8 de mayo de 2009

Cántico a San Leibowitz



Hace algunos años me topé con Cántico a San Leibowitz de Walter M. Miller Jr. Su lectura me causó tal impresión, que se convirtió con el tiempo en uno de esos libros imprecindibles en la estantería de mi memoria, y al cual acudo cada tanto para poder evocar aquellas palabras que desde que fueran impresas en 1960 aún cautivan con su magia.

Prototipo de la ciencia ficción evolutiva, y alejada de los clásicos clichés del género, Cántico es una radiografía perfecta de la conducta humana, una mirada perversa, pero a la vez esperanzadora, y porque no redentora, a pesar del desastre que sus acciones provocan.

Teniendo en cuenta los tiempos que corren, su lectura se vuelve más que necesaria.


Se decía que Dios, para poder probar a la especie humana, que estaba henchida de orgullo como en tiempos de Noé, había ordenado a los hombres sabios de la época, entre los que se hallaba el beato Leibowitz, que ideasen grandes máquinas de guerra como nunca habían existido en la Tierra; armas con tal energía, que encerrasen los propios fuegos del infierno. Consintió que esos magos colocasen las armas en manos de los príncipes y les dijesen a cada uno de ellos: «Sólo porque el enemigo tiene tal instrumento, hemos ideado éste para ti, para que sepa que tú también lo tienes y no se atreva a atacarte. Piensa, mi señor, que los temiste a ellos tanto como te temen ahora a ti y que ninguno usará esta horrible cosa que hemos creado».
Pero los príncipes, haciendo caso omiso de las palabras de sus hombres sabios, se dijeron: «Si ataco lo suficientemente aprisa y en secreto, destruiré a los demás mientras duermen y no habrá nadie que me responda; la Tierra será mía».
Tal fue la locura de los príncipes, y a ella siguió el Diluvio de Fuego.

En algunas semanas — algunos decían que días — todo terminó. Las ciudades se convirtieron en un amasijo de vidrios rodeado de una vasta extensión de escombros. Las naciones desaparecieron y la tierra quedó cubierta de cuerpos de hombres y de ganado; de toda clase de bestias: junto con los pájaros del aire y todos los seres que volaban, todos los que nadaban en los ríos, se arrastraban entre la hierba o se ocultaban en madrigueras, enfermaron y murieron, cubriendo la tierra, y, pese a todo, en donde los demonios del Fallout quedaron desperdigados, durante un tiempo los cuerpos no entraron en putrefacción, a no ser los que estaban en contacto con la tierra fértil. Grandes nubes de ira se tragaron los bosques y prados, secaron los árboles y destruyeron las cosechas. Donde antes existía la vida, se extendían grandes desiertos, y en los puntos de la Tierra donde los hombres subsistían, habían enfermado todos debido al aire envenenado. Por ello, y a pesar de que algunos escaparon de la muerte, ninguno quedó intocado; y muchos, hasta en esas tierras donde las armas no habían atacado, murieron debido a la contaminación del aire.
Por todo el mundo los hombres iban de un lado para otro creándose una gran confusión de lenguas. Cundió la furia contra los príncipes y sus servidores y contra los magos que habían ideado las armas. Pasaron los años y la Tierra todavía no estaba limpia. Así constaba claramente estipulado en la Memorabilia.
De la confusión de lenguas, de la mezcla de los supervivientes de muchas naciones y del miedo, nació el odio. Y el odio dijo:
«Vamos a lapidar, destripar y quemar a quienes hicieron esto. Hagamos un holocausto con quienes idearon este crimen, junto con sus mercenarios y sus sabios; quemémoslos, que mueran junto con sus obras, sus nombres y hasta su recuerdo. Destruyámoslos a todos y enseñemos a nuestros hijos que el mundo es nuevo, que no sepan nada de los hechos antes ocurridos. Hagamos una gran simplificación y después el mundo comenzará de nuevo.»

Así fue que, después del Diluvio, el Fallout, las plagas, la locura, la confusión de lenguas y la ira, comenzó la época sangrienta de la Simplificación, cuando unos supervivientes de la raza humana aniquilaron a otros supervivientes miembro a miembro, mataron gobernantes, científicos, dirigentes, técnicos, maestros y cualquier persona que los adalides de la enloquecida multitud considerasen merecedora de la muerte por haber ayudado a hacer de la Tierra lo que era. Nada era tan odioso a los ojos de esa multitud como los hombres cultos, al principio porque sirvieron a los príncipes y más tarde porque se negaron a unirse a la riada de sangre y trataron de oponerse a la chusma, a la que motejaban de «gente simple sedienta de sangre».
La chusma aceptó alegremente el nombre y gritó:
«¡Simples! ¡Sí, sí! ¡Soy simple! ¿Eres simple? ¡Construiremos una ciudad y la llamaremos «Ciudad Simple» porque para entonces todos los bastardos inteligentes que causaron esto estarán muertos! ¡Simples! ¡Vamos! ¡Esto les servirá de lección! ¿Hay alguien aquí que no sea simple? ¡Si lo hay, coged al bastardo!»

Para escapar de la ira de aquella multitud de simples, los hombres cultos que quedaban con vida huyeron a cualquiera de los santuarios que les ofrecían asilo. La santa Iglesia los recibió, los vistió con hábitos monacales y trató de ocultarlos en tantos monasterios y conventos como habían sobrevivido y que podían ser habitados de nuevo, porque las religiones no eran muy despreciadas por la multitud a no ser que la desafiasen o aceptasen el martirio.
A veces el santuario era seguro, pero en general no resultó así. Los monasterios fueron invadidos; los archivos y libros sagrados, quemados; los refugiados, apresados y juzgados sumariamente y colgados o quemados. Al poco tiempo de iniciada, la Simplificación dejó de tener un plan o un propósito y se convirtió en un loco frenesí de crímenes en masa y destrucción, como sólo puede ocurrir cuando los últimos restos del orden social desaparecen. La locura se transmitió a los niños, acostumbrados como estaban, no sólo a olvidar, sino a odiar, y oleadas de furia se reprodujeron esporádicamente hasta la cuarta generación después del Diluvio. Entonces, la ira se dirigió, no contra los sabios, pues ya no quedaba ninguno, sino contra los que sabían leer y escribir.

Isaac Edward Leibowitz, después de buscar infructuosamente a su esposa, se refugió en los cistercienses, con quienes permaneció oculto durante los primeros años del Posdiluvio. Después de seis años, marchó de nuevo al lejano suroeste en busca de Emily o de su tumba. Allí se convenció de su muerte, porque en aquel lugar, ésta fue la triunfadora incondicional. Allí, en el desierto, hizo un juramento. Después volvió con los cistercienses, tomó su hábito y al cabo de unos años se ordenó sacerdote. Reunió algunos cofrades con él y les hizo una proposición. Después de unos años, aquella propuesta se «filtró» hasta Roma, que ya no era Roma — que ya no era una ciudad —, pues se había trasladado tres veces en menos de dos décadas, después de haber permanecido en el mismo sitio por dos milenios. Doce años después de haber hecho su proposición, el padre Isaac Edward Leibowitz obtuvo permiso de la Santa Sede para crear una nueva comunidad de religiosos, llamada de San Alberto Magno, maestro de santo Tomás y patrón de los científicos.

Su cometido no anunciado, y al principio sólo vagamente definido, era conservar la historia humana para los tataranietos de los nietos de los simples que querían destruirla. Su primer hábito fue un trozo de arpillera y una correa, uniforme de las turbas de simples. Sus miembros eran o bien «contrabandistas de libros» o «memorizadores», según la tarea asignada. Los contrabandistas llevaban clandestinamente libros al sudoeste y los enterraban allí en barriles. Los memorizadores se aprendían de memoria volúmenes enteros de historia, escrituras sagradas, literatura y ciencia por si algún infortunado contrabandista de libros era apresado, torturado y obligado a delatar dónde estaban enterrados los barriles.

Mientras tanto, otros miembros de la nueva orden encontraron una fuente a unos tres días de viaje del escondite de los libros y empezaron a construir un monasterio. El proyecto, que el pequeño remanente de cultura humana se proponía salvar del resto de los humanos que pretendían fuese destruida, se puso entonces en marcha. Leibowitz, mientras cumplía con su turno de contrabandista, fue descubierto por un simple; se trataba de un técnico renegado a quien el monje perdonó de inmediato, a pesar de haberlo identificado no sólo como a un hombre culto, sino también como especialista en el campo de los proyectiles. Cubierto con una capucha de arpillera, fue martirizado sin dilación; fue estrangulado con una soga, sin apretarla lo suficiente para romper el cuello, y al mismo tiempo lo asaron vivo, zanjando así una disputa entre la multitud, respecto al método de ejecución.
Los memorizadores eran pocos y su memoria limitada.
Algunos de los barriles de libros fueron encontrados y quemados, al igual que varios de los contrabandistas. El propio monasterio fue atacado tres veces antes de que la locura se apaciguase.

Del vasto almacenamiento de conocimiento humano, sólo algunos barriles de libros originales y una lastimosa colección de textos copiados de memoria sobrevivieron en posesión de la orden en la época en que la locura terminó.
Ahora, después de seis siglos de oscuridad, los monjes cuidaban todavía su Memorabilia, la estudiaban, copiaban y volvían a copiar, y esperaban pacientemente. Al principio, en tiempos de Leibowitz, presumían — y casi anticipaban como probable — que la cuarta o quinta generación empezaría a querer recobrar su herencia. Pero los monjes de aquella época no contaban con la habilidad humana para generar una nueva herencia cultural en un par de generaciones si una más antigua es totalmente destruida; lo harían movidos por legisladores y profetas, genios o maníacos, a través de un Moisés, a través de un Hitler o de un ignorante, pero tiránico abuelo; una herencia cultural puede ser adquirida de la noche a la mañana, y muchas lo fueron de este modo. Pero la nueva «cultura» era una herencia de la oscuridad en la que «simple» quería decir lo mismo que «ciudadano» y lo mismo que «esclavo».

Los monjes esperaron, sin importarles que el conocimiento que habían salvado fuese inútil, que buena parte de él no fuese ya comprensible y que para ellos fuese a veces tan inescrutable como lo sería para un muchacho salvaje y analfabeto de las colinas. Este conocimiento estaba vacío de contenido, la importancia de su tema había desaparecido hacía mucho, pero, sin embargo, tenía una estructura simbólica que era peculiar en sí misma, y cuando menos esta trama simbólica podía ser observada. Estudiar el modo en que un sistema de conocimientos estaba entrelazado era aprender por lo menos un mínimo de conocimiento, del conocimiento, hasta que algún día — algún día o algún siglo — apareciese un integrador y las cosas fuesen puestas nuevamente en su sitio. Por lo tanto, el tiempo no tenía importancia. La Memorabilia estaba allí, se les había conferido el deber de preservarla y lo harían, aunque la oscuridad del mundo se prolongase durante diez siglos más o hasta diez mil años, porque ellos, aunque nacidos en esta era de oscuridad, eran aún los mismos contrabandistas de libros y memorizadores del beato Leibowitz.

Cuando salían de su abadía, cada uno de ellos, los profesores de la orden — desde el encargado de los establos hasta el abad — llevaban como parte de su hábito un libro, generalmente un breviario, colgado de una correa.

Antes de cerrar el refugio, los documentos y las reliquias fueron sacados secretamente y reunidos uno por uno y con suma discreción por el abad. Se convirtieron en no investigables y fueron probablemente encerrados en su despacho. A efectos prácticos era como si se hubiesen desvanecido. Todo lo que desaparecía en el despacho del abad no constituía un tema apropiado para la conversación en público.


Era algo que sólo se podía comentar en voz baja en los pasillos desiertos. El hermano Francis no oía nunca los comentarios, que gradualmente disminuyeron, sólo para revivir cuando, una noche en el refectorio, un mensajero de Nueva Roma conferenció, en voz baja, con el abad y una pequeña parte de su conversación llegó a las mesas vecinas. Los comentarios se mantuvieron unas semanas después de la partida del mensajero y volvieron a disminuir.
El hermano Francis Gerard, de Utah, volvió al desierto el año siguiente y ayunó en soledad. Una vez más, regresó débil y demacrado, y llamado enseguida a la presencia del abad Arkos, que quiso saber si pensaba mencionar nuevas conferencias con los seres de la corte celestial.
—Oh, no, padre abad; durante el día sólo vi buitres.
—¿Y por la noche? — preguntó Arkos, suspicaz.
—Sólo los lobos — dijo Francis. Y añadió precavidamente —: Creo.
Arkos decidió no hacer caso de la cauta coletilla y se limitó a fruncir el ceño.

El hermano Francis había llegado a la conclusión que cuando el abad fruncía el ceño emanaba de él una energía radiante que viajaba por el espacio con enorme velocidad sin llegar a ser totalmente comprendida, a no ser en términos de su efecto demoledor sobre cualquier cosa que la absorbiese, y por lo general esta cosa era un postulante o un novicio. Francis captó cinco segundos de aquella energía cuando recibió la segunda pregunta.
—¿Qué me dices de lo del año pasado?
El novicio tragó saliva.
—¿El... viejo?
—El viejo.
—Sí, dom Arkos.
Tratando de eliminar toda sombra de pregunta en su tono, Arkos zumbó:
—Sólo un viejo. Nada más. Ahora estamos seguros de ello.
—Yo también creo que se trataba de un viejo.
El padre Arkos se inclinó cansadamente para asir la regla de nogal.
¡Plaf¡
—Deo gratias!
¡Plaf!
—Deo...
Al ir Francis para su celda, el abad lo llamó desde la puerta.
—Por cierto, se me olvidó decirte...
—¿Sí, reverendo padre?
—Este año no hay votos — murmuró apagadamente, y se encerró en su despacho.

El hermano Francis pasó siete años en el noviciado, siete vigilias de cuaresma en el desierto, y se convirtió en un perfecto imitador de los aullidos de los lobos. Para divertir a sus camaradas, llamaba a la manada que rondaba la abadía, aullando desde los muros en la oscuridad. Durante el día ayudaba en la cocina, fregaba los suelos y continuaba sus estudios de los tiempos pasados.
Entonces, un día el mensajero de un seminario de Nueva Roma llegó a la abadía, montando un asno. Después de conferenciar largamente con el abad, el mensajero buscó al hermano Francis. Pareció sorprenderse al encontrar a aquel joven, ahora ya un hombre, todavía vestido de novicio y limpiando el suelo de la cocina.
—Hemos estudiado durante estos años los documentos que encontraste — dijo al novicio —, y muchos de nosotros estamos convencidos de su autenticidad.
Francis levantó la cabeza.
—No se me permite mencionar el asunto, padre — dijo.
—Oh, toma. — El mensajero sonrió y le tendió un papel con el sello del abad, en el que, escrito de su puño y letra, decía:
Ecce Inquisitor Curiae. Ausculta et obsequere. Arkos, AOL, Abbas.

—Todo va bien — se apresuró a decir al notar la súbita tensión del novicio —, no te hablo oficialmente; alguien de la corte te tomará declaración más adelante. ¿Sabes, en realidad, que tus documentos hace mucho están en Nueva Roma? Acabo de traer de vuelta algunos.
El hermano Francis negó con un gesto. Sabía quizá menos que nadie referente a las reacciones en los altos niveles de su descubrimiento de las reliquias. Vio que el mensajero llevaba el hábito blanco de los dominicos y se preguntó con cierto malestar cuál sería la corte a la que el dominico se refería. En la región de la costa del Pacífico tenía lugar una inquisición contra el catarismo, pero no se le ocurría la relación que podía existir entre las reliquias del beato y aquella corte. Ecce Inquisitor Curiae, decía la nota. Quizás el abad quería decir «investigador». El fraile parecía ser un hombre de humor tranquilo y aparentemente no llevaba consigo ningún aparato de tortura.

—Esperamos que el caso de la canonización de vuestro fundador se abra pronto de nuevo — explicó el mensajero —. Vuestro abad Arkos es un hombre muy listo y prudente — rió por lo bajo —. Presentando las reliquias a otra orden para que las examinase y sellando el refugio antes de explorarlo en su totalidad... Bueno, lo comprendes, ¿verdad?
—No, padre. Suponía que consideraba el descubrimiento tan trivial que no merecía desperdiciar el tiempo con él.
El dominico se echó a reír.
—¿Trivial? No lo creo. Pero si vuestra orden presenta pruebas, reliquias, milagros y todo lo demás, la corte tiene que investigar su procedencia. Toda comunidad religiosa está ansiosa de que su fundador sea canonizado. Así que vuestro abad os dijo prudentemente: «Fuera del refugio». Sé que para muchos de vosotros ha sido una decepción, pero será mejor para la causa de vuestro fundador que el refugio sea explorado ante otros testigos.
—¿Lo abrirá usted de nuevo? — preguntó Francis, ansiosamente.
—No, no lo haré yo. Pero cuando la corte esté preparada enviará observadores. Así todo lo que se encuentre en el refugio que afecte a la causa estará a salvo, en caso de que la oposición ponga en duda su autenticidad. Como es natural, la única razón para sospechar que el contenido del refugio pueda afectar la causa es... bueno, las cosas que encontraste.


—¿Puedo preguntar por qué, padre?
—Porque una de las complicaciones que se presentaron durante la beatificación fue la primera parte de la vida del beato Leibowitz, antes de convertirse en monje y sacerdote. El abogado del lado contrario trató de inculcar la duda sobre el primer período, el del Prediluvio. Trataba de establecer que Leibowitz nunca efectuó una búsqueda cuidadosa, que quizá su esposa todavía estaba viva cuando se ordenó. Claro que no sería la primera vez que esto ocurre, a veces se han concedido dispensas, pero no viene al caso. El advocatus diaboli trató simplemente de inculcar la duda sobre el modo de ser de vuestro fundador, sugiriendo que había aceptado las órdenes sagradas y pronunciado sus votos antes de asegurarse del fin de su responsabilidad familiar. La oposición fracasó, pero puede que lo intente de nuevo. Y si los restos humanos que encontraste son realmente... — Se encogió de hombros y sonrió.
Francis asintió.
—Establecerían la fecha de la muerte de la esposa.
—Acaecida al principio de la guerra que casi arrasó con todo. Y en mi opinión, bueno, la nota manuscrita de la caja o bien es del beato o es una falsificación perfecta.
Francis enrojeció.
—No digo que estés complicado en una falsificación — añadió apresuradamente el dominico, al ver el rubor.
El novicio sólo había estado recordando la opinión que le había merecido la escritura.
—Dime cómo ocurrió. Me refiero a cómo diste con el sitio. Necesitaré conocer toda la historia.
—Pues empezó con los lobos...
El dominico fue tomando notas.
Unos días después de la partida del mensajero, el abad Arkos hizo llamar al hermano Francis.
—¿Piensas todavía que tu vocación está con nosotros? — dijo amablemente.
—Si el reverendo padre perdona mi execrable vanidad...
—Olvidemos, por un momento, tu execrable vanidad. ¿Lo piensas o no?
—Sí, magister meus.
El abad sonrió.
—Creo que ahora, hijo mío, nosotros también estamos convencidos de ello. Si estás dispuesto a comprometerte para siempre, ha llegado la hora de que pronuncies tus solemnes votos. — Hizo una ligera pausa, y, al mirar la cara del novicio, pareció decepcionado al no ver en ella ningún cambio de expresión —. ¿Qué ocurre? ¿No te alegras de ello? ¿No estás...? ¿Qué te pasa?
Aunque la cara de Francis permaneció como una máscara educadamente atenta, gradualmente fue perdiendo color. Sus rodillas se doblaron súbitamente.
Francis se había desmayado.


El novicio Francis, que quizás había batido el récord de resistencia en las vigilias del desierto, abandonó dos semanas más tarde los rangos del noviciado, y pronunciando votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia, junto con otros compromisos especiales peculiares de la comunidad, recibió las bendiciones y un zurrón en la abadía y se convirtió para siempre en un monje profeso de la Orden Albertiana de Leibowitz encadenándose con eslabones de su propia forja a los pies de la Cruz y a la regla de la orden. Tres veces se le hizo la pregunta de ritual:
—Si Dios te llamase a ser su contrabandista de libros, ¿sufrirías la muerte antes que traicionar a tus hermanos?
Y tres veces, Francis respondió:
—Sí, padre.
—Entonces, levántate, hermano contrabandista y hermano memorizador, y recibe el beso de la hermandad. Ecce quam bonum, et quam jucundum...


El hermano Francis fue relevado de la cocina y asignado a una labor menos servil. Se convirtió en aprendiz de copista de un monje de edad llamado Horner. Si las cosas seguían su curso normal para él, podía razonablemente ver transcurrir toda su vida en la sala de copias y dedicar el resto de sus días a tareas tales como copiar a mano textos de álgebra y pintar sus páginas con hojas de olivo y alegres querubines ornando las tablas de logaritmos.
El hermano Horner era un anciano gentil y a Francis le agradó desde el primer momento.
—La mayoría de nosotros trabajamos mejor en las copias asignadas si además tenemos nuestro proyecto particular — le dijo Horner —. Casi todos los copistas se interesan por algún trabajo especial de la Memorabilia y les agrada pasar en ello un poco de tiempo extra. Por ejemplo, al hermano Sarl, que está allí, como su trabajo se atrasaba y cometía errores, le consentimos pasar una hora diaria en un proyecto que él mismo escogió. Cuando el trabajo se le hace tan tedioso que empieza a cometer errores al copiar, puede dejarlo un rato y trabajar en su propio proyecto. Les permitimos a todos hacer lo mismo. Si terminas el trabajo que se te asigne antes del final del día, pero sin tener tu propio proyecto, tendrás que pasar el tiempo sobrante en nuestros perennes.
—¿Perennes?
—Sí, y no me refiero a plantas. Hay una demanda perenne por parte de todo el clero de diversos libros... Misales, escrituras, breviarios, la Summa, enciclopedias y cosas así. Vendemos muchos de ellos. Así que si no tienes un proyecto preferido y terminas temprano, te pondremos en los perennes. Tienes mucho tiempo para decidirte.
—¿Qué proyecto escogió el hermano Sarl?
El anciano encargado hizo una pausa.
—Dudo que lo comprendas. Yo no. Parece haber encontrado un método para restaurar las palabras que faltan y las frases de algunos de los viejos fragmentos del texto original de la Memorabilia. Quizás el lado izquierdo de un libro a medias quemado sea legible, pero el lado derecho de cada página está quemado y faltan algunas palabras al final de cada línea; pues ha inventado un sistema matemático para encontrar las palabras que faltan. No es perfecto, pero da resultado hasta cierto punto. Ha conseguido restaurar cuatro páginas desde que comenzó con ello.
Francis miró al hermano Sarl, que era octogenario y casi ciego.
—¿Cuánto tiempo lleva haciendo ese trabajo? — preguntó el aprendiz.
—Unos cuarenta años — dijo el hermano Horner —. Claro que sólo ha pasado en ello unas cinco horas semanales y se necesitan muchos cálculos.
Francis asintió pensativamente.
—Si cada diez años se restaura una página, quizás en pocos siglos...
—No tanto — bramó el hermano Sarl, sin apartar la vista de su trabajo —. Cuanto más se restaura, más fácilmente se encuentra lo que falta. La página siguiente la terminaré en un par de años. Después de esto, Dios mediante, quizá...
Su voz se perdió en un susurro.
Francis había notado en varias ocasiones que el hermano Sarl solía hablar solo mientras trabajaba.
—Haz lo que gustes — dijo el hermano Horner —, una ayuda en los perennes es siempre de agradecer. De todas maneras, cuando quieras podrás tener tu proyecto particular.
La idea le vino a Francis de modo inesperado, y dijo impulsivamente:
—¿Puedo emplear mi tiempo sobrante en sacar una copia de la heliografía de Leibowitz que encontré?
El hermano Horner pareció momentáneamente sorprendido.
—No lo sé, hijo. Nuestro abad es... un poco susceptible respecto al asunto. Además, puede ser que esto no pertenezca a la Memorabilia. Ahora está en el archivo provisional.
—Pero usted sabe que se decoloran, hermano. Y ésta ha estado muy expuesta a la luz. Los dominicos la han tenido tanto tiempo en Nueva Roma...
—Bien, supongo que sería un proyecto muy breve. Si el padre Arkos no se opone, pero... — Agitó la cabeza indeciso.
—Quizá podría incluirla en un grupo — ofreció Francis rápidamente —. Las pocas reproducciones de copias heliográficas que tenemos están tan viejas, que se desmenuzan. Si yo hiciese varios duplicados... de algunas de las otras...
Horner sonrió burlonamente.
—Lo que sugieres es que incluyendo la heliografía de Leibowitz en un grupo podrás escapar mejor a las averiguaciones.
Francis enrojeció.
—Y puede que el padre Arkos no lo note si se da una vuelta por aquí, ¿no es así?
Francis se encogió.
—Está bien — dijo Horner, parpadeando ligeramente —. Puedes emplear el tiempo que te sobre en hacer duplicados de cualquiera de las copias que estén en malas condiciones. Si algo más se mezcla en el conjunto, procuraré no darme cuenta.

Antes de atreverse a tocar la heliografía de Leibowitz, el hermano Francis estuvo durante varios meses utilizando su tiempo libre en rehacer algunas de las viejas copias existentes en los archivos de la Memorabilia. Las viejas reproducciones que merecían ser conservadas debían ser renovadas cada uno o dos siglos. No sólo perdían color las copias originales, a menudo las versiones copiadas se hacían casi ilegibles después de un tiempo, debido a la poca estabilidad de las tintas empleadas. No tenía la menor idea del motivo por el que los antiguos habían empleado tinta blanca en una base oscura y no al contrario. Cuando esbozó de nuevo un diseño con carbón, invirtiendo de este modo la base, el burdo esbozo parecía más real que el blanco sobre oscuro; pero los antiguos eran inconmensurablemente más inteligentes que Francis, y si se habían tomado el trabajo de poner tinta donde generalmente el papel estaba en blanco y dejar líneas blancas donde en un dibujo normal serían negras, tendrían sus razones. Por ello copiaba los documentos de manera que se pareciesen lo más posible al original, a pesar de que la tarea de extender la tinta azul alrededor de las pequeñas letras blancas era particularmente pesada y se llevaba gran cantidad de tinta, hecho que hacía gruñir al hermano Horner.
Copió una vieja heliografía arquitectónica, después un plano de una parte de máquina cuya geometría era atractiva, pero cuyo propósito era vago. Copió de nuevo una abstracción titulada «Estator WNDG 73—A 3—HP 6—P 1.800—RPM 5—HP CL—A en caja de ardilla», que resultó ser completamente incomprensible y absolutamente incapaz de mantener prisionera una ardilla. Los antiguos eran a menudo perspicaces; quizá se necesitaba un conjunto especial de espejos para poder ver al animal. De todas maneras, la copió de nuevo trabajosamente.
Casi un año después de haber empezado su proyecto en tiempo libre y sólo después que el abad, en alguna de sus ocasionales visitas a la sala de copias, lo hubo visto por lo menos tres veces trabajando en otra heliografía (un par de veces se había detenido para echar una ojeada al trabajo de Francis), se atrevió a aventurarse entre los archivos de la Memorabilia en busca de la copia heliográfica de Leibowitz.
El documento original había sido ya sujeto a un cierto grado de restauración. Salvo el hecho de que llevaba el nombre del beato, era, de un modo decepcionante, idéntico a las otras que había copiado.
La heliografía Leibowitz era una abstracción que no movía a nada y menos que nada a la razón. La estudió hasta que pudo ver el sorprendente complejo con los ojos cerrados, pero no pudo comprenderlo. Parecía solamente una red de líneas conectando una mezcla de toda clase de cuadrículas y figuras cuyo nombre ignoraba. La mayoría de las líneas eran horizontales y verticales, y se cruzaban entre sí con un espacio en blanco o un punto; daban vuelta en ángulo recto para rodear alguna de aquellas extrañas figuras y jamás se detenían en medio de la nada, sino que siempre terminaban en alguno de aquellos signos, cuyo nombre ignoraba. Tenía tan poco sentido que si se lo miraba mucho tiempo producía un efecto adormecedor. Sin embargo, empezó a copiar cada detalle, sin olvidar una mancha oscura situada en el centro del dibujo y que pensó podía ser de sangre del beato mártir, aunque el hermano Jeris la considerase una mancha producida por un corazón de manzana en mal estado.
El hermano Jeris, que había entrado en la sala de copia de los aprendices al mismo tiempo que Francis, parecía gozar molestándole acerca de su proyecto.
Mirando por encima del hombro de Francis, preguntó:
—Sabio hermano, ¿podrías decirme, si no es molestia, qué significa «Sistema de control transistorizado para la unidad Seis—B»?
—Se ve claramente que se trata del título del documento — dijo Francis, ligeramente molesto.
—Se ve claramente. Pero ¿qué quiere decir?
—Es el nombre del diagrama que tienes ante los ojos, hermano simple. ¿Qué significa Jeris?
—Estoy seguro que muy poco — dijo éste, con fingida humildad —. Por favor, perdona que sea tan obtuso. Has podido definir el nombre indicando a la criatura nombrada que es en verdad el significado del nombre. Pero si el diagrama criatura representa algo por sí mismo, ¿qué es?
—Es evidente que el «Sistema de control transistorizado de la unidad Seis—B».
Jeris se echó a reír.
—¡Está clarísimo! ¡Elocuente! Si la criatura es el nombre, el nombre es entonces la criatura. «Las cantidades iguales pueden ser sustituidas por cantidades iguales» o «el orden de una igualdad es reversible». ¿Podernos pasar al siguiente axioma? Si las «cantidades iguales a la misma cantidad pueden ser sustituidas las unas por las otras», ¿no existe entonces alguna «misma cantidad» a la que tanto el nombre como el diagrama representan? ¿0 es que se trata de un sistema cerrado?
Francis enrojeció.
—Yo diría — respondió lentamente, después de una ligera pausa para acallar su enojo — que el diagrama representa un concepto abstracto más que una cosa concreta. Quizá los antiguos tenían un método sistemático para representar una idea pura. Se ve claramente que no se trata de la representación de un objeto reconocible.
—¡Sí, sí, es claramente irreconocible! — aceptó el hermano Jeris, riendo socarronamente.
—Puede también que represente un objeto, aunque de una manera formalmente estilizada, de tal modo que se necesitaría un entrenamiento especial o...
—¿Un enfoque especial?
—En mi opinión se trata de una gran abstracción o quizá de un valor trascendental que expresa un pensamiento del beato Leibowitz.
—¡Bravo! ¿Y cuál puede ser este pensamiento?
—Pues... el «Diseño del circuito» — dijo Francis, sacando el término del conjunto de letras escritas en la parte inferior derecha.
—¿A qué disciplina pertenece este arte, hermano? ¿Cuál es el género, especie, propiedad y diferencia? ¿0 se trata únicamente de un accidente?
Francis pensó que Jeris se volvía pretencioso en un sarcasmo y decidió responderle, suavemente:
—Observa esta columna de números y su título: «Numeración piezas electrónicas». Hubo antiguamente un arte o ciencia llamado electrónica, que pudo pertenecer tanto al arte como a la ciencia.
—Vaya, esto nos da el género y la especie. Ahora, y siguiendo en ello, falta la diferencia. ¿De qué trataba la electrónica?
—Esto también está escrito — dijo Francis, que había revisado la Memorabilia de arriba abajo en busca de pistas que le ayudasen a comprender un poco la heliografía, aunque sin mucho éxito —. La base principal de la electrónica era el «electrón» — explicó.
—Está realmente escrito. Me interesa, pues sé muy poco de estas cosas. Dime, por favor, ¿qué era el electrón?
—Pues existe un fragmento de una relación que lo menciona como una «torsión negativa de la nada».
—¿Cómo? ¿Podían negar la nada? ¿No la convertiría esto en un algo?
—Quizá la negación se aplica a la torsión.
—¡Ah! Entonces, tendríamos una «nada extendida». ¿Has descubierto el modo de extender la nada?
—Todavía no — admitió Francis.
—¡Continúa explicándome, hermano! Qué listos debieron ser los antiguos... sabían extender la nada. Sigue con ello y puede que descubras el modo de hacerlo. Entonces tendríamos al electrón entre nosotros, ¿no es así? ¿Qué podríamos hacer con él? ¿Ponerlo en un altar de la capilla?
—Está bien — suspiró Francis —. No lo sé. Pero tengo motivos para suponer que en un tiempo existió el electrón, aunque no sé cómo estaba construido ni para qué servía.
—¡Qué conmovedor! — dijo el iconoclasta y volvió a su trabajo.
Las burlas esporádicas del hermano Jeris entristecieron a Francis, pero no lograron disminuir su devoción al proyecto.
El exacto duplicado de cada señal, borrón o mancha resultó imposible, pero la fidelidad de su facsímil fue suficiente para engañar a la vista a una distancia de dos pasos, quedando por ello apto para ser expuesto y poder así sellar y guardar el original. Terminada la copia, el hermano Francis se sintió defraudado. El dibujo era demasiado árido, no había nada en él que sugiriese a primera vista que se trataba de una reliquia sagrada. El estilo era conciso y sin pretensiones... de acuerdo, quizá, con el propio beato, pero...
Una copia de la reliquia no era suficiente. Los santos eran gente humilde que no se glorificaban a sí mismos sino a Dios, y era obligación de los demás el retratar la gloria interna de los santificados con signos exteriores y visibles. Aquella copia simple no era suficiente: era fríamente realista y no conmemoraba, a través de sus líneas, las santas cualidades del beato.
«Glorificemus», pensó Francis, mientras trabajaba en los perennes. Estaba copiando páginas de los Salmos para después reencuadernarlos. Hizo una pausa para situarse de nuevo en el texto y encontrarle sentido a las palabras, pues pasadas varias horas de copia, dejaba de leer y se limitaba a que su mano trazara las letras que sus ojos encontraban. Se apercibió de que en aquel momento copiaba la oración de David en demanda de perdón, cuarto salmo penitencial:
«Miserere mei, Deus... porque conozco mi iniquidad y mis pecados están siempre ante mí.»
Era una plegaria humilde, pero la página que tenía ante los ojos no estaba dibujada en consonancia con ella. La M de Miserere tenía incrustaciones de oro. Un arabesco caprichoso de filamentos entretejidos dorados y violeta llenaba los márgenes y formaba nidos alrededor de las espléndidas mayúsculas del principio de cada verso. Aunque la oración era humilde, la página era magnífica. El hermano Francis copiaba únicamente el cuerpo del texto en pergamino nuevo, dejando espacio para las espléndidas mayúsculas y márgenes tan amplios como las líneas del texto. Otros artífices llenarían con un desenfreno de color su simple copia a tinta y construirían las mayúsculas ilustradas. Aprendía a pintar, pero no tenía aún la suficiente experiencia como para que le fuese confiado el trabajo de incrustaciones de oro en los perennes.
«Glorificemus.» Pensaba de nuevo en la heliografía.
Sin hablar con nadie de su idea, el hermano Francis empezó a planearla. Buscó la más apta y mejor piel de cordero y pasó varias semanas de su tiempo libre curándola, atesándola y aplanándola hasta formar una superficie perfecta, finalmente la blanqueó, quedando como la nieve y la guardó con sumo cuidado. Después pasó meses en los que dedicó todos sus minutos libres en repasar la Memorabilia, buscando de nuevo pistas que indicasen el significado de la heliografía de Leibowitz. No encontró nada que se pareciese a las figuras del dibujo ni nada que le ayudase a interpretar su significado; pero después de mucho tiempo, dio con un fragmento de libro que contenía una página parcialmente destruida, cuyo tema eran las heliografías. Parecía formar parte de una enciclopedia. La referencia era breve y faltaba parte del artículo, pero después de leerla varias veces, empezó a sospechar que él — y muchos copistas antes que él — habían perdido mucho tiempo y tinta. El efecto de blanco sobre negro parecía no haber sido una característica aceptable, sino más bien el resultado de las características de un cierto procedimiento barato de reproducción. El dibujo original del que se había sacado la copia heliográfica fue hecho en negro sobre blanco. Tuvo que resistir un súbito impulso de golpearse la cabeza contra el suelo de piedra. ¡Toda aquella tinta y aquel trabajo para copiar un accidente! Quizá sería mejor no mencionárselo al hermano Horner. Sería una obra de caridad no decirlo debido al estado del corazón del viejo hermano.
El saber que el color de las heliografías era una característica accidental de los antiguos dibujos le infundió nuevo ímpetu a su plan. Una copia glorificada de la heliografía de Leibowitz podía hacerse sin necesidad de incorporar la característica accidental. Con el esquema del color inverso, al principio nadie reconocería el dibujo. Ciertas formas podían ser evidentemente modificadas. No se atrevía a cambiar nada de lo que no comprendía, pero con seguridad las tablas de piezas y los informes podían ser colocados de modo simétrico alrededor del diagrama en forma de espiral o escudos. Debido a que el significado del conjunto era oscuro en sí mismo, no intentaba alterar en lo más mínimo su forma o plano, pero puesto que su color no tenía importancia, podía igualmente ser hermoso. Para algunas de las figuras pensó utilizar el oro, pero para otras la aplicación del metal era demasiado intrincada y hasta ostentosa. Los puntos de cruce debían ser negros como el azabache, pero esto significaba que las líneas tenía que hacerlas con un color que resaltase los puntos de cruce. Aunque era preciso conservar el diseño asimétrico, no se le ocurría ninguna razón para suponer que su significado se alteraba si se empleaba como enrejado para una parra cuyas ramas, rodeando con cuidado las cuadrículas, podían ser hechas para dar la impresión de simetría o para convertir la asimetría en algo natural.
Cuando el hermano Horner pintaba una M mayúscula, y la convertía en una hermosa selva de hojas, bayas, ramas y hasta alguna serpiente astuta, no dejaba por ello de ser legible como una M. A Francis no se le ocurría nada que le hiciese presumir que con el diagrama no sucedería lo mismo.
Principalmente, la forma general con el borde en espiral, podía muy bien formar un escudo en vez del rectángulo que encerraba el dibujo en la copia. Hizo docenas de bocetos preliminares. En la parte superior del pergamino representaría a la santísima Trinidad, y en la parte baja, el escudo de armas de la Orden Albertina coronado con una imagen del beato.
Pero, por lo que él sabía, no existía ninguna imagen adecuada que representase al beato. Había algunos retratos caprichosos, pero ninguno de la época de la Simplificación. Ni tan sólo existía una representación convencional; aunque tradicionalmente se decía que Leibowitz había sido alto y ligeramente encorvado. Quizá cuando el refugio se abriese de nuevo...
Los bosquejos preliminares del hermano Francis fueron interrumpidos una tarde al darse cuenta súbitamente de que la presencia que se inclinaba a su espalda era la de... la de...
«¡No! ¡Por favor! Beate Leibowitz, audi me!.. ¡Piedad, Señor! Que no sea...»
—Vaya, ¿qué tenemos aquí? — preguntó el abad, mirando sus diseños.
—Un dibujo, reverendo padre.
—Ya lo veo, pero ¿qué representa?
—Es la heliografía de Leibowitz.
—¿La que encontraste? ¿Qué? No se le parece mucho. ¿A qué se deben los cambios?
—Va a ser..
—¡Habla más fuerte!
—¡Una copia en color! — gritó involuntariamente Francis.
—¡Oh!
El abad Arkos se encogió de hombros y siguió su ronda. Unos segundos más tarde, el hermano Horner pasó junto a la mesa del aprendiz y vio con sorpresa que Francis se había desmayado.


Véase:
http://www.scribd.com/doc/4026215/1961-HugoN-Miller-Walter-M-Cantico-a-San-Leibowitz-Novela


A canticle for Leibowitz



A Canticle For Leibowitz Trailer

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