyó un conocimiento completo de la Astronomía.

Cuando Pizarro conquistó el Perú, hizo el sorprendente descubrimiento de que Atahualpa y él poseían algo en común: ¡ni el conquistador ni el vencido sabían leer! El conquistador era analfabeto, mientras que el monarca inca era incapaz de leer, porque no había ninguna escritura para leer en su Imperio. En lugar de letras y palabras, los incas utilizaban el quipu, es decir, cuerdas con nudos. Por medio de colores y nudos crearon un instrumento mnemotécnico, acompañado por un comentario verbal, que era suficientemente eficaz para registrar un sistema muy complicado de estadísticas. Sin cifras, tenían un método de contabilidad sumamente eficaz. Sin alfabeto, poseían literatura. Existía un supersticioso temor a la escritura, que ninguna otra raza de la Historia antigua compartió nunca.

Su versión oficial sobre el origen de esta costumbre era oscura. En la época de una gran epidemia, el oráculo estatal dictaminó que los hombres tenían que eliminar la escritura, so pena de muerte, y así apareció el quipu. Un misterio envolvía la relación entre la plaga y el alfabeto. ¿Por qué los incas y sus predecesores no poseían un alfabeto jeroglíficos como otras civilizaciones progresivas? Podríamos formular una teoría, en apariencia increíble. Si el quipu era un residuo de calculadoras arcaicas, entonces la explicación es simple. Cuando la tecnología madre hubo desaparecido, todo lo que quedó a los indios sudamericanos era el equivalente de un montón de «tarjetas perforadas» -el quipu sin máquinas-. Si existió una civilización avanzada con una desarrollada tecnología, que pereció en un violento cataclismo, entonces la presencia de este sistema de cálculo y computadora simplificado, conocido como el quipu, podría ser explicado como un eco procedente del pasado.

Existen otras pruebas que apuntan a la existencia de una ciencia avanzada en la antigua Sudamérica. En la Bahía de Paracas, Pero, se sitúa el histórico «Candelabro del signo milagroso de las tres cruces». Este grabado en la roca, de 185 metros de altura, sobre un risco inclinado, se parece al tridente de Neptuno con sus brazos. El sabio español Beltrán García formuló una teoría según la cual el diseño, equipado con poleas y cuerdas, era un sismógrafo preincaico. Por medio de un péndulo, podían registrarse los terremotos que acontecían no solamente en Sudamérica, sino también en cualquier lugar del mundo. El inmenso artefacto estaba situado exactamente en una dirección Norte-Sur, de cara al Pacífico. La erosión demuestra que tenía una antigüedad de al menos, 2.000 años. Los antiguos poseían otros aparatos de este tipo, redescubiertos siglos más tarde. El científico chino Chang Heng (78­139 de nuestra era) construyó un sismógrafo que tenía la forma de un jarrón decorado con dragones, los cuales sostenían unas bolas en la boca. Alrededor del jarrón había dispuestas unas ranas de porcelana. Durante un temblor de tierra, las bolas caían en las bocas de las ranas, dependiendo de la violencia del terremoto. Fue en 1703 cuando Jean de Hautefeuille construyó el primer sismógrafo de los tiempos modernos. Chang Heng inventó también un globo con anillos metálicos que representaban las órbitas del Sol y otros cuerpos celestes. Movido por un reloj de agua, fue uno de los primeros planetarios del mundo.

Se atribuye a Tao Hung Ching (452-536 de la Era cristiana), el Leonardo da Vinci de China, el invento de un modelo astromecánico parecido. Era tan fantásticamente moderno que su descripción debe ser citada con palabras de la fuente original: «Construyó también un globo celeste que tenía aproximadamente un metro de altura. La Tierra estaba en el medio, y permanecía inmóvil, mientras los cielos giraban alrededor de ella. Las veintiocho mansiones estelares cumplían sus períodos, y los Siete Brillantes (Sol, Luna y cinco planetas) proseguían su curso. Las estrellas eran luminosas en la oscuridad, y palidecían con la luz. El globo estaba girando constantemente gracias a un dispositivo mecánico, y todo el conjunto coincidía con el movimiento real de los cielos»

La presencia de este mecanismo y los efectos luminosos de este planetario del siglo VI, causaron gran impresión si se considera el trasfondo de los Siglos Oscuros que envolvía a Europa por aquel tiempo. Pero también los antiguos griegos poseían esferas celestes igualmente exactas. Según Cicerón (siglo I a. de J. C.), Marco Marcelo disponía de un globo de este tipo en Siracusa, Sicilia, globo que reproducía el movimiento del Sol, la Luna y los planetas. Cicerón nos asegura que la máquina era un invento muy antiguo, y que un parecido modelo astronómico se exhibía en el Templo de la Virtud, en Roma. Tales de Mileto (siglo VI a. de J. C.) Y Arquímedes (siglo JII a. de J. C.) eran considerados como los constructores de estos ingenios mecánicos. El recuerdo de los planetarios persistió durante muchos siglos. El historiador Cedrano cita a Heraclio, emperador de Bizancio, el cual, sobre el pórtico de la ciudad de Bazalum, había ordenado colocar una inmensa máquina. Esta representaba el firmamento nocturno, con los planetas y sus órbitas. El planetario fue construido por el rey Cosroes 11 de Persia (si­glo VII de la Era Cristiana).

El Museo Arqueológico Nacional de Grecia, en Atenas, posee fragmentos oxidados de un objeto metálico hallado por pescadores de esponjas cerca de la isla de Anticitera, en el año 1900. Los complejos diales y engranajes del mecanismo eran distintos de cualquier artefacto procedente de la antigua Grecia. Basándose en la inscripción que figura en el instru­mento y en las ánforas halladas junto a él, se atribuyó al objeto la fecha aproximada del año 65 a. de J. C. El hallazgo fue registrado en el Museo como un astrolabio, hasta 1959, año en que el doctor Derek J. de Solla Price, cientí­fico inglés que trabajaba para el Instituto de Estudios Avanza­dos, en Princeton, Nueva Jersey, lo identificó como un antepasado de nuestra computadora. «Parece que era esto realmente: una máquina computadora que podía ejecutar y mostrar los movimientos del Sol y la Luna, y probablemente también los de los planetas», escribió en Natural History.

El propósito de este ingenio era evitar los tediosos cálculos astronómicos. Este descubrimiento era revolucionario porque, a pesar de las hazañas griegas en el campo de la especulación científica, nadie sospechaba que estuvieran tan adelantados en tecnología. No es sorprendente que el doctor Price escribiera en el Scientific American que «asusta saber que, poco antes de la caída de su gran civilización, los antiguos griegos se hubieran aproximado tanto a nuestro siglo, no sólo en lo que respecta a su pensamiento, sino también en su tecnología científica». El científico llegó a la conclusión de que la computadora de Anticitera había modificado todas nuestras teorías acerca de la historia de la Ciencia, ya que en verdad no podía haber sido la primera o la última de este tipo. «Hallar una cosa como ésta es como encontrar un avión de propulsión a chorro en la tumba del rey Tutankamón», dijo el doctor Price en el curso de una reunión en Washington, en 1959. Pocos años más tarde se efectuó otro descubrimiento importante. Tras un escrupuloso estudio de Stonehenge, el astrónomo británico Gerald Hawkins, profesor de la Universidad de Boston, llegó a la conclusión de que podría haber tenido una significación astronómica. El Stonehenge de Inglaterra, construido entre los años 1900 y 1600 a. de J. C., consistía originalmente en un anillo de 29,5 metros de losas verticales y horizontales, de un peso de 25 toneladas, llamado el Círculo Sarsen, dentro del cual había cinco trilitos o pasos abovedados. Los megalitos estaban rodeados por un anillo de 56 agujeros en el suelo, llamado el Círculo Aubrey. Realizadas sus observaciones desde el centro de Stonehen­ge, el profesor Hawkins llegó a la conclusión de que uno de los propósitos de esta enigmática construcción neolítica era alinear trilitos, piedras y agujeros con el Sol o la Luna, cuando éstos estaban en el horizonte. Regresó a América con planos muy precisos de Stonehenge, e introdujo los datos en una computadora, ¡la cual proporcionó resultados que demostraban que el propio Stonehenge había sido una computadora! Los hallazgos del profesor indicaban que los astrónomos de Stonehenge estaban tan adelantados, que había captado un fenómeno no percibido incluso por nuestros modernos astrónomos: que los eclipses de la Luna tienen lugar en ciclos de 56 años. Situando tres piedras blancas y otras tres negras en seis agujeros determinados, y moviéndolas anualmente alrededor del Círculo Aubrey, los antiguos astrónomos de Inglaterra sabían cuándo podían esperar eclipses lunares o solares. Conviene aquí indicar que los sacerdotes astrónomos de Babilonia Egipto fueron incapaces de predecir eclipses hasta 1.100 años después de la construcción de Stonehenge. El profesor G. S. Hawkins calculó que la construcción de esta computadora megalítica representaba un esfuerzo comparable al programa espacial de los Estados Unidos. En este programa espacial americano se consume las energías de una persona de cada mil. Considerando la población de Inglaterra de hace 4.000 años, la proporción de gente que había intervenido en la construcción de Stonehenge era la misma. El problema es: ¿cuál era el origen del conocimiento científico de la gente que construyó Stonehenge?
De las computadoras prehistóricas, pasemos ahora a hablar de los inventos de la Antigüedad. Hace cien años, la Academia de Ciencias de Francia acusaba a Edison y a Du Moncel de ser un par de charlatanes al hacer una demostración del gramófono ante la docta asamblea. La misma institución académica sonreiría probablemente con ironía si se mencionase el tema de antiguas «estatuas que cantaban, y jarrones o piedras que hablaban». Después de tantos siglos, es imposible averiguar cómo funcionaban, pero no hay duda de que eran completamente reales. En los tiempos clásicos, los romanos que estaban en Egipto describieron la estatua cantante de Memnón, erigida alrededor del año 1500 a. de J. C. Se percibían sonidos musicales cuando los rayos del sol naciente iluminaban su cabeza. En el año 130 de nuestra era, el emperador romano Adriano escuchó a este monumento cierta mañana, y oyó los sonidos por tres veces. Igualmente, el emperador Septimio Severo (193-211 de nuestra era) pudo oír a la estatua «cantar» en el momento de la aurora. Después de que la estatua fuera sometida a ciertas reparaciones, los sonidos musicales cesaron. Este punto demuestra que la «música» se debía a algún complicado mecanismo activado por los rayos del sol, que fue inadvertidamente dañado durante el trabajo de restauración. Los turistas pueden ver la estatua de Memn6n en Egipto. El fenicio Sanchuniathon (aprox. 1193 a. de J. C.) Y Filo Bi­blos (año 150 de nuestra era) hablan de «piedras animadas». El historiador cristiano Eusebio (aprox. 260-340 d. de J. C.) llevaba en el pecho una de estas misteriosas piedras, la cual contestaba a sus preguntas con una vocecita que parecía un «tenue suspiro». Arnobio (muerto aprox. en el 327 de nuestra era), otro patriarca cristiano, confesaba que siempre que conseguía apoderarse de una «piedra que hablaba» sentía la tentación de plantearle una pregunta. La contestación venía con una «vocecita clara y aguda». ¿Estamos acaso utilizando hoy estas piedras llamándolas transistores?

La Biblia hace mención de los terafim, o imágenes, figuras y cabezas que contestaban preguntas. (Ezequiel XXI, 21, y Gé­nesis XXXI, 34). Maimónides (1135-1204), en el Libro de los preceptos, dice que «los adoradores del terafim pretendían que, cuando la luz de las estrellas bañaba la imagen esculpida, se establecía un rapport con las inteligencias de aquellas distantes estrellas y planetas, que utilizaban la estatua como un instrumento. Era así como el terafim enseñaba a la gente muchas artes y ciencias útiles». ¿Pudo esto haber sido programas educativos de radio procedentes de civilizaciones galácticas? Eso es lo que el sabio Maimónides insinúa si tomamos sus palabras literalmente. Seldeno, en De Diis Syriis, alude a terafims de oro consagrados a una estrella o planeta en especial, y dice que fueron conocidos de los egipcios. Otros terafims eran cabezas momificadas, cada una de ellas con una placa de oro bajo su lengua, en la que hay grabadas palabras mágicas. Estos cráneos jíbaros estaban colgados en paredes, y hablaban en determinados momentos. A través de los siglos, el folklore y los escritores antiguos mencionan otra maravilla de la Antigüedad: los «espejos mágicos». El Libro de Enoch dice que Azaziel enseñó a los hombres a fabricar espejos mágicos, y, según esta creencia, podían verse en ellos claramente escenas Y personas distantes. ¿Fueron acaso los antecesores de la televisión?

Aunque la obra Vera Historia de Luciano se considera como una ficción (a pesar de su nombre), es interesante la descripción que en ella se hace de un espejo mágico, porque no había nada en su tiempo que pudiera haber estimulado su imaginación en este sentido: «Se trataba de un espejo de enormes dimensiones, que yacía en un pozo no muy profundo. Cualquiera que bajara al fondo del pozo, podía oír todo lo que se hablaba sobre la Tierra. Y quienquiera que mirara en el espejo, podía ver todas las ciudades y naciones del mundo> ¿Era esto ciencia­ficción escrita por ociosos patricios romanos, o se trataba de una crónica de algún tiempo pasado en que los espejos mágicos eran tan corrientes como lo son en la actualidad? La televisión ha sustituido ventajosamente a los espejos mágicos; no obstante, algunos de estos artilugios prehistóricos pueden haber sido conservados por aquellos que están todavía en posesión de los secretos de la Ciencia arcana. Máximo Gorki, famoso escritor ruso, relataba una experiencia asombrosa, que es tanto más convincente cuanto que Gorki era materialista. A principios de este siglo, el escritor encontró a un yogui hindú en el Cáucaso, el cual preguntó al autor ruso si le gustaría ver alguna cosa en su álbum. Máximo Gorki dijo que le agradaría ver algunas imágenes de la India. El hindú puso el álbum sobre las rodillas del escritor y le rogó que volviera las páginas. Aquellas brillantes láminas de cobre reproducían hermosas ciudades, templos y paisajes de la India, que Gorki disfrutó plenamente. Cuando terminó de mirar las pinturas, Gorki devolvió el álbum al hindú. El yogui sopló sobre él, y le dijo a continuación, sonriente: «¿Quiere usted ver alguna otra imagen?» Esto es lo que el propio Gorki relata como final de la historia: «Abrí el álbum, ¡y no hallé nada más que deslucidas planchas de cobre, sin el menor rastro de dibujos! ¡Notable pueblo, estos hindúes!», exclamó.

Algo quizás aún más asombroso fueron las «máquinas para escrutar el tiempo» de la Antigüedad. Francisco Picus, en el Libro de las seis ciencias, describía la construcción del «espejo Al Muchefi», según las leyes de la perspectiva y adecuados aspectos astronómicos. Se dice que en aquel espejo se podía ver un panorama del Tiempo. Si esto es cierto, entonces los antiguos nos adelantaron un paso: poseían televisión del Tiempo. Los oráculos de Egipto y de Grecia fueron famosos porque predecían acontecimientos futuros o reproducían escenas del pasado. ¿Cómo lo hacían?

En su Relatividad amena, el científico británico Clement V. Durell escribe: «Pero todos los acontecimientos pasados, actuales y futuros, tal como los llamamos, están presentes en nuestro continuo espacio-tiempo tetradimensional, un universo sin pasado o presente, tan estático como un montón de películas que pueden ser dispuestas en un rollo para el cínematógrafo.» La teoría de la relatividad pudo haber sido conocida de la gente de los tiempos antiguos. La visión de Isiah (siglo TI-I1I de nuestra era) cuenta una historia en este sentido. El profeta Isiah fue llevado a los cielos, donde vio a Dios en la Eternidad. Luego, el ángel que lo había conducido al Paraíso le dijo que ya era tiempo de regresar a la Tierra. Isiah se sorprendió y preguntó: «¿Por qué tan pronto? He estado sólo dos horas.» Pero el ángel contestó: «No dos horas, sino treinta y dos años. El profeta quedó muy afectado por estas palabras, porque se percató de que su regreso a la Tierra significaría la vejez o la muerte. Mas el ángel lo confortó diciéndole que no habría envejecido al regresar a la Tierra. En un fotón, o partícula espacial de antimateria, viajando a una velocidad que se aproximaría a la de la luz, nuestros cosmonautas experimentarían una idéntica reducción del tiem­po: realmente «saltarían al futuro». Si, por ejemplo, todos los acontecimientos que ocurren en todo el Universo dejan huellas a un nivel subatómico, quizás el pasado puede ser visto. Y si, por otra parte, los efectos de las acciones de hoy son proyectados al futuro, esto significaría que los contornos del mañana existen ya hoy. De otro modo, es difícil comprender cómo los antiguos podrían haber roto la Barrera del Tiempo y predicho con tanta exactitud acontecimientos futuros

El Chandogya Upanishad de la India afirma: «Dime lo que sabes, y te diré lo que sígue.» ¿Podría referirse esto a la programación y elaboración de datos de la computadora más perfecta que existe: la mente humana? El oráculo de Amón Ra poseía una Máquina del Tiempo automática en forma de un dios que podía no sólo caminar, hablar y mover la cabeza, sino incluso aceptar pergaminos que contuvieran preguntas, a las cuales daba contestaciones inteligentes. Cuando Alejandro Magno se puso ante él, la imagen avanzó hasta tocarlo, haciéndole la promesa: «Te concederé que subyugues a todos los pueblos bajo tus píes.»

El Libro de las profecías de Nostradamus, publicado en 1558, estaba dedicado al rey Enrique II. En la introducción, el profeta provenzal previene contra la futura persecución de la Iglesia y predice el establecimiento de un nuevo orden. «Esto ocurrirá en el año 1792, en cuyo momento todo el mundo lo considerará como una renovación de la época.» La Revolución surgió del anticlericalismo, y la República de Francia fue fundada en 1792. Parece como si Nostradamus hubiera roto la Barrera del Tiempo al profetizar un acontecimiento histórico con tanta precisión. Como Einstein, Michel Nostradamus escribe que «la Eternidad se confunde en una sola cosa: pasado, presente y futuro». Admitía que había estudiado muchos libros que versaban sobre magia. Estos antiguos libros sobre una ciencia perdida, enmascarada en claves y símbolos, ayudarían a Nostradamus a aprender el secreto de la proyección en el Tiempo. Un emperador nacerá cerca de Italia que costará muy caro al Imperio. (1: 60). El emperador Napoleón 1 nació cerca de Italia -en Córcega-, y costó a Francia muy caro: medio millón de hombres sólo en la marcha sobre Moscú. Michel Nostradamus anticipó la venida de Hitler, a quien llamaba Hister por dos motivos: en razón de los histéricos discursos del Führer, y por su lugar de nacimiento sobre el Danubio (su nombre en latín es Hister). Describía las esvásticas como «cruces confusas» que rodarían hacia el Este e invadirían Rusia (6: 49). El doctor Nostradamus vio la bomba atómica de Hiroshima en su espejo mágico, definiéndola como un «gran fuego» en la tierra del «Sol Naciente» o Japón (2:91). En los primeros versos de las Centurias, Nostradamus revelaba su método de proyectarse a sí mismo en el tiempo. Utilizaba un trípode de latón, fuego, agua y una varilla. Aunque semejantes atavíos parezcan algo sin significado, un inventor imaginativo podría algún día experimentar en este sentido y quizá triunfar en la construcción de una Máquina del Tiempo.

Es posible que en los vastos archivos de la Biblioteca Vaticana existan inapreciables documentos que demuestren la realidad de la Ciencia arcana. Los manuscritos confiscados por la Inquisición o sustraídos a los científicos católicos fallecidos pueden haber creado una vasta laguna de conocimiento registrado. Las instrucciones sobre el modo de fabricar un androide», los secretos de la Alquimia, los misterios de la ingravidez y el Viaje por el Tiempo, podrían estar encerrados en las bóvedas del Vaticano. Estos relatos históricos acerca de autómatas, espejos mágicos, piedras que hablan y computadoras arcaicas, apuntan a la existencia real de una ciencia extraordinaria en la Antigüedad. No importa cuán extraño parezca; deberían ser cuidadosamente estudiados para intentar hallar las claves que conciernen a nuevas formas de energía o nuevas técnicas. Pero nuestro siglo es también un período de desarrollos revolucionarios en sociología. En este sentido, sería interesante escudriñar en el pasado histórico y descubrir el prototipo correspondiente a la «nueva» economía, ciencia ésta que fue introducida tan sólo en los pasados sesenta años.


Tecnología Antigua China



31 de agosto de 2009

La leyenda de los Hsiung Nu

La Leyenda de los Hsiung Nu




Los lectores del sitio conocen la admiración que desde Crónica Subterránea profesamos por el estudioso italiano Peter Kolosimo, del cual referimos algunos de sus escritos, en más de una oportunidad. Nuevamente tomamos una de esas historias fascinantes, que solo Kolosimo podía relatar, producto de sus innumerables viajes en busca de los enigmas planteados por civilizaciones desaparecidas, muchas de las cuales siguen siendo ignoradas hoy día en los libros de historia.

En Tierra sin Tiempo, expone uno de esos casos, sito en una de las regiones inaccesibles del globo, donde Rusia, China, Tíbet, y Mongolia se disputan el honor de aquellos vestigios legendarios.




"Los Hsiung Nu no se distinguían precisamente por un alto nivel de civilización, pero, en muchos aspectos, los testimonios que nos han llegado indirectamente acerca de sus monumentos PUM dieran inducimos a pensar lo contrario: en suma, nos encontramos ante uno de tantos inexplicables contrastes propios de las antiguas culturas. Los Hsiung Nu habitaban una región del Tíbet septentrional, al sur de la grandiosa cordillera de Kun Lun
[1], zona ahora desértica y en gran parte inexplorada. No eran de origen chino: créese que llegaron allí desde Persia o de Siria; los hallazgos efectuados nos conducen en efecto, a Ugarit y, en particular, a las representaciones del dios Baal, el de largo yelmo cónico y cuerpo cubierto de plata.

Cuando, en 1725, el explorador francés padre Duparc descubrió las ruinas de la capital de los Hsiung Nu, aquel pueblo, exterminado por los chinos, pertenecía ya a la leyenda hacía siglos. El monje pudo admirar los restos de una construcción en el interior de la cual se alzaban más de mil monolitos que en su tiempo debían de estar revestidos de láminas de plata (alguna, olvidada por los saqueadores, era visible aún), una pirámide de tres plantas, la base de una torre de porcelana azul y el palacio real, cuyos tronos estaban rematados por imágenes del Sol y de la Luna. Duparc todavía pudo ver la «piedra lunar», un bloque de una blancura irreal, rodeado por bajo relieves que representaban animales y plantas desconocidos. En 1854, otro francés, Latour, exploró la zona, hallando algunas tumbas, armas, corazas, vajilla de cobre y collares de plata y de oro adornados con esvásticas y espirales. Las misiones científicas que, más adelante, acudieron allí, sólo pudieron ver alguna losa esculpida, pues, entretanto, la arena había sepultado los restos de la gran ciudad.

Fue en 1952 cuando una expedición soviética intentó poner a la luz una parte por lo menos de las ruinas. Los aventureros de la ciencia se sometieron a un largo y agobiador trabajo, sin poder contar con instrumentos adecuados, cuyo transporte a aquellas regiones resultaba imposible; desgraciadamente, sólo consiguieron arrancar al desierto la extremidad de un extraño monolito puntiagudo, con algunas inscripciones, que parece copia idéntica del de la ciudad muerta africana de Zimbabwe.

Por los monjes tibetanos, empero, los investigadores rusos se enteraron de la vida, muerte y milagros de los Hsiung Nu, Les fueron mostrados documentos en los cuales la pirámide de tres plantas era minuciosamente descrita. De abajo arriba, las plataformas representaban «la Tierra Antigua, cuando los hombres subieron a las estrellas; la Tierra Media, cuando los hombres vinieron de las estrellas, y la Tierra Nueva, el mundo de las estrellas lejanas». ¿Qué significan estas palabras sibilinas? ¿Acaso quieren decirnos que los hombres se fueron a quién sabe cuál planeta en un pasado inmemorial, que luego volvieron a su Tierra de origen y que, por último, ya no tuvieron modo de comunicar a través del espacio? Probablemente no lo sabremos nunca, pero los tibetanos piensan que así fue efectivamente; afirman que aquel pueblo buscó en la religión la prosecución de los viajes cósmicos, acunándose en la creencia de que las almas de los difuntos suben a! cielo para transformarse en astros.

Resulta muy interesante la descripción del interior del templo que coincide en varios puntos con la hecha por el padre Duparc. En un altar -revelan las viejas crónicas tibetanas- estaba colocada la «piedra traída de la Luna» (extraída», no «venida»: no se trataba, pues, de un meteorito), un fragmento de roca de color blanco lechoso, rodeado por magníficos dibujos que representaba la fauna de la «estrella de los dioses» y por monolitos en forma de delgados husos, revestidos de plata. ¿ Son animales y plantas de un planeta colonizado por cosmonautas prehistóricos, monumentos erigidos para simbolizar sus astronaves? Antes de un «cataclismo de fuegos, los Hsiung Nu habrían sido muy civilizados y cultivado diversas ciencias extraordinarias, las mismas que hoy aún están vivas entre los tibetanos: habrían estado en condiciones no sólo de «hablarse a distancias, sino cabalmente de comunicar con el pensamiento a través del espacio. Los individuos supervivientes de la catástrofe habrían caído en la barbarie, no conservando de la antigua grandeza más que el recuerdo deformado por la superstición.

Aquellos detalles impresionaron, en Rusia, a algunos investigadores que se dedicaban a la parapsicología; lo hacían a escondidas, pues Stalin había prohibido rigurosamente que se prestase atención a, «semejantes tonterías de origen mágico y religioso», Pero después de su muerte, el «deshielo» se extendió también a ese campo: los investigadores en cuestión fueron considerados al principio con cierto escepticismo, pero pronto lograron disipar la desconfianza de las altas esferas, haciendo resaltar que en la parapsicología no hay nada de mágico, que hasta los más extraños fenómenos podrán ser explicados, un día u otro a la luz de la ciencia, contribuyendo así al progreso.

El académico de la URSS Leónidas Vasiliev reveló, en un bestseller suyo, haber efectuado en tiempos de Stalin una serie de interesantes experimentos secretos en Leníngrado, descubriendo la existencia de óptimos sujetos capaces de recibir y transmitir telepáticamente, aun estando en celdas subterráneas revestidas con planchas de plomo. Otro insigne psicólogo, el profesor Kajinski, intervino con argumentos bastante positivos, y finalmente quedó constituido en Moscú un grupo investigador compuesto por psiquiatras, fisiólogos, neurólogos y físicos, dirigido por el joven doctor E. Naumov.

El propio Kruschev se interesó por el tema y se manifestó convencido de la necesidad de proseguir los estudios, que podrían demostrarse muy útiles incluso en el campo de la astronáutica: la telepatía permitía, en efecto, no sólo mantenerse en comunicación con los pilotos espaciales en caso de avería en los instrumentos, sino también establecer contacto con inteligencias extraterrestres. El asunto se ha tomado tan en serio, que en varias Universidades soviéticas se están experimentando drogas susceptibles de aumentar los poderes telepáticos, y en la moscovita se trabaja en la fabricación de aparatos capaces de reforzar la percepción extrasensorial; a la realización de esos «amplificadores psíquicos» se dedican científicos que ya tienen en su activo grandes logros, entre ellos el invento de la famosa «máquina del sueño», capaz de vencer el más obstinado insomnio, y de «hipnotizadores robot», los cuales permiten aprender y retener una serie de nociones que sería imposible asimilar con los sistemas normales. Así, cuando la parapsicología no fue ya, en Rusia, una ciencia prohibida, Vasiliev y sus colegas, al examinar una gran cantidad de materia! a! que antes no hubiesen podido tener acceso por pertenecer a sectores ajenos a su esfera profesional (la arqueología, por ejemplo), se fijaron en los relatos concernientes a los Hsiung Nu y a los tibetanos.

Los lamas de la gran altiplanicie eran ya muy conocidos por sus poderes extrasensoriales, pero la hipótesis de que alguno de ellos estuviera en condiciones de comunicar, como los antepasados de los Hsiung Nu, con otros mundos, era tan atrevida que se consideraba fantástica. Sin embargo, para los líderes de la nueva ciencia rusa nada es demasiado fantástico. Elocuentes son, al respecto, las directrices impartidas por el «zar de la astronomía», Leónidas Sedov, a sus colaboradores. «Profundizadlo todo, no descuidéis nada, ni siquiera lo que pueda pareceros abstruso. Para descartar, siempre hay tiempo.»

Los soviéticos llevan ya años siguiendo esas directrices en todos los campos. Así, parten expediciones hacia el Tibet para reunir mayor cantidad de nociones útiles; así, se dedican a los problemas del lung-gom, el conjunto de prácticas físicas y psíquicas que contribuyen a dar a los sujetos una resistencia enorme y una agilidad extraordinaria; así, indagan en el camino del tu-mo, el sistema que permite estimular el calor interno hasta poder permanecer, completamente desnudos, a cuatro o cinco mil metros de altitud; así, intentan penetrar los secretos de la telepatía y de la telequinesia.

En 1959, una misión rusa vaga de monasterio en monasterio (la aventura será referida después por un investigador escandinavo durante un congreso astronáutica celebrado en Moscú), buscando en el más enigmático país del mundo un camino hacia las estrellas que tan sólo la ciencia ficción puede concebir.

El viaje está erizado de dificultades: dos hombres de la expedición sufren graves heridas al precipitarse en profundas grietas; otros tres, extenuados, deben ser abandonados en hospitalarias aldeas. Pero, finalmente, la tenacidad de esos exploradores de lo imposible triunfa: en una lamasería no lejos del santuario de Galdan, los soviéticos logran sostener un coloquio con un anciano sabio, no sólo expertísimo astrónomo, sino cabalmente al corriente de los problemas astronáuticos. El lama admite que, en determinadas circunstancias, puede ponerse en contacto visivo con los habitantes de otro planeta, y los rusos le ruegan que les permita asistir a uno de esos experimentos. El anciano se niega, pero después, ante la insistencia de los visitantes, acaba por avenirse a ello, a condición de que sólo participen en la sesión dos de los huéspedes.

Los investigadores se ponen muy contentos, descansan unos cuantos días y después los dos escogidos son llamados a seguir una serie de ejercicios de concentración, acompañados de una especie de gimnasia yoga y de un régimen alimenticio especial. Finalmente, el experimento tiene lugar en la desguarnecida celda del lama: el monje coge de las manos a los compañeros y se concentra con ellos de una manera previamente establecida, mientras un curioso aparato emite a intervalos regulares sones musicales amortiguados, cuyo eco se trunca bruscamente. y la imagen proveniente de la profundidad del espacio cobra consistencia, primero nebulosa, luego cada vez más clara. Un ser extrañísimo parece contemplar a los tres hombres: sus formas recuerdan las humanas, pero el rostro es indefinible y los miembros están segmentados como los de los artrópodos. La criatura, en posición erecta, está inmóvil, y ante ella gira como una reproducción en miniatura del sistema solar: en torno a una gran bola centelleante ruedan Mercurio, Venus, la Tierra, Marte ...

Los soviéticos observan esas minúsculas esferas, las identifican, las cuentan. Y entonces tienen la gran sorpresa: los planetas no son nueve, ¡son diez! Además de Plutón, otro globo gira en torno al Sol. ¿De dónde viene la imagen? El monje afirma resueltamente que no puede contestar a esta pregunta ni a otras. Sólo sobre un punto se muestra un poco más locuaz: declara que más allá de Plutón existe efectivamente otra planeta (o un ex satélite de Neptuno salido de la propia órbita) y que no pasarán muchos años antes de que sea descubierto.

La expedición, aunque interesante, ha resultado, pues, infructuosa. Comentándola, uno de los investigadores que han tomado parte en la sesión, confiesa: «Ni yo ni mi compañero nunca sabremos si aquella figura apareció ante nosotros o en nuestra mente. Nunca sabremos s-i de verdad fue proyectada a través del espacio o simplemente "dibujada" por la voluntad del monje. Nosotros podemos describirla genéricamente, pero debemos reconocer que, en realidad, no tenía nada de terrestre ... Parece imposible que una fantasía humana haya podido concebir algo tan extraño»

Las divergencias ruso-chinas ponen fin a las expediciones soviéticas en el Tíbet; pero no por ello los científicos de la URSS renuncian a investigar sobre secretos tan apasionantes. Se dirigen a la India, y es de este país que se dice provienen los grandes maestros del yoga llamados a iniciar a los astronautas en el método que les permita soportar sin muchos inconvenientes los viajes orbitales".




[1] El escritor Andrew Thomas en Shambala, oasis de luz, expone la creencia de los montes Kuen Lun, como uno de los lugares donde reside la Hermandad Blanca. “Según los antiguos escritos de China, Nu y Kua, los prototipos asiáticos de Adán y Eva, nacieron en los montes del Kuen-Luen, situados en una desolada región del Asia Central. Resulta difícil comprender por qué un lugar tan extraño pasa por haber sido el Edén chino. El desierto de Gobi fue probablemente, en cierta época, un mar interior rodeado de regiones fértiles. Lógicamente, los chinos debían elegir la provincia del Cantung, en el valle del Yang-Tsé-kiang, como la probable residencia de los primeros hombres en la Tierra. Sin embargo, esta peregrina creencia se halla fuertemente arraigada, y es repetida constantemente en las crónicas y escritos del Celeste Imperio. El imponente Kuen-Luen, cuyas cumbres están cubiertas de glaciares y de nieve, es considerado, en la mitología china, como la morada de los Inmortales. El Olimpo asiático estaría allí presidido por Hsi Wang Mu, La Reina Madre del Oeste. 'Los chinos cultos no han podido jamás explicar por qué su Olimpo está situado tan lejos de la China propiamente dicha. Hasta una época reciente, pocos chinos se aventuraban a viajar por esta provincia retrasada, apenas habitada por tibetanos y mongoles hostiles. ¿Se puede encontrar una explicación plausible a esta leyenda? El palacio de nueve pisos de Hsi Wang Mu se describe como construido en jade puro. Está rodeado de un magnífico jardín, en el que se eleva el Melocotonero de la Inmortalidad, que florece y da su fruto cada 6.000 años. Sólo hombres y mujeres de elevada virtud e inteligencia superior son admitidos a comer este maravilloso fruto, que los preservará de la muerte y les conservará una perpetua juventud. Invisibles instrumentos difunden en el aire una suave música, y se puede beber el elixir de juventud en la fuente de la vida eterna, afirman los narradores chinos. En este macizo montañoso existe un espléndido valle, protegido de los vientos fríos. Para el que alcanza el valle de la diosa se detiene la rueda del renacimiento y entra en el Nirvana, dicen los budistas del Norte. Hsi Wang Mu es llamada también Kuan Yin, diosa de la misericordia, y a menudo es representada, tanto en China como en Japón, con miles de brazos y miles de ojos, que simbolizan su deseo de ayudar a la Humanidad. Kuan Yin es llamada también la que está atenta al grito del mundo», «la diosa que vigila al mundo», «la guardiana misericordiosa». Para los budistas, es la compañera de Avalokitecvera, que da a la Humanidad la plegaria del corazón, Om Mani padme hum (<< ¡Oh, tú, joya en el loto! »). En el Tibet y el Nepal es invocada a veces con el nom¬bre de Blanca Tara o Dolma. Los chinos dicen que los ayudantes de Hsi Wang Mu poseen cuerpos perfectos, que no envejecen ni mueren. Estos seres están llenos de sabiduría y de poder, y ayudan a la Madre Dorada en sus actividades humanitarias. Se supone que los Inmortales poseen la facultad de viajar a su antojo por todo el Universo, de un mundo a otro, e incluso de vivir en las estrellas lejanas. Es sorprendente encontrar un concepto tal en la Antigüedad, ya que sugiere prácticamente la idea de los viajes espaciales de nuestros tiempos modernos. Por otra parte, si este concepto es una proyección del espíritu hacia un sistema cósmico alejado, es igualmente sorprendente que los antiguos chinos entrevieran una tal posibilidad, ya que nada, en su época, permitía concebir la inmensidad del Universo. Antiguos libros del Celeste Imperio describen la época legendaria de los Hijos del Cielo que llegaron, como próvidos portadores de la cultura, tres milenios antes de nuestra Era. En aquellos tiempos se manifestaron extraños fenómenos astronómicos, por ejemplo, la caída de una enorme estrella en la Isla de las Flores, que el filólogo soviético Lisevich sitúa en el desierto de Gobi. El sabio ruso interpreta el mito como relacionado directamente con el auténtico descendimiento de una nave espacial que, en el alba de la Historia, habría depositado civilizaciones cósmicas en Asia Central. Esta leyenda, tomada de un viejo texto chino, se hará más significativa aún cuando se relacione con la Isla Blanca, lugar de residencia de los Yoguis Inmortales, que mencionan los escritos de la India. Es extraña la leyenda de la Tierra de los Inmortales. Sin embargo, el gran Lao- Tsé (nacido hacia el 604 a. de J. C.), cuyo pincel redactó el clásico Tao-Té-King, base de la filosofía taoísta, abandonaría, al parecer, la China Central hacia el final de su larga existencia, para dirigirse al país de Hsi Wang Mu. Numerosas estatuillas del gran sabio nos lo muestran sobre el lomo de un búfalo, caminando hacia el legendario país. Ello tal vez explique por qué ningún historiador chino sabe dónde ni cuándo murió el filósofo. Los documentos históricos prueban que Lao-Tsé no fue el único que emprendió el viaje hacia el lejano Kuen-Luen, a través del Gobi. Según las fuentes chinas,' el emperador Mu, de la dinastía de los Chu (1001-946 a. de J. C.), podía vanagloriarse de haber obtenido efectivamente una audiencia de la diosa Hsi Wang, a orillas del lago de Jaspe, en la cadena del Kuen-Luen, Otra crónica nos informa acerca de la repentina aparición de la diosa del Oeste en el palacio del emperador Wu-Ti, de la dinastía de los Han (140-180 a. de J. C.). Ko Yuan (o Hsuan), un ilustrado taoísta del siglo 111, consigna en una obra sus revelaciones filosóficas. Insiste en el hecho de que el conocimiento secreto no ha sido jamás accesible a los simples curiosos entre los hombres instruidos de este bajo mundo. Decía que se tenía que elevar por encima de la Tierra para comprender la enseñanza. Por otra parte, era absolutamente formal respecto a los orígenes de la ciencia taoísta (provenía del reino de la Madre Real del Oeste). Durante numerosos siglos ha sido constantemente repetida por los autores chinos la leyenda de la Tierra de la Diosa Madre del Oeste donde residen los gigantes espirituales.¿ Se trata de una alegoría que designaría el lugar de estancia de los hombres perfectos en una residencia aislada, en el Asia Central? En efecto, un estudio de la historia de China y de su literatura corrobora esta posibilidad. Los archivos del Vaticano encierran un considerable número de informes precisos de los misioneros católicos de los últimos ciento cincuenta años acerca de las misteriosas comisiones que enviaban los emperadores de China a los Espíritus de las Montañas. Estos seres, residentes en el Nan Chan, o Montes Kuen-Luen, eran habitualmente descritos como revestidos de cuerpos sólidos visibles que, sin embargo, no tenían carne ni sangre. ¿Se trataría de superhombres en una envoltura humana artificialmente obtenida de una materia atómica cristalizada, los llamados dioses nacidos del espíritu? Los escritos indios hablan del poder de que gozarían los cuerpos divinos de hacerse más pesados y más densos, más ligeros y más etéreos. Este enigma fue citado asimismo por el obispo Delaplace en su Annales de la Propagation de la Foi, publicada hace más de cien años. Las comisiones partían de Pekín y eran generalmente enviadas por el emperador en el curso de un año de crisis grave, cuando no podía resolverse a tomar una decisión. Son muy sorprendentes las crónicas que describen estas misiones de mandarines y de sacerdotes de la Corte del Celeste emperador hacia los genios de las montañas. ¿A quién esperaban encontrar estos emisarios imperiales en las nevadas cumbres del Kuen-Luen? Es muy improbable que se contentaran con cazar el pato salvaje. Entre las líneas de estos documentos históricos debe de ocultarse una parcela de verdad. Si ello es así, y a despecho de las fantásticas descripciones, poéticamente aderezadas, el palacio de Hsi Wang Mu, en el país de los Inmortales, puede tener la misma realidad que el Templo del Cielo, en Pekín. En los siglos III Y Il antes de nuestra Era, los emperadores de China despacharían importantes expediciones, bien equipadas, hacia lo más profundo del Asia Central, en busca de los Inmortales arrancados del mundo y de la Reina Madre del Oeste. Para dar una idea de la organización estatal de la antigua China y de la exactitud de sus registros, contamos con un impresionante ejemplo de su eficacia: el censo de la población para el año 1-2 de nuestra Era cita la existencia de 59.594.978 individuos en el Celeste Imperio. Los informes relativos a las misiones imperiales en el Valle de los Inmortales, aun suponiendo que se acercaran sólo a medias a tal precisión, deberían ser leídos con la misma atención. El panteón chino posee una jerarquía graduada de dioses que se mezclan con semidioses y mortales en una escala ascendente. Por ejemplo, Hsien 1 en es un hombre que, tras beber el elixir de la inmortalidad, parte para las montañas. En efecto, su nombre, Hsien len, significa Hombre de montaña. El paraíso del Oeste se llama Hsi Tien, y van a él las almas iluminadas para escapar a la rueda de la reencarnación. Este país es un lugar de esplendor y de alegría. Como hemos visto en la fusión de las religiones, Hsi Wang Mu, la Reina Madre del Oeste, es identificada a menudo con Kuan Yin, diosa de la misericordia, así como con la compasiva Avalokitekvara. Aparte los nombres y atributos diferentes de estas divinidades, la China del Oeste Y sus altas montañas son unánimemente consideradas como la sede de la Bondad y la Sabiduría. Los taoístas creen en la tierra de Tebú. el país más magnífico del mundo, perdido entre el Seu¬Tchuan y el Tíbet, donde cadenas de nevadas montañas ocultan estrechos valles cortados por torrentes y cascadas. En el santuario de los Inmortales llenos de serenidad, el mundo físico alcanza el reino de los dioses, y los que tienen el privilegio de residir en él, viven permanentemente en dos universos: el mundo objetivo de la materia y el plano superior del espíritu. poseen los cuerpos físicos más perfectos, junto con las almas más puras y más sabias. Algunos detalles de estas leyendas chinas sorprenden por su precisión. Este lugar secreto está habitado por seres que fueron anteriormente hombres y mujeres corrientes. Alcanzan la tierra sagrada gracias a sus progresos espirituales. El lugar puede ser localizado efectivamente por el investigador sincero que marcha en busca de la verdad y está desprovisto de todo motivo egoísta. Tal es la sólida tradición de la China, que se ha perpetuado en el curso de las edades y que goza del respeto de los más grandes filósofos. Esta antigua creencia en el Valle de los Inmortales debe de tener un fondo de realidad, a despecho de las características imaginativas que se observan en ella a través de innumerables generaciones. Imaginando que en un tiempo remoto unos sabios asociados establecieran un centro permanente en una parte aislada de Asia, el mito de los Inmortales se hace comprensible. Su Doctrina podría muy bien ser la herencia de una civilización desaparecida. Aunque el número de estos Sabios pueda ser muy restringido, es inmensa la importancia de su Antiguo Saber. El carácter tangible de la morada de los guardianes de esta tradición arcaica aparecerá en el curso del profundo estudio de todas las crónicas fidedignas de los historiadores Y de los relatos publicados por los exploradores de Asia”.




Peter Kolosimo - La Rosa de los Vientos - Capítulo XXIII







23 de julio de 2008

El Reino Perdido del Preste Juan

El reino perdido del Preste Juan
Shambhala: Oasis de Luz - Andrew Tomas


Durante la Edad Media, se habló de un fabuloso reino oculto en una región desconocida de Asia. El Vaticano mantuvo contacto con este mítico país, y hasta envío embajadores para entrevistar a su rey, el Preste Juan. Documentos de este extraño encuentro son conservados en los archivos eclesiásticos, que aún hoy día nunca salieron a la luz. Traspasemos los velos de Isis a través de este informe que brinda nuestro ya conocido Andrew Tomas a través de Shambala: Oasis de Luz, para conocer esta historia fascinante.

“Los mapas medievales indican, en Asia, un misterioso país llamado el “Reino del Preste Juan”. Se extiende, geográficamente, desde el Turquestán hasta el Tíbet, y desde el Himalaya hasta el desierto de Gobi. El emplazamiento del lugar presenta curiosas analogías con el señor de Hiarchas (el Santo Maestro), descrito por Filostrato en su biografía de Apolonio de Tiana.

En 1145, el historiador Otto Freising oyó hablar del Preste Juan, un rey-sacerdote que vivía más allá de Armenia y de Persia, en Extremo Oriente. Se supone que pertenecía a la antigua descendencia de los reyes Magos citados en el Evangelio. La crónica de Alberico de las Tres Fuentes, menciona que, en 1165, una carta de este potentado asiático le llegó a Manuel I Comneno, basileo de Bizancio.

Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico y otros tres reyes recibieron mensajes semejantes del Preste Juan. Numerosos documentos pertenecientes a esta correspondencia diplomática del Preste Juan se conservan en los archivos el Vaticano, y la mayor parte no se han publicado jamás.

El 27 de setiembre de 1177, el Papa Alejandro VIII dirigió desde Venecia una carta “al ilustre y magnífico rey de la India”. Como observa justamente la Enciclopedia Católica, “a juzgar por los detalles de la carta, es cierto que el destinatario no era un personaje mítico”. Al enviar al “famoso y gran rey de la India” su bendición apostólica, el Papa decía que había oído hablar de él a numerosas personas y, muy especialmente, al Maestro Filippo, nuestro amigo y médico, el cual habló con los grandes y honorables hombres de nuestro reino”.

El doctor Filippo tomó la carta y partió para Asia. Por desgracia, jamás se ha revelado el resultado de su misión. El legado pontificio ¿murió en el curso de su viaje, o permaneció en el reino del Preste Juan?.

Este lejano país, estaba lleno de maravillas. El misterioso emperador lo regía con un cetro de esmeralda pura. Ante su palacio había un espejo mágico en el que el soberano podía ver todos los acontecimientos que ocurrían y no solo en las provincias de su reino, sino también en los países vecinos.
Dragones volantes transportaban rápidamente a los hombres por los aires a grandes distancias. Un “elixir de verdad” purificaba a todos los que lo absorbían, obligándolos a revelar su verdadera identidad.

Esta era la razón por la cual los “espíritus impuros” no se atrevían, en el reino, a apropiarse del bien ajeno.


Gracias a este procedimiento no era necesaria ninguna psicoterapia.


La mayor atracción del país la constituía, probablemente, la Fuente de la Eterna Juventud. Cuando los hombres y las mujeres de bien deseaban ser rejuvenecidos, les bastaba observar un tiempo de ayuno y luego beberse tres sorbos de agua de la fuente. Desaparecían la enfermedad y la vejez y retornaban a los treinta años. Se dice que el propio Preste Juan prolongó su vida hasta la edad patriarcal de los quinientos sesenta y dos años.


Las “piedras del águila” eran no solo capaces de reforzar la agudeza visual, sino que podían asimismo haber invisible a todo el que las llevara como anillo. Otras piedras mágicas podían calentar o enfriar toda sustancia, iluminar el paisaje hasta una distancia de 8 kilómetros, o bien sumir los alrededores en una oscuridad total. La entrada del santuario era guardada por dos ancianos, que solo dejaban entrar a los visitantes virtuosos. Una enorme torre de trece pisos se elevaba en la ciudad del Preste Juan. En el reino no había pobres, prevalecían en él la justicia, y se desconocían el crimen y el vicio. Los informes que circulaban acerca de poderoso monarca asiático –sin duda cristiano- causaron sensación en Europa.

Era el tiempo difícil de las Cruzadas, en que era bienvenido un aliado en Oriente, lo cual explica el interés de los Estados de la Iglesia respecto al rey-sacerdote de la India.

Aunque la historia del Preste Juan tiene numerosos puntos comunes con el de los Hiarchas descrito por Filostrato miles de años antes. Las características geográficas de los dos países recuerdan al Tíbet. Los sabios de los dos reinos tenían el poder de controlar la visibilidad, producir una luz artificial y volar por los aires.


Un párrafo de la carta más conocida del Preste Juan señala, en su reino, la existencia de un mar de arena, que muy bien podría ser el desierto del Gobi. Si fuese así, yo adoptaría enteramente las conclusiones del sabio norteamericano Manly Hall:

La posición primitivamente atribuida al imperio del Preste Juan era en el emplazamiento del desierto del Gobi, donde vivía rodeado de montañas, en un palacio encantado. Si se pregunta a los iniciados que describían este paraíso del Norte llamado Dejung o Shambhala, la misteriosa ciudad de los Adeptos, contestarán que se halla en el corazón del desierto del Gobi. En la vieja arena del Chamo, el Antiguo Mar, está situado el Templo del Gobierno Invisible del Mundo (22, vol.1)


Pueden establecerse interesantes coincidencias mediante el estudio de la historia del siglo XII, época en que se extendió la fama del Preste Juan. La Orden del Temple fue fundada en 1118. En 1184, el trovador y caballero del Temple Wolfram von Eschenbach escribió su Titurel, en el cual condensó todas las leyendas del Grial. Sobrentendía que existía una relación entre el Grial y Asia, y lo describía como una piedra (und dieser Stein ist Gral gennant – Y esta piedra se llama Grial). ¿Hablaba de Shamabhala y de la piedra Chintamani? El trovador medieval aseguraba que Titurel había vivido quinientos años. Extraño paralelismo con la existencia del Preste Juan, que duró quinientos sesenta y dos años.

En efecto, Eschenbach enlaza la leyenda del santo Grial con la del Preste Juan. Su Parsifal llevaría a Asia la copa sagrada (o la piedra). “Así, vemos que las Sociedades Secretas desempeñaban un papel en la perpetuación de la curiosa fábula del Maestro de los Maestros asiáticos”, escribe Manly Hall (22, vol.1)”.

No debemos olvidar que Wolfram von Eschenbach fue caballero de la Orden del Temple.

21 de julio de 2008

Nicolás Roerich -Enviado de Shambhala -Misión en Rusia

Nicolás Roerich -Enviado de Shambhala -Misión en Rusia
Shambhala, Oasis de Luz - Andrew Thomas -Capítulo XII

En las crónicas que venimos publicando, vislumbramos la existencia de unos seres sabios que apartados del mundo mantienen aún viva la tradición, perdida y buscada por los iniciados del mundo. Tal fue el caso de Nicolás Roerich, cuya misión fue difundir el mensaje de estos personajes misteriosos, que retirados en los confines del mundo le encargaron predicar.

Estas criaturas desconocidas y supuestos detentores del conocimiento abolido, no son solo entidades meramente espirituales, sino que también suelen jugar un rol político, interviniendo a veces en acontecimientos históricos claves, como a continuación comprobaremos.

Retomando Shambala: Oasis de Luz, en el capítulo 12: Intervenciones Históricas, encontramos estos conceptos vertidos por Andrew Tomas sobre los interrogantes planteados al comienzo.


“¿Han sido enviados otros agentes de esta misma Autoridad Mundial al siglo en que vivimos? La respuesta debe ser afirmativa En este terreno, surge ahora a la luz la obra de Nicolás Roerich” //”Pintor ruso de fama mundial que abandonó Rusia por Finlandia, poco antes de la Revolución, pasó largos años en Europa y América antes de retirarse al valle himaláyico de Kulu, donde murió en 1947.

Sus lienzos se exponen en las galerías de arte de Estados Unidos, la Unión Soviética, Francia y otros países.

Como representante del Consejo de los Arhats (hombres sabios) Roerich estableció contacto con las superpotencias –la URSS y los Estados Unidos -, en 1926 y en 1935. Cronológicamente, su misión en Rusia se ha de situar en primer lugar. La expedición de Roerich al Asia Central partió de Cachemira (India) en el mes de agosto de 1925. En setiembre atravesó la cadena montañosa, extremadamente difícil, de Karakoram, a 5.575 metros de altitud, donde sus miembros sufrieron falta de oxígeno y trastornos visuales.


Más allá de estas fortificaciones se extendía el poderoso reino de Takla Makan. La expedición permaneció cuatro meses en Jotan, hasta finales de enero de 1926, en que partió hacia Urumtchi, en Mongolia, para alcanzar finalmente, el lago Zaisun, en la frontera chino-soviética en mayo de 1926.

Por mediación del cónsul soviético en Mongolia, Roerich obtuvo el visado para un viaje a la URSS, pese a su condición de emigrado. El 29 de mayo de 1926, Nicolás Roerich, su esposa Helena, y su hijo Jorge atravesaron la frontera rusa y llegaron a Moscú el 13 de Junio.

El comisario del pueblo para Asuntos Exteriores, G.V. Tchitcherine, y el comisario de Educación, A.V. Lunatcherine, expresaron el deseo de ver a Roerich, cuya celebridad artística no había sido olvidad en Rusia.

La República de los Soviets pasaba entonces por una fase crítica. Lennin había muerto hacía dos años, y la lucha entre el poder entre Trostki y Stalin hacía estragos. Cada uno tendía a una política diametralmente opuesta. “¡Extendamos al mundo el fuego de la revolución!”, gritaba Trostki. “Construyamos el socialismo en un país: Rusia”, insistía Stalin y éste último ganó.

En aquel momento de tensión Roerich llegaba a Moscú con una misión especial de los Mahatmas. El pintor ofreció su tela Maitreya el Conquistador –expuesta más adelante en el Museo de Arte Gorki –a los dos comisarios del pueblo Tchitcherine y Lunatcherine. Ofreció asimismo un cofre que contenía tierra del suelo tibetano, con esta inscripción: “Para la tumba de nuestro hermano, el Mahatma Lennin. La palabra Mahatma - como ya hemos dicho anteriormente- significa Alma Grande. Cuando los Arhats califican a una persona de “Alma Grande”, quieren acentuar su importancia respecto a la Historia futura. Este significado se puede apreciar hoy más fácilmente que en 1926, ya que el socialismo ha hecho desde entonces enormes progresos.

Roerich aportaba además a la recién constituida República de los Soviets, un mensaje de los Mahatmas del Himalaya, conservado hoy en los archivos del Estado de la URSS. La traducción de esta breve misiva tiene gran interés:

Desde el fondo del Himalaya sabemos lo que estáis haciendo.

Habéis abolido a la Iglesia, que se había convertido en el crisol de la mentira y la superstición. Habéis destruido a la Burguesía, que se había convertido en el agente de los prejuicios. Habéis aniquilado las Escuelas, que eran casi prisiones.

Habéis condenado la hipocresía de la Familia. Habéis liquidado al Ejército, que dominaba a los Esclavos. Habéis aplastado las arañas de la codicia.


Habéis cerrado las Casas de Tolerancia. Habéis liberado la Tierra del poderío del Dinero. Habéis reconocido la insignificancia de la Propiedad Privada. Habéis comprendido la Evolución Social. Habéis subrayado la importancia del Saber y os habéis inclinado ante la Belleza.

Habéis aportado a los niños todo el poder del Cosmos. Habéis abierto las ventanas de los Palacios.

Para concluir el mensaje:

Hemos evitado una revuelta en la India, por considerarla prematura. Pero, al mismo tiempo reconocemos la oportunidad de vuestro movimiento. Nuestros mejores deseos a vosotros que buscáis el Bien Común.

¿Habrá que sorprenderse de que los hombres más sabios del Planeta expresaran su simpatía por un sistema que, cerrando los burdeles, destruyendo a los especuladores, condenando al colonialismo, instituyendo la enseñanza obligatoria y aboliendo la propiedad privada, se mostraba como el citerium del Estado social?”.

Lo que los sabios acogían era la doctrina pura de Lennin, que como sabemos luego fue desvirtuada con el régimen de Stalin.


Nicolás Roerich