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12 de julio de 2011

Desierto del Gobi - Secretos de los Mundos Olvidados

Desierto del Gobi

Secretos de los Mundos Olvidados

Débora Goldstern


Robert Charroux

A través de muchos informes y textos recogidos, Crónica Subterránea viene siguiendo el rastro de archivos desaparecidos, bibliotecas de antiguas civilizaciones, remontándose muchas de estas culturas a una época pre diluviana, o cataclísmica, donde antiguos saberes aún tenían lugar.

Claro que es muy difícil tener acceso a esos datos, en su mayoría supervivientes a través de la tradición oral, recuerdos de eras pretéritas y casi legendarias, de las cuales nuestra actual Humanidad parece no querer darle entidad, negándose en muchos casos, la posibilidad de su existencia.

Sin embargo, la idea de “tablillas de oro” conteniendo algunos resabios de ese misterioso pasado, no es un concepto nuevo para quién escribe, ya que a lo largo del tiempo me fui topando con muchas pistas, las cuales apuntan a una realidad no tan descabellada.

Quién también compartía esta visión fue Robert Charroux, autor que en más de una ocasión citáramos en algunos de nuestros reportes. Este investigador francés legó una obra rica, y de lectura obligatoria al tratarse estas cuestiones.

A eso sumarle, que Charroux además de su adherencia al llamado “realismo francés”, fue ante todo un verdadero iniciado de la escuela Rosacruz, por lo cual sus estudios adquieren mayor valor, para todos aquellos que desean profundizar en estos misterios.

El texto que ahora vamos a presentar pertenece a “El Libro de los Dueños del Mundo”, verdadero compendio de lo oculto, y que trata con maestría la trastienda del planeta, que en Crónica Subterránea bautizáramos como Superiores Desconocidos, centrándose sobre todo en el ocultamiento de información, acerca del pasado de nuestra aún desconocida Tierra.

Atienda el lector!

Las Tablas del Desierto de Gobi



En el siglo XIX, unos arqueólogos descubrieron en el desierto de Gobi tablillas de oro que relataban la historia del hombre. Dichas tablillas, redactadas en un lenguaje desconocido del que derivara el zend, fueron depositadas en diversos santuarios donde se trasmutarían en cobre. He aquí lo que sabemos de su contenido. Durante el Diluvio Universal, un jefe de la Tierra de Mu, en Asia, dejó a su esposa, que fue la única superviviente, tablillas de oro en las que estaba grabada la historia de la Humanidad con anterioridad al cataclismo.

Dichas tablillas revelaban la existencia de los “Dueños del Mundo llegados del cielo”, identificándolos de manera expresa con cosmonautas originarios del planeta Venus y de la estrella de Sirio. Daban también preceptos relativos al sistema racional de alimentación, de respiración y el secreto de las curas de rejuvenecimiento. Su parte más secreta y, por tanto, la más iniciática, sólo se hará pública en determinada fecha inscripta en los Archivos Akáshicos. La hija de la reina de Mu, de nombre Anahita, adquirió a los nueve años la llamada facultad del “recuerdo”.

Siguiendo instrucciones de su madre y de su padre, trascribió los documentos ancestrales, añadiendo su mensaje personal escrito sobre 100.000 tablillas pequeñas o planchas de oro.

Algunas fueron descubiertas en el desierto del Gobi; otras, al parecer, se encuentran todavía ocultas en lugares elevados, de manera especial en el Monte Mano, en el Tíbet. Según el Swami Matkormano, que vio y tradujo las tablillas depositadas en los Firdôs de Hawaii, en los tiempos de Anahita, la raza blanca se dividía en dos ramas: una que siguiera la marcha del Sol (hacia Occidente), permaneciendo la otra en la India.

La rama a la que perteneciera Anahita inventó la lengua zend, origen directo del sánscrito. Hace 12.000 años, Sirio, el astro más deslumbrante del cielo perceptible, se encontraba muy próximo a nuestra Tierra.

El maestro Jerôme Gheibardlt ha dicho: “Sobre Sirio se reencarnan los adeptos de la consciencia despierta”.

Referencia: Firdôs: Paraíso. Es una palabra de origen zoroastriano. La pairidaez avéstica significa ciudadela, cercado o recinto fortificado. Pairi: género de vida en armonía con el cosmos.


Bibliografía de Robert Charroux:

El libro de los Dueños del Mundo. (1976). Bracelona: Plaza & Janés.

El Libro de los Mundos Olvidados. (1976). Barcelona: Plaza & Janés.

El Libro de los Secretos Descubiertos. (1976). Barcelona: Plaza & Janés.

El libro del Pasado Misterioso. (1980). Barcelona: Plaza & Janés.

Tesoros Ocultos. (1964). Santiago: Zig-zag.

Archivos de Otros Mundos. (1985). Barcelona: Plaza & Janés.

El Enigma de los Andes. (1976). Barcelona: Plaza & Janés

Nuestros Antepasados Extraterrestres. (1973). Barcelona: Bruguera

Historia Desconocida de los Hombres. (1982). Santiago: Zig-Zag.

23 de noviembre de 2010

Ricardo González - Buscador del Mundo Subterráneo - Débora Goldstern

Ricardo González
Buscador del Mundo Subterráneo
Entrevista Exclusiva – Débora Goldstern©




Ricardo González en Chichén Itza

La entrevista que hoy damos a conocer en carácter de exclusiva, tiene como protagonista principal a Ricardo González.

Aunque es la primera vez que abordamos en profundidad, el pensamiento de este extraordinario investigador peruano, su nombre no resulta desconocido a los seguidores de Crónica Subterránea, ya que en más de una oportunidad, referimos algunos de sus trabajos.

Durante estos años la figura de Ricardo González fue creciendo a nivel internacional, y hoy por hoy, es uno de los estudiosos más requeridos por los medios y tal vez más citados, cuando se trata de dilucidar los misterios del mundo subterráneo.

Para quién escribe, se trata de saldar una vieja deuda pendiente, que se remonta a mis inicios con el estudio de la Cueva de los Tayos.

Con los años, aquello que comenzó como una inquietud e intercambio mutuo en cuanto al enigma de los enigmas, se transformó con el tiempo, en una amistad de larga data, la cual continúa consolidándose.

Prolífero escritor, viajero incasable, a pesar de su juventud Ricardo González, demuestra una madurez poco común, así como una humildad y sencillez pocas veces vista dentro de este medio.


Una de las premisas de Crónica Subterránea, es escuchar todas las voces, especialmente las divergentes. Creemos es la única manera de poder avanzar en este espinoso camino, no siempre claro, y en la cual repetimos nadie tiene la verdad absoluta. Se podrán o no coincidir con algunas apreciaciones de Ricardo González, pero resulta imposible ignorarlo!

¡Atienda el lector!


Muchos de los entrevistados en Crónica Subterránea comparten un patrón común, donde una temprana experiencia ovni marcó el camino posterior. En tu caso personal, esta línea parece seguir el mismo derrotero. ¿Cómo fueron aquellos primeros acercamientos a la fenomenología ufo?

Como mucha gente en el mundo, fui testigo de avistamientos ovni que en un principio no comprendí. Era muy chico. En ese entonces sólo había visto “luces” caminantes en el cielo nocturno de Chosica, a las afueras de Lima. Pero, en 1988, cuando tenía 14 años de edad, la experiencia que tuve fue muy distinta: un objeto concreto, como una suerte de esfera brillante, y a plena luz del día, se movía en silencio hacia el océano mientras yo lo contemplaba, sorprendido, desde el patio de mi casa de Maranga. Me impresionó mucho. Luego, la prensa limeña mencionaría una “oleada” de avistamientos ovni. Es decir, no había sido el único. Así empezó todo. Aunque tuve que esperar cinco años más para lograr el primer contacto mental con “ellos”. Fue en 1993. Y desde entonces he mantenido las experiencias.

Sé que sonará increíble, pero todo esto no quedó sólo en mensajes mentales y avistamientos ovni. Más tarde tuve la ocasión de ver, físicamente, a los tripulantes, constatando que se parecen a nosotros: salvo la gran estatura, podrían fácilmente mezclarse en la muchedumbre que recorre apurada alguna ciudad de la Tierra. No vienen con malas intenciones. Sólo nos observan y, al parecer, esperan que suceda algo importante en el planeta y en nuestra evolución, un acontecimiento que podría afectar positivamente el camino de “ellos”.

Cuando se habla de contacto extraterrestre, tu nombre aparece vinculado como uno de los referentes más importantes. Sin embargo hablar hoy día de comunicación con inteligencias de otros mundos, genera rechazo, y sigue sin aceptarse. La postura oficial a pesar de la aparente apertura de los últimos años, continúa muy rígida en cuanto aceptar la posibilidad de una interacción con estas entidades. Digamos que el escenario mundial sobre el tema ovni sigue sin pronunciarse, en cuanto a la verdadera naturaleza del fenómeno ¿Coincidís?

Mi experiencia de contacto es, desde luego, un testimonio más en medio de muchísimos casos a escala mundial. Por ejemplo, en Perú, ya había testimonios de encuentros cercanos desde los años 60 en medio de los Andes de Ancash, muy documentados y con testigos; y más tarde avistamientos programados con periodistas ya entrados los años 70. Hablar en esa época de contactos con seres de otros mundos era una locura. Y a pesar de que sigue siendo un tema irritante para los escépticos, en la actualidad se disponen de mayores indicios o evidencias que demuestran que “algo” nos está observando.


Incluso hay testimonios de “alto nivel” que lo avalan, como pilotos militares, científicos o hasta astronautas. Por ejemplo, cuando me hallaba en los Estados Unidos el pasado mes de septiembre, vi atónito en la CNN una conferencia de prensa de varios ex pilotos de guerra de Estados Unidos, afirmando a boca de jarro que objetos voladores no identificados habían “neutralizado” silos nucleares en Norteamérica y Reino Unido. Los militares afirmaban que esos objetos no eran humanos, y que correspondían a civilizaciones extraterrestres avanzadas. Pienso que es sólo cuestión de tiempo un pronunciamiento oficial sobre los ovnis que dejará perplejo a más de uno, pues, si bien es cierto en muchos casos se trata de seres de otros mundos, en otros nos enfrentamos ante una realidad “interdimensional” más que física.

Desde un comienzo, tus investigaciones se orientaron al estudio del mundo subterráneo. Esas inquietudes te llevaron a realizar grandes viajes, hacia algunos de los lugares más emblemáticos, centrándote especialmente en las regiones andinas. ¿A qué obedece este interés?

Como te decía, todo empezó con el fenómeno ovni y el contacto extraterrestre para mí. Pero esos seres de las estrellas, en sus mensajes, me sugirieron investigar algunos puntos del Perú que eran considerados sagrados desde tiempos muy antiguos. En medio de esa faena me encontré con el mundo subterráneo. Y sigo en esa senda. Desde hace muchos años he dedicado mis esfuerzos en comprender el enigma de los intraterrestres, su mensaje, y compartir todo ello al mundo.

Se suele relacionar la cuestión intraterrena con el mundo subterráneo, algo que a mi entender provoca mucha confusión. Por ejemplo, el concepto tierra hueca es un término muy empleado cuando se trata de ahondar en estas cuestiones. ¿Cuál es tu posición al respecto?

De acuerdo a lo que nos han dicho los propios seres intraterrestres, a quienes hemos conocido en nuestras expediciones al mundo subterráneo, la Tierra Hueca no existe como tal; es decir, no se trata de un mundo “vacío” con un Sol interno y gigantescas entradas en los polos. He investigado profundamente el tema, y debo decir que hay mucha confusión, desde las polémicas fotografías de la NASA que muestran supuestos agujeros en los polos, al tergiversado y mal interpretado testimonio del aviador estadounidense Richard Byrd. Pero el hecho de que no exista una Tierra Hueca, como se especulaba siglos atrás, no quiere decir que no se encuentren grandes instalaciones subterráneas en la corteza terrestre, que puede llegar a tener hasta 70 km de espesor en las zonas montañosas de los continentes, como los Andes sudamericanos. Los incas, por ejemplo, hablaban del Uku Pacha o el “Mundo Subterráneo”, y se referían con ello a ese reino interno que yace no solo bajo la cordillera andina, sino en muchos puntos del mundo. En todo caso, la cuestión más inquietante no es la existencia de esos túneles o galerías, sino quiénes los construyeron…

Un tema que no puedo dejar de abordar, al hablar del tema subterráneo, es acerca de la Cueva de los Tayos. Te considero una de las personas que más conoce sobre su historia, contando en su haber con dos hitos importantes. El primero, tiene que ver con la expedición que encabezaste en el 2002, alcanzando en el descenso las profundidades del enigmático socavón. Y un segundo logro, y pienso tal vez más significativo, es la conexión que estableciste con Gerardo Peña Matheus, quizás el último eslabón vivo con el extinto Juan Moricz. ¿Qué recuerdos evocás de aquella experiencia?

Es imposible describir brevemente todo lo que vivimos allí. Fue un viaje muy especial. Y a diferencia de otras expediciones, que van a la Cueva para visitarla por unas pocas horas, nosotros tuvimos la ocasión de estar mucho tiempo con la comunidad Shuar y conocer sus creencias sobre la Cueva. Además, en el mundo subterráneo de los Tayos, permanecimos tres días enteros recorriendo sus túneles e inmensos salones. Moricz no estaba mintiendo: allí existen pasillos, dinteles, paredes y habitaciones “artificiales”. Pero hay que adentrarse en el laberinto para ver las principales edificaciones, que se muestran, en su mayoría, en ruinas.

Pero lo más importante de esta expedición de agosto de 2002, es que fuimos testigos de algunos fenómenos extraordinarios dentro de la Cueva. Entre ellos la aparición de una luz blanca que acompañó al grupo y que esgrimía un comportamiento inteligente. Los siete integrantes de la expedición la vimos, incluyendo un nativo shuar, José Saantz. Su preparación en el ejército ecuatoriano como comando no le preparó para ver “aquello”. No obstante, no sería todo. Lo más increíble fue la visita de unas pequeñas criaturas, de 1.20m de estatura, de cabeza ligeramente más grande que el cuerpo, de ojos oscuros y piel plateada y terra-cotta. Se desplazaban con agilidad en los túneles, evitando el contacto directo con nosotros. Lucían tímidas, y les molestaba la luz si se les alumbraba con las linternas. Al parecer, son nictálopes. Notamos claramente que eran inofensivas. Los shuar las conocen, las llaman “Sunkies”. Serían los guardianes de los túneles…


La existencia de estas criaturas pone en segundo plano la presunta Biblioteca Metálica que habría visto Moricz y Goyén Aguado. Explicaría el verdadero interés de algunos científicos en acudir a los Tayos, incluyendo el grupo de biólogos que fue con Neil Armstrong a la Cueva en 1976. Según algunas fuentes que manejo, capturar una de estas criaturas vivas, era un plan secreto que ni la misma expedición ecuatoriano-británica conocía. Peña-Matheus, el abogado y amigo íntimo de Moricz en Guayaquil, me confirmaría algunas cosas. Entre ellas, que Moricz también había visto a esos seres pequeños del Reino Subterráneo, y que gracias a ellos llegó hacia los “Taltos” y la Biblioteca Metálica. Los Sunkies deben cumplir un papel muy importante en el ingreso al mundo intraterrestre, pues muchas culturas indígenas de todo el mundo los representan en petroglifos o arte rupestre cerca de los accesos a esos santuarios que yacen ocultos bajo nuestros pies.

Continuando con Tayos. Es notable la cantidad de atención que sigue generando hoy día. Recientemente la cadena Teleamazonas del Ecuador le dedicó hace unas semanas, un importante segmento, y son innumerables las expediciones, así como documentales y artículos que siguen pendiente de la cueva andina. Sin embargo se percibe cierta frustración por no poder penetrar en su verdadero secreto, pronto a cumplir cuarenta y cinco años sin resolución. ¿Cuál es tu lectura sobre el enigma Tayos?

El tema pasa porque todas las iniciativas de estudio en los Tayos, sea por parte de la televisión, o de algún investigador independiente, son apuradas y mal planteadas. A esto hay que sumar que la comunidad shuar está más reacia a que alguien extraño baje a la Cueva o a cualquier otro acceso similar en la zona que protegen. Si lo permiten, solo dejan que veas los primeros metros del túnel. Me parece bien que cuiden las entradas. Cuando el misterio de los Tayos se tenga que dar a conocer finalmente, será en el tiempo de “ellos” y no el nuestro.

Pienso que el enigma de la Cueva de los Tayos demostrará que existieron avanzadas civilizaciones en el mundo antes que Egipto, Sumeria o la India. Y que esa “cultura madre” escondió sus archivos de conocimiento en “Arcas subterráneas” emplazadas en distintos puntos del planeta. La Cueva de los Tayos es solo una de esas “Arcas”. He explorado otros enclaves de todo el globo en donde creo existen esos depósitos de información, como el Titicaca, Cusco, Paititi, la Sierra del Roncador, Roraima, Guatavita, Mount Shasta, Sinaí o el desierto de Gobi. Todo ello estaría entroncado con la vieja creencia budista de “Shambhala”.


Otra de tus grandes pasiones es la búsqueda de la Hermandad Blanca, algo que en lo personal me identifica, siendo una de mis metas comprobar la posibilidad de su existencia. Esta inquietud te llevó a realizar un increíble viaje hacia Mongolia, quizás el centro espiritual por excelencia más importante del planeta. De algún modo retomaste el camino emprendido por Nicolás Roerich en el siglo pasado, quién también tuvo a esta búsqueda como prioridad. ¿Podemos hablar de un antes y después, en la vida de Ricardo González?

La Hermandad Blanca existe. Es la sociedad subterránea que Moricz llamaba “Taltos”: los descendientes de aquellas civilizaciones perdidas “pre diluvianas”. Sí, suena increíble. Pero luego de que me encontré con uno de estos mensajeros, en una expedición a las selvas del Manú en Perú, supe que la ecuación mundo subterráneo-láminas con símbolos-guardianes de registros, no era imposible.

En agosto de 2007 viajé con un grupo internacional al desierto de Gobi, donde 200 años atrás un monje mongol halló una puerta “dimensional” que ha sido visitada en secreto por un sinnúmero de personalidades, como científicos de la National Geographic o el mismísimo Dalai Lama. Esa puerta de luz conecta con uno de los “santuarios espirituales” de la Hermandad Blanca o “Señores de Shambhala”. Ciertamente, Nicolás Roerich se refería a ellos y su vinculación con una extraña piedra de poder llamada “Chintamani”, un objeto sobrenatural que recuerda, sospechosamente, la Diosa Umiña o esmeralda perdida de los incas, y la versión medieval del origen del Santo Grial. En medio de esta avalancha de revelaciones, hallé una serie de claves que me han mantenido ocupado en su investigación estos últimos años. Como hablaba con Daniel Entin en Nueva York (Director del Roerich Museum), la “llave” para entender este gran puzzle son los lienzos del pintor ruso y su mensaje oculto.

Roerich recorrió el desierto de Gobi y las montañas del Altai. Ignoro si conoció la puerta dimensional que custodian actualmente los monjes del Monasterio de Khamar, pero esos viajes por el corazón de Asia le cambiaron profundamente. No me sorprende. Nuestra expedición a Gobi fue, tal como dices, un antes y un después para nosotros. Al menos, para mí ha sido así. Mi visión de las cosas, del contacto con estos seres, de todo, ha cambiado 180 grados. He redescubierto que estas experiencias son mucho más profundas de lo que se ve en la “superficie”. Hoy trato de transmitir esa visión, donde uno debe ser más libre en su camino místico o de investigación. Alejarse de viejas formas o esquemas que no encajan con la época que estamos viviendo, y con lo que viene. Es momento de un cambio que nos lleve a otra etapa, más auténtica y espiritual, pero no menos sensata y coherente.

La Exopolítica se viene estableciendo como la corriente dominante, en cuanto al tema ovni. Sin embargo, sus argumentos no parecen convencer a la mayoría del público, criticándose su falta de rigurosidad en cuanto a datos, algunos de los cuales resultan muy disparatados. ¿Como contactado, te identifica el movimiento, o sentís la discusión de fondo está mal planteada?

He tenido la oportunidad de charlar sobre ese tema con el Dr. Alfred Webre. Pienso que el término “Exopolítica” solo le pone nombre y apellido a esa vieja iniciativa por comprender cómo sería nuestra relación con sociedades extraterrestres avanzadas. Comoquiera que sea, no me atrevería a decir que la actual Exopolítica está mal planteada, sino que aún se está estructurando en su proyección a futuro. Ya el tiempo pondrá los puntos sobre las íes sobre su aportación, o la autenticidad de esas extraordinarias afirmaciones que hablan de experimentos secretos y bases humanas en Marte. Pero no formo parte de ese movimiento. Tal vez porque nuestra experiencia de contacto nos hace ver las cosas de forma distinta.

A pesar de tu juventud, se te considera uno de los escritores más prolíferos dentro del medio, con unas cuantas obras publicadas, que se inició con la redacción de Los Maestros del Paititi. Actualmente estás presentando el flamante Intraterrestres, continuación de una línea iniciada en Uku Pacha, quizás una de las mejores guías sobre enclaves subterráneos. ¿Se trata de una continuación, o estamos ante una mirada nueva acerca del enigma de los enigmas?

Ambas cosas. Inicialmente pensaba en reeditar “Uku Pacha”, pero desde aquel momento de su publicación (año 2002) al día de hoy, ha corrido mucha agua bajo el puente: nuevos viajes, experiencias, y desde luego abundante información sobre los intraterrestres y sus reliquias de poder. Aunque parte de esos datos estaban circulando en internet a través de nuestros artículos y reportes, sentí que debía unir todo ello bajo un hilo conductor que explicara, en un mejor contexto y de la forma más objetiva posible, lo que significa el enigma del contacto con el mundo subterráneo.


Así nació Intraterrestres. El libro no solo habla de la Hermandad Blanca y sus santuarios sagrados en el mundo, sino que buena parte de la investigación se centra en el misterio de los 13 discos solares de poder y la piedra de Chintamani, objetos imposibles que parecen haber sido sacados de un relato de ciencia-ficción, pero que de acuerdo a nuestra experiencia y observaciones, es un legado real de los “Señores de Shambhala”. En el libro, también, narro nuestra expedición a la Cueva de los Tayos, la aparición de los Sunkies, y los recientes viajes al Gobi (2007) y Roraima (2009).

Para concluir. ¿Qué le recomendarías a las nuevas generaciones que se inician en este camino?

Que no sigan a nada ni a nadie. Que sean libres. Que investiguen y cuestionen todo. Así sacarán sus propias conclusiones. Y al final, como siempre ocurre, verán que ese camino no les llevaba fuera, sino dentro de sí mismos. Esa es la caverna más misteriosa que ningún espeleólogo se atreve a descubrir. En ella está el verdadero secreto.




Ricardo González, infinitas gracias!

Un abrazo enorme desde Barcelona.

www.legadocosmico.com

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15 de mayo de 2010

Civilizaciones desaparecidas bajo las arenas del Gobi - Débora Goldstern



Civilizaciones desaparecidas
bajo las arenas del Gobi
Débora Goldstern



Desierto del Gobi


Así como Atlántida lidera el ránking de las civilizaciones desaparecidas que más fervor despierta, otras antiguas culturas no registradas aún en la historia, supieron captar en su momento la atención de los medios, aunque siempre enmarcadas dentro del misticismo y leyenda popular, ya que hasta  la fecha carecemos de mayores evidencias.

Una de esas narraciones menciona que bajo las arenas del desierto del Gobi, donde confluyen países como China, Mongolia y Rusia, se hayan enterradas ciudades desconocidas, que los locales dicen, se remontan a miles de años.

En
Encuentro con Hombres Notables, Gurdjieff hace mención a estos enigmáticos restos, aunque advierte que el secreto de su localización conservado de generación en generación, penaba con la muerte a quién se atrevía a divulgarlo.

La ocultista por excelencia
Helena P. Blavatsky, también aludió, a la existencia de una civilización primigenia que situaba en el desierto del Gobi.

Sin embargo, no fue hasta que
James Churchward un coronel inglés quién popularizó la idea sobre Mu a través de varios trabajos publicados, haciendo referencia a un antiguo continente erigido, según dijo en el Océano Pacífico, que la historia sobre ciudades desaparecidas del Gobi retomó la atención pública.

Para Churchward no había duda, que Mu era la responsable de aquellos remotos vestigios, aunque nunca pudo presentar prueba alguna avalando lo narrado en sus libros, que vieron la luz a principios del siglo XX.

Sin embargo, tiempo antes que los libros del viejo coronel inglés instalaran el concepto de Mu a nivel mundial, un misterioso norteamericano,
Baird T. Spalding, dio a luz una obra, conocida como La Vida de los Maestros, donde se refería a estas mismas historias, sobre ciudades muertas enterradas en el Gobi, con la salvedad que su experiencia databa de 1894 y la hizo conocida en 1924, dos años antes de que Churchward escribiera sobre Mu.

Un examen de La Vida de los Maestros realizados por esta autora, arroja que sin lugar a dudas, y teniendo en cuenta la fecha de publicación, esta obra, inspiró principalmente a J. Churchward, quién parece haber tomado pasajes enteros de la mismas en función de su propio trabajo. Al leer, El continente perdido de Mu, se advierten semejanzas más que notables con el escrito de Spalding, por no decir, casi copia fiel de algunos pasajes, aunque para no ser injustos con el viejo coronel, debemos decir que su información sobre los hermanos naacanales llegados de Mu, fue muchísimo más ampliada.

Otro autor que parece haber caído bajo el inlflujo de La Vida de los Maestros, fue el famoso fundador del movimiento Yo Soy, Guy Ballard. Su ya clásico
Misterios Desvelados, revela la ascendencia de Spalding en la construcción de las historias dedicados a reseñar el pasado de las civilizaciones del Gobi.

Retomando La Vida de los Maestros, el autor presenta intrigantes capítulos sobre estas misteriosas ciudades, aunque tampoco aporta demasiadas pruebas, y aunque señala que tomó fotografías certificando los hallazgos, estas evidencias nunca fueron publicadas.
Muchos investigadores creen que en realidad Spalding inventó la historia de su viaje hacia aquellos parajes ignotos, y que su libro no tiene ninguna validez.

Sin embargo vale la pena acercarse a estas referencias, ya con los recaudos señalados.

Juzgue el lector.




Capítulo I. Pág. 137-139
La mañana del primero de enero nos encontró levantados muy temprano, plenamente despejados. Cada uno de nosotros tenía la sensación de que un futuro acontecimiento nos haría considerar nuestras experiencias pasadas como simples mojones en el camino. Mientras nos reuníamos alrededor de la mesa del desayuno, vimos llegar al amigo que habíamos conocido en la terraza de la casa de Emilio, en el pequeño pueblo donde habíamos parado cuando nos dirigíamos hacia aquí. Se trataba de aquel hombre que había interpretado mi sueño. Después del intercambio de saludos, dijo: «Habéis estado con nosotros más de un año. Como os quedaréis aquí hasta el mes de abril o mayo, he venido a invitaros a ir al templo de la gran cruz en 'T, tallado, como habéis observado, en la pared rocosa que hay justo a la salida del pueblo». Observamos que las estancias de ese templo habían sido excavadas en la propia roca, que formaba una pared vertical de más de doscientos metros de altura. Las cavidades eran lo bastante profundas como para dejar un buen muro en el costado de la pared exterior.

Por todos lados se sentía la necesidad de ventanas para la luz o la ventilación. Se habían hecho aberturas en ese muro, que daba al sol del mediodía. Las ventanas medían alrededor de un metro cuadrado y cada estancia tenía dos, salvo la primera, que se encontraba en el nivel inferior. Aquella estancia no tenía más que una salida que comunicaba con una gran grieta, formada por la erosión, en la muralla rocosa al este del templo. Se podía entrar en el cuarto inferior solamente por el túnel cavado en plena roca y a través de la grieta. La ventana de este cuarto no fue hecha hasta más tarde. Al principio, la entrada del túnel estaba escondida por una gran piedra que formaba parte de un pliegue de la pared. Esta piedra estaba situada sobre un reborde y había sido colocada de tal manera que se podía dejar caer para bloquear la entrada desde el interior. La piedra cerraba la entrada y, cuando estaba en su lugar, no se podía mover desde el exterior. Era imposible acceder a ese reborde más que por una escalera de una veintena de metros. Las aberturas que hacían de ventanas estaban provistas de grandes piedras planas insertadas en las ranuras, de modo que podían ser deslizadas para bloquear las ventanas. De esa forma, ninguna abertura resultaba visible para un observador que mirase desde el pueblo. Nos informaron que se había recurrido a ese modo de construcción para proteger el templo contra las bandas de merodeadores que infestaban la comarca más al norte. Estas bandas bajaban algunas veces hasta el pueblo, que ya había sido saqueado varias veces sin que sus habitantes sufrieran daño alguno, ya que se refugiaban en el templo.

Nuestros amigos no habían edificado el templo. Lo habían adquirido a sus habitantes para conservar allí numerosos archivos a los que daban un gran valor. Desde esta adquisición, las incursiones de los bandidos habían cesado, los habitantes del pueblo no habían vuelto a ser molestados y todo el mundo vivía en paz. Se decía que algunos de esos archivos databan de la llegada a la tierra de los hombres civilizados que provenían directamente de la Tierra Materna. Se trataba de los naacales o Hermanos Santos, aparecidos en Birmania y que enseñaron a los Nagas, lo cual parece probar que los ancestros de estas gentes eran los autores de la Sourya Siddhanta y de los Vedas primitivos. La Sourya Siddhanta es la obra conocida más antigua de astronomía. Según los archivos que mencionamos, la obra se remonta a treinta y cinco mil años atrás. Los Vedas primitivos datarían de cuarenta y cinco mil años. No se nos dijo que los documentos fueran todos originales, ya que muchos habían sido copiados de las mismas fuentes que los archivos babilónicos y traídos aquí con vistas a su preservación. Los documentos primitivos eran los originales de los tiempos de Osiris y la Atlántida.


Las habitaciones del templo estaban dispuestas una sobre la otra: siete plantas que se comunicaban por medio de escaleras talladas en plena roca. El acceso a los escalones se encontraba en un rincón de cada habitación. Cada escalera subía, en una pendiente de cuarenta y cinco grados, hasta un rellano donde se abría la planta siguiente. Entre el techo de una estancia y el suelo de la otra, la piedra tenía alrededor de dos metros y medio de espesor. El techo de la habitación superior, en el séptimo piso, se encontraba a unos cuatro metros por debajo de un largo saliente del precipicio que, a su vez, estaba a una treintena de metros de la cima. Una escalera partía de esta habitación y comunicaba con la estancia central: un conjunto de cinco habitaciones excavadas en la pared del saliente. Había dos a la derecha y dos a la izquierda de la habitación central, de manera que el plano de la construcción tenía la forma de una inmensa T. Los cuartos superiores estaban excavados de tal modo que el saliente hacía la función de balcón. La roca era de granito suave de grano grueso. El trabajo, evidentemente, había sido hecho a mano, con herramientas rudimentarias, y llevó numerosos años terminarlo. Ninguna pieza de madera había sido empleada en la construcción

Capítulo II pág. 149-151
“Habíamos llegado al pie de la escalera. La subimos y entramos en el túnel con los dos hombres que nos acompañaban. El túnel había sido excavado en la roca y pensamos que estaría oscuro, pero se hallaba lo suficientemente iluminado como para permitirnos ver de lejos; además, la luz parecía rodearnos de un modo que no proyectaba ninguna sombra. Habíamos notado ese mismo fenómeno durante el día anterior, pero ninguno había comentado nada al respecto. Mas tarde, resolvieron nuestras dudas cuando nos explicaron que la luz estaba alrededor de nosotros, tal y como la habíamos percibido. Cuando no había nadie en el túnel, éste permanecía oscuro. Lo atravesamos y subimos las escaleras hasta llegar a la tercera habitación, que era un poco más grande que las dos de las plantas inferiores. Había un gran número de tablillas, una al lado de otra, a lo largo de las paredes. Descubrimos que otra gran habitación había sido excavada detrás de ésa y supimos, más adelante, que estaba igualmente llena de esas tablillas de un marrón rojizo oscuro y cuidadosamente barnizadas. Algunas tenían un tamaño de cuarenta por sesenta centímetros, su espesor era de cinco centímetros y su peso de cinco a seis kilogramos. Otras eran mucho más grandes. Estábamos muy intrigados por saber cómo habrían sido transportadas a través de las montañas. Se nos respondió que esas tablillas no habían sido llevadas a través de las montañas, sino que las habían traído del país del Gobi en la época en que esa comarca era una tierra fértil y bien poblada, antes de que las montañas se hubiesen elevado. Mucho tiempo después del surgimiento de las montañas, fueron guardadas en ese lugar para preservarlas de cualquier peligro.

Antes del nacimiento de las montañas, parece que un inmenso maremoto había inundado una gran zona del país y asolado o destruido a la mayor parte de la población. Los supervivientes quedaron aislados del mundo y privados de los medios necesarios para su supervivencia. Ellos fueron los ancestros de las bandas errantes de bandidos que, todavía hoy; infestan la planicie del Gobi.

El gran Imperio Uigour se extendía entonces en la región del Himalaya y en el desierto del Gobi. Había grandes ciudades y una civilización muy avanzada. Después de la destrucción de las ciudades a causa de la gran inundación, las ruinas quedaron cubiertas por las arenas movedizas del desierto. Tomamos nota de todos estos detalles que nos iban traduciendo de las tablillas. Más tarde, descubrimos dónde estaban ubicadas tres de esas ciudades. Algún día, cuando las excavaciones se completen, la autenticidad de esos archivos será verificada. Ellos afirman que el origen de esta civilización se remonta a muchos centenares de miles de años. Pero, como no es nuestra intención escribir sobre arqueología, damos por terminada esta digresión”

Interpretación de las tablillas pág 158-159

“Nuestra anfitriona se volvió hacia la tablilla y prosiguió: «En estas tablillas se halla registrado que Dios fue llamado Principio Director -Cabeza, Mente-, y que se simbolizó mediante un carácter parecido a vuestra letra M, que se llamaba M-u. Traducido a vuestro lenguaje, eso sería DIRECTOR o CONSTRUCTOR. »Este Principio Director estaba por encima de todo y lo controlaba todo. El primer Ser que creó fue llamado la expresión del Principio Director, y fue creado con la forma del Principio, pues el Principio carecía de otra forma que la Suya para expresarse.

Este Ser creado por el Principio Director era la expresión externa del propio Principio. Fue creado a imagen de éste, pues el Principio Director carecía de otra forma o muestra. El Principio Director otorgó a Su creación todos Sus atributos y esta creación tuvo acceso a todo lo que tenía el Principio. Se le dio poder sobre toda forma externa. Tenía la forma de Su Creador, los atributos de Su Creador y el poder de expresarlos de la manera perfecta en que se expresa el Creador, siempre y cuando la creación permaneciese en armonía con el Principio. No se desarrolló ninguno de los atributos del ser creado, pero el Creador, que tenía en mente el ideal o plan perfecto que debía expresar Su creación, situó a ésta en un entorno ideal o perfecto donde existían todas las condiciones para llevar a cabo su desarrollo perfecto. Una vez logradas dichas condiciones, se situó a ese Ser entre ellas; se le llamó Señor Dios, y al lugar en que se Le colocó; se le denominó M-u o M, que más tarde se conocería como la cuna o madre. Quisiera que os dieseis cuenta de que para explicar todo esto utilizo palabras de vuestro lenguaje para que podáis comprenderlo”.

Capítulo IX pág. 197-199
“A partir de ese momento, nos aplicamos con diligencia al estudio del alfabeto bajo la dirección de Chander Sen. Los días pasaban con una rapidez vertiginosa. A finales del mes de abril, cuando la fecha de nuestra partida hacia el desierto del Gobi se acercaba, la mayor parte de los archivos estaban todavía sin traducir. Nos consolábamos con la idea de que podríamos regresar para acabar el trabajo. Nuestros amigos habían traducido para nosotros una gran parte de los documentos, pero habían insistido en que estudiáramos los caracteres de las escrituras para poder traducirlas nosotros mismos. Anteriormente, en el mes de septiembre, nos habíamos reunido con el grupo que nos acompañaría en el desierto del Gobi hasta las tres antiguas ciudades en ruinas, cuya ubicación se ofrecía en algunos de estos códices. Aunque entonces no los habíamos visto, nos habían hablado de su existencia. Los que habíamos conocido no eran más que copias, que habían despertado nuestra curiosidad, de las crónicas que teníamos ahora ante nosotros. Ambos documentos remontan la existencia de esas ciudades en más de doscientos mil años. Se señala que sus habitantes disfrutaban de un elevado grado de civilización, pues conocían las artes y los oficios, y trabajaban los metales; el oro era un metal tan común que lo utilizaban para hacer vasijas y herrar los caballos.

También se señala que esa gente gozaba de un buen grado de dominio de todas las fuerzas naturales, así como de sus propios poderes otorgados por Dios. De hecho, las leyendas -si es que son tales- que hacen referencia a este asunto se parecen bastante a las de la mitología griega. Si los mapas son correctos, este vasto imperio abarcaba la mayor parte de Asia y Europa, alcanzando el mar Mediterráneo, hasta lo que hoy se conoce como Francia, y su punto más alto estaba tan sólo a doscientos metros por encima del nivel del mar. Se indica que se trataba de una gran llanura, muy productiva y muy poblada, una colonia de la Patria. No hay duda de que encontrar algún resto de dichas ciudades sería un importante hallazgo histórico, ya que la descripción que los códices ofrecen de este país eclipsa a la del antiguo Egipto en cuanto a pompa y esplendor durante las dinastías de sus siete reyes. Se dice que antes del reinado de esos reyes, había sido incluso más próspero. El pueblo se gobernaba a sí mismo; no había guerras, vasallos ni esclavos. Llamaron a su soberano «Principio Director», y amaron y obedecieron a ese Principio Director. Las crónicas aseveran que el primer rey de la primera dinastía usurpó el gobierno al Principio Director y se autoproclamó soberano.
Capítulo XII pág 228-231 Rayrnond preguntó a Bagget Irand si quería hablarnos de los pueblos que habían habitado en esa región y edificado ciudades corno aquellas cuyas ruinas se encontraban bajo nuestro campamento. Él respondió: «Poseernos sobre ese asunto escritos celosamente conservados, de generación en generación, desde hace más de sesenta mil años. Según esos documentos, la ciudad sobre la que estarnos acampados fue fundada hace unos doscientos treinta mil años. Los primeros habitantes vinieron del Oeste, mucho antes de la fundación de la ciudad, y colonizaron el Sur y el Suroeste. A medida que las colonias se desarrollaban, una parte de sus habitantes emigraba hacia el Norte y el Oeste, y al final todo el país quedó poblado. Tras haber plantado jardines fértiles y sembrado los campos, los colonos comenzaron a fundar las ciudades. Al principio, éstas no eran grandes, pero, con el correr de los años, los colonos del país consideraron que. era útil poder reunirse y asociarse para poner en práctica sus conocimientos de artes y ciencias. Edificaron templos, pero no los destinaron al culto, ya que la vida que llevaban era ya en sí un ejercicio de adoración continuo. Su existencia estaba dedicada a la gran causa de "la vida, y mientras esto duró, la vida no les falló jamás. »En esta época era habitual encontrar hombres y mujeres de varios miles de años. Ellos no conocían la muerte, pasaban de un nivel de comprensión a otro, hacia estados cada vez más elevados de vida y de realidad. Aceptaban la verdadera fuente de la vida, y la vida les daba a cambio sus tesoros ilimitados. »Pero antes de seguir, me desviaré un poco del terna. Volvamos a los templos. Eran lugares donde se conservaban documentos escritos con todos los conocimientos alcanzados en el ámbito de las artes, las ciencias y la historia, a fin de que aquellos que quisieran aprender pudieran acceder a ellos. Los templos no eran lugares para hablar de asuntos científicos profundos. Los actos de adoración eran parte de la vida cotidiana del individuo; no había horas señaladas, ni personas seleccionadas para el culto. »Los habitantes idearon nuevas vías de comunicación e inventaron el empedrado. Aprendieron a edificar casas confortables. Supieron cómo explotar las canteras de piedra, idearon el ladrillo y el mortero; desarrollaron todas esas cosas que vosotros ya conocéis y así, edificaron sus moradas y sus templos. »Comprendieron que el oro era un metal excepcionalmente útil, a causa de su inalterabilidad. Encontraron la manera de extraerlo de las arenas auríferas y de las rocas, hasta que se convirtió en un metal común para ellos. También trabajaron otros metales, que había en abundancia, según la medida de sus necesidades.
Después de esto, las comunidades dejaron de depender enteramente de la agricultura. Comenzaron a suministrar a los trabajadores del campo artículos manufacturados que les permitían extender su zona de trabajo. Los núcleos poblacionales se agrandaron y se desarrollaron hasta convertirse en ciudades de cien mil y hasta doscientos mil habitantes. »Sin embargo, no había jefes temporales ni gobernadores. El gobierno era confiado al consejo elegido por los propios habitantes. Este consejo cambiaba sus delegaciones con las de otras comunidades. No se promulgaban leyes ni reglas para la conducta de los individuos. Cada uno era responsable de sí mismo y vivía según la ley universal. Las leyes humanas eran inútiles, no había necesidad de ellas. »Enseguida, aquí y allá, algunos individuos comenzaron a desviarse. Pronto se convirtieron en amos, situándose por delante de los demás, al tiempo que desaparecían los hombres que apreciaban su trabajo. El amor, que no había sido completamente desarrollado por todos, produjo una separación imperceptible que no cesó de acentuarse, hasta el día en que un hombre de una personalidad extremadamente fuerte se instauró corno rey y dictador temporal. Corno gobernó sabiamente, las gentes aceptaron su ley sin pensar en el porvenir. Algunos tuvieron una visión de lo que vendría y se retiraron a comunidades cerradas, viviendo desde entonces una vida más o menos recluida y buscando el modo de mostrar a sus conciudadanos la locura de la separación. El rey fundó la primera orden de gobernadores temporales, en tanto que los disidentes formaron la primera orden monástica. Se necesitarían profundos estudios e investigaciones para entender el laberinto de caminos seguidos por los disidentes. Algunos conservaron la doctrina simple y vivieron según ella. Pero, en general, la vida se volvió muy compleja; tan compleja que la mayoría dejó de creer que existía una forma de vida más simple, más equilibrada, en cooperación directa con el creador de toda vida. Estas gentes ya no veían que su existencia era un camino complejo y rudo, ni que la vida simple, en armonía con la gran causa creadora, aporta la abundancia. Pero es necesario que continúen en este Camino hasta que descubran otro mejor». Dicho esto, el orador interrumpió su discurso y se quedó un momento en silencio. Apareció súbitamente ante nuestros ojos una imagen, inmóvil al principio, que después fue animándose. Las formas comenzaron a moverse y las escenas a cambiar, a veces de un modo espontáneo, y otras a medida que el orador las comentaba. Bagget Irand parecía poder mantener estas escenas y reproducirlas a voluntad según las preguntas y las explicaciones dadas. Se trataba de escenas que presumiblemente habían tenido lugar en aquella ciudad en ruinas sobre la que acampábamos. No era muy diferente a cualquier ciudad populosa del Oriente de hoy en día, salvo que las calles eran más anchas y estaban bien conservadas. Las gentes iban bien vestidas, con ropajes de gran calidad. Tenían el rostro luminoso y alegre.
No se veía en ninguna parte soldados, ni pobres o mendigos. La arquitectura atrajo nuestra atención; los edificios parecían sólidos, bien construidos y tenían un aspecto agradable. Aunque no se observaba demasiada fastuosidad, uno de los templos sobresalía por su magnificencia. Se nos informó que había sido enteramente construido por voluntarios, y que era uno de los más antiguos y bellos del país. Si esas imágenes eran verdaderamente representativas, la gente, en general, era ciertamente feliz y estaba satisfecha. Se nos dijo que los soldados no aparecieron hasta después de los doscientos años del segundo rey de la primera dinastía. Con el fin de mantener la pompa de su corona, este rey comenzó a poner impuestos y a reclutar soldados. Al cabo de unos cincuenta años la pobreza apareció en algunas zonas aisladas. Es en ese momento cuando una parte de la población abandonó la ciudad y se retiró, descontenta del reino y de los hombres en el poder. Bagget Irand y su familia descendían directamente de ese grupo de personas”.

Capítulo X- Segunda Parte Pág. 341-348
“A la mañana siguiente, mientras esperábamos al abad, llegó un mensajero que anunció que se esperaba que acudiésemos ante el Dalai Lama a las dos en punto de esa tarde. A continuación, fuimos en busca del abad y le encontramos cuando se disponía a abandonar la sala de audiencia. Su rostro resplandecía, pues en su mano sostenía nuestro permiso para viajar a voluntad por el país. Tras leer la orden traída por el mensajero, dijo: «No se trata de una orden; es sólo una solicitud. La audiencia es para entregaros este permiso». Como estábamos todos juntos, propuso ir inmediatamente a ver los códices. Nos aguardaba una gran sorpresa. Encontramos miles de tablillas de arcilla y textos en placas de cobre y bronce, así como bellas tablillas cinceladas en fino mármol blanco. Como ésa era nuestra primera oportunidad de entrar en contacto con ese tipo de registros, decidimos examinarlos inmediatamente. El abad nos dijo que no estaba familiarizado con las tablillas, pero que le habían contado que eran de origen persa y que intentaría encontrar al lama que las conocía. Así que salió y nosotros nos quedarnos examinándolas. Los caracteres no le resultaron familiares a nadie de nuestro grupo. Las tablillas consistían en dos losetas de puro mármol blanco de alrededor de medio centímetro de grosor, unidas mediante un cemento que no pudimos identificar. Los bordes aparecían bellamente biselados y a su alrededor tenían un margen de unos cinco centímetros con figuras cinceladas. Muchas de esas figuras eran incrustaciones de oro puro, mientras que todos los títulos aparecían damasquinados en oro puro, pero sin relieves. Las tablillas estaban cuidadosamente numeradas por grupos y cada grupo recibía un número de serie. Las fechas venían indicadas mediante dibujos de coronas de flores entrelazadas con hojas de parra. Según este sistema, si tuviéramos que señalar una fecha corno 1 de enero de 1894, el primer mes del año aparecería representado con el tallo de una flor, que no acabase en yema, con una incrustación de jade. El primer día del mes estaría encarnado por el tallo rematado por un capullo, con una incrustación de oro. El de la cifra 1894, aparecería representado con el tallo con un capullo lo suficientemente abierto corno para revelar el pistilo de la flor. Los pétalos de la flor eran incrustaciones de lapislázuli, con el pistilo en oro y un pequeño diamante embutido en oro.

El 8 es la flor que muestra ocho estambres; cada uno de ellos tiene-una incrustación de oro alrededor del pistilo, con un diamante más pequeño en el oro. El 9 aparece representado por una rosa de nueve pétalos totalmente florecida, con un pétalo de lapislázuli, otro de jade, y otro de calcedonia; repitiéndose esta secuencia en tres ocasiones. Eso señala que ya no hay más dígitos. El sistema iba del O al 9, y se repetían las secuencias para expresar números mayores. El 4 es un lirio en el proceso de abrirse, mostrando los pistilos y tres estambres. La copa del lirio es una incrustación de jade pálido, los estambres son de ópalo rojizo con cuatro pequeños diamantes, y el pistilo es de lapislázuli, con cuatro pequeños diamantes.
El espacio por encima del texto estaba adornado con una especie de parra con incrustaciones de oro, mientras que las hojas eran de jade verde; podía apreciarse hasta el más mínimo detalle. Las tablillas eran una joya en sí mismas. El tipo de tablilla y el método de fechado eran del período atlante temprano. Cada tablilla podría costar una fortuna, en caso de ser puestas a la venta. Mientras cavilábamos sobre todo ello, llegaron el abad y el superior, acompañados por el anciano lama que se encargaba de los registros. Nos sumergirnos de tal manera en ese recital de historia que el abad tuvo que avisarnos de que se acercaba la hora de nuestra cita con el Dalai Lama y que debíamos cambiarnos de indumentaria para ello. Cuando llegamos a nuestros aposentos, hallarnos túnicas para cada uno de nosotros, pero cómo ponérnoslas fue todo un desafío. El tiempo había pasado con tal rapidez que decidirnos intentarlo sin consultar y acabarnos vistiéndonos de cualquier manera. Resultó que algunos nos las habíamos puesto al revés, otros habían dejado la parte interna de la túnica hacia fuera, mientras que sólo unos cuantos se las habían puesto correctamente.
Al llegar a la cámara de audiencias vimos al Dalai Lama cruzar el salón con su guardia y entrar en la cámara a través de las enormes puertas. Estuvimos seguros de haber visto una amplia sonrisa en su rostro. Nos quedarnos aguardando a que abrieran la puerta lateral, que era la señal que esperábamos para entrar en la cámara. La puerta no tardó en abrirse y nos condujeron al interior, que lucía una de las decoraciones más lujosas que jamás hemos visto. El techo de la habitación remataba en una gran bóveda central. En esta bóveda había tres grandes lucernarios por los que penetraban grandes haces de luz solar, que iluminaban la estancia con un brillo y esplendor demasiado magníficos para ser descritos. Las paredes se hallaban totalmente cubiertas de tapices bordados en oro, con figuras entretejidas en hilo de plata. En el centro de la sala, sobre un estrado elevado y cubierto con un tejido hilado en oro, se sentaba el Dalai Lama, ataviado con un manto de hilo de oro ribeteado de púrpura e hilo de plata. El abad y el superior nos condujeron ante el Dalai Lama, y, al igual que en la ocasión anterior, permanecieron a cada extremo de la fila. Tras darnos la bienvenida, el Dalai Lama bajó del estrado y se puso de pie frente a nosotros. Elevó las manos, nos arrodillarnos y recibirnos sus bendiciones. Al incorporarnos, el Dalai Lama se acercó a nuestro jefe.
Después, le prendió un broche sobre el pecho y habló a través de un intérprete: «Esto os permitirá tanto a vos como a vuestros compañeros circular con libertad por estas tierras. Podéis ir y venir según tengáis a bien y; por ello, os concedo esta encomienda que os otorga el estatus de ciudadano del Tíbet. Os concedo el título de Señor del Gran Gobi». Luego recorrió toda la fila, prendiendo broches más pequeños, aunque similares, sobre el pecho de cada uno de nosotros, diciendo: «Ésta es una muestra de mi estima. Os dará acceso a toda la tierra del Tíbet. Es vuestro salvoconducto allí donde vayáis». De manos del abad, tomó el pergamino que contenía el nombramiento y se lo entregó a nuestro jefe. Los broches estaban bellamente labrados en oro, guarnecidos de filigrana, con una imagen del Dalai Lama en el centro tallada en relieve sobre jade, como un camafeo. Para nosotros fue una joya que apreciamos con la más alta estima. El Dalai Lama fue todo bondad a lo largo de la ceremonia. Lo único que pudimos decir fue: «Gracias». El anciano lama encargado de los códices entró y nos informaron de que compartiríamos la cena con el Dalai Lama. Una vez acabada la comida, la conversación derivó hacia el tema de las admirables tablillas. El Dalai Lama, así como el lama anciano, nos ofrecieron un detallado relato -a través de un intérprete- acerca de la historia de las tablillas, que anotamos cuidadosamente. Parece ser que esas tablillas fueron descubiertas por un sacerdote budista itinerante en unas criptas halladas bajo las ruinas de un antiguo templo en Persia. El sacerdote dijo que las había hallado al escuchar -mientras estaba sentado en samadhi- una bella voz que parecía emanar de las ruinas. Las canciones eran tan dulces y la voz tan clara que finalmente se interesó en ellas, y; al seguir la dirección de la que provenían, se encontró con la cripta. La voz parecía venir de debajo. Tras realizar una inspección en profundidad y no encontrar abertura alguna, se decidió a localizar el origen de la voz.

Ayudándose de herramientas bastante toscas, empezó a cavar entre los escombros, descubriendo una losa que parecía formar parte del suelo de la cripta en ruinas. Se sintió desanimado, ya que durante un momento había pensado que la voz le guiaba por el camino adecuado a través de las ruinas. Antes de abandonar el lugar, se sentó en meditación durante unos instantes y la voz se hizo más clara y concreta, finalizando con el requerimiento de que continuase. Mediante un esfuerzo casi sobrehumano consiguió levantar la losa. Al apartarla descubrió una abertura que daba a un pasadizo. Se metió por la abertura y el pasadizo se iluminó con una fuerza invisible que brillaba delante de él. Siguió la luz y ésta le condujo hasta la entrada de una gran cripta, cerrada con enormes puertas de piedra. Se detuvo unos instantes ante las puertas. Las bisagras comenzaron a crujir y el gran bloque de piedra empezó a girar lentamente, revelando una hendija por la que pasó. Al cruzar el umbral, la voz cantó con más claridad y dulzura, como si su dueño estuviese también allí. La luz, que se había quedado en la puerta, se trasladó al centro de la gran cripta, iluminándola por completo. Allí, en nichos abiertos de las paredes de esta cripta, cubiertas con el polvo de las eras, se hallaban las tablillas. Examinó unas cuantas y, tras percibir su belleza y valor, decidió esperar hasta que pudiera hablar con dos o tres compañeros de confianza, a fin de considerar con ellos la posibilidad de trasladar las tablillas a un lugar más seguro. Salió de la cripta, volvió a colocar la losa y la cubrió de nuevo con cascotes. Luego, inició la búsqueda de compañeros que creyesen su historia y que contasen con la fortaleza de ánimo y los medios suficientes para llevar a cabo su plan.
Esa búsqueda le llevó más de tres años. Casi todos a los que les relató la historia creyeron que se había vuelto loco. Finalmente, un día, durante una peregrinación, dio con tres sacerdotes a los que había conocido en el transcurso de otro peregrinaje, y les contó la historia. Al principio se mostraron escépticos, pero una noche, exactamente a las nueve, mientras se hallaban sentados alrededor de una hoguera, la voz empezó a cantar y a hablar de los textos. Al día siguiente los cuatro se alejaron del resto de la compañía e iniciaron el viaje hacia las ruinas. A partir de ese momento, a las nueve en punto de la noche, la voz siempre volvía a cantar. Si se encontraban cansados o abatidos, la voz cantaba con más dulzura. Al final del viaje, cuando ya se acercaban a las ruinas, una hora antes del mediodía, se les apareció una forma juvenil, que empezó a cantar y los condujo hacia las ruinas. Cuando llegaron, quitaron la losa y entraron inmediatamente en la cripta. Al acercarse, las puertas se abrieron de par en par y entraron. Una corta inspección convenció a los sacerdotes del valor y la veracidad del descubrimiento. Estaban tan cautivados por el hallazgo que no durmieron en tres noches. Se apresuraron para llegar al pueblo, que se hallaba a unos ciento diez kilómetros, a fin de conseguir los camellos y suministros que les permitirían trasladar las tablillas a un lugar más seguro. Finalmente consiguieron doce camellos; los cargaron y regresaron. Embalaron las tablillas para que no sufrieran daños durante el transporte. Tras hacerse con tres camellos más, iniciaron el largo viaje a través de Persia y Afganistán, hasta llegar a Peshawar.

Cerca de Peshawar, ocultaron su carga en una gruta apartada, Permanecieron en aquel lugar durante cinco años. Uno de los sacerdotes siempre se quedaba sentado en samadhi, ante la cueva, a fin de proteger las tablillas. Desde Peshawar las trasladaron a Lahnda, en el Punjab. Allí se quedaron diez años. Luego, en etapas cortas, las fueron trayendo hasta aquí, y, finalmente, las depositaron en el palacio del Gran Lama. Todo esto les llevó más de cuarenta años. Desde este palacio deberían ser llevadas hasta Shambala. En otras palabras, las habíamos visto de paso.

En ese momento, un asistente entró con cuatro tablillas y las colocó, con sumo cuidado, sobre un mueble elevado que hacía las veces de mesa. Nos sentamos alrededor para tenerlas de frente. Cuando las manecillas del reloj señalaron las nueve, se escuchó una voz cantarina, infinitamente dulce, y, no obstante, en un tono muy agudo que recordaba la voz de un muchacho imberbe. Ésta es la traducción de las palabras que oímos: «Que existe un Espíritu omnisciente e inteligente, y que esa inteligencia es Divina e infinita y que penetra todas las cosas, es algo que no puede negarse. Como esta inteligencia lo penetra todo, es infinita y es la fuente de todo. Es Divina y su Divinidad manifiesta en forma de pensamiento o materia visible es el hecho o verdad de todas las cosas. »Podéis llamarlo Espíritu omnisciente, inteligente, Dios o Bien, o lo que deseéis, ya que el ser humano debe darle nombre a todas las cosas. Una vez que le ha dado nombre a algo, dispone del poder de hacerlo existir. Si un ser humano da nombre a cualquier cosa con verdadera reverencia, veneración y alabanza, puede convertirse, y se convierte, en lo que nombra. »Podéis ver que el ser humano puede, por elección, convertirse en Dios o en un animal. Se transforma en el ideal que se decide a seguir. De este modo, es muy fácil darse cuenta de que el ser humano es el Hijo unigénito de Dios, o el hijo unigénito del animal. Dependiendo de su elección, el ser humano puede convertirse en mal o maligno si su vista contempla el mal; o puede convertirse en Dios, si su vista contempla a Dios. »En este estado informe, el Espíritu omnisciente e inteligente permanecía silente y contemplativo; no obstante, la inteligencia estaba presente y se consideraba a sí mismo tanto productor como espectador de todas las cosas animadas e inanimadas. En este estado silente, el Espíritu omnisciente e inteligente vio que no existía modificación; y decidido a emanar o manifestar el universo, esta inteligencia elaboró una imagen de cómo sería el universo. Como no podía hacer más que seguir la imagen perfecta o plan Divino, el universo aceptó de buena gana la forma dirigida por la inteligencia. »La imagen del Ideal Divino se amplió hasta que se hizo perfectamente visible. Ése es el Universo tal y como lo vemos en la actualidad, que sigue el plan perfecto que debe seguir. »Esta inteligencia es, y siempre ha sido, el observador y director de su plan de Ideal Divino.
»Esta inteligencia sabía que era necesario manifestar forma animada y dotarla de todos los potenciales, a través de lo que podría expresarse por completo. Es lo que se conoce como hombre inmortal. Este Ideal Divino, que se manifiesta en todas las fases y direcciones, es lo inmortal de cada ser humano actual. Como este ser humano fue creado en el Ideal Divino de la Inteligencia o Espíritu omnisciente, apareció manifestado como el Hijo del Principio, con dominio sobre todos los atributos y condiciones. Hijo significa "unión con", no "sirviente de". Era necesario que este Hijo tuviese total libertad de elección y que de ninguna manera se convirtiese en esclavo o marioneta. «Este ideal inmortal siempre debe incluir una porción o chispa de la llama central que lo manifestó o proyectó en la existencia. Esta proyección fue la primera célula que finalmente terminó convirtiéndose en el cuerpo del ser humano y es la chispa de vida que permanece para siempre y que nunca muere. Esta célula recibe el nombre de Cristo. Esta célula, aunque dividida y repetida muchos millones de veces, retiene la imagen del Espíritu Divino proyectada e implantada en ella y no puede ser pervertida por el pensamiento humano. Por ello el ser humano siempre es Divino”.


Ancient Uyghur Civilization (1)-Cave art by ancient Uyghurs

31 de agosto de 2009

La leyenda de los Hsiung Nu

La Leyenda de los Hsiung Nu




Los lectores del sitio conocen la admiración que desde Crónica Subterránea profesamos por el estudioso italiano Peter Kolosimo, del cual referimos algunos de sus escritos, en más de una oportunidad. Nuevamente tomamos una de esas historias fascinantes, que solo Kolosimo podía relatar, producto de sus innumerables viajes en busca de los enigmas planteados por civilizaciones desaparecidas, muchas de las cuales siguen siendo ignoradas hoy día en los libros de historia.

En Tierra sin Tiempo, expone uno de esos casos, sito en una de las regiones inaccesibles del globo, donde Rusia, China, Tíbet, y Mongolia se disputan el honor de aquellos vestigios legendarios.




"Los Hsiung Nu no se distinguían precisamente por un alto nivel de civilización, pero, en muchos aspectos, los testimonios que nos han llegado indirectamente acerca de sus monumentos PUM dieran inducimos a pensar lo contrario: en suma, nos encontramos ante uno de tantos inexplicables contrastes propios de las antiguas culturas. Los Hsiung Nu habitaban una región del Tíbet septentrional, al sur de la grandiosa cordillera de Kun Lun
[1], zona ahora desértica y en gran parte inexplorada. No eran de origen chino: créese que llegaron allí desde Persia o de Siria; los hallazgos efectuados nos conducen en efecto, a Ugarit y, en particular, a las representaciones del dios Baal, el de largo yelmo cónico y cuerpo cubierto de plata.

Cuando, en 1725, el explorador francés padre Duparc descubrió las ruinas de la capital de los Hsiung Nu, aquel pueblo, exterminado por los chinos, pertenecía ya a la leyenda hacía siglos. El monje pudo admirar los restos de una construcción en el interior de la cual se alzaban más de mil monolitos que en su tiempo debían de estar revestidos de láminas de plata (alguna, olvidada por los saqueadores, era visible aún), una pirámide de tres plantas, la base de una torre de porcelana azul y el palacio real, cuyos tronos estaban rematados por imágenes del Sol y de la Luna. Duparc todavía pudo ver la «piedra lunar», un bloque de una blancura irreal, rodeado por bajo relieves que representaban animales y plantas desconocidos. En 1854, otro francés, Latour, exploró la zona, hallando algunas tumbas, armas, corazas, vajilla de cobre y collares de plata y de oro adornados con esvásticas y espirales. Las misiones científicas que, más adelante, acudieron allí, sólo pudieron ver alguna losa esculpida, pues, entretanto, la arena había sepultado los restos de la gran ciudad.

Fue en 1952 cuando una expedición soviética intentó poner a la luz una parte por lo menos de las ruinas. Los aventureros de la ciencia se sometieron a un largo y agobiador trabajo, sin poder contar con instrumentos adecuados, cuyo transporte a aquellas regiones resultaba imposible; desgraciadamente, sólo consiguieron arrancar al desierto la extremidad de un extraño monolito puntiagudo, con algunas inscripciones, que parece copia idéntica del de la ciudad muerta africana de Zimbabwe.

Por los monjes tibetanos, empero, los investigadores rusos se enteraron de la vida, muerte y milagros de los Hsiung Nu, Les fueron mostrados documentos en los cuales la pirámide de tres plantas era minuciosamente descrita. De abajo arriba, las plataformas representaban «la Tierra Antigua, cuando los hombres subieron a las estrellas; la Tierra Media, cuando los hombres vinieron de las estrellas, y la Tierra Nueva, el mundo de las estrellas lejanas». ¿Qué significan estas palabras sibilinas? ¿Acaso quieren decirnos que los hombres se fueron a quién sabe cuál planeta en un pasado inmemorial, que luego volvieron a su Tierra de origen y que, por último, ya no tuvieron modo de comunicar a través del espacio? Probablemente no lo sabremos nunca, pero los tibetanos piensan que así fue efectivamente; afirman que aquel pueblo buscó en la religión la prosecución de los viajes cósmicos, acunándose en la creencia de que las almas de los difuntos suben a! cielo para transformarse en astros.

Resulta muy interesante la descripción del interior del templo que coincide en varios puntos con la hecha por el padre Duparc. En un altar -revelan las viejas crónicas tibetanas- estaba colocada la «piedra traída de la Luna» (extraída», no «venida»: no se trataba, pues, de un meteorito), un fragmento de roca de color blanco lechoso, rodeado por magníficos dibujos que representaba la fauna de la «estrella de los dioses» y por monolitos en forma de delgados husos, revestidos de plata. ¿ Son animales y plantas de un planeta colonizado por cosmonautas prehistóricos, monumentos erigidos para simbolizar sus astronaves? Antes de un «cataclismo de fuegos, los Hsiung Nu habrían sido muy civilizados y cultivado diversas ciencias extraordinarias, las mismas que hoy aún están vivas entre los tibetanos: habrían estado en condiciones no sólo de «hablarse a distancias, sino cabalmente de comunicar con el pensamiento a través del espacio. Los individuos supervivientes de la catástrofe habrían caído en la barbarie, no conservando de la antigua grandeza más que el recuerdo deformado por la superstición.

Aquellos detalles impresionaron, en Rusia, a algunos investigadores que se dedicaban a la parapsicología; lo hacían a escondidas, pues Stalin había prohibido rigurosamente que se prestase atención a, «semejantes tonterías de origen mágico y religioso», Pero después de su muerte, el «deshielo» se extendió también a ese campo: los investigadores en cuestión fueron considerados al principio con cierto escepticismo, pero pronto lograron disipar la desconfianza de las altas esferas, haciendo resaltar que en la parapsicología no hay nada de mágico, que hasta los más extraños fenómenos podrán ser explicados, un día u otro a la luz de la ciencia, contribuyendo así al progreso.

El académico de la URSS Leónidas Vasiliev reveló, en un bestseller suyo, haber efectuado en tiempos de Stalin una serie de interesantes experimentos secretos en Leníngrado, descubriendo la existencia de óptimos sujetos capaces de recibir y transmitir telepáticamente, aun estando en celdas subterráneas revestidas con planchas de plomo. Otro insigne psicólogo, el profesor Kajinski, intervino con argumentos bastante positivos, y finalmente quedó constituido en Moscú un grupo investigador compuesto por psiquiatras, fisiólogos, neurólogos y físicos, dirigido por el joven doctor E. Naumov.

El propio Kruschev se interesó por el tema y se manifestó convencido de la necesidad de proseguir los estudios, que podrían demostrarse muy útiles incluso en el campo de la astronáutica: la telepatía permitía, en efecto, no sólo mantenerse en comunicación con los pilotos espaciales en caso de avería en los instrumentos, sino también establecer contacto con inteligencias extraterrestres. El asunto se ha tomado tan en serio, que en varias Universidades soviéticas se están experimentando drogas susceptibles de aumentar los poderes telepáticos, y en la moscovita se trabaja en la fabricación de aparatos capaces de reforzar la percepción extrasensorial; a la realización de esos «amplificadores psíquicos» se dedican científicos que ya tienen en su activo grandes logros, entre ellos el invento de la famosa «máquina del sueño», capaz de vencer el más obstinado insomnio, y de «hipnotizadores robot», los cuales permiten aprender y retener una serie de nociones que sería imposible asimilar con los sistemas normales. Así, cuando la parapsicología no fue ya, en Rusia, una ciencia prohibida, Vasiliev y sus colegas, al examinar una gran cantidad de materia! a! que antes no hubiesen podido tener acceso por pertenecer a sectores ajenos a su esfera profesional (la arqueología, por ejemplo), se fijaron en los relatos concernientes a los Hsiung Nu y a los tibetanos.

Los lamas de la gran altiplanicie eran ya muy conocidos por sus poderes extrasensoriales, pero la hipótesis de que alguno de ellos estuviera en condiciones de comunicar, como los antepasados de los Hsiung Nu, con otros mundos, era tan atrevida que se consideraba fantástica. Sin embargo, para los líderes de la nueva ciencia rusa nada es demasiado fantástico. Elocuentes son, al respecto, las directrices impartidas por el «zar de la astronomía», Leónidas Sedov, a sus colaboradores. «Profundizadlo todo, no descuidéis nada, ni siquiera lo que pueda pareceros abstruso. Para descartar, siempre hay tiempo.»

Los soviéticos llevan ya años siguiendo esas directrices en todos los campos. Así, parten expediciones hacia el Tibet para reunir mayor cantidad de nociones útiles; así, se dedican a los problemas del lung-gom, el conjunto de prácticas físicas y psíquicas que contribuyen a dar a los sujetos una resistencia enorme y una agilidad extraordinaria; así, indagan en el camino del tu-mo, el sistema que permite estimular el calor interno hasta poder permanecer, completamente desnudos, a cuatro o cinco mil metros de altitud; así, intentan penetrar los secretos de la telepatía y de la telequinesia.

En 1959, una misión rusa vaga de monasterio en monasterio (la aventura será referida después por un investigador escandinavo durante un congreso astronáutica celebrado en Moscú), buscando en el más enigmático país del mundo un camino hacia las estrellas que tan sólo la ciencia ficción puede concebir.

El viaje está erizado de dificultades: dos hombres de la expedición sufren graves heridas al precipitarse en profundas grietas; otros tres, extenuados, deben ser abandonados en hospitalarias aldeas. Pero, finalmente, la tenacidad de esos exploradores de lo imposible triunfa: en una lamasería no lejos del santuario de Galdan, los soviéticos logran sostener un coloquio con un anciano sabio, no sólo expertísimo astrónomo, sino cabalmente al corriente de los problemas astronáuticos. El lama admite que, en determinadas circunstancias, puede ponerse en contacto visivo con los habitantes de otro planeta, y los rusos le ruegan que les permita asistir a uno de esos experimentos. El anciano se niega, pero después, ante la insistencia de los visitantes, acaba por avenirse a ello, a condición de que sólo participen en la sesión dos de los huéspedes.

Los investigadores se ponen muy contentos, descansan unos cuantos días y después los dos escogidos son llamados a seguir una serie de ejercicios de concentración, acompañados de una especie de gimnasia yoga y de un régimen alimenticio especial. Finalmente, el experimento tiene lugar en la desguarnecida celda del lama: el monje coge de las manos a los compañeros y se concentra con ellos de una manera previamente establecida, mientras un curioso aparato emite a intervalos regulares sones musicales amortiguados, cuyo eco se trunca bruscamente. y la imagen proveniente de la profundidad del espacio cobra consistencia, primero nebulosa, luego cada vez más clara. Un ser extrañísimo parece contemplar a los tres hombres: sus formas recuerdan las humanas, pero el rostro es indefinible y los miembros están segmentados como los de los artrópodos. La criatura, en posición erecta, está inmóvil, y ante ella gira como una reproducción en miniatura del sistema solar: en torno a una gran bola centelleante ruedan Mercurio, Venus, la Tierra, Marte ...

Los soviéticos observan esas minúsculas esferas, las identifican, las cuentan. Y entonces tienen la gran sorpresa: los planetas no son nueve, ¡son diez! Además de Plutón, otro globo gira en torno al Sol. ¿De dónde viene la imagen? El monje afirma resueltamente que no puede contestar a esta pregunta ni a otras. Sólo sobre un punto se muestra un poco más locuaz: declara que más allá de Plutón existe efectivamente otra planeta (o un ex satélite de Neptuno salido de la propia órbita) y que no pasarán muchos años antes de que sea descubierto.

La expedición, aunque interesante, ha resultado, pues, infructuosa. Comentándola, uno de los investigadores que han tomado parte en la sesión, confiesa: «Ni yo ni mi compañero nunca sabremos si aquella figura apareció ante nosotros o en nuestra mente. Nunca sabremos s-i de verdad fue proyectada a través del espacio o simplemente "dibujada" por la voluntad del monje. Nosotros podemos describirla genéricamente, pero debemos reconocer que, en realidad, no tenía nada de terrestre ... Parece imposible que una fantasía humana haya podido concebir algo tan extraño»

Las divergencias ruso-chinas ponen fin a las expediciones soviéticas en el Tíbet; pero no por ello los científicos de la URSS renuncian a investigar sobre secretos tan apasionantes. Se dirigen a la India, y es de este país que se dice provienen los grandes maestros del yoga llamados a iniciar a los astronautas en el método que les permita soportar sin muchos inconvenientes los viajes orbitales".




[1] El escritor Andrew Thomas en Shambala, oasis de luz, expone la creencia de los montes Kuen Lun, como uno de los lugares donde reside la Hermandad Blanca. “Según los antiguos escritos de China, Nu y Kua, los prototipos asiáticos de Adán y Eva, nacieron en los montes del Kuen-Luen, situados en una desolada región del Asia Central. Resulta difícil comprender por qué un lugar tan extraño pasa por haber sido el Edén chino. El desierto de Gobi fue probablemente, en cierta época, un mar interior rodeado de regiones fértiles. Lógicamente, los chinos debían elegir la provincia del Cantung, en el valle del Yang-Tsé-kiang, como la probable residencia de los primeros hombres en la Tierra. Sin embargo, esta peregrina creencia se halla fuertemente arraigada, y es repetida constantemente en las crónicas y escritos del Celeste Imperio. El imponente Kuen-Luen, cuyas cumbres están cubiertas de glaciares y de nieve, es considerado, en la mitología china, como la morada de los Inmortales. El Olimpo asiático estaría allí presidido por Hsi Wang Mu, La Reina Madre del Oeste. 'Los chinos cultos no han podido jamás explicar por qué su Olimpo está situado tan lejos de la China propiamente dicha. Hasta una época reciente, pocos chinos se aventuraban a viajar por esta provincia retrasada, apenas habitada por tibetanos y mongoles hostiles. ¿Se puede encontrar una explicación plausible a esta leyenda? El palacio de nueve pisos de Hsi Wang Mu se describe como construido en jade puro. Está rodeado de un magnífico jardín, en el que se eleva el Melocotonero de la Inmortalidad, que florece y da su fruto cada 6.000 años. Sólo hombres y mujeres de elevada virtud e inteligencia superior son admitidos a comer este maravilloso fruto, que los preservará de la muerte y les conservará una perpetua juventud. Invisibles instrumentos difunden en el aire una suave música, y se puede beber el elixir de juventud en la fuente de la vida eterna, afirman los narradores chinos. En este macizo montañoso existe un espléndido valle, protegido de los vientos fríos. Para el que alcanza el valle de la diosa se detiene la rueda del renacimiento y entra en el Nirvana, dicen los budistas del Norte. Hsi Wang Mu es llamada también Kuan Yin, diosa de la misericordia, y a menudo es representada, tanto en China como en Japón, con miles de brazos y miles de ojos, que simbolizan su deseo de ayudar a la Humanidad. Kuan Yin es llamada también la que está atenta al grito del mundo», «la diosa que vigila al mundo», «la guardiana misericordiosa». Para los budistas, es la compañera de Avalokitecvera, que da a la Humanidad la plegaria del corazón, Om Mani padme hum (<< ¡Oh, tú, joya en el loto! »). En el Tibet y el Nepal es invocada a veces con el nom¬bre de Blanca Tara o Dolma. Los chinos dicen que los ayudantes de Hsi Wang Mu poseen cuerpos perfectos, que no envejecen ni mueren. Estos seres están llenos de sabiduría y de poder, y ayudan a la Madre Dorada en sus actividades humanitarias. Se supone que los Inmortales poseen la facultad de viajar a su antojo por todo el Universo, de un mundo a otro, e incluso de vivir en las estrellas lejanas. Es sorprendente encontrar un concepto tal en la Antigüedad, ya que sugiere prácticamente la idea de los viajes espaciales de nuestros tiempos modernos. Por otra parte, si este concepto es una proyección del espíritu hacia un sistema cósmico alejado, es igualmente sorprendente que los antiguos chinos entrevieran una tal posibilidad, ya que nada, en su época, permitía concebir la inmensidad del Universo. Antiguos libros del Celeste Imperio describen la época legendaria de los Hijos del Cielo que llegaron, como próvidos portadores de la cultura, tres milenios antes de nuestra Era. En aquellos tiempos se manifestaron extraños fenómenos astronómicos, por ejemplo, la caída de una enorme estrella en la Isla de las Flores, que el filólogo soviético Lisevich sitúa en el desierto de Gobi. El sabio ruso interpreta el mito como relacionado directamente con el auténtico descendimiento de una nave espacial que, en el alba de la Historia, habría depositado civilizaciones cósmicas en Asia Central. Esta leyenda, tomada de un viejo texto chino, se hará más significativa aún cuando se relacione con la Isla Blanca, lugar de residencia de los Yoguis Inmortales, que mencionan los escritos de la India. Es extraña la leyenda de la Tierra de los Inmortales. Sin embargo, el gran Lao- Tsé (nacido hacia el 604 a. de J. C.), cuyo pincel redactó el clásico Tao-Té-King, base de la filosofía taoísta, abandonaría, al parecer, la China Central hacia el final de su larga existencia, para dirigirse al país de Hsi Wang Mu. Numerosas estatuillas del gran sabio nos lo muestran sobre el lomo de un búfalo, caminando hacia el legendario país. Ello tal vez explique por qué ningún historiador chino sabe dónde ni cuándo murió el filósofo. Los documentos históricos prueban que Lao-Tsé no fue el único que emprendió el viaje hacia el lejano Kuen-Luen, a través del Gobi. Según las fuentes chinas,' el emperador Mu, de la dinastía de los Chu (1001-946 a. de J. C.), podía vanagloriarse de haber obtenido efectivamente una audiencia de la diosa Hsi Wang, a orillas del lago de Jaspe, en la cadena del Kuen-Luen, Otra crónica nos informa acerca de la repentina aparición de la diosa del Oeste en el palacio del emperador Wu-Ti, de la dinastía de los Han (140-180 a. de J. C.). Ko Yuan (o Hsuan), un ilustrado taoísta del siglo 111, consigna en una obra sus revelaciones filosóficas. Insiste en el hecho de que el conocimiento secreto no ha sido jamás accesible a los simples curiosos entre los hombres instruidos de este bajo mundo. Decía que se tenía que elevar por encima de la Tierra para comprender la enseñanza. Por otra parte, era absolutamente formal respecto a los orígenes de la ciencia taoísta (provenía del reino de la Madre Real del Oeste). Durante numerosos siglos ha sido constantemente repetida por los autores chinos la leyenda de la Tierra de la Diosa Madre del Oeste donde residen los gigantes espirituales.¿ Se trata de una alegoría que designaría el lugar de estancia de los hombres perfectos en una residencia aislada, en el Asia Central? En efecto, un estudio de la historia de China y de su literatura corrobora esta posibilidad. Los archivos del Vaticano encierran un considerable número de informes precisos de los misioneros católicos de los últimos ciento cincuenta años acerca de las misteriosas comisiones que enviaban los emperadores de China a los Espíritus de las Montañas. Estos seres, residentes en el Nan Chan, o Montes Kuen-Luen, eran habitualmente descritos como revestidos de cuerpos sólidos visibles que, sin embargo, no tenían carne ni sangre. ¿Se trataría de superhombres en una envoltura humana artificialmente obtenida de una materia atómica cristalizada, los llamados dioses nacidos del espíritu? Los escritos indios hablan del poder de que gozarían los cuerpos divinos de hacerse más pesados y más densos, más ligeros y más etéreos. Este enigma fue citado asimismo por el obispo Delaplace en su Annales de la Propagation de la Foi, publicada hace más de cien años. Las comisiones partían de Pekín y eran generalmente enviadas por el emperador en el curso de un año de crisis grave, cuando no podía resolverse a tomar una decisión. Son muy sorprendentes las crónicas que describen estas misiones de mandarines y de sacerdotes de la Corte del Celeste emperador hacia los genios de las montañas. ¿A quién esperaban encontrar estos emisarios imperiales en las nevadas cumbres del Kuen-Luen? Es muy improbable que se contentaran con cazar el pato salvaje. Entre las líneas de estos documentos históricos debe de ocultarse una parcela de verdad. Si ello es así, y a despecho de las fantásticas descripciones, poéticamente aderezadas, el palacio de Hsi Wang Mu, en el país de los Inmortales, puede tener la misma realidad que el Templo del Cielo, en Pekín. En los siglos III Y Il antes de nuestra Era, los emperadores de China despacharían importantes expediciones, bien equipadas, hacia lo más profundo del Asia Central, en busca de los Inmortales arrancados del mundo y de la Reina Madre del Oeste. Para dar una idea de la organización estatal de la antigua China y de la exactitud de sus registros, contamos con un impresionante ejemplo de su eficacia: el censo de la población para el año 1-2 de nuestra Era cita la existencia de 59.594.978 individuos en el Celeste Imperio. Los informes relativos a las misiones imperiales en el Valle de los Inmortales, aun suponiendo que se acercaran sólo a medias a tal precisión, deberían ser leídos con la misma atención. El panteón chino posee una jerarquía graduada de dioses que se mezclan con semidioses y mortales en una escala ascendente. Por ejemplo, Hsien 1 en es un hombre que, tras beber el elixir de la inmortalidad, parte para las montañas. En efecto, su nombre, Hsien len, significa Hombre de montaña. El paraíso del Oeste se llama Hsi Tien, y van a él las almas iluminadas para escapar a la rueda de la reencarnación. Este país es un lugar de esplendor y de alegría. Como hemos visto en la fusión de las religiones, Hsi Wang Mu, la Reina Madre del Oeste, es identificada a menudo con Kuan Yin, diosa de la misericordia, así como con la compasiva Avalokitekvara. Aparte los nombres y atributos diferentes de estas divinidades, la China del Oeste Y sus altas montañas son unánimemente consideradas como la sede de la Bondad y la Sabiduría. Los taoístas creen en la tierra de Tebú. el país más magnífico del mundo, perdido entre el Seu¬Tchuan y el Tíbet, donde cadenas de nevadas montañas ocultan estrechos valles cortados por torrentes y cascadas. En el santuario de los Inmortales llenos de serenidad, el mundo físico alcanza el reino de los dioses, y los que tienen el privilegio de residir en él, viven permanentemente en dos universos: el mundo objetivo de la materia y el plano superior del espíritu. poseen los cuerpos físicos más perfectos, junto con las almas más puras y más sabias. Algunos detalles de estas leyendas chinas sorprenden por su precisión. Este lugar secreto está habitado por seres que fueron anteriormente hombres y mujeres corrientes. Alcanzan la tierra sagrada gracias a sus progresos espirituales. El lugar puede ser localizado efectivamente por el investigador sincero que marcha en busca de la verdad y está desprovisto de todo motivo egoísta. Tal es la sólida tradición de la China, que se ha perpetuado en el curso de las edades y que goza del respeto de los más grandes filósofos. Esta antigua creencia en el Valle de los Inmortales debe de tener un fondo de realidad, a despecho de las características imaginativas que se observan en ella a través de innumerables generaciones. Imaginando que en un tiempo remoto unos sabios asociados establecieran un centro permanente en una parte aislada de Asia, el mito de los Inmortales se hace comprensible. Su Doctrina podría muy bien ser la herencia de una civilización desaparecida. Aunque el número de estos Sabios pueda ser muy restringido, es inmensa la importancia de su Antiguo Saber. El carácter tangible de la morada de los guardianes de esta tradición arcaica aparecerá en el curso del profundo estudio de todas las crónicas fidedignas de los historiadores Y de los relatos publicados por los exploradores de Asia”.




Peter Kolosimo - La Rosa de los Vientos - Capítulo XXIII